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sábado, 27 de mayo de 2017

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Tan sólo mejor
que la mejor parte
que escogió María,
el difícil todo.

Acoger al Verbo,
dándose al silencio.
Vigilar Su Ausencia,
gritando Su Nombre.
Descubrir Su Rostro
en todos los rostros.

Hacer del silencio
la mayor escucha.
Traducir en actos
las Sagradas Letras.

Combatir amando.
Morir por la vida,
luchando en la paz.

Derribar los tronos
con las viejas armas
quebradas de ira,
forradas de flores.

Plantar la bandera
-la justicia libre
en los gritos pobres.

Cantar sobre el mundo
el Advenimiento
que el mundo reclama,
quizás sin saberlo.

El difícil todo
que supo escoger
...la otra María.

Mons. Pedro Casaldáliga

viernes, 26 de mayo de 2017

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Ante todo, exhorto a vuestra caridad a que no sea perezosa en reflexionar un poquito sobre los motivos por los que dijo el Señor: Él no puede venir sin que yo me vaya (Jn 16,7) Como si -por hablar a modo carnal-, como si Cristo, el Señor, tuviese algo guardado en el cielo y lo confiase al Espíritu Santo que venía de allí, y, por tanto, el Espíritu no pudiera venir a nosotros antes de que volviera Jesús para confiárselo; o como si nosotros no pudiéramos soportar a ambos a la vez, o fuéramos incapaces de tolerar la presencia de uno y otro; o como si uno excluyera al otro, o como si, cuando vienen a nosotros, sufrieran ellos estrecheces en vez de dilatarnos nosotros. ¿Qué significa, pues, Él no puede venir sin que yo me vaya? Os conviene -dijo- que yo me vaya; pues, si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros (Jn 16.7). Escuche vuestra caridad lo que estas palabras significan, según yo he entendido o creo haber entendido, o según he recibido por don suyo, o en cuanto digo lo que creo. Pienso que los discípulos se habían obsesionado con la forma humana de Jesús y, hombres como eran, el afecto humano los tenía encadenados al hombre. Él, en cambio, quería que su amor fuese más bien divino, para transformarlos, de esa forma, de carnales en espirituales, cosa que no se produce en el hombre si no es por don del Espíritu Santo. Les dice algo así: «Os envío un don que os transforme en espirituales, el don del Espíritu Santo. Pero no podéis llegar a ser espirituales si no dejáis de ser carnales. Mas dejaréis de ser carnales si desaparece de vuestros ojos mi forma carnal para que se incruste en vuestros corazones la forma de Dios». Esta forma humana, esta forma de siervo, por la que el Señor se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo (Flp 2,7); esta forma humana tenía cautivo el afecto del siervo Pedro cuando temía que muriese aquel a quien tanto amaba. Amaba, en efecto, a Jesucristo, el Señor, pero como un hombre a otro hombre, como hombre carnal a otro carnal, y no como hombre espiritual a la majestad. ¿Cómo lo demostramos? Habiendo preguntado el Señor a sus discípulos quién decía la gente que era él y habiéndole recordado ellos las opiniones ajenas, según las cuales unos sostenían que era Juan, otros que Elías, o Jeremías, o uno de los profetas, les pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?( Mt 16,15) Y Pedro, él solo en nombre de los demás, uno por todos, dijo: Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo (Mt 16,16). ¡Estupenda y verísima respuesta! Por ella mereció escuchar: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos (Mt 16,7). Puesto que tú me dijiste, yo te digo; dijiste antes, escucha ahora; proclamaste tu confesión, recibe la bendición. Así, pues, también yo te digo: Tú eres Pedro; dado que yo soy la piedra, tú eres Pedro, pues no proviene piedra de Pedro, sino Pedro de piedra, como cristiano de Cristo y no Cristo de cristiano. Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (Mt 16,18); no sobre Pedro, que eres tú, sino sobre la piedra que has confesado. Edificaré mi Iglesia: te edificaré a ti, que al responder así te has convertido en figura de la Iglesia. Esto y otras cosas escuchó por haber dicho: Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo.Como recordáis, había oído también: No te lo ha revelado la carne ni la sangre, es decir, el razonamiento, la debilidad, la impericia humanas, sino mi Padre que está en los cielos (Mt 16,17). A continuación comenzó el Señor Jesús a predecir su pasión y a mostrarles cuánto iba a sufrir de parte de los impíos. Ante esto, Pedro se asustó y temió que, al morir Cristo, pereciera el Hijo del Dios vivo. Ciertamente, Cristo, el Hijo del Dios vivo, el bueno del bueno, Dios de Dios, el vivo del vivo, fuente de la vida y vida verdadera, había venido a perder a la muerte, no a perecer él de muerte. Con todo, Pedro, siendo hombre y, como recordé, lleno de afecto humano hacia la carne de Cristo, dijo: Ten compasión de ti, Señor. ¡Lejos de ti el que eso se cumpla! (Mt 16,22). Y el Señor rebate tales palabras con la respuesta justa y adecuada. Como le tributó la merecida alabanza por la anterior confesión, así da la merecida corrección a este temor. Retírate, Satanás (Mt 16,23) -le dice-. ¿Dónde queda aquello: Dichoso eres, Simón, hijo de Juan? Distingue cuándo lo alaba y cuándo lo corrige; distingue la causa de la confesión y la del temor. La de la confesión: No te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos (Mt 16,17); la causa del temor: Pues no gustas las cosas de Dios, sino las de los hombres (Mt 16,23). ¿No vamos a querer, pues, que diga a los apóstoles: Os conviene que yo me vaya? Pues, si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros (Jn 16,7). Mientras no se sustraiga a vuestra mirada carnal esta forma humana, nunca seréis capaces de comprender, sentir o pensar algo divino. Sea suficiente lo dicho. De aquí la conveniencia de que su promesa respecto al Espíritu Santo se cumpliese después de la resurrección y ascensión de Jesucristo el Señor. Haciendo referencia al mismo Espíritu Santo, Jesús había exclamado y dicho: Quien tenga sed, que venga a mí y beba, y de su seno fluirán ríos de agua viva (Jn 7,37-38). A continuación, hablando en propia persona, dice el mismo evangelista Juan: Esto lo decía del Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Pues aún no se había otorgado el Espíritu, porque Jesús aún no había sido glorificado (Jn 7,39). Así, pues, una vez glorificado nuestro Señor Jesucristo con su resurrección y ascensión, envió al Espíritu Santo.
S 270,2

