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domingo, 25 de septiembre de 2016

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La parábola del rico y el pobre Lázaro se explica por sí sola: Aquél que vive sólo para sí, que no comparte lo que tiene con los demás, acaba en la muerte, en el aislamiento, en la soledad. Dicho con palabras del evangelio, el egoísta acaba en el infierno. Y el infierno es, sobre todo, la experiencia terrible de la soledad, de la ausencia de Dios. Es el sufrimiento de quien en vida ha decidido vivir para sí.

Esta parábola no quiere meternos miedo sobre lo que nos espera en el más allá. La parábola intenta sobre todo que reflexionemos sobre nuestra vida. La palabra de Dios de este domingo es una llamada a compartir. A compartir lo que somos, lo que sabemos y lo que tenemos. Todo, en la medida de nuestras posibilidades. Sabiendo que cuando hay amor se puede mucho más de lo uno cree o piensa. Los padres y madres de familia saben mucho de esto.

¿Con quién compartir? Obviamente con aquél o con aquellos que necesitan de nosotros. Y no sólo ayuda económica; que también. Cualquier servicio, colaboración o presencia. Como el pobre Lázaro del evangelio, a la puerta de nuestra vida llaman muchos que necesitan algo que nosotros podríamos dar. Enfermos o pobres económicos, inmigrantes o ancianos, niños o adolescentes que inician un camino de fe, misiones o proyectos de contenido social con organismos de atención social..., etc.

¿Qué podríamos dar y compartir? Ayuda económica, por supuesto. También en la medida de nuestras posibilidades. Pero quizás somos ricos en otras cosas muy importantes: el tiempo, las cualidades personales, tu vida de fe, tus capacidades, tus conocimientos. Siempre podemos dar algo. (Catequesis en la parroquia, caritas, colaboración en ciertas actividades pastorales, visitas a los enfermos, ...).

 Y más que dar, darnos. Como se da a sí misma una mamá al hijo más desvalido y a todos los hijos.
Podrá ser pobre ella, pero se da toda entera al hijo que la necesita: amor, atención en todo momento, preocupación constante, delicadeza en el trato y compañía permanente. También, ¿por qué no?, con una vida totalmente entregada al evangelio, como laico comprometido, como sacerdote, religioso, misionero.

La lectura de la carta a Timoteo viene a ser un resumen de lo que debe ser la vida de un cristiano, si quiere vivir en verdad el mensaje del evangelio. Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. San Pablo sabe que no es fácil cumplir este programa de vida. Por eso advierte: Combate el buen combate de la fe.

Ser seguidor de Jesús o vivir cristianamente exige un esfuerzo y una lucha constante. Por dos motivos: Porque vivimos en un mundo que tiene otras idolatrías y porque sigue habiendo en nosotros la tendencia al pecado. De ahí la necesidad de combatir el buen combate de la fe. Y da unas pautas (a Timoteo y a nosotros): Hombre de Dios, practica la justicia,(trabajo por una vida más digna para todos) la piedad (relación amorosa con Dios y con los demás), la fe (que sea viva), el amor (solidario y entregado como el Cristo), la paciencia (saber sufrir y compartir el sufrimiento de los demás, como Cristo), la delicadeza (en el trato con todos, y no únicamente con los que nos caen bien). 

Quien practica todo esto, está combatiendo el buen combate de la fe. ¡Qué distinto sería nuestro mundo si nos aplicáramos la palabra de Dios!

El rico de la parábola no conocía a Lázaro. Y no lo conoció sencillamente porque no abrió ni se asomó a la puerta de la casa. Lección: asomarnos a la vida de los demás, estar atentos a sus necesidades y situaciones difíciles...

Caín mata a su hermano Abel y Yaveh le pregunta: ¿Caín, donde está tu hermano Abel?. Y Caín le responde: ¿Acaso soy el guardián de mi hermano? Dícele Yahvé: La voz de la sangre de tu hermano está clamando desde la tierra... Maldito...No hemos matado a nadie, es verdad. Pero quizás, y sin caer en la cuenta, podemos dejar morir a más de uno o a muchos por no salir a su encuentro, por no asomarnos a su vida, conocer su pobreza y compartir con él.

