viernes, 30 de marzo de 2018

// //

"PADRE, A TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU."

Séptima Palabra
"Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu."(Lucas, 23: 46).

Mi última palabra es para ti, Padre. Mi primera palabra la pronuncié al entrar en el mundo, y dije: He aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad (Hb 10, 7). Mi última palabra es también para ti. Ésta, la séptima, será la última que saldrá de mis labios. 

Has sido y eres mi Padre desde siempre. Eres amor, ternura y misericordia. Somos uno, también desde siempre. Ya en este mundo al que me enviaste, he mantenido contigo una relación íntima y fuerte. Me presentaste en dos ocasiones como tu Hijo, el amado, a la vez que invitabas a todos a que me escuchasen (cf. Mc 99, 7)

Me he permitido presentarte como Padre de todos, y, por mi recomendación, te invocarán como Padre. Y les enseñé la oración más hermosa que pueden pronunciar labios humanos.

Pero soy tu hijo predilecto, tu hijo querido. Por eso, en esta hora suprema, la hora de mi glorificación, pero también de mi pasión y muerte, me dirijo a ti con una oración, que no es súplica, sino de entrega y ofrecimiento total. Rezo con el salmo 30, que es una oración muy hermosa llena de confianza en ti. Hago míos los sentimientos que en él se expresan. Pero añado una palabra que el salmo no recoge. Y la palabra es Padre.

Y digo: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Desde esta misma cruz he hablado al ladrón arrepentido, a mi madre que está de pie junto a mí, y ahora, a punto de morir, a ti. Y repito mi oración: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

A pesar del abandono aparente, no real, pero sentido y muy doloroso para mí, te entrego mi espíritu, es decir, todo mi ser. De ti procedo y a ti vuelvo. Me pongo en tus manos, que, para mi sostén, son fuertes y poderosas, pero también delicadas para acoger y expresar con delicadeza tu amor total de Padre. 

Ahora ya puedo morir tranquilo y en paz. Mi muerte, a la vez que consumación de la obra que me encomendaste, será un paso para ir a ti, porque resucitaré y viviré contigo en nuestra eternidad.

Y expreso mi deseo íntimo, claro y rotundo, y sin palabras, que todos los que crean en mí sepan afrontar su muerte poniéndose también, como yo, en tus manos. Que tengan la total confianza de que tú, Padre, los acogerás con amor para vivir siempre contigo.

Que sepan y se convenzan de que la muerte no es el final definitivo, sino una puerta que se abre para pasar a la otra orilla, donde tú, Padre, los esperas. Que cuando llegue el momento de su muerte digan, como yo: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Y esta oración de entrega o “encomienda” los llenará de paz.

Que todos los sufridos, los que lloran, los perseguidos y torturados…, mantengan viva la confianza, ante una muerte próxima e inevitable, de un Dios que es Padre bueno, que es amor y misericordia, que los espera con los brazos abiertos, y digan: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. 

Que los que acompañan a quienes sufren una enfermedad incurable y terminal apoyen y estimulen su esperanza en el Dios de la vida, para que, antes de morir, se pongan en sus manos y puedan descansar en paz. Que sepan que mueren conmigo, para vivir conmigo (cf. 2 Tim 2, 11). Lo pido desde esta cruz que me lleva a la muerte y a la vida para siempre, destino final para los que crean en mí.
_________________________
San Agustín:
Dios, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Este primer verso lo oímos en la cruz, donde dijo el Señor: Elí, Elí, que significa Dios mío, Dios mío, lemá sabaktani, que quiere decir ¿por qué me has abandonado? El evangelista lo tradujo afirmando que él había dicho en hebreo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Qué pretendió decir el Señor? Porque Dios no le había abandonado, ya que él era Dios… ¿Qué razones tenía para expresarse así sino que nosotros estábamos allí, y que la Iglesia era el cuerpo de Cristo? ¿Por qué dijo Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, sino para de alguna manera estimular nuestra atención y decirnos: este salmo está escrito pensando en mí? (En in ps. II, 3).
Padre Teodoro Baztán Basterra
Pascua 2016


"En tus manos, oh Padre,
encomiendo mi espíritu".
Perdóname, Señor,
por tu costado herido. 
 
¡Piedad, Señor, piedad! (bis)
Guárdame, Madre, en tu amor
la Palabra del Señor. Amén,

0 Reactions to this post

Add Comment

Publicar un comentario