jueves, 25 de mayo de 2017

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Hoy contemplamos lo que hizo el Espíritu en la vida de Santa Catalina de Siena. Por una parte, en ella vemos realizada la sabiduría de los sencillos, porque Catalina era una mujer analfabeta, sin formación, que llegó a explicar misterios profundos de la vida espiritual y fue capaz de sacar de sus errores a muchos pretendidos sabios de su época. La acción del Espíritu en quien se deja enseñar por él, produce la más alta sabiduría, e infunde en los aparentemente débiles un arrojo incomprensible. La humilde e inculta Catalina era capaz de dirigirse al Papa dándole consejos y de reprochar de frente las debilidades de los obispos.

Además, el hombre o la mujer donde obra el Espíritu, que se deja llevar en la existencia por el impulso de vida del Espíritu Santo, pierde el temor al desgaste que pueda ocasionarle su misión; ya no le tiene miedo al paso del tiempo, a la pérdida de energías, y cada vez experimenta una seguridad mayor, prueba "gozo y paz en el Espíritu Santo" (Romanos 14,17). Por la firme vitalidad que le ha ido dando el Espíritu con el paso de los años, "en la vejez seguirá dando fruto, y estará frondoso y lleno de vida" (Salmo 92,15).

La vida de Dios en nosotros nos hace experimentar, cuando una parte de nosotros se va desgastando, que hay otro nivel de vida que va creciendo: "Al cansado da vigor, y al que no tiene fuerzas le acrecienta la energía" (lsaías 40,29-31).

Es bueno que hoy pidamos al Espíritu Santo que derrame en nosotros esa sabiduría de los humildes y esa fortaleza de los santos que se dejan conducir por él.

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Un pensamiento diario de San Agustín de Hipona

"Poseídos por el Señor"
Intenta comprender: la resurrección del cuerpo será un final sin final. El cuerpo no morirá más, no sufrirá más, no tendrá más hambre, ni tendrá más sed y no será afligido más. No será ni viejo ni enfermo. Estaremos poseídos por el Señor, seremos su heredad y el será nuestro.
(Sermones 213,9)
Oración - He alzado mi alma a ti, Señor, como si llevase una vasija a una fuente. Lléname, pues, ya que te he alzado mi alma.    (Enarraciones sobre el salmo 142,15)