Sin embargo, Cristo ha muerto por todos, se solidarizó con todos, sirvió con amor y compartió su vida hasta entregarla del todo. Es lo que celebramos en la eucaristía. Y es el camino que debemos seguir si queremos un mundo mejor: más justo, más humano, más cristiano.
 P. Teodoro Baztán Basterra.

viernes, 23 de septiembre de 2016

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El mismo Señor tenía una bolsa, en la que se depositaban las cosas necesarias, y tenía dinero para las necesidades de él y de los que con él vivían, pues no miente el evangelista cuando dice que tuvo hambre (Mt 4,2; 21,18). Quiso tener hambre por ti, para que no sientas tú hambre en aquel que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos a nosotros con su pobreza (2Co 8,9). Tuvo, pues bolsa, a pesar de que se dice que algunas piadosas mujeres que le seguían sus pasos por donde evangelizaba, y que le abastecían con sus propios bienes. En el Evangelio se citan estas mujeres; entre ellas se hallaba la mujer de un tal Cusa, administrador de Herodes (Lc 8,3). Mira lo que hacían. Más tarde había de aparecer Pablo, que, sin pedir nada, lo dio todo a los que debían proveerle. Pero, como muchos necesitados habían de pedir estas cosas, Cristo se adaptó a estos necesitados. ¿Es que, entonces, Pablo es más sublime que Cristo? Cristo es más sublime, porque es más misericordioso. Pues, sabiendo que Pablo no había de pedir estas cosas, proveyó para que no se condenase a quien pidiera, y ofreció un ejemplo al débil; y como veía que muchos habían de ir solícitos y gozosos al martirio, y que en la misma pasión se habían de alegrar, siendo animosos, robustos y maduros para el granero, y también a otros débiles, a quienes veía que podían perturbarse ante los padecimientos, para que no desfalleciesen, sino que más bien acoplasen su voluntad humana a la voluntad del Creador, quiso Cristo asumir sus personas en su pasión, diciendo: Triste está mi alma hasta la muerte; y añadió: Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz. Enseñó qué debía decir el débil, pero inmediatamente declaró qué es lo que debía hacer el débil: Pero que no se cumpla mi voluntad, sino la tuya (Mt 26,38.39). Así como en la pasión personificó a los débiles, prefigurándolos en su cuerpo, ya que eran miembros suyos, y no en vano se dijo: Tus ojos vieron mi imperfección, y en tu libro todas se hallan escritas (Sal 138,16); así también en la posesión de las bolsas, y en el exigir, en cierto modo los víveres, que no han de pedirse, sino ofrecerse, se acogió a la indigencia. Zaqueo lo recibió gozoso (Lc 19,6). ¿Para quién fue el bien: para Cristo, o para Zaqueo? Si no le hubiera recibido Zaqueo, ¿acaso no habría tenido un lugar donde permanecer el fabricador del mundo? O si Zaqueo no le hubiera alimentado, ¿le habría faltado el sustento al que con cinco panes sació a cinco mil hombres? Cuando alguien recibe a un santo, no beneficia al amparado, sino al amparador. ¿Acaso en aquella gran hambre no era alimentado Elías? ¿No le traía un cuervo pan y carne, sirviendo una criatura al siervo de Dios? (2R 17,6) Sin embargo fue enviado a que le alimentase una viuda, para que le ayudara con algo, no como a un soldado, sino como a un proveedor.

