viernes, 30 de marzo de 2018

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LAS SIETE PALABRAS-- OBRAS DEL P. PEÑA

         Así podemos titular los 7 retratos (en realidad 9) que nuestro genial artista, el P. Esteban Peña, oar,  (1935 – † 2003)hizo  en 1991, para cada una de las Palabras de Cristo en la Cruz. De indiscutibles dotes para el arte. Es reconocida su inspirada vena poética y su hechura pictórica y colajística. Todo ello como obra mayor. Sin dejar de lado su copiosa producción, documental y expresionista, de dibujos.

Estos retratos se publicaron por primera vez en nuestra edición, “Las Palabras de Cristo”, (Lima, 1992), editados en blanco y negro, como el original. Nos pareció que los gruesos trazos negros oscurecían en algo la espléndida y expresiva fuerza de los rostros. Por ello, en ediciones sucesivas, esos retratos aparecieron ya estampados en rojo y blanco.


Conocidos son los cuadros o pinturas que muchos artistas han realizado  sobre una o varias de las Palabras de Cristo. Algunas escenas más repetidas que otras. También sabemos de la serie de 7 fotografías, (final del s. XIX) que buscaba mostrarnos, en busto, y con cierta validez, la expresión más significativa de cada Palabra. Pero no es frecuente hallar esa serie completa, como nos la muestra en estas imágenes el subido e inspirado arte del P. Peña. 




Las Últimas Palabras (Carátula).

      Corona de espinas y cabellera aparecen entremezcladas. Pero sin rictus de dolor. Es cabeza muy bella. Mirada de frente. Sin asomo de arrogancia. Rostro imponente, soberano. Con mirada de lago profundamente sereno. Ojos, sí, tan serenos que parecen preguntar a quien pretende esconderse. Y a la vez, también con mansedumbre total, responden ya de antemano, a quien no quiere preguntar. La boca cerrada con natural sencillez.  ¿Más argumento que la Luz?  La barba encuadra estéticamente todos los rasgos del rostro. El artista, decimos, ha querido armonizar con el equilibrio soberano de esos rasgos, hasta la corona de espinas. Diríamos que a este rostro se sube toda la majestuosa sencillez de la Verdad.




         Unos años más tarde, y después de andar publicada la cuarta ed. de Las Últimas Palabras (Lima, 2000), el P. Peña, auténtico artista, y buscador siempre inquieto de nuevas expresiones, realizó otra genial composición.
Sobre el apacible y bellísimo rostro de Cristo, casi frontal, aparecido en la carátula de nuestra publicación, el genial artista quiso montar o emparejar un nuevo rostro, de perfil y de características muy similares, ya con ciertos añadidos de pintura. Con lo que el nuevo rostro volvió a quedar, otra vez, no solo reconocido en su identidad original, sino admirablemente realzado para visto, ya  de frente o de perfil.




1ª. Perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23 34).

          Un rostro distinto. Quede advertido que en estos dibujos,  más que querer representar todo el busto o toda la cabeza, su teoría es solo   –¿solo?–  mostrar el rostro. Aquí, los cabellos, humedecidos y en desorden por el sudor y la sangre, entran, más bien, para enmarcar el rostro. Natural serenidad. Ojos alzados ya hacia el cielo confiadamente hasta su Padre. Entreabierta la boca por la ferviente y piadosa súplica del  “Perdónalos porque no saben lo que hacen”. Muy probablemente, repetida varias veces. Eso sugiere el imperfecto “decía”. Rostro prácticamente más habitual en tantos momentos de oración de Jesús al Padre, que rostro típicamente de Pasión.





2ª.  Hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23 43).

        Insistamos en la belleza de ambos rostros. Para el Buen ladrón, aun en la cruz misma, ya ha pasado o está superado el suplicio y el tormento. Rostro calmo y confiado. ¿Trasfigurado? Rostros en diálogo de celestial confidencia. Jesús prometiendo, con sabiduría y autoridad divinas,  exusía, es la palabra (Jn 10 18; passim), en paternal misericordia. A Dimas, le bastó un pleno y sincero “memento mei” (Lc  23 42).  ¡Qué bien entendió este brevísimo, pero esencial himno de Isaías: “Vuelve a mí, que soy tu redentor!” (Is 44  22). “Goel”   –re-d-emptor–   era el que pagaba la compra del esclavo. Aquí con sangre. Lo vemos ya en piadosa y plena actitud receptiva. Y agradecida. Realización condensada, pero de alcance cósmico del himno isaiano. Es que, aun la fe pequeña de un recién convertido, es Luz que penetra hasta el Misterio. Y hasta embellece el rostro: “Contempladlo y quedaréis radiantes” (Sal 34  6).  No cabe el equívoco: ¡HOY!   “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.



3ª.  Ahí tienes a tu Madre (Jn 19 27).