miércoles, 24 de mayo de 2017

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Quien cree amar al Hijo y no ama al Padre, no ama verdaderamente al Hijo, sino lo que él se ha imaginado. Porque nadie, dice el Apóstol, puede pronunciar el nombre de Jesús si no es por el Espíritu Santo. ¿Y quién dice Señor Jesús del modo que dio a entender el Apóstol sino aquel que le ama? Muchos lo pronuncian con la lengua y lo arrojan del corazón y de sus obras, conforme de ellos dijo el Apóstol: Confiesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan. Luego, si con los hechos se niega, sin duda también con los hechos se habla. Nadie, pues, puede pronunciar con provecho el nombre del Señor Jesús con la mente, con la palabra, con la obra, con el corazón, con la boca, con los hechos, sino por el Espíritu Santo; y de este modo solamente lo puede decir el que ama. Y ya de este modo decían los apóstoles: Señor Jesús. Y si lo pronunciaban sin fingimiento, confesándolo con su voz, con su corazón y con sus hechos; es decir, si con verdad lo pronunciaban, era ciertamente porque amaban. Y ¿cómo podían amar sino por el Espíritu Santo? Con todo, a ellos se les manda amarle y guardar sus mandatos para recibir al Espíritu Santo, sin cuya presencia en sus almas no pudieran amar y observar los mandamientos.

No nos queda más que decir que el que ama tiene consigo al Espíritu Santo, y que teniéndole merece tenerle más abundantemente, y que teniéndole con mayor abundancia, es más intenso su amor. Ya los discípulos tenían consigo al Espíritu Santo, que el Señor prometía, sin el cual no podían llamarle Señor; pero no lo tenían aún con la plenitud que el Señor prometía. Lo tenían y no lo tenían, porque aún no lo tenían con la plenitud con que debían tenerlo. Lo tenían en pequeña cantidad, y había de serles dado con mayor abundancia. Lo tenían ocultamente, y debían recibirlo manifiestamente; porque es un don mayor del Espíritu Santo hacer que ellos se diesen cuenta de lo que tenían. De este don dice el Apóstol: Nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, para conocer los dones que Dios nos ha dado. Y no una, sino dos veces les infundió el Señor manifiestamente al Espíritu Santo. Poco después de haber resucitado, dijo soplando sobre ellos: Recibid al Espíritu Santo. ¿Acaso por habérselo dado entonces no les envió después también al que les había prometido? ¿O no es el mismo Espíritu Santo el que entonces les insufló y el que después les envió desde el cielo? De aquí nace otra cuestión: por qué esta donación, que hizo manifiestamente, la hizo dos veces. Quizá en atención a los dos preceptos del amor: el amor de Dios y el amor del prójimo; y para que entendamos que al Espíritu Santo pertenece el amor, hizo esta doble manifestación de su donativo. Y si otra causa hubiera de buscarse, no por eso hemos de prolongar esta plática más de lo conveniente, con tal que tengamos bien presente que, sin el Espíritu Santo, nosotros no podemos amar a Cristo ni guardar sus mandamientos, y que tanto menos podremos hacerlo cuanto menos de Él tengamos, y que lo haremos con tanta mayor plenitud cuanto más de Él participemos. Por consiguiente, no sin motivo se promete no sólo al que no le tiene, sino también al que le tiene: al que no le tiene, para que le tenga, y al que ya le tiene, para que le tenga con mayor abundancia. Porque, si uno no pudiera tenerle más abundantemente que otro, no hubiera dicho Elíseo al santo profeta Elías: El Espíritu, que está en ti, hágase doble en mí.
 In. ev. Jn74, 1-2

martes, 23 de mayo de 2017

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Una llamada al “cuidado de los niños".

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

        Ayer por la tarde volví de mi peregrinación a Fátima: ¡saludemos a la Virgen de Fátima! Y nuestra oración mariana de hoy toma un significado particular, cargado de memoria y de profecía para quienes miran la historia con los ojos de la fe.

        En Fátima me he sumergido en la oración del santo Pueblo fiel, oración que fluye desde hace cien años como un rio, para implorar la protección materna de María sobre el mundo entero. Demos gracias al Señor que me ha concedido ir a los pies de la Virgen Madre como peregrino de esperanza y de paz. Y doy gracias de todo corazón a los obispos, al obispo de Leiria-Fátima, a las autoridades del Estado, al presidente de la República y a todos aquellos que han ofrecido su colaboración.

        Desde el principio, cuando en la capilla de las apariciones permanecí en silencio largo tiempo, acompañado por el silencio orante de todos los peregrinos, se creó un clima de recogimiento y contemplativo, durante el cual se desarrollaron los diversos momentos de oración. Y en el centro de todo estuvo el Señor Resucitado, presente en medio de su Pueblo en la Palabra y en la Eucaristía. Presente en medio de numerosos enfermos, que son protagonistas de la vida litúrgica y pastoral de Fátima, como de todos los santuarios marianos.