 Hablábamos, hermanos, del sostenimiento de los pobres. Pues bien, como el Señor tenía bolsa, cuando le dijo a Judas, el que lo había de entregar: Lo que vas a hacer, hazlo pronto, no entendieron los demás lo que le dijo, creyendo que le había ordenado preparar algo para dárselo a los pobres. Sin duda que el Señor tenía bolsa: está escrito en el Evangelio (Jn 13,27-29). ¿Podrían los demás haber sospechado esto de entregar a los pobres, si no hubiera sido una costumbre del Señor? De lo que se daba y se metía en la bolsa, se entregaba también a los pobres, a los que Dios ha enseñado a no despreciar. Si no desprecias al pobre, ¿cuánto menos al buey que trilla en esta era? Y ¿cuánto menos a tu siervo? Si no necesita alimento, quizá necesite vestido; y si no necesita vestido, tal vez necesite un techo; o quizá esté construyendo una iglesia, o edificando algo útil en la casa de Dios; él espera que te preocupes y cuides del indigente y del pobre. Tú, al contrario, tierra dura, pedregosa, no regada, o regada en vano, te disculpas, escuchándote a ti decir: "no lo sabía, lo desconocía, nadie me lo ha dicho". ¿Nadie te lo ha dicho? Pero Cristo no deja de hablar; el Profeta no deja de decir: Dichoso el que cuida del necesitado y del pobre (Sal 40,2). No ves el arca vacía de tu superior, pero ves, sin duda, como un edificio que se levanta, en el cual podrás entrar y orar. ¿Acaso pasa desapercibido a tus ojos? A no ser que penséis, hermanos, que vuestras autoridades religiosas acumulan riquezas. Conozco a muchos que no sólo no acumulan, sino que están con dificultades en las necesidades cotidianas. Cosa que en absoluto se sospecha de ellos. A éstos los encontraríais si quisierais, si vigilaseis en vuestro entorno, y estuvierais atentos para dar fruto. Os he dicho lo que he podido y como he podido. Creo, además, que me he sincerado con vosotros; pero, como dice el Apóstol, no os lo he manifestado para que lo hagáis conmigo. Quiera Dios que no os haya dicho estas cosas en vano. Conceda Dios que seáis tierra regada, no pétrea, como la de los judíos, por lo que merecieron recibir tablas de piedra; sino fértil, tierra regada, que dé fruto al agricultor. Ellos, con un corazón de piedra, significado en las tablas de piedra, a pesar de todo, daban los diezmos. Vosotros gemís, y aún no ha salido nada de vosotros. Si gemís, es que estáis de parto; y si estáis de parto, dad a luz. ¿Por qué ha de ser vano el gemido? ¿Por qué ha de ser estéril? Están doloridas las entrañas, ¿y no hay nada que salga a luz? Riega los montes desde sus altas moradas. Del fruto de tus obras se saciará la tierra. Dichosos los que realizan obras; Dichosos los que oyen estas cosas con fruto, dichosos los que no claman en vano. Del fruto de tus obras se saciará la tierra. Tú produces heno para los jumentos, y hierba para el servicio de los hombres. ¿Esto para qué es? Para sacar pan de la tierra. ¿Qué pan? Cristo. ¿De qué tierra? De Pedro, de Pablo, de los demás dispensadores de la verdad. Escucha cómo es de la tierra: Tenemos, dice, este tesoro en vasos de arcilla, para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios (2Co 4,7). Él es el pan que ha bajado del cielo (Jn 6,41), para ser extraído de la tierra, cuando se predica por el esfuerzo corporal de sus siervos. La tierra produce heno, para que brote el pan de la tierra. ¿Qué tierra produce heno? El pueblo piadoso, la población santa. Para que brote pan; ¿pero de qué tierra? Para que brote la Palabra de Dios de los Apóstoles, y de los administradores de los sacramentos de Dios que aún caminan por la tierra, y que llevan un cuerpo terreno.
 Comentario al salmo 103 III, 11-12

jueves, 22 de septiembre de 2016

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Alma región luciente,
prado de bienandanza,
que ni al hielo ni con el rayo ardiente
fallece; fértil suelo,
producidor eterno de consuelo:

de púrpura y de nieve
florida, la cabeza coronado,
y dulces pastos mueve,
sin honda ni cayado,
el Buen Pastor en ti su hato amado.

Él va, y en pos dichosas
le siguen sus ovejas, do las pace
con inmortales rosas,
con flor que siempre nace
y cuanto más se goza más renace.

