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jueves, 23 de marzo de 2017

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Te propongo que hagas un pequeño instante de profunda oración para que trates de reconocer al Espíritu Santo en tu interior y así descubras que la soledad no existe, porque él está.

Es importante que intentes hacer un hondo silencio, que te sientes en la serenidad de un lugar tranquilo, respires profundo varias veces, y dejes a un lado todo recuerdo, todo razonamiento, toda inquietud. Vale la pena que le dediques un instante sólo al Espíritu Santo, porque él es Dios, y es el sentido último de tu vida.

Trata de reconocer en el silencio que él te ama, que él te está haciendo existir con su poder y te sostiene, que él te valora.

Siente por un instante que su presencia infinita y tierna es realmente lo más importante. Y quédate así por un momento, dejando que todo repose en su presencia.
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Un pensamiento diario de San Agustín de Hipona

"Conceder el perdón"
Perdona para ser perdonado. Haciendo esto, nada se pide al cuerpo. Es la voluntad la que actúa. No sentirás dolor físico; nada perderás en tu casa. Ahora bien, en realidad, hermanos y hermanas, ¡ved qué malo es que aquéllos a quienes se ha mandado amar hasta a los propios enemigos no perdonan a un hermano o hermana que se arrepiente!   (Sermones 210,10)

Oración - Te ruego, mi Dios, que eres la Verdad, te ruego que perdones todos mis pecados.  (Confesiones 11,3)
 P. José Luis Alonso Manzanedo.

miércoles, 22 de marzo de 2017

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       La escena es cautivadora. Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob. Pronto llega una mujer a sacar agua. Pertenece a un pueblo semi-pagano, despreciado por los judíos. Con toda espontaneidad, Jesús inicia el diálogo. No sabe mirar a nadie con desprecio, sino con ternura grande. “Mujer, dame de beber”.

        La mujer queda sorprendida. ¿Cómo se atreve a entrar en contacto con una samaritana? ¿Cómo se rebaja a hablar con una mujer desconocida?. Las palabras de Jesús la sorprenderán todavía más: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría del agua de la vida”.

        Son muchas las personas que, a lo largo de estos años, se han ido alejando de Dios, sin apenas advertir lo que realmente estaba ocurriendo en su interior. Hoy Dios les resulta un “ser extraño”. Todo lo que está relacionado con él, les parece vacío y sin sentido: un mundo infantil, cada vez más lejano.

          Los entiendo. Sé lo que pueden sentir. También yo me he ido alejando poco a poco de aquel “Dios de mi infancia” que despertaba dentro de mí tantos miedos desazón y malestar. Probablemente, sin Jesús nunca me hubiera encontrado con un Dios que hoy es para mí un Misterio de bondad: una presencia amistosa y acogedora en quien puedo confiar siempre.

        Nunca me ha atraído la tarea de verificar mi fe con pruebas científicas: creo que es un error tratar el misterio de Dios como si fuera un objeto de laboratorio. Tampoco los dogmas religiosos me han ayudado a encontrarme con Dios. Sencillamente me he dejado conducir por una confianza en Jesús que ha ido creciendo con los años.

         No sabría decir exactamente cómo se sostiene hoy mi fe en medio de una crisis religiosa que me sacude también a mí como a todos. Solo diría que Jesús me ha traído a vivir la fe en Dios de manera sencilla desde el fondo de mi ser. Si yo escucho, Dios no se calla. Si yo me abro, él no se encierra. Si yo me confío, él me acoge. Si yo me entrego, él me sostiene. Si yo me hundo, él me levanta.