        En Fátima la Virgen ha escogido el corazón inocente y la simplicidad de los pequeños Francisco, Jacinta y Lucia, los depositarios de su mensaje. Estos niños lo han acogido dignamente, y son reconocidos como testigos fiables de las apariciones, convirtiéndose en modelos de vida cristiana. Con la canonización de Francisco y Jacinta, he querido proponer a toda la Iglesia su ejemplo de adhesión a Cristo y de testimonio evangélico.

        También he querido proponer a toda la Iglesia de tomar como cargo el cuidado de los niños. Su santidad no es consecuencia de las apariciones, sino de la fidelidad y del ardor con los cuales han respondido al privilegio de poder ver a la Virgen María. Después del encuentro con la “Bella Dama”, ellos la llamaban así, rezaban frecuentemente el Rosario, haciendo penitencia y ofreciendo sacrificios para obtener el fin de la guerra y por las almas que más necesidad tenían de su misericordia.

        En nuestros días también, hay tanta necesidad de oración y de penitencia para implorar la gracia de la conversión, para implorar el fin de tantas guerras por todo el mundo, que se extienden cada vez más, lo mismo que el fin de tantos conflictos absurdos, grandes y familiares, pequeños, que desfiguran el rostro de la humanidad.

        Dejémonos guiar por la luz que viene de Fátima. Que el Corazón inmaculado de María sea siempre nuestro refugio, nuestro consuelo y el camino que nos conduce a Cristo.
Ciudad del Vaticano, 14 mayo 2017.

Fluvium.org.     

lunes, 22 de mayo de 2017

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  Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y abatidos. Pronto no lo tendrán con él. ¿Quién podrá llenar su vacío? Hasta ahora ha sido él quien ha cuidado de ellos, los ha defendido de los escribas y fariseos, ha sostenido su fe débil y vacilante, les ha ido descubriendo la verdad de Dios y los ha iniciado en su proyecto humanizador.

     Jesús les habla apasionadamente del Espíritu. No los quiere dejar huérfanos. Él mismo pedirá al Padre que no los abandone, que les dé “otro defensor” para que “esté siempre con ellos”. Jesús lo llama “el Espíritu de la verdad”. ¿Qué se esconde en estas palabras de Jesús?

     Este “Espíritu de la verdad” no hay que confundirlo con una doctrina. Esta verdad no hay que buscarla en los libros de los teólogos ni en los documentos de la jerarquía. Es algo mucho más profundo. Jesús dice que “vive con nosotros y está en nosotros”. Es aliento, fuerza, luz, amor... que nos llega del misterio último de Dios. Lo hemos de acoger con corazón sencillo y confiado.

     Este “Espíritu de la verdad” no nos convierte en “propietarios” de la verdad. No viene para que impongamos a otros nuestra fe ni para que controlemos su ortodoxia. Viene para no dejarnos huérfanos de Jesús, y nos invita a abrirnos a su verdad, escuchando, acogiendo y viviendo su Evangelio.

     Este “Espíritu de la verdad” no nos hace tampoco “guardianes” de la verdad, sino testigos. Nuestro quehacer no es disputar, combatir ni derrotar adversarios, sino vivir la verdad del Evangelio y “amar a Jesús guardando sus mandatos”.

     Este “Espíritu de la verdad” está en el interior de cada uno de nosotros defendiéndonos de todo lo que nos puede apartar de Jesús. Nos invita abrirnos con sencillez al misterio de un Dios, Amigo de la vida. Quien busca a este Dios con honradez y verdad no está lejos de él. Jesús dijo en cierta ocasión: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Es cierto.

     Este “Espíritu de la verdad” nos invita a vivir en la verdad de Jesús en medio de una sociedad donde con frecuencia a la mentira se le llama estrategia; a la explotación, negocio; a la irresponsabilidad, tolerancia; a la injusticia, orden establecido; a la arbitrariedad, libertad; a la falta de respeto, sinceridad...

      ¿Qué sentido puede tener la Iglesia de Jesús si dejamos que se pierda en nuestras comunidades el “Espíritu de la verdad”? ¿Quién podrá salvarla del autoengaño, las desviaciones y la mediocridad generalizada? ¿Quién anunciará la Buena Noticia de Jesús en una sociedad tan necesitada de aliento y esperanza?
José Antonio Pagola
 

ORACION DE ACCION DE GRACIAS
Lo tuyo, Señor, no es una historia pasada que puedo archivar en el cajón de los recuerdos.

     Tus palabras siguen tan vivas como el momento en que las pronunciaste, tu vida seduce y provoca, llama a la conversión y al seguimiento tanto ahora como hace dos mil años.