Y dentro a la montaña
del alto bien las guía; ya en la vena
del gozo fiel las baña,
y les da mesa llena,
pastor y pasto él solo, y suerte buena.

Y de su esfera, cuando
la cumbre toca, altísimo subido,
el sol, él sesteando,
de su hato ceñido,
con dulce son deleita el santo oído.

Toca el rabel sonoro,
y el inmortal dulzor al alma pasa,
con que envilece el oro,
y ardiendo se traspasa
y lanza en aquel bien libre de tasa.

¡Oh, son! ¡Oh, voz! Siquiera
pequeña parte alguna decendiese
en mi sentido, y fuera
de sí la alma pusiese
y toda en ti, ¡oh, Amor!, la convirtiese,

conocería dónde
sesteas, dulce Esposo, y, desatada
de esta prisión adonde
padece, a tu manada
viviera junta, sin vagar errada.
Fray Luis de León

miércoles, 21 de septiembre de 2016

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 Palabras del Santo Padre para introducir la oración del ángelus.

    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

        La liturgia de hoy nos propone el capítulo 15 de Evangelio de Lucas, considerado el capítulo de la misericordia, que recoge tres parábolas con las que Jesús responde a las murmuraciones de los escribas y de los fariseos. Estos critican su comportamiento y dicen: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos” (v. 2). Con estas tres historias, Jesús quiere hacer entender que Dios Padre es el primero a tener hacia los pecadores una actitud acogedora y misericordiosa. Dios tiene esta actitud. En la primera parábola Dios es presentado como un pastor que deja las noventa y nueve ovejas para ir a buscar a la que se ha perdido. En la segunda es comparado con una mujer que ha perdido una moneda y la busca hasta que la encuentra. En la tercera parábola Dios es imaginado como un padre que acoge al hijo que se había alejado; la figura del padre desvela el corazón de Dios misericordioso, manifestado en Jesús.

        Un elemento común de estas parábolas es el expresado por los verbos que significan alegrarse juntos, hacer fiesta. No se habla de hacer luto, se alegra, se hace fiesta. El pastor llama a los amigos y vecinos y les dice: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido” (v. 6); la mujer llama a las amigas y las vecinas diciendo: “Felicitadme, he encontrado la moneda que se me había perdido” (v. 9); el padre dice al otro hijo: “Celebramos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado” (v. 32). En las primeras dos parábolas el acento está en la alegría tan incontenible que se debe compartir con “amigos y vecinos”. En la tercera parábola está puesto en la fiesta que parte del corazón del padre misericordioso y se expande a toda la casa. Esta fiesta de Dios por aquellos que vuelven a Él arrepentidos es entonada como nunca en al Año jubilar que estamos viviendo, ¡como dice el mismo término ‘jubileo’! Es decir, júbilo.

        Con estas tres parábolas, Jesús nos presenta el verdadero rostro de Dios, un Dios de los brazos abiertos, que trata a los pecadores con ternura y compasión. La parábola que más conmueve a todos, porque manifiesta el infinito amor de Dios, es la del padre que aferra a sí y abraza al hijo encontrado. Es decir, lo que conmueve no es tanto la triste historia de un joven que se precipita a la degradación, sino sus palabras decisivas: “Ahora mismo iré a la casa de mi padre” (v. 18). El camino de regreso hacia la casa es el camino de la esperanza y de la vida nueva. Dios espera nuestro volver a ponernos en viaje, nos espera con paciencia, nos ve cuando todavía estamos lejos, corre a nuestro encuentro, nos abraza, nos besa, nos perdona. Así es Dios, así es nuestro Padre. Y su perdón cancela el pasado y nos regenera en el amor. Olvida el pasado, esta es la debilidad de Dios. Cuando nos abraza, nos perdona, pierde la memoria, no tiene memoria. Olvida el pasado. Cuando nosotros pecadores nos convertimos y nos hacemos reencontrar por Dios, no nos esperan reproches y durezas, porque Dios salva, acoge de nuevo en casa con alegría y hace fiesta. Jesús mismo en el Evangelio de hoy dice: “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. Os hago una pregunta, ¿habéis pensado alguna vez que cada vez que vamos al confesionario, hay alegría y fiesta en el cielo? ¿Habéis pensando en esto? Es bonito.

