lunes, 10 de julio de 2017

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DOMINGO XIV del Tiempo Ordinario (A) Reflexión



  La vida y la sociedad tienen su ritmo y, sin caer en la cuenta, fácilmente nos dejamos llevar, mientras en nuestro interior se crea un barullo que dificulta mucho una visión exacta de la vida. 

A este respecto, dice san Agustín: el hombre empeora y se empobrece cuando, lanzándose a la conquista de lo eterno, vive arrojando sus propias intimidades. El creyente no solo tiene que clarificar el sentido del Dios único y verdadero; debe, también, responder en la convicción y en una conducta con acercamiento a la actitud de Dios con nosotros: El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones ¿Cuántas veces somos capaces de valorar esta generosidad de Dios?.

    Si profundizamos en la Palabra de Dios de este domingo nos encontramos con una llamada, hasta cierto punto total, que nos une a la presencia del Señor: mira a tu rey que viene; si vivís con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo; cargad con mi yugo y aprended de mí. En el fondo, es una expresión conjunta que aglutina el misterio de su amor hacia nosotros. ÉL se revela a la “gente sencilla” y a los que “están cansados y agobiados”, los cuales deben saber muy bien que el alivio que Dios concede al hombre está en proporción a la necesidad de la misericordia. Y, aquí, es necesaria una gran responsabilidad: cuando se trata de falta de verdad y de actitud conforme a la fe, olvidamos que Dios sigue sembrando en nuestro interior y nos manifiesta, basta leer el evangelio de hoy, cómo se contempla la efusión de la espiritualidad íntima de Jesús, el testimonio de la predilección del Padre, su sentimiento filial y la misión soberana que de Él hemos recibido. 

    En un tiempo “ordinario”, en  la liturgia de la Iglesia, cada creyente vive su experiencia personal de fe ante Dios, ante el ambiente que le rodea, ante un futuro que siempre  tiene delante y desde sí mismo como creyente y como presencia cristiana ante la realidad. Todos tenemos que enfrentarnos ante la realidad que tantas veces nos parece bastante difícil en todos los sentidos y, sin embargo, tenemos delante el ejemplo de Cristo que nos dice: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. La experiencia de común-unión en  Dios y con Dios, siempre Padre, debe llevar consigo el signo de una constante acción de gracias al estilo de Jesús. ¡Qué campo de esperanza abre el Evangelio en la exclamación de Jesús! Es la manifestación de la aceptación del plan de Dios y, a la vez, es una advertencia para los que se presentan ante Dios, conscientes de su necesidad y de su presencia. Jesús nos enseña dos elementos fundamentales de la vida cristiana: la invitación  y la llamada. Por nuestra part, es necesario creer y estar en una actitud de libertad para que las circunstancias, en su mayoría triviales, y que tanto nos atraen, no nos dificulten la visión y la escucha de Dios. 

RESPUESTAS  desde  NUESTRA REALIDAD
    En el evangelio de hoy contemplamos, si se puede hablar así, la efusión de la espiritualidad íntima de Jesús, el testimonio de la predilección del Padre, su sentimiento filial y la misión soberana que Cristo ha recibido. Para nosotros es un canto a la misericordia de Dios ya que todo revierte en el que pone toda su confianza en el Señor, en el que se deja guiar por Él y  en el que se deja amar por Él, recibiendo el perdón y la paz. Es obvio que los discípulos no podían comprender todo el sentido de la revelación cuando lo escucharon por primera vez. Los Evangelios nos dicen repetidamente que Jesús constituía un enigma para el pueblo e, incluso, en gran medida, para sus discípulos. Únicamente, después de Pascua, alcanzaron una comprensión más profunda del misterio de Jesús. Solo entonces descubrieron el verdadero significado de la confesión de fe: Tú eres el Mesías.

ORACION    .-.Oh Dios, que en la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída, concede a tus fieles una santa alegría, para que disfruten del gozo eterno los que libraste de la esclavitud del pecado. Por J. N. S. Amén

PENSAMIENTO AGUSTINIANO
     Duro y pesado parece el precepto del Señor, según el cual quien quiera seguirle ha de negarse a sí mismo. Pero no es duro y pesado lo que manda aquel que presta su ayuda para que se realice lo que ordena. Pues también es cierto lo que se dice en el salmo: <Por las palabras de los labios he guardado los caminos duros>. Y es verdadero también lo que dijo el mismo Señor: <Mi yugo es llevadero y mi carga ligera>. El amor hace que sea ligero lo que los preceptos tienen de duro (san Agustín en Sermón 96, 1.
P. Imanol Larrínaga. OAR.

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