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domingo, 18 de agosto de 2019

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Las palabras del evangelio de hoy nos pueden sorprender y desconcertar: “No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz; no he venido a sembrar paz, sino espadas. He venido a enemistar”. ¿Cómo es posible que aparezcan estas palabras en el evangelio? ¿Por qué Jesús habla así de la paz? ¿A qué tipo de división familiar se refiere? Sorprenden estas palabras porque, entre otras cosas, el saludo de Jesús cuando se aparecía a los discípulos después de su resurrección era siempre: “La paz esté siempre con vosotros”. 

Y San Pablo dice que él, Cristo, es nuestra paz y que por medio de la cruz ha dado muerte a la hostilidad (Ef  2, 14-16). Y los ángeles cantan así cuando anuncian a los pastores el nacimiento del Mesías: “¡Gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor!”. Son múltiples los textos en los que se nos dice que Cristo sí vino al mundo a traernos la paz. 

Y la paz, como don de Dios, aparece repetidas veces en la celebración eucarística. En la oración después del Padrenuestro: “Señor Jesucristo que dijiste a los apóstoles “la paz os dejo, la paz os doy”. Poco después el sacerdote invita a todos los fieles a darse la paz. Y al final, el sacerdote despide a todos diciendo: “Podéis ir en paz”.

¿Cómo se corresponde todo esto con las afirmaciones hechas por Jesús en este Evangelio? ¿Por qué dice que no ha venido a sembrar paz sino la división? 

Jesús no ha venido a la tierra para establecer componendas fáciles haciendo dejación de la propia responsabilidad. El seguimiento de Jesús produce o suele generar división. Ocurrió así en las primeras comunidades cristianas. Quienes se convertían a la fe entraban en litigio y división con otros miembros de la familia que no podían tolerar que abandonaran la ley mosaica. No había paz en la casa. El mismo Jesús sufrió la violencia en carne propia, hasta morir ajusticiado. Si hubiera predicado un evangelio facilón - cosa totalmente impensable - nada le hubiera ocurrido. El cumplimiento de su misión produjo violencia a su alrededor.

El caso de los mártires es  parecido. Provocaban, sin pretenderlo, persecución y violencia. Preferían morir antes de renegar de su fe. Por lo tanto, si había persecución no había paz. Si hubieran accedido a la pretensión de los perseguidores se hubiera evitado la violencia y se habría impuesto una paz ficticia y falsa. Jesús no trajo la violencia, sino la paz, pero la opción por él podía generar violencia.
Habla también de un “fuego” que tiene que venir al mundo. Se refiere a un fuego purificador, a la acción del Espíritu, que es “fuego” que quema el pecado y purifica el corazón. El fuego, y la división de la cual nos habla Jesús, viene cuando nos posicionamos claramente en el lado de la fe y optamos valientemente por Cristo. 

La fe, cuando se vive radicalmente, crea estos contrastes: adhesión,  indiferencia o rechazo; aplausos y reproches; caminos abiertos y dificultades; reconocimiento y martirios. Esta es la realidad. Una fe, llevada a feliz término, no significa vivirla “felizmente”. Entre otras cosas porque estaríamos traicionando el espíritu evangélico. 

Por eso, cuando a la Iglesia se le ataca porque no se deja domesticar, porque que no está a la altura de los tiempos…, habría que responder con el evangelio en mano: “No he venido a traer paz sino división, y ojala estuviera el mundo ardiendo”. Ardiendo, por supuesto, por el fuego de la justicia, de la paz, del amor de Dios, de la fraternidad, del perdón, del bienestar general y no particular.

La Iglesia en cuanto tal, y los cristianos, tenemos mucho que ver y mucho que denunciar dentro de las estructuras del mundo; de la injusticia; de la pobreza; de la paz o de la guerra; del hambre o del confort; de la vida o de las muertes; Y, por ello mismo, porque hay muchos intereses creados, siempre padeceremos las divisiones, las presiones para que “esa opción por el reino de Dios” sea mucho más suave y más descafeinada. Quieren una Iglesia descafeinada, recluida en las sacristías. Y como no lo consigue, se crea un ambiente hostil hacia ella. Y muchas veces, de persecución.
  Pidamos al Señor, en este domingo, que no seamos tan prudentes ni tan cobardes a la hora de vivir testificar nuestra fe.
P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.

sábado, 17 de agosto de 2019

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Lo necesitamos más que nunca
Las primeras generaciones cristianas se vieron muy pronto obligadas a plantearse una cuestión decisiva. La venida de Cristo resucitado se retrasaba más de lo que habían pensado en un comienzo. Era la oposición de aquella sociedad al mensaje cristiano y al modo de vida que anunciaban los seguidores de Cristo. Fueron las persecuciones con la muerte de tantos cristianos. 
La espera se les hacía larga. ¿Cómo mantener viva la esperanza? ¿Cómo no caer en la frustración, el cansancio o el desaliento? Sin embargo, en los evangelios encontramos diversas exhortaciones, parábolas y llamadas que sólo tienen un objetivo: mantener viva la fe de las comunidades cristianas y la confianza en que Cristo vendrá y reinará dando vida al mensaje que él nos ha anunciado. Una de las llamadas más conocidas dice así: “Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas”. ¿Qué sentido pueden tener estas palabras para nosotros, después de veinte siglos de cristianismo?