        Esto nos infunde gran esperanza porque no hay pecado en el que hayamos caído del cual, con la gracia de Dios, no podamos resurgir. No hay una persona irrecuperable, nadie es irrecuperable, porque Dios no para nunca de querer nuestro bien, ¡también cuando pecamos!

        La Virgen María, Refugio de los pecadores, haga surgir en nuestros corazones la confianza que se enciende en el corazón del hijo pródigo: “Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti” (v. 18). Por este camino, podemos dar gloria a Dios, y su gloria se pueden convertir en su fiesta y la nuestra.
 Ciudad del Vaticano, 11 septiembre 2016.

martes, 20 de septiembre de 2016

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Catequesis del papa Francisco en la audiencia del miércoles 14 de septiembre de 2016

    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

        Durante este Jubileo hemos reflexionado varias veces sobre el hecho de que Jesús se expresa con una ternura única, signo de la presencia y de la bondad de Dios. Hoy nos paramos sobre un paso conmovedor del Evangelio (cfr Mt 11, 28-30), en el que Jesús dice, lo hemos escuchado, “Venid a mí, los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré… […] Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y así encontraréis alivio” (vv. 28-29).

        La invitación del Señor es sorprendente: llama a seguirlo a personas sencillas y afectadas por una vida difícil, personas que tienen muchas necesidades y les promete que en Él encontrarán descanso y alivio. La invitación está dirigida de forma imperativa: “venid a mí”, “tomad mi yugo” y “aprended de mí”. Tratemos de entender el significado de estas expresiones. ¡Quizá todos los líderes del mundo pudieran decir esto! Tratamos de acoger el significado de estas expresiones: el primer imperativo es “Venid a mí”. Dirigiéndose a aquellos que están cansados y agobiados, Jesús se presenta como el Siervo del Señor descrito en el libro del profeta Isaías y dice así: “El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento” (50,4). A estos desalentados de la vida, se acerca el Evangelio a menudo también a los pobres (cfr Mt 11,5) y los pequeños (cfr Mt 18,6). Se trata de los que no pueden contar con los propios medios, ni con amistades importantes. Estos solo pueden confiar en Dios. Conscientes de la propia humildad y condición de miseria, saben depender de la misericordia del Señor, esperando de Él la única ayuda posible. En la invitación de Jesús encuentran finalmente respuesta a su espera: convirtiéndose en sus discípulos reciben la promesa de encontrar alivio para toda la vida.

        Una promesa que al finalizar el Evangelio se extiende a todos: “Vayan –dice Jesús a los discípulos– y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” Mt 28,19. Acogiendo la invitación a celebrar este año de gracia del Jubileo, en todo el mundo los peregrinos atravesaron la Puerta de la Misericordia abierta en las catedrales y en los santuarios, en muchas iglesias del mundo, en los hospitales, en las cárceles, todo esto para encontrar a Jesús, su amistad, el alivio que solo Jesús sabe dar. Este camino expresa la conversión de cada discípulo que sigue a Jesús. Y la conversión consiste siempre en el descubrir la misericordia del Señor, infinita e inagotable, es grande la Misericordia del Señor. Atravesando la Puerta Santa, por tanto, profesamos “que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos” (Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, 7). El segundo imperativo dice: “tomad mi yugo”. En el contexto de la Alianza, la tradición bíblica utiliza la imagen del yugo para indicar el estrecho vínculo que une el pueblo a Dios y, como consecuencia, la sumisión a su voluntad expresada en la Ley. En polémica con los escribas y los fariseos, Jesús pone a sus discípulos en su yugo, en el cual la Ley encuentra su cumplimiento. Quiere enseñarles a que descubran la voluntad de Dios mediante su persona, mediante Jesús, no mediante leyes y prescripciones frías que el mismo Jesús condena. Él está en el centro de su relación con Dios, está en el corazón de las relaciones entre los discípulos y se pone como fulcro de la vida de cada uno. Recibiendo el “yugo de Jesús” cada discípulo entra así en comunión con Él y se ha hecho partícipe del misterio de su cruz y de su destino de salvación.