        María y Juan están presentes en los últimos momentos de Jesús. No podía ser menos. Dos caras muy bellas, como si el artista hubiese querido demostrar los cánones estéticos. Y caras serias, como corresponden a los momentos de la Sda. Pasión. Pero sin los rasgos trágicos de lo que en el Calvario contemplan los ojos de la cara. En la cima del monte, hay mucho más que los  acontecimientos meramente históricos. Bocas cerradas en actitud devota. Y ojos fijos, absortos en la persona de Jesús, que acaba de pronunciar la tercera Palabra. Este es el plano físico. El hecho teológico va por dentro: Juan es declarado Hijo de María, y  en él,  todos los hombres son ya hijos de María; y María, la Madre de Jesús, es declarada Madre de Juan,  y en  él, María es ya Madre de todos los hombres. Todo en la suma paz que reflejan sus rostros. Como entreviendo la realidad del misterioso legado que tan solemnemente pronuncia Jesús. Detrás, e inserta  en la adivinada silueta de la cruz, la cabeza del Crucificado. Su Palabra fue oída por María y Juan. Y por todos los circustantes. El artista ha querido forzar la perspectiva: que la Palabra quede como mensaje al oído del corazón.  Que cuando se siembra en los surcos del corazón, el alma dará los frutos.





4ª. Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? (Mc 15 34).

       Vuelve aquí la pavorosa crueldad del Calvario. Rostro dramáticamente distinto de los anteriores. “No parecía hombre”. “Ante quien se vuelve el rostro”. Casi, lo único reconocible son los ojos, expresión visible del alma. La cruz, enorme, recia, firme. El busto, terso, real y humano, pero humanamente impotente. La boca desgarrada como torrente, describiendo   –“voce magna”,  con “gran voz” (15  34)–   el misterioso “porqué”: misterio inalcanzable para el miope entendimiento humano. Y escondido solo en el  amoroso Plan del Padre y del Espíritu, y en la escandalosa obediencia del Hijo de Dios. Nos parecen como desproporcionadas las siglas del INRI: los humanos  no saben, a veces, lo que dicen, pero pueden estar profetizando: Caifás acertó con el expediente del  “unus  moriatur pro populo” (Jn 11 50); Pilato escribió en el  títulus  lo que decía la gente (Jn 119 19). Pero es que el Misterio de Dios  corre-ocurre  a través de la ignorancia y aun de la perversidad de los hombres.


5ª. Tengo sed (Jn 19 28).

       Extenuación y fatiga visibles en el rostro. En el eje de la crucifixión: Sudoración, sangre, fiebre. Elementos ambientales: calor, polvo. Hematidrosis. Desvalimiento extremo. “Desde la cabeza a los pies no tiene parte sana”. Esfuerzos enormes hasta “casi” no poder con el patíbulo: unos 60 kg. En estos trances, tormento añadido, el cuerpo padece el ardor de la sed. Jesús pidió de beber a la samaritana ante el brocal del pozo de Sicar. Es el episodio del  Si scires donum Dei! (Jn 4 10).  Y el desenlace es que Jesús sacia de Agua Viva a quien venía a sacar solo agua. Ahora, sangrante, con ojos entreabiertos, paladar y  labios resecos, rostro de contenida tristeza, exclama: “Me muero de sed”  (Jn 19  28). La correspondencia  “sed-agua”, la ha querido plasmar el artista en el momento supremo de la cruz: como para indicar que la otra definición del hombre, fisiología y sicología (no como oficio, sino como naturaleza),  es capaz  (S. Agustín),  de llegar a  saber  y de alcanzar  el Don de Dios. Para toda sed, el Señor, aun agonizante,  dispone siempre del Agua Viva. Mejor, como el original, Viviente. Y mejor, Vivificante, Vivificadora. 


6ª.  Consummatum  est  ( Jn 19 30).

       Aunque suavizado, otra vez el rostro de Pasión. Siempre visibles, de mofa y tortura, las espinas. Los ojos ciegos y el rostro no demacrado. Labios cerrados, pues ya  “todo está cumplido”. Por tanto, rostro ya casi muerto, pero con los rasgos de firme  serenidad. Semblante de suma paz. De quien sabe que ha cumplido, en obediencia y divinamente, el propositum del Padre,  el  “mysterium voluntatis suae” (Ef 1  9)). Que ha consumado o llevado a perfección la Historia Salutis (GS 2), de la humanidad. Y de quien sabe que Dios es Fiel. Solo queda, con entera confianza y con igual naturaleza, la confesión y entrega de su espíritu  –de su Vida–  en las manos del Padre.




7ª. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu  (Lc 23  46).

        Aquí vemos el dibujo con la cabeza completa. Las punzantes espinas traspasan sus cabellos y su piel. Cierto que aún permanece con los brazos clavados en la cruz. Pero, nuevamente, el rostro plácido y amable. Sabedor, aun en medio de los tormentos, de su misión  cumplida. Por eso, se aplica las palabras del salmo mesiánico,   las ilumina y las confirma. Valga decir,  las canoniza, haciéndolas preceder de la palabra Padre: “En tus manos encomiendo mi Espíritu, Tú, Yavé, me rescatas”  (Sal 31  6). Con los ojos abiertos y el mirar de absoluta confianza, ha ofrecido el Opus Salutis, su Obra de la Redención. Él rescató a la humanidad como goel por su Pasión. Ahora, Yavé mismo, el Padre, es el goel de Jesús:  “Tú, Yavé, me rescatas” (o, Tú, el Dios leal, me librarás) (Sal 31  6).  “Tus manos” y “mi espíritu” es tropo literario, o dos formas de decir esto: Ahora, Padre, de nuevo pongo junto a ti mi vida. O lo que es lo mismo: vuelvo a tu seno, Padre, de donde salí.

P. Donato Jiménez Sánz. OAR

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