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lunes, 15 de octubre de 2018

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Entre los dieciséis mártires del Japón canonizados el día 18 de octubre de 1987, destaca la figura simpática de una joven japonesa. Se llama Magdalena de Nagasaki, 23 años, terciaria agustina recoleta. Un nutrido grupo de religiosos y terciarios agustinos recoletos, llegados de varias partes del mundo, ha venido a rendir homenaje a la heroica terciaria. Había sido beatificada por el papa Juan Pablo II en Manila el 18 de febrero de 1981. Ahora el mismo Romano Pontífice la ha declarado santa.

La figura de esta joven virgen y mártir - la Cecilia de la cristiandad de Japón, que, en medio de los más horribles tormentos, entona con voz melodiosa y delicada cánticos al Señor - inspiró durante siglos a poetas y pintores.

Dicen que era joven y bella y de familia noble, como la mártir romana; que recorría los escarpados montes de Nagasaki como un ángel de Dios para llevar su sonrisa a los afligidos cristianos perseguidos por la fe; que, como las tiernas doncellas de los primeros tiempos del cristianismo, desafió y venció a los tiranos, prefiriendo la muerte a las riquezas y a un matrimonio de princesa.
Todas estas noticias sonaban a leyenda. Magdalena aparecía ante nuestros ojos como una figura mítica, etérea, sin contornos definidos, envuelta en una nube de misterio.

¿Quién era en realidad esa Cecilia japonesa? ¿Qué hay de verdad y de leyenda en la epopeya que de ella cantan los poetas? Eran estas las preguntas que excitaban nuestra curiosidad.
Ante la inminencia de la canonización, nos pusimos a husmear en los archivos, a desempolvar antiguos manuscritos, a estudiar las cartas y relaciones de los misioneros agustinos recoletos que fueron sus padres espirituales.

Nos sirvió de ayuda, sobre todo, una relación manuscrita del padre Andrés del Espíritu Santo (padre Andrés), provincial de los agustinos recoletos de Filipinas y Japón en la época en que sucedían los hechos. Dicha relación está redactada en 1.640, es decir, seis años después del martirio de Magdalena. No menos importante otra relación escrita en 1.636 por el dominico Francisco de Paula, recogida en la Historia de la provincia del Santo Rosario de Filipinas del cronista dominico padre Diego Aduarte (padre Aduarte).

Pero, sobre todo, nos cupo la suerte de tener en nuestras manos el más precioso documento, que constituye la fuente más auténtica y fidedigna del martirio de Magdalena, y que había desaparecido hacía muchos años. Nos referimos a las actas del proceso de beatificación instruido en Macao en los meses de febrero y marzo de 1638, es decir, tres años y medio escasos después de su martirio.
Una copia auténtica de dichas actas, precisamente la copia que el tribunal de Macao había preparado para Roma, apareció recientemente en el archivo del convento de Marcilla (Navarra) perteneciente a los padres agustinos recoletos. Lleva todavía los sellos de lacre y las firmas originales del Excmo. Pedro de San Juan, administrador de la diócesis en 1.638, y la del notario eclesiástico Bras Pinto. Varios testigos directos refieren bajo juramento las promesas que hicieron los tiranos a Magdalena; los tormentos que le aplicaron para que apostatase de la fe; el horrible martirio.

Después de un estudio sereno y atento de todas esas fuentes, nos convencimos de que en la vida de Magdalena hay muy poco de legendario. Consta que era una joven grácil y delicada. Llamaba la atención por su dulzura y su belleza. Nos la imaginamos como una de esas japonesitas de ojos rasgados, de cutis transparente y terso, de facciones delicadas, de sonrisa dulce, caritas de ángel que atraen nuestras miradas.

Sin embargo, la delicadeza de su figura escondía un espíritu recio e indomable, acostumbrado a la lucha y a los sufrimientos. Por sus venas corría sangre roja y pujante de mártires, que ella también vertería un día por la fe, para que el sacrificio fuera total y perfecto.

De sus padres había heredado una fe viva y profunda, un encendido amor a Cristo que ella acrecentaría con la meditación, y anhelos de martirio. En el afán de hacer conocer a su Amado, sabría sacrificar su juventud y su belleza, para poder llevar al altar del holocausto, juntamente con su vida, un coro de hijos espirituales que había engendrado en la fe, o había levantado en el camino, ayudándoles a escalar la cima del calvario.