        Le sigue el tercer imperativo: “aprended de mí”. Jesús promete a sus discípulos un camino de conocimiento y de imitación. Jesús no es un maestro severo que impone a los otros pesos que Él no ha soportado, esta es la acusación que Él hacía a los doctores de la ley. Él se dirige a los humildes y a los pequeños porque Él mismo es pobre y probado por dolores. Para salvar a la humanidad, Jesús no ha recorrido un camino fácil; al contrario, su camino ha sido doloroso y difícil. Como recuerda la Carta a los Filipenses: “se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (2,8). El yugo que los pobres y los oprimidos llevarán es el mismo yugo que Él ha llevado antes que ellos: por eso es un yugo ligero. Él se ha cargado a las espaldas los dolores y los pecados de toda la humanidad. Para el discípulo, por tanto, recibir el yugo de Jesús significa recibir su revelación y acogerla: en Él la misericordia de Dios se ha hecho cargo de las pobrezas de los hombres, donando así a todos la posibilidad de la salvación. ¿Pero por qué Jesús es capaz de decir eso? Porque Él se ha hecho todo a todos, se ha donado a los pobres, a la gente, trabajaba todo el día con ellos, Jesús no era un príncipe; es feo para la Iglesia cuando los pastores se convierten en príncipes, lejos de la gente, de los más pobres. Ese no es el espíritu de Jesús, estos pastores que Jesús regañaba y decía “¡haz lo que ellos dicen por no lo que hacen!”

        Queridos hermanos y hermanas, también para nosotros hay momentos de cansancio y de desilusión. Entonces, recordemos estas palabras del Señor, que nos dan tanto consuelo y nos hacen entender si estamos poniendo nuestras fuerzas al servicio del bien. De hecho, a veces nuestro cansancio es por haber puesto la confianza en cosas que no son esenciales, porque nos hemos alejado de lo que vale realmente en la vida. El Señor nos enseña a no tener miedo de seguirlo, porque la esperanza que ponemos en Él no nos decepcionará. Estamos llamados por tanto a aprender de Él qué significa vivir de misericordia para ser instrumentos de misericordia. Vivir de misericordia para ser instrumentos de misericordia, vivir de misericordia quiere decir estar necesitados de Jesús y aprender por tanto a ser misericordiosos con los otros. Tener fija la mirada sobre el Hijo de Dios nos hace entender cuánto camino debemos recorrer todavía; pero al mismo tiempo nos infunde la alegría de saber que estamos caminando con Él y no estamos nunca solos. ¡Ánimo, por tanto, ánimo! No dejemos que nos quiten la alegría de ser discípulos del Señor. “Pero padre yo soy un pecador”, déjate ir a Jesús, siente sobre ti su misericordia y tu corazón será colmado de alegría y perdón. No dejemos que nos roben la esperanza de vivir esta vida junto con Él y con la fuerza de su consolación. ¡Gracias!
Ciudad del Vaticano, 14 septiembre 2016.     

lunes, 19 de septiembre de 2016

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Aquel siervo a quien su amo iba a mandarle salir de la administración; pensó en su futuro y se dijo: Mi amo me va a expulsar de la administración. ¿Qué he de hacer? Cavar no puedo, mendigar me da vergüenza. De una cosa le aparta el trabajo; de la otra, la vergüenza; pero en esos apuros no le faltó decisión. Ya sé, dijo, lo que he de hacer. Reunió a los deudores de su amo y les presentó los contratos firmados. —Di tú, ¿cuál es tu deuda? El responde: —Cien medidas de aceite. —Siéntate rápidamente y pon cincuenta. Toma tu garantía. Y al otro: —Tú, ¿cuánto debes? —Cien medidas de trigo.

 —Siéntate y pon de prisa ochenta. Toma tu contrato. Así había reflexionado: cuando mi amo me expulse de la administración, ellos me recibirán, y la necesidad no me obligará ni a cavar ni a mendigar.