           Creo que la experiencia primera y más importante es encontrarnos a gusto con Dios porque lo percibimos como una “presencia salvadora”. Cuando una persona sabe lo que es vivir a gusto con Dios porque, a pesar de nuestra mediocridad, nuestros errores y egoísmos, él nos acoge tal como somos, y nos impulsa a enfrentarnos a la vida con paz, difícilmente abandonará la fe. Muchas personas están hoy abandonando a Dios antes de haberlo conocido. Si conocieran la experiencia de Dios que Jesús contagia, lo buscarían.
José Antonio Pagola

ORACION DE ACCION DE GRACIAS

      Santa mujer samaritana, venerada en algunas iglesias con los nombres de Fotina y Svetlana, que significan «mujer de luz», hazme valiente como tú para que ose hablar con quien no es recomendable, para que no ahogue el anhelo de verdad y vida que siento nacer en mí, para aceptar que sean cuestionadas mis incoherencias y mis falsas seguridades.

      Hazme generoso y arriesgado para que me atreva a comunicar a los demás a quien he encontrado y me ha cambiado la vida, sabiendo que quizás no me harán casoo que incluso se reirán de mí porque no soy ejemplo de nada.

       ¡Hay tantas y tantos como yo  que necesitan un sorbo de agua viva,  un rayo de luz clara,  una mirada amiga y una palabra de verdad!
P. Julián Montenegro Sáenz.

martes, 21 de marzo de 2017

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Paso 1. Disponerse: Ponte en la presencia del Señor. Él te ha llamado, te espera. Míralo así: “Es Dios quien quiere hablar conmigo en la lectura”. El Espíritu es la fuerza del amor de Dios que nos revela a Jesús. Llámale con tus palabras y a tu modo, con mucha confianza: Ven, Espíritu Santo. Una forma de prepararte a la escucha del Señor en la lectura es haciendo muy despacio el signo de la cruz sobre ti: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Jn 4, 5-42.- Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.

La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice "dame de beber", le pedirías tú, y él te daría agua viva».
La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».

Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.

Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». El les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».  Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?».

Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo»

Paso 2. Leer: Lee varias veces. ¿Qué sabes de la rivalidad entre samaritanos y judíos? ¿Ves cómo la samaritana va descubriendo poco a poco el misterio de Jesús? ¿Por qué comenzaron a creer muchos samaritanos?

Paso 3. Escuchar
: No pienses mucho. Interioriza. ¿Cómo deja tu corazón leer este relato? ¿De quéagua hablan, de qué culto, de qué Padre? ¿Y tú, tienes sed de esta agua?

Paso 4. Orar: Cuéntale al Señor en confianza qué te hace decirle esta lectura. Habla con Jesús en confianza del agua viva, del don de Dios, de la sed que tienes en el corazón. Jesús te pide como a la mujer: "Créeme". ¿Cómo le respondes?

Paso 5. Vivir: Mira tu vida desde la vida de Jesús, desde su amor por ti. ¿Qué tiene que ver con tu vida este encuentro de Jesús con la samaritana? ¿Tú también participas en disputas religiosas y eclesiales? ¿Conoces por experiencia que Jesús es el Salvador del mundo?

Inspirado en: http://semillas-edit.es/
P. Ismael Ojeda Lozano

lunes, 20 de marzo de 2017

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 Y llega una mujer. Es figura de la Iglesia, no justificada aún, pero que pronto se justificará; de esto, en efecto, habla nuestra lectura. Y viene sin saber nada y encuentra a Jesús, y Jesús entabla conversación con ella. Veamos qué conversación y para qué. Llega una mujer de Samaria a sacar agua. No pertenecían los samaritanos a la nación judía; no eran del pueblo elegido. Es un símbolo de la realidad la venida de esta mujer extranjera, que era figura de la Iglesia, porque ésta se formaría de los gentiles, gente extraña a los judíos. Oigamos, pues, nosotros en ella y reconozcámonos en ella, y en ella demos gracias también a Dios por nosotros. Aquélla era la figura, no la verdad; ella fue primero símbolo y luego fue verdad, porque creyó en Aquel que quería hacer de ella figura de nosotros.

Llega, pues, a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber”. Los discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La samaritana le dice: “¿Cómo tú, que eres judío, me pides agua a mí, que soy una mujer samaritana?” Los judíos no tienen trato con los samaritanos.