Huérfana de padre y de madre, a quienes había visto martirizar juntamente con sus hermanos por profesar la fe de Cristo, era todavía jovencita cuando se consagró a Dios, emitiendo los votos de obediencia y castidad en la orden tercera de los agustinos recoletos y poniéndose a su disposición como catequista. Luce con gracia el hábito negro de las terciarias, ceñido con una correa. Es culta e intrépida, simpática y sin complejos. Una especie de religiosa seglar, como las religiosas modernas que viven en el mundo. No teme los peligros que la acechan cada día durante el furor de la cruel e interminable persecución contra los cristianos.

Su vida se desarrolla entre los cristianos de Nagasaki, compartiendo sus ansias y sus angustias, confirmando a los débiles, levantando a los que habían cedido ante la brutalidad de los tormentos. Y en Nagasaki se consumará su sacrificio un luminoso día de octubre de octubre de 1634. Contaba apenas 23 años.

Es la historia de esta joven misionera seglar la que intentamos narrar. Pero, dado que no existe vida sin un entorno, ni ejercicio de la caridad apostólica sin humanidad que sufre, ni santidad sin sacrificio, vamos a presentar brevemente el cuadro socio-político y el ambiente en que se desarrolló la vida de Magdalena. Un ambiente de odio, de marginación, de persecución. La más deshumana y brutal persecución que haya conocido jamás la historia del cristianismo.

Las páginas que siguen, y sobre todo el relato del horrible martirio de la joven Magdalena, pueden provocar en el lector una sensación de hastío, de disgusto, de incomprensión, de repulsa. En esta nuestra época materialista, en la que faltan ideales capaces de arrastrar al heroísmo, en que se exalta como valor único y supremo la vida, es difícil comprender la aceptación voluntaria de tantos tormentos y aun de la misma muerte por la defensa de la fe. ¿No se trata de una temeridad, de un desprecio de la vida, de un acto de masoquismo? ¿Valía la pena resistir a los perseguidores hasta el extremo de provocar la extinción del cristianismo? ¿No hubieran sido mejor el disimulo, el compromiso?
P. Romualdo Rodrigo, OAR.
Roma 1987.

domingo, 14 de octubre de 2018

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El episodio está narrado con  intensidad especial. Jesús se pone en camino hacia Jerusalén, pero antes de que se aleje de aquel lugar, llega "corriendo" un desconocido que "cae de rodillas" ante él para retenerlo. Necesita urgentemente a Jesús.

No es un enfermo que pide curación. No es un leproso que, desde el suelo, implora compasión. Su petición es de otro orden. Lo que él busca en aquel maestro bueno es luz para orientar su vida: “¿Qué haré para heredar la vida eterna?”. No es una cuestión teórica, sino existencial. No habla en general; quiere saber qué ha de hacer él personalmente. 

Jesús le propone que cumpla los mandamientos. La respuesta del hombre es admirable. Todo eso lo ha cumplido desde pequeño, pero siente dentro de sí una aspiración más honda. Está buscando algo más. “Jesús se le queda mirando con cariño”. Su mirada está ya expresando la relación personal e intensa que quiere establecer con él.

Jesús entiende muy bien su insatisfacción, y le dice: “Una cosa te falta”. Jesús le invita a orientar su vida desde una lógica nueva. Lo primero es no vivir apegado a sus posesiones (“vende lo que tienes”). Lo segundo, ayudar a los pobres (“dales tu dinero”). Por último, “ven y sígueme”. El hombre se levanta y se aleja de Jesús. Olvida su mirada cariñosa y se va triste. 

El tema del dinero aparece muchas veces en el evangelio. Tanto la vida de Jesús como su doctrina nos enseñan muchas cosas y nos ayudan a situarnos en el justo lugar en relación con el dinero o los bienes de este mundo. Jesús, a la hora de presentar su mensaje, no tiene pelos en la lengua. Dice las cosas claras aunque duelan o cueste aceptarlas. Esto ocurre en muchas ocasiones. Hoy, por ejemplo, con el tema de las riquezas.

La primera lectura del libro de la Sabiduría nos da una pista para entender mejor a Jesús. Esta Sabiduría, con mayúsculas, viene a ser el conocimiento de Dios, la relación con Él o Dios mismo en nosotros. Según el texto, es sabio el hombre para quien Dios es lo primero y el bien más importante, lo único que merece la pena, lo único que permanece, la única riqueza aquí y más allá de la muerte. Preferí esta Sabiduría a la salud y la belleza…, la preferí a los cetros y a los tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza.