¿Por qué propuso Jesucristo el Señor esta parábola? No le agradó aquel siervo fraudulento; defraudó a su amo y sustrajo cosas, y no de las suyas. Además le hurtó a escondidas, le causó daños para prepararse un lugar de descanso y tranquilidad para cuando tuviera que abandonar la administración. ¿Por qué propuso el Señor esta parábola? No porque el siervo aquel hubiera cometido un fraude, sino porque fue previsor para el futuro, para que se avergüence el cristiano que carece de determinación al ver alabado hasta el ingenio de un fraudulento. En efecto, así continuó: Ved que los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz. Cometen fraudes mirando por su futuro. ¿Mirando a qué vida tomó precauciones aquel mayordomo? A aquella vida de la que tendría que salir cuando se lo mandasen. Él se preocupó por la vida que tiene un fin, y ¿no te preocupas tú por la eterna? Así, pues, no améis el fraude, sino lo que dice: Haceos amigos; Haceos amigos con la «mammona» de la iniquidad.

Mammona es el nombre hebreo de las riquezas; por eso en púnico se las llama mamon. ¿Qué hemos de hacer, pues? ¿Lo que mandó el Señor? Haceos amigos con la «mammona» de iniquidad, para que también ellos os reciban en los tabernáculos eternos cuando comencéis a desfallecer. Es fácil de entender de estas palabras que hay que hacer limosnas, que hay que dar a los necesitados, puesto que en ellos es Cristo quien recibe. El mismo dijo: Cuando lo hicisteis con uno de estos mis pequeños, conmigo lo hicisteis. En otro lugar dijo también: Quien dé a uno de mis discípulos un vaso de agua fría sólo por ser discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa. Comprendemos que hay que dar limosnas, y no hay que perder mucho tiempo en elegir a quién se las hemos de dar, puesto que no podemos examinar los corazones. Cuando las das a todos, entonces las darás a los pocos que son dignos de ellas. Eres hospitalario; ofreces tu casa a los peregrinos; admite también al que no lo merece, para no excluir al que lo merece. No puedes juzgar ni examinar los corazones…

En aquellas palabras vemos indicado esto, porque quienes así obran se adquieren amigos que los reciban en los tabernáculos eternos una vez que sean expulsados de esta administración. En efecto, todos somos mayordomos; a todos se nos ha confiado en esta vida algo de lo que tendremos que rendir cuentas al gran padre de familia. Y a quien más se le haya confiado, mayor cuenta tendrá que dar. El primer texto que se leyó llenó de espanto a todos, y más todavía a los que presiden a los pueblos, sean ricos o pobres, sean reyes o emperadores, o jueces u obispos, u otros dirigentes de las iglesias. Cada cual ha de rendir cuentas de su administración al padre de familia. Esta administración es temporal, pero la recompensa para quien la lleva es eterna.

Mas, si llevamos la administración de forma que podamos dar buena cuenta de ella, estamos seguros de que luego nos confiarán cosas mayores. Ponte al frente de cinco posesiones, dijo el amo al siervo que le había dado buena cuenta del dinero que le había confiado para administrarlo. Si obramos rectamente, nos llamará a cosas mayores. Mas como es difícil no faltar muchas veces en una administración grande, no debe faltar nunca la limosna, para que, cuando tengamos que rendir cuentas, no sea para nosotros tanto un juez insobornable como un padre misericordioso. Pues, si comienza a examinar todo, encontrará mucho que condenar. Debemos socorrer en esta tierra a los necesitados para que se cumpla en nosotros lo que está escrito: Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia. Y en otro lugar: El juicio será sin misericordia para quien no practicó la misericordia.
San Agustín, Sermón 359 A, 9-11




domingo, 18 de septiembre de 2016

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Amós era un personaje del siglo octavo antes de Cristo. Ejercía la profesión de tratante de ganado y conocía muy bien las injusticias que en el tráfico y el mundo de los negocios se cometían para conseguir dinero fácil con engaños y trampas que hacían más pobres a los ya necesitados de ayuda.