Por aquí se echa de ver que eran extranjeros. Jamás se sirven los judíos de sus cántaros, y porque esta mujer llevaba un cántaro para sacar agua, se extraña de que un judío le pidiese agua, ya que los judíos no suelen hacer eso. Mas, si Él le pide agua, es porque tenía sed de su fe.

Escucha, finalmente, quién es el que pide de beber. Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, seguramente se lo hubieres pedido tú a él y te hubiera dado agua viva”. Pide agua y promete agua. Muestra como una necesidad de recibir y, al mismo tiempo, se muestra desbordante como para saciar. ¡Si conocieras, dice, el don de Dios! El don de Dios es el Espíritu Santo. Todavía le habla Jesús veladamente, pero poco a poco va entrando en su corazón. Ya la está enseñando ciertamente. Pues ¿qué hay más dulce y benigno que esta exhortación? Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú seguramente le pedirías a él, y te daría agua viva. ¿De qué agua iba a darle, sino de aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Y ¿cómo podrán tener sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa?

Jesús, pues, le prometía un alimento fuerte y la hartura del Espíritu Santo; mas ella aún no entendía; y ¿qué es lo que en su ignorancia le pide? La mujer de dice: “Dame de esa agua para que se apague mi sed y no tenga que volver acá a sacarla”. La necesidad la obligaba al trabajo, que su debilidad rehusaba. ¡Ojalá hubiera podido escuchar: ¡Venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados, y yo os aliviaré! Pues Jesús se lo decía a ella para que no trabajase ya más; pero ella aún no caía en la cuenta.
In,Jn. 15, 10-12. 16-17

domingo, 19 de marzo de 2017

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Cante tu gloria célica armonía,
tú que compartes con la siempre pura
la misteriosa genealogía
de la Escritura.

Esposo virgen de la Virgen Madre,
en quien Dios mismo declinó su oficio;
réplica humilde del eterno Padre,
padre nutricio.

último anillo de las profecías,
¡oh patriarca de la nueva alianza!,
entre tus brazos se acunó el Mesías,
nuestra esperanza.

Guarda a la Iglesia de quien fue figura
la inmaculada y maternal María;
guárdala intacta, firme y con ternura
de eucaristía.

Gloria a Dios Padre que en tu amor descuida
gloria a Dios Hijo que te fue confiado,
gloria al Espíritu que alentó tu vida
para el Amado. Amén.

Himno de la Liturgia de las Horas
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En el camino de la Cuaresma hacia la Pascua encontramos este domingo un evangelio que forma parte, junto con los dos de los domingos siguientes, de la catequesis bautismal destinada a los catecúmenos que habían de recibir el bautismo la noche de Pascua. El próximo, con la curación de un ciego de nacimiento, nos presentará el tema de la luz. Y en el siguiente, con la resurrección de Lázaro, el tema de la vida. Son los tres elementos muy propios del sacramento del bautismo.

Son las tres grandes catequesis que debían recibir los catecúmenos adultos. Nosotros estamos ya bautizados, pero nos vendrán bien para reavivar la realidad de nuestro bautismo y reafirmarnos en lo que él significa. 
 
“Dame un poco de sed, que me estoy muriendo por falta de agua”. Así podría rezar el grito de una generación que teniéndolo casi todo, parece que no logra descubrir el sentido de la vida. Dentro de nuestro camino cuaresmal hoy se nos propone una escena conocida: la samaritana. El pozo en la literatura bíblica, es un lugar de encuentro, un espacio donde descansar y compartir.

La lectura evangélica es una página magistral del cuarto evangelio, en la que Juan narra el encuentro de Jesús con una mujer samaritana cuyo nombre desconocemos. El encuentro tiene lugar en el pueblo de Sicar, junto al pozo de Jacob. 

Jesús está fatigado del camino y es mediodía. Tiene sed. Al acercarse la mujer a sacar agua del pozo, un extraño le pide de beber. Y se inicia un diálogo muy interesante y catequético a la vez. Después de un primer intercambio de palabras, la mujer queda maravillada ante las palabras de Jesús. Poco a poco la conversación toma un nuevo rumbo. Como buen maestro, se va revelando poco a poco a la samaritana.