Esta sabiduría es la que no alcanzó a apreciar el joven que se presentó a Jesús a preguntarle cuál era el camino mejor para salvarse. Era piadoso, cumplidor e inquieto en relación con su salvación, pero buscaba algo más. 

Los bienes materiales no son malos por sí mismos; al contrario, son necesarios para vivir dignamente. Jesús no desautoriza el dinero ni afirma que las riquezas sean siempre injustas. Pero sí dice una y otra vez que son peligrosas y que pueden llegar a ser un obstáculo para poder entrar en el Reino, para poder salvarse.

El apego a los bienes endurece el corazón y enfría la relación fraterna, impide compartir con el necesitado, entorpece la solución del hambre y la pobreza en el mundo, hace al hombre esclavo de lo que tiene y, finalmente, a nivel cristiano, hace imposible el seguimiento de Cristo. Esto puede ocurrir en el que tiene mucho y también en el que, teniendo poco, hace del dinero su única aspiración, su única esperanza, y sufre por no tenerlo y lucha y trabaja sólo para tener más.

El que está apegado al dinero como si fuera el único bien, no siente la necesidad de abrirse a Dios. Un atleta que quiera correr con veinte kilos de equipaje a la espalda difícilmente podrá ganar ninguna medalla. En otro lugar nos dirá Jesús que nadie puede servir al mismo tiempo a dos amos o dos “señores”, a Dios y al dinero. Quien quiere tener de todo y disfrutar de todo, corre el riesgo de perder lo mejor. 

Es más feliz quien comparte que quien acumula. Es más feliz el que se abre a Dios y al hermano que el que se cierra en sus propios intereses. En definitiva, en palabras de Jesús, el que se busca a sí mismo, se pierde. El que se da a los demás por causa del evangelio, conserva su vida.

Esta es la verdadera sabiduría del creyente en Jesús. Y este debe ser, por tanto, su estilo de vida. Es el camino que recorrió el mismo Jesús, quien, como dice la Escritura, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos a todos, con la única riqueza que merece la pena, que es Dios mismo.
P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.

sábado, 13 de octubre de 2018

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Nuestro mundo es como un inmenso hospicio de pobres.

Muchas cosas nos deben inducir a ser misericordiosos. En primer lugar, nuestra propia miseria: «No ignorando el mal, aprendo a socorrer a los miserables»; en segundo lugar, su gran utilidad, porque también nosotros tenemos necesidad de misericordia: Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Y el Sabio: Presta al Señor quien se apiada del pobre, y él le dará su recompensa, y por una módica misericordia conseguirá mucha. Observa su utilidad en el salmo: Bienaventurado el que se preocupa del necesitado y desvalido; en el día malo le librará el Señor. El Señor le guardará y le hará dichoso en la tierra, y no le entregará a la animosidad de sus enemigos. El Señor le ayudará. He ahí, pues, sus grandes y numerosas utilidades.

Por el contrario: Juicio sin misericordia para quien no practicó la misericordia. Por tanto, ya que necesitamos misericordia, prestémosla a los hermanos.

En tercer lugar, nos mueve la multitud de menesterosos. Este mundo está lleno de necesidades y de pobres, como si fuera un gran hospicio de pobres. No penséis, hermanos, que son pobres sólo aquellos a quienes llamáis pobres, es decir, los que carecen de pan o vestido. ¿No es más pobre quien no tiene fe, sabiduría, juicio, luz, razón o sentido? La desgracia del cuerpo es menor que la del corazón, porque el alma vale más que el cuerpo. ¿Me apiadaré de los heridos en el cuerpo, y no percibiré las llagas del alma? Si abres los ojos, a cualquier parte que te vuelvas, encontrarás pobres a quienes ayudar. Mira las entrañas de misericordia del Apóstol: ¿Quién se escandaliza sin que yo me abrase? ¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? Esta misericordia es mayor que la corporal.
En cuarto lugar nos debe mover la obligación que, bajo pena de condenación, tenemos de ser misericordiosos en casos de extrema necesidad. La indigencia de los pobres clama contra nosotros, y su clamor asciende hasta el trono de Dios. Uno abunda en bienes y otro perece de hambre. ¿Acaso Dios no tendrá en cuenta estas cosas? Ambrosio: «¿Viste a un pobre morir de hambre? Si no lo alimentaste, lo mataste». La voz de su sangre clama contra ti en juicio: La piedra chillará desde el muro, dice el profeta. Y el salmo: Distribuyó y dio a los pobres, su justicia permanece para siempre. No dice: «su misericordia», sino: «su justicia», porque dar de esta manera es obra de justicia.
Da el dinero que perece para adquirir la justicia que no perece. Tu recibes del pobre más de lo que das. Das una moneda, y recibes el cielo; das un vestido, y recibes la inmortalidad: tú mismo te tienes más misericordia.

