viernes, 30 de marzo de 2018

// //

"MUJER AHÍ TIENES A TU HIJO. [...] AHÍ TIENES A TU MADRE.".

Tercera Palabra
"Mujer, ahí tienes a tu hijo. [...] Ahí tienes a tu madre."  (Juan, 19: 26-27).

Madre: Está llegando mi hora. O mejor, ya ha llegado. Es la hora de mi glorificación, pero también de mi despedida.

De mi glorificación, porque he cumplido a cabalidad la voluntad de mi Padre y he llevado a término la obra que Él me encomendó.  Lo dije ayer mismo en la cena con mis discípulos: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él, y pronto lo glorificará (Jn 13, 31). Me refería a mi pasión y muerte en la cruz. Seré exaltado por el Padre y me concederá el Nombre-sobre-todo-nombre (cf. Fil 2, 9). Será mi glorificación por parte de mi Padre.

Y es también la hora de mi despedida. De ti, sobre todo. Mi corazón, en este momento, es traspasado por una espada de amor y dolor, antes de serlo por la lanza del soldado. Te miro desde lo alto de la cruz y te veo profundamente dolorida, traspasada también por una espada que había profetizado el anciano Simeón (cf. Lc 2, 35).

Mi alma está triste hasta la muerte, había dicho a Pedro, Santiago y Juan ayer mismo, en Getsemaní (Mt 26, 38), pero esta tristeza se acentúa mucho más en este momento, en que me despido de ti. Siento una tortura interior intensa e insufrible. Soy tu hijo único, y tú, eres viuda y quedarás sola. Comprendo tu dolor porque conozco tu amor, como ninguna otra madre ha amado tanto y como a nadie he amado yo.

No quiero que te quedes sola y desamparada. Tú sabes que las viudas en este país nuestro, junto con los huérfanos y los extranjeros, forman el estrato más desfavorecido de la población. Quiero que seas acogida como una verdadera madre, con amor, con ternura y delicadeza. Te voy a dar un “hijo”, mi discípulo ama-do, que te querrá, si no tanto como yo, lo intentará, porque de mí ha aprendido a amar de verdad.

Y pronuncio mi tercera palabra: Mujer, he ahí a tu hijo. Y le digo a Juan: Ahí tienes a tu madre. Al dejarte, me desprendo de lo que yo más quiero, de ti, madre, en cuyo seno me hice hombre, porque aceptaste con total disponibilidad la propuesta de mi Padre para que fueras mi madre.

Al decirte esta palabra, tu corazón queda ensanchado para que seas -es mi voluntad- madre espiritual de todos los que han de creer en mí. En Juan, todos serán hijos tuyos. En ti se produce hoy una nueva mater-nidad, fecunda e inabarcable.

Hace ya más de treinta años, en el momento de la anunciación del ángel, me concebiste en tu seno por obra del Espíritu Santo. Ahora también Él viene sobre ti para que concibas, no a uno sólo, sino a toda la humanidad creyente.

Estás sufriendo en estos momentos unos intensos dolores de parto, porque estás dando a luz, conmigo, a quienes lleguen y acojan los beneficios de mi pasión y muerte en esta cruz. Por eso, porque tus dolores se unen a los míos, eres corredentora. Por eso, y porque de mi costado está naciendo la Iglesia, eres madre de ella, de todos los que la integran. Eres madre de todos los creyentes.

Eres y serás una madre fecunda. A lo largo de todos los siglos y en todos lugares del mundo, serás madre de muchos hijos. Todos te llamarán bienaventurada, y te querrán como hijos fieles. Te acogerán en su ca-sa, como Juan; te alojarán en lo más hondo de su corazón, donde anida el amor bueno. Te llamarán ma-dre, porque lo eres y ejerces como tal.

Eres y serás madre generosa. Como son generosas todas las madres del mundo. Pero tú, más. Dispensarás con derroche las gracias que de mí brotarán, para que todos tengan vida y vida abundante.
Eres y serás madre sacrificada por el bien de tus hijos, mis hermanos. Como lo son también todas las ma-dres. Y tú, más. Asumirás y harás tuyos su dolores y sufrimientos, sus carencias y debilidades, sus dificulta-des y penurias. Y también sus alegrías y sus gozos. Y cargarás sobre ti sus pecados, como lo hago yo en estos momentos, para que sean purificados y todos se puedan salvar.

Eres y serás madre consoladora. Madre del consuelo o Consolación. Esta es una de las características más propias de las madres. Y en ti, más. Hay mucha tristeza en este mundo, por las enfermedades, fracasos, contratiempos graves, la soledad de muchos, los desamores y la muerte de quienes más se quieren. Te necesitan todos como madre, y a ti acudirán siempre para buscar y encontrar consuelo que alivie sus penas.

Eres y serás madre solícita, como todas las madres. Y tú, más. Como fuiste en Caná de Galilea, donde viste que faltaba el vino y lograste de mí el vino mejor para que no decayera la fiesta de unos novios que cele-braban su boda.

Eres madre, y ellos son y serán tus hijos. En estos momentos está naciendo una nueva familia, en la que tú serás madre, porque no quiero que queden huérfanos los que me sigan, los creyentes de todos los tiempos.
______________________
San Agustín:
Sólo esa única mujer es madre y virgen a la vez no solo espiritual, sino también físicamente. Espiritual-mente no es madre de nuestra cabeza, el Salvador en persona, de quien más bien nació ella, porque a to-dos los que creen en él, entre quienes está también ella, se les llama con razón hijos del esposo; pero sí es madre de los miembros de Cristo, nosotros mismos, porque con su caridad cooperó a que naciesen en la Iglesia los fieles que son los miembros de aquella cabeza. (De s. virg. 6, 6)
P. Teodoro Baztán Basterra
Pascua 2016

A tu Madre: "Mujer,
he ahí a tu Hijo".
 "He ahí a tu Madre".
dijiste a tu discípulo.

¡Piedad, piedad, Señor! (bis)
Guárdame, Madre, en tu amor
la Palabra del Señor. Amén.

0 Reactions to this post

Add Comment

Publicar un comentario