viernes, 30 de marzo de 2018

// //

"¡DIOS MÍO, DIOS MÍO!, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?"

Cuarta Palabra

"¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?"(Mateo, 27: 46 y Marcos, 15: 34)

Siento en este momento el dolor más agudo, el más intenso de los que he sufrido hasta ahora. Es un dolor que afecta a todo mi ser. No es un dolor físico. Es muchísimo más fuerte y más penetrante que el produci-do por los latigazos, los clavos y las caídas. Me desangro por fuera, pero siento también en mi corazón un vacío total. Me siento solo y roto por dentro. Me desgarro en mi interior.

Es verdad que al pie de la cruz está mi madre, que me consuela, me anima y me sostiene. Pero, ¿dónde está mi Padre? He cumplido su voluntad hasta el final y no encuentro respuesta alguna. Vine a este mundo enviado por Él, se acaba mi vida, y no está a mi lado. Soy su Hijo y no lo siento junto a mí. 

Soy uno con Él, en una unidad irrompible y única, y lo siento ausente. No soporto este dolor. No encuentro alivio alguno. Encuentro sólo silencio y abandono. ¿Dónde quedan mis palabras dirigidas a ti ayer mismo, en la despedida de los míos: Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti... Glorifícame junto a ti? (Jn 17, 1, 5).

Soy uno contigo y me encuentro solo. Soy contigo un único Dios y siento una separación total. Me desga-rran todo mi cuerpo, y lo soporto pacientemente como cordero como cordero llevado al matadero (cf. Is 53, 7). Me abandonan mis discípulos, y los comprendo y perdono. Me despojan de mis vestiduras y aguanto el frío y la vergüenza. Me levantan en la cruz y acepto mi humillación.
Y pronuncio con inmenso dolor la cuarta palabra: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? 

Mi grito no es una queja sin más, profundamente dolorosa, sino una oración de súplica esperanzada, diri-gida a quien sé que me ama. No hay abandono de mi Padre, pero lo siento y lo sufro. No hay lejanía, pero la padezco como si la hubiera. No hay ausencia de un Padre con quien estoy íntimamente unido, sino sen-sación momentánea de desamparo.

Te siento ausente o lejano, quizás porque me he hecho pecado sin ser pecador. Y también porque, con mi grito, hago mías todas las quejas de quienes, porque sufren o porque se encuentran solos, te gritan a ti, Padre, como yo. Sus gritos no son de desesperación, sino de súplica “sufrida”.

Ante un dolor intenso y profundo, te lanzan un porqué doloroso y desesperante. En la muerte trágica de un hijo te preguntan también por qué. En los niños que mueren de hambre por la injusticia y ambición de los potentados, en la desolación y angustia de los que viven en la miseria más extrema, en el suicidio de un padre desesperado por o poder alimentar a su familia, por las guerras en las que mueren sólo los inocen-tes, por la opresión de los más débiles…, te gritan, lo mismo que yo, por qué.
En lo alto de esta cruz y a punto de morir, hago míos sus gritos, sus protestas y sus quejas, porque cargo sobre mí sus debilidades y sus fracasos, como dirá Pedro en una de sus cartas (1 Pe 2, 24) y lo había profe-tizado Isaías (Is 53, 4). 

Por eso, mi grito es el de ellos. Pero también mi confianza plena en ti, mi convicción de que los amas in-tensamente, como me amas a mí. Uno su dolor al mío, para que sea también redentor y purificador. Sufro con ellos porque son miembros de mi mismo Cuerpo, que es la Iglesia y del que soy la cabeza.
Sé, Padre, que no abandonas a nadie, porque eres amor y sólo amor. Recibe y acoge mi oración, aunque en opinión de muchos suene a escándalo. Recibe y acoge la oración muy sentida y “sufrida” de muchos, porque, aunque pareciera lo contrario, confían y esperan en ti.
__________________________
San Agustín:
Tú, el Creador, no abandonas jamás a tus criaturas como ellas te abandonan a ti. Entiendan que tú estás en ellos: que estás en lo hondo de los corazones de los que se confiesan, y se arrojan en ti, y lloran en tu seno tras de sus pasos difíciles. Tú enjugas con blandura sus lágrimas, para que lloren todavía más y en su llanto se gocen. Porque tú, Señor, no eres un hombre de carne y sangre; eres el creador que los hiciste y que los restauras y consuelas (Conf. V, 2, 2).

P. Teodoro Baztán Basterra
Pascua 2016

"¡Dios mío! ¡Oh Díos mío!
¿por qué me abandonaste?"
¡Perdóname, Señor,
que solo te quedaste!

¡Piedad, Señor, piedad! (bis)
Guárdame, Madre, en tu amor
la Palabra del Señor. Amén.
 

0 Reactions to this post

Add Comment

Publicar un comentario