¡Oh, cuán grande es el peligro de los ricos! Observad el ejemplo del rico epulón: se condenó, porque no tuvo misericordia; no porque robó, sino porque no dio. Y no esperéis a casos de extrema necesidad, cuando el pobre tiene ya la vela en la mano; porque entonces ya no necesita alimento, sino una tumba. Es necesario que haya hospicios para los pobres en las ciudades; de otro modo, deberían servir de hospicios vuestras casas. En invierno, si un hermano desnudo y enfermo no tiene albergue, corre serio peligro. Quien tiene habitación está obligado a hospedarlo. Si no lo hacéis así, ayudad al menos a los hospitales, trabajad por su existencia y promovedlos, para que no estéis obligados a alojar a los pobres vosotros mismos.

Dios quiso que haya pobres para utilidad de los ricos, para que puedan salvarse por medio de ellos. Los ricos no tenían ningún otro modo de salvarse, ya que, envueltos en los negocios, ni ayunan, ni trabajan, ni tienen preocupaciones, ni aguantan dificultades, ni rezan. El Señor deliberó: «¿Qué os falta?» Dad limosna y todas las cosas serán puras para vosotros. Y el Sabio: El rico y el pobre se encuentran; a los dos los hizo Yahvé. Creó al rico para el pobre y al pobre para el rico. Al rico le dio riquezas para alimentar al pobre, y por eso a menudo las multiplica y aumenta; y al pobre le dio escasez, llagas y trabajos, para que con ellas moviera a misericordia el corazón del rico y así salvarlo.
Por tanto, ricos, amad a los pobres. Ellos son vuestros hermanos, vuestros redentores y vuestros servidores, pues de ellos es el reino de los cielos. Dad cosas temporales y recibiréis las eternas, según está escrito: Para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas. Cuando desfallezcáis en vuestra necesidad, cuando ni los recursos ni el dinero, ni la familia, ni los caballos, ni el vestido os sean de utilidad alguna, entonces serán los pobres quienes vendrán en vuestra ayuda. El rico pidió ayuda al pobre Lázaro, pero no mereció ni siquiera una gota de agua quien no había dado antes una miga de pan.

Tengo compasión de la turba, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Grande es el aguante de los pobres, grande su indigencia; pero la paciencia de los pobres no resultará fallida por siempre. Dios les mirará con benevolencia en el último día, porque recibieron males durante su vida. Los pobres tienen aquí su purgatorio. He aquí que hace ya tres días que permanecen conmigo. Iremos al desierto, a tres días de camino, para ofrecer sacrificios a nuestro Dios, y seremos saciados. El primero es un día de dolor; el segundo, de continencia; el tercero, de gozo en el Espíritu Santo.

viernes, 12 de octubre de 2018

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Para nosotros, el caminar es una realidad necesaria y su dificultad nos crea disgustos y pesares. Y, ¿pensamos en cristiano cómo es nuestro camino en la fe? El salmo responsorial de hoy nos presta una hermosa respuesta: dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. El planteamiento del salmo es todo positivo, conlleva una seguridad y se presta a tener total confianza en el Señor ya que su presencia motiva una seguridad en el largo camino en el que nunca estamos solo. Él siempre nos acompaña.  

    La Palabra de Dios nos lleva a situar nuestras personas en su amor infinito y jamás nos deja solos. Lo que experimentó el primer hombre creado por Dios es como una referencia continua para nosotros: nos sitúa en la realidad humana y nos invita, siendo siempre libres, a ser sus testigos en el mundo y en la historia humana con este planteamiento: Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien, Lo que acabamos de leer no es cualquier salida: es dar a nuestras personas el sentido auténtico de criaturas humanas y con la seguridad de total de jamás encontrarnos solos.