Un día, movido por el Espíritu de Dios, se sintió llamado al profetismo y a la denuncia. No fue bien comprendido por los encargados del templo, pero tomó partido declarado por la solidaridad y la justicia entre los hombres; condenó la corrupción de los dirigentes político-religiosos y las diferencias sociales, descubrió los abusos de los comerciantes y las injusticias de los poderosos.

Amós es llamado el profeta de la solidaridad y la justicia. El texto de la primera lectura  habla por sí solo.

Continuando con el mensaje y denuncia profética de Amós, san Pablo nos encarece a los cristianos la necesaria colaboración con las autoridades y el pueblo para que imperen y triunfen en este mundo la justicia y la paz, armonía, solidaridad, fraternidad...

Primero: Orando por todos, especialmente por las autoridades
Segundo: Siendo ejemplo de convivencia, servicio y preocupación por todos, especialmente por los más necesitados
Tercero: Convencidos de que estamos llamados a vivir como hijos de Dios, con Cristo su Hijo y nuestro hermano mayor.

El evangelio de hoy viene a ser una llamada a administrar responsablemente los dones que hemos recibido de Dios. La parábola del administrador infiel, a quien su amo despide por malversación de fondos, tiene una conclusión desconcertante a primera vista: “El amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido”. Pero el Señor no alaba la gestión del administrador infiel, totalmente corrupta, sino la habilidad con que había procedido. Por eso añade: “Ciertamente los hijos de este mundo -los hijos de las tinieblas- son más astutos con su gente que los hijos de la luz”.
Es decir, los seguidores de Jesús deben imitar en su vida cristiana la habilidad y la previsión que en sus negocios ponen los hijos de este mundo. No es la corrupción y la falta de honradez lo que se pone de modelo, sino la habilidad. Esta es la lección de fondo.

En el empeño por ser fieles a nuestra fe o ser fieles seguidores de Jesús, el creyente debe imitar el esfuerzo y dedicación de tantos otros por alcanzar objetivos terrenos y meramente materiales: adquirir dinero, ganarse influencias y poder, culminar una carrera, conseguir un puesto de renombre, asegurar el éxito político o deportivo.

¡Cuántos desvelos, cuánto trabajo y esfuerzo, cuánto tiempo y energías se gastan o se emplean para alcanzar unos objetivos, que pueden ser buenos, pero que no son los definitivos! Esos mismos desvelos y aun mayores, ese mismo trabajo y esfuerzo pero más intenso, esas mismas energías es lo que tiene que imitar el buen seguidor de Jesús. Somos administradores, no dueños.

A pesar de su sagacidad, el administrador infiel sólo supo solucionar su futuro inmediato y asegurarse un porvenir caduco. El cristiano debe ser igualmente sagaz y hábil para prever y asegurarse un porvenir definitivo en Dios.

Hoy Jesús nos enseña otro camino: Utilizar lo que tenemos para una vida más digna, personal y familiar, y compartir el dinero y los bienes que tengamos, pocos o muchos, con los hermanos, especialmente con los más pobres, dejando de lado el egoísmo, la avaricia y la ambición, y dando lugar a la generosidad, el servicio, la solidaridad y la justicia.

Y advierte: “No podéis servir a dos señores..., no podéis servir a Dios y al dinero”. Así de claro. Jesús nos emplaza a situarnos de un lado o de otro. A decidirnos a no andar a medias tintas, a optar por Dios, la solidaridad y la justicia, a rechazar el afán desmedido por el dinero y la corrupción, a no ser egoístas sino solidarios. 

Ojalá nuestro corazón sepa mandar sobre el bolsillo. 

Ojalá no desaprovechemos los avisos que Dios nos da. Que como buenos administradores de lo que hemos recibido, podamos presentarnos ante él con las manos llenas de misericordia y generosidad. 
Tenemos que optar por lo mejor, aunque cueste, por lo permanente y definitivo, por lo que no perece, por Cristo y el evangelio, por el hermano, por todos.
P. Teodoro Baztán Basterra