domingo, 12 de noviembre de 2017

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XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (A) del T. O. Reflexión


Estamos en una época del año que todo nos habla de final: el otoño, en el hemisferio norte, nos trae los primeros fríos; vemos de cara el fin de año; la liturgia apura los últimos domingos del tiempo ordinario, para empezar con el Adviento a preparar la Navidad. Además, la celebración de la fiesta de Todos los Santos y de la conmemoración de los fieles difuntos, nos hace pensar sobre el sentido de la propia vida. Si es así, la Palabra de Dios de hoy nos viene “como anillo al dedo”.

Hoy, de nuevo, otra parábola de Jesús. Cada una de las parábolas contiene un mensaje concreto y muy rico. En la mente de todos están, al menos, las más conocidas, las que hablan del perdón y de la misericordia, del servicio al más necesitado, de la siembra de la Palabra en nuestros corazones, de nuestra unión con Cristo, de la oveja perdida, etc…

Hoy Jesús nos presenta otro mensaje importante y transcendental: Que nuestra vida tiene un destino feliz y que debemos estar bien pertrechados para caminar hacia él. La parábola era muy bien entendida en aquellos tiempos, ya que describe los usos de las bodas judías. Lo habitual era que la boda se celebrara en casa del novio. Este acudía a la casa de la novia para recogerla y llevarla a la suya. El novio era recibido por  jóvenes doncellas que les acompañaban desde la casa de la novia a su futuro hogar. Y como este recorrido tenía lugar de noche, se preparaba un cortejo con lámparas de aceite. Estas jóvenes hacen posible el cortejo. 

Como el novio tardaba en llegar, todas se han dormido. Normal. Pero lo que no fue tan normal es que cinco de ellas, la mitad, no hubieran previsto tanto retraso y se les acabó el aceite de sus lámparas. No habían sido previsoras, sino descuidadas. Y se quedaron fuera del cortejo y del banquete de bodas.

¿Qué nos dice Jesús con esta parábola? Que la vida, que es un tiempo de espera y un camino, tiene un final feliz para el que hay que estar preparados. Más todavía, nos dice que mientras vivimos debemos mantener viva la esperanza de participar en el banquete del reino de Dios, es decir, cuando Él venga a nosotros para celebrar con gozo nuestro encuentro con Él. Este encuentro se produce aquí en la tierra, pero de manera definitiva en el reino de los cielos.

Todos tenemos el mismo destino: “estar siempre con el Señor” (segunda lectura) en el banquete que nos está preparando y que debemos ayudar a preparar. No necesitamos saber el día ni la hora. Dios no actúa según nuestro reloj. Nos basta saber que siempre llega, que siempre está.

Quizás la espera se nos puede hacer larga, y nos podemos dormir en más de una ocasión. Normal y muy humano que suceda así. Pero que siempre debemos tener encendida nuestra fe con el aceite del amor o la caridad. Despiertos o dormidos, somos del Señor y para el Señor. Él es el esposo que estamos esperando.

Otra cosa es la actitud de aquellos que un día recibieron la lámpara encendida de la fe y la dejaron apagar por falta de amor al Señor y los hermanos. Hay muchos que se olvidan de alimentar la fe con la oración, la eucaristía, la recepción de los sacramentos, la fuerza de la Palabra de Dios, etc. Permanecen dormidos y sin “aceite en sus lámparas”. Cuando venga o nos llame el Señor, no podrán entrar en el banquete de la vida.

En el rito del bautismo hay un momento en que se entrega una vela encendida a los padres y padrinos como símbolo de la fe o vida nueva que el Señor comunica a quien se bautiza. Al entregar la vela se les pide que deben procurar con todo empeño que nunca se apague la luz de la fe en quien acaba de nacer por el bautismo a la vida cristiana. 

La salvación, que en eso consiste el “banquete de bodas”, es cosa muy personal. Ciertamente es un don de Dios, pero también tarea de todos y cada uno, y depende de la preparación personal. Depende del hecho de que tengamos encendida la lámpara de la fe. Dice el Señor: En que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Es la fe la que salva, pero con la colaboración del creyente. Como dice san Agustín, Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Es tarea personal. 

Dios no quiere dejar a nadie fuera de su amor. Por eso nos ofrece una vida para siempre, que ha de pasar necesariamente por el trance de la muerte corporal, para no volver a morir nunca más, para alcanzar la vida eterna, la que nos consiguió Jesús con su muerte y su resurrección. Pero aquí y ahora tenemos la tarea de ir construyendo una vida de comunión con el Señor y con los hermanos, de no permitir que nuestras lámparas se apaguen y que dejemos de ser sal y luz para nuestro mundo.

P. Teodoro  Baztán Basterra, oar.

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