     Es tu Espíritu quien obra este prodigio, es él quien hace que no envejezcas nunca, que no te conviertas en pieza de museo, episodio de la historia que será estudiado, catalogado y descrito en un libro que acabará guardado en un estante.

     Tú estás presente y vivo en cada discípulo, nos inspiras una palabra oportuna y un nuevo modo de obraren cada situación nueva que se nos plantea.

      Por esta conexión espiritual tú nos habitas y nos defiendes de todo lo que nos aparta de la vida auténtica, y ahora vives en el seno del Padre y nos atraes a la comunión divina que un día esperarnos gozar en tu Reino.
P. Julián Montenegro Sáenz


domingo, 21 de mayo de 2017

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La presencia de Jesús llenaba la vida de los discípulos y de las mujeres que le seguían. Teniendo a Jesús con ellos nada podían temer. Por eso su ausencia sería el colmo de las desdichas. Si Jesús se marcha, los corazones se quedarían vacíos y el grupo no duraría nada. Presagiaban problemas y persecuciones. Si habían matado al Maestro…, también a ellos.

Para un cristiano Jesús es el TODO, lo único absoluto, eso que buscamos con más ahínco. Si nos faltara Jesús, nuestra fe no tendría sentido alguno. Seríamos huérfanos.

Jesús se despide de sus discípulos, pero trata de tranquilizarlos. Tiene que marchar al Padre, les dice, pero su ausencia será sólo relativa.

Les dice: En primer lugar, si conocierais al Padre, os alegraríais de que marchara a Él. Estar con el Padre es lo mejor para mí y para vosotros, porque conmigo tendréis los cielos abiertos para todo.

1.    En segundo lugar, él marcha, pero volverá para llevarnos con Él, mientras tanto va preparando un sitio para nosotros. “En la casa de mi Padre hay muchas estancias o muchos sitios”, les dice.

En tercer lugar, cuando vaya al Padre, Él con el Padre nos mandará un Defensor, el Espíritu Santo, que nos acompañará siempre. Y saldremos ganando, porque Él es la fuerza, el amor, la vida para todos, la luz y el gozo. 

Y en cuarto lugar, con la presencia del Espíritu Santo en nosotros, estaremos ya viviendo aquí y ahora la vida eterna, (consumada en el cielos, inicial aquí). 

 Obras son amores.- Si me amáis guardaréis mis mandamientos. Esto es así porque obras son amores y no buenas razones. Afirmar que amamos a Dios y luego no cumplir con sus mandatos es un absurdo, algo que no tiene sentido, un contrasentido, una mentira. Lo enseña el Maestro en otra ocasión al decir que no el que dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino aquel que cumple con la voluntad de Dios.

Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. Jesús nos promete en este pasaje evangélico que pedirá por nosotros al Padre, a fin de que nos envíe el Espíritu Santo y sea nuestro defensor para siempre. En Pentecostés se cumpliría plenamente la gran promesa de Cristo.

Desde entonces el Espíritu de la Verdad está presente en la Iglesia, para asistirla e impulsarla, para hacer posible su pervivencia en medio de los avatares de la Historia. También está presente en el alma en gracia, llenándola con su luz y animándola con su fuego. Sí, el Espíritu sigue actuando, y si secundamos su acción en nosotros, será posible nuestra propia santificación.

No os dejaré desamparados, volveré. También estas son palabras textuales de Jesús en la última Cena, en aquella noche inolvidable de la Pascua. Hoy, después de tantos años, podemos comprobar que el Señor cumplió, y sigue cumpliendo, su palabra. Él está presente en medio de nosotros, nos perdona cuantas veces sean precisas, nos ayuda a olvidar nuestras penas, nos fortalece para no desalentarnos a pesar de los pesares. Nos favorece una y otra vez por medio de los sacramentos que la Iglesia administra con generosidad y constancia.

Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere. La razón de nuestra esperanza, de la que habla aquí el apóstol Pedro, es nuestra fe en Cristo resucitado. Esta nuestra esperanza debe dar fuerza y firmeza a nuestra fe en la resurrección de Cristo. 

Como nos dice también San Pedro debemos hablar y actuar siempre “con mansedumbre y  respeto y buena conciencia, para que en aquello mismo en que somos calumniados queden confundidos los que denigran nuestra buena conducta en Cristo”. 

Hoy, más que ayer, sabemos los cristianos que no todos los que nos vean y nos escuchen van a aceptar el mensaje de nuestra esperanza, sino que muchos nos denigrarán. Esto no debe desanimarnos, ni debilitar la firmeza de nuestra fe y de nuestra esperanza, porque, como también sigue diciéndonos el apóstol Pedro, “mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal”.
P. Teodoro Baztán Basterra