Este evangelio es una espléndida catequesis bautismal sobre el tema de la sed y del agua. La sed no es sólo biológica, es más honda, es sicológica y espiritual. El agua que sacia nuestra sed no es sólo la de las fuentes, es el agua de la verdad, del amor, de la gracia.

Todo este tema está plasmado de manera muy bella en este episodio. El encuentro de la samaritana con Jesús es una estampa preciosa, llena de matices y encanto. Ha calado  como un punto de referencia en toda la historia de la espiritualidad. Decía santa Teresa de Jesús: ¡Oh, qué de veces me acuerdo del agua viva que dijo el Señor a la samaritana! y así soy muy aficionada a este evangelio desde muy niña, y suplicaba muchas veces al Señor que me diera aquella agua.

Por una parte está la sed de Cristo. Por otra la sed de la samaritana. Cristo tiene sed. Es el primero que pide de beber. ¿De qué tiene sed Cristo? Estaba Jesús fatigado y era mediodía. Jesús tenía sed y pidió un poco de agua. No del agua del pozo. Responde san Agustín: El manantial, Cristo, descendió para sentir sed… En realidad quien le pedía de beber tenía sed de la fe de aquella mujer. Cuando escuchemos la lectura de la Pasión el Viernes Santo, oiremos a Jesús que grita en la cruz: Tengo sed.
Hoy se lo dice a la samaritana. La sed de la samaritana se refería al agua que ella venía a sacar del pozo. Pero Jesús, en este diálogo, la iba llevando de sed en sed. Hasta hacerla sentir sed de Dios. Le dice: ¡Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Jesús la va llevando poco a poco, paso a paso, a la fuente  de toda verdad. A él mismo.

Jesús esperaba a esta mujer sentado en el brocal del pozo. También nos espera a nosotros para decirnos lo mismo que a aquella mujer: Tengo sed

Porque también nosotros acudimos a donde podemos satisfacer nuestras necesidades. Y está bien que sea así. Tenemos sed o necesidad de alimento, de vestido, de salud, de vivienda, de trabajo, de dinero para atender dignamente la familia, etc. Tenemos sed de todo esto y debemos satisfacerla. Pero ¿tenemos sed de lo que primero y fundamental, tenemos fe en Dios, fuente de vida para todos?

Él tiene sed de mí y de ti, de nuestra fe, de nuestro amor. Tiene sed de una vida más limpia en nosotros, de un servicio al hermano generoso y gratuito. Tiene sed de nuestra propia cruz unida a la suya. 

No queda claro si al final Jesús bebió del agua que la mujer sacaba del pozo o no, pero lo que sí sabemos es que la mujer creyó; y de su fe entusiasta surgió la fe de los habitantes de su pueblo. Este es un elemento capital del evangelio, la dimensión misionera de la vivencia de la fe.
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P, Teodoro Baztán Basterra.

sábado, 18 de marzo de 2017

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San José era carpintero,
y la Virgen panadera,
y el Niño Jesús, los días
que llueve y no tiene escuela,
va a recoger las virutas
que se escapan de la sierra,
y en el horno de su madre
sus santas manos las echan.

Mientras las piedras del horno
lentamente se caldean,
vuelve al taller de su padre,
y con manos inexpertas,
ayudado por los ángeles,
labra una cruz de madera.

Y San José dice al verlo:
- ¿Por qué, Jesús, siempre juegas
con escoplos y cepillos
a hacer cruces de madera?
Y el Niño Jesús responde
con su voz alegre y fresca:
- ¡Porque quizás algún día
me habrán de clavar en ella!

Y los rubios angelitos
al escuchar la respuesta,
abandonan el trabajo
y llenos de espanto vuelan
derramando entre las nubes
tristes lágrimas de pena.

Francisco Villaespesa          
(1877-1936) -

Fuente: Poesía Religiosa Española, Antología