    ¿Somos capaces de encontrar en nosotros mismos la valoración total de nuestra creación y, consiguientemente, el amor infinito que Dios siempre nos tiene? Recordemos el salmo responsorial: Esta es la bendición del hombre que teme al Señor, teniendo en cuenta que no se trata del temor negativo sino del amor que proviene de Dios y Él lo quiere sembrar en nuestro corazón. En esta convicción de mirada infinita de Dios a nosotros, debe nacer constantemente por nuestra parte la atención de escucharle y seguir su mensaje, lo cual supone la luz para toda nuestra vida. Eso motiva una cercanía de Dios y una atención constante a su presencia ya que sólo Él puede, desde el momento que nos creó como hijos suyos, abrir nuestra vida en camino hacia la eternidad.

    El evangelio de hoy tiene ante la pregunta de los fariseos sobre el divorcio la respuesta total: parte de un argumento esencial tomado del Génesis, primer libro de la Biblia: los esposos no son dos sino una sola carne. Dios realiza un misterio grande y hace que dos personas que se amaron y decidieron unirse por el vínculo nupcial ya no sean dos, sino una sola realidad. El hombre y la mujer se han fundido en un solo ser, se necesitan y se corresponden, son ya dos piezas inseparables de un único ser. Para Jesús, hay motivos para perdonarse, volver a amarse y ser fieles al pacto de amor que realizaron un día.

    Gran parte de una sociedad camina bastante lejos de la verdad; su propósito es provocar una confusión tomando en plan total una seguridad que justifique lo contrario de lo que el Señor manifiesta en el evangelio. La sociedad no provoca el sentido auténtico de la verdad sino, más bien, una falsa justificación manifestando lo contrario de lo que dice el Señor. En este momento de la historia se pretende, desgraciadamente, estilar una puerta abierta que justifique todo a lo que presenta la fe, a la vez que origina una confusión en la que muchos, inclusos cristianos, van dando margen no sólo a una confusión sino también a la posibilidad de una puerta contrariamente al evangelio.

RESPUESTA desde NUESTRA REALIDAD

    Es bueno que, con fe, leamos el evangelio y deduzcamos lo que el Señor reclama en el sentido de la verdad; en el fondo, se descubre el tipo de relaciones que caracterizan a los seguidores de la fidelidad en el compromiso de un amor por siempre y para siempre. La experiencia nos va haciendo descubrir que nuestra vida depende de lo que se nos ha regalado gratuitamente y de lo que vamos construyendo cada uno de nosotros con la ayuda inestimable de los demás; en este caso, somos fruto bendecido por Dios que nos abre la puerta de nuestra vida.

           ORACION
    Dios Topoderoso y eterno, que desbordas con la abundancia de tu amor los méritos y deseos de quienes te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que perdones lo que pesa en la conciencia y nos concedas aun aquello que la oración no menciona, Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

    Tú que quieres no temer ya, examina tu conciencia. No te quedes en la superficie; desciende a ti mismo, penetra en el interior de tu corazón. Escudriña con esmero y mira si no hay ninguna vena emponzoñada que aspire y absorba el amor venenoso del mundo, si no te sientes movido y apresado por ningún deleite o placer carnal, si no te hinchas y ensoberbeces con vana jactancia, si ningún cuidado vanidoso te tiene en llamas. Atrévete a afirmar que te ves puro y transparente, que examinas cuanto de oculto hay en tu conciencia en hechos, dichos o pensamientos perversos; si ya no te fatiga la preocupación por evitar el mal, mira si no se desliza ninguna negligencia en practicar la equidad. Si ése es tu estado real, goza por vivir sin temor. Lo habrá excluido el amor de Dios, a quien amas con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente (san Agustín en Sermón 348, 1-3)  

Fray Imanol Larrínaga, OAR.

jueves, 11 de octubre de 2018

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Si los procuradores y los jueces son justos también lo serán los demás

Quien predica bien y obra mal, enseña condenándose a sí mismo. Es como el papagayo, al que los transeúntes escuchan con gusto, porque dice cosas que causan admiración, pero él permanece siempre en la jaula.

Te ruego que no subas al púlpito sin haber repasado los libros con madura consideración. Debes también distinguirte por las perlas y otras piedras preciosas, es decir, por tus virtudes, la castidad, la humildad, el celo de las almas, para que en todo te muestres como ejemplo de buenas obras. Dedícate, sobre todo, en silencio a la contemplación de las cosas divinas, orando a Dios. Es en verdad terrible que nosotros, que debemos ser luz para el pueblo con el fin de mostrar el camino de la salvación, seamos ocasión de pecado. Si los frailes y clérigos fuéramos tales cuales debemos ser, ¡oh, cómo nos respetarían y temerían los pecadores!

¿Qué mayor perdición de las ovejas que el pastor no tenga cuidado de ellas? ¿Y qué mayor perjuicio para el siervo que ver al señor entregado a los pecados? ¿Qué daño no experimentará la hija, cuando la madre no sólo no la corrige, sino que la escandaliza? Ésta es la verdad, que los pecados de los superiores pierden seguramente a los súbditos.

Si los magistrados y jueces son buenos, los demás serán rectos. Cierto funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún, ruega a Cristo que sane a su hijo. Aceptó el clementísimo Señor, y dice el evangelista que creyó el funcionario y toda su casa. No creyeron antes los siervos y familiares, sino que después que creyó el superior, creyó toda su casa. Tú, que eres señora en tu casa, ¿quieres que tus doncellas sean fieles y rectas con Dios? Sé tú así. Creedme: si no vais vosotros por delante con la diligencia y el ejemplo, los sirvientes y las criadas permanecerán en la pereza. El mendigo Lázaro yacía a la puerta del rico, deseando saciarse de las migajas que caían de la mesa, y ninguno se las daba, ni los sirvientes ni las criadas, nadie del numeroso grupo que formaba la servidumbre del rico. Nadie en verdad, porque, siendo avaro y cruel el señor, no había en toda la casa quien se condoliera de aquel pobre llagado. ¿Deseas y anhelas, siendo avaro, que tus hijos y servidores sean liberales y misericordiosos? Selo tú primero, ve por delante con el ejemplo y te seguirá toda la familia. Tres varones se aparecieron a Abrahán, que estaba sentado a la puerta de su tienda, a los cuales dijo: Descansad a la sombra de un árbol y os serviré un bocado de pan. Corriendo después hacia el rebaño, tomó un ternero óptimo, muy tierno, lo dio al sirviente, y éste se apresuró a cocerlo. Ved cómo el sirviente se apresura a cumplir los oficios de la misericordia y la hospitalidad, pero se apresuró primero el amo. El ejemplo del señor conmovió al sirviente y corriendo aquél, corrió también éste. Abrahán significa: «Padre de mucha gente», y en esto enseñó a los padres de todas las gentes. Por lo cual si vosotros, gobernantes de la república, deseáis que el pueblo confiado a vosotros adelante en la virtud, precededlo vosotros, corred aprisa, y os seguirán los demás; pero si sólo alabáis la virtud y no la practicáis, seréis de los que dice el Evangelio: Dicen y no hacen, y con vuestro ejemplo perderéis a la república. Obrad, os ruego, por Dios, y él mismo será vuestro premio; os dará aquí la gracia, y después la gloria. Amén.


miércoles, 10 de octubre de 2018

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Eres prodigio de humildad, prodigio
de caridad cristiana, de unción viva,
para el pobre de Dios y para el triste,
Tomás de Villanueva.

Como otro Cristo, con ardiente celo
sentía las lacerias del hermano,
abandonado y solo, que refugio
en tus manos buscaba.

Nada tuviste para ti, pues todo
o hipotecaste por seguir a Cristo,
y tu penuria se trocó en riqueza
para los pobres.

Brille su ejemplo para nuestra vida,
para que todo sobre y nada falte
cuando no falta Dios, pues sobra todo
cuando Dios basta.

Gloria al Padre y al Hijo sea dada
 y al Espíritu Santo, que sus dones
brillaron en el alma de su siervo
Tomás de Villanueva. Amén.

Liturgia Agustiniana de las Horas
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¡Cantemos al pastor! ¡Oh pueblo, acude!
Y su gloria cantando a un solo pecho,
de amor unidos hoy en lazo estrecho,
 todo temor sacude.

¡Todos, todos, venid! ¡Pobres y enfermos!
Tomás os ama con amor sin tasa:
La caridad su corazón abrasa
más que el sol de los yermos.

De la piedad más viva su alma llena,
al anhelo de dar no pone atajos:
No puede ver miserias, ni trabajos
sin sentir honda pena.

Mientras de amor tu grey un himno entona,
avanza tú, ceñido de laureles:
 ¡Aunque enjugar el llanto de tus fieles
es tu mayor corona!

Alabanzas entone nuestro canto
a Dios Padre, Señor omnipotente,
alabanzas al Hijo eternamente,
y al Espíritu Santo. Amén.

Liturgia Agustiniana de las Horas