Somos muchos los cristianos que, ante el panorama social que contemplamos, ante el abandono de las prácticas religiosas y las “persecuciones” de algunos medios de comunicación en forma de críticas y desprecio a la religión, incluso por parte de ciertas autoridades civiles, también clamamos por esta venida de Cristo vencedor y señor del universo. La Palabra de Dios de este domingo nos garantiza que “vendrá” y nos exhorta a que esperemos y estemos preparados para recibirlo. Que no perdamos el ánimo ni la esperanza.

Estad como los que aguardan a que su señor vuelva
Estas palabras de Jesús son una llamada a vivir con lucidez y responsabilidad, sin caer en la pasividad o el letargo. El primer modelo de personas vigilantes que nos presentan las lecturas del domingo es el de los judíos en la cena pascual. En la noche de su salida de Egipto comieron de pie, ceñido el cinturón, preparados para emprender la marcha, convencidos de que Dios iba a actuar en su favor, liberándoles de la esclavitud. Además de confiar en Dios, “la promesa de la que se fiaban”, decidieron mantenerse unidos, en completa solidaridad. La segunda lectura coincide en esta actitud de confianza en Dios y propone a Abrahán como modelo de creyente que confía siempre en Dios.

Apoyado en esta confianza salió de su tierra, a una edad ya muy avanzada, vivió “como extranjero”, “habitando en tiendas”; incluso estuvo dispuesto a sacrificar a su propio hijo. Como muchos otros personajes del AT, nos da ejemplo de una fe hecha de esperanza y vigilancia: vivieron “como huéspedes y peregrinos en la tierra”, “buscando una patria”. La fe es camino y búsqueda, provisionalidad y esperanza.

Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del hombre.
Jesús, buen pedagogo, nos recuerda en varias ocasiones que tenemos que estar preparados y permanecer vigilantes. Por eso nos habla de los criados que aguardan a su amo que ha sido invitado a una fiesta, que puede volver entrada ya la noche, y del administrador que debe estar preparado a rendir cuentas de su gestión en cualquier momento. Jesús nos invita a vivir “ceñida la cintura y encendidas las lámparas”, “como los que aguardan la vuelta del Señor”. Como los judíos en la cena pascual. Como las cinco muchachas prudentes que esperaban al novio con aceite en sus lámparas. 
Como los criados guardando en orden la casa. Esto puede referirse a la venida última, gloriosa, de Cristo, Juez de la historia, pero también a nuestra muerte, el momento decisivo para cada uno de nosotros y cuya fecha desconocemos. Pero igualmente puede referirse a la vida de cada día, en que hay momentos de gracia que podemos perder: la Palabra, los sacramentos, los acontecimientos, las personas. Si estamos despiertos, podremos aprovechar las “venidas” de Dios en todo esto; si estamos adormilados, no nos daremos cuenta. Una de las cosas que más embotan nuestro ánimo y nos impiden la vigilancia es el excesivo apego a los bienes de la tierra, a las cosas que nos producen satisfacciones pasajeras: “donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón”, y allí están nuestras preocupaciones.

Vivamos despiertos y miremos el futuro
A todos nos resulta útil la llamada a la vigilancia. Pensamos en nuestro futuro y en el de nuestra familia, hacemos planes, calculamos y revisamos los presupuestos, nos apuntamos a las mejores compañías de seguros, nos proveemos de los mejores mecanismos antirrobo: pero ¿vivimos despiertos también en nuestra fe? ¿trabajamos por crecer en la vida cristiana, pensando en el futuro? ¿pensamos que también nos pueden robar esa fe, o que nos pedirán cuentas de ella? ¿nos preocupamos por dar a quienes dependen de nosotros los valores de la fe, que les puedan servir para toda la vida? Vigilar significa no distraerse, no amodorrarse, no instalarse, satisfechos con lo ya conseguido. En medio de una sociedad que parece muy contenta con los valores que tiene, el cristiano vive en esperanza vigilante y activa hacia el futuro. No podemos permitir que se nos entumezcan nuestros músculos, porque, como los atletas y los peregrinos, necesitamos tenerlos en plena forma para el camino. Vigilar significa tener la mirada puesta en los “bienes de arriba”, no dejarse encandilar por los atractivos de este mundo, que es camino y no meta, y tener conciencia de que nuestro paso por él, aunque sea serio y nos comprometa al trabajo, no es lo definitivo en nuestra vida. Vigilar es vivir despiertos. No con angustia, ni obsesionados por la cercanía del fin, pero sí con seriedad y una cierta tensión, dando importancia a lo que la tiene. Dios está viniendo a nosotros en los hermanos que comparten nuestra fe, en el ejemplo de muchas vidas santas, en las enseñanzas del Papa y de otros ministros de la Iglesia; Dios está viniendo en su Palabra, y, de una manera especial, en la Eucaristía como “viático”, como “alimento para el camino”, que nos da fuerza para seguir adelante y para trabajar por el Reino. Mientras la celebramos, nos preparamos para recibirlo en nuestra casa, pero pensamos también en esa venida definitiva al final de nuestras vidas: “mientras esperamos la gloriosa venida de N. S. Jesucristo”. La Eucaristía nos ayuda a tener bien firmes los pies en el suelo, con un compromiso y una misión en este mundo, pero con la mirada puesta en el final.

P. Juan Ángel Nieto Viguera, OAR.







viernes, 16 de agosto de 2019

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Este deseo y esperanza son los que nos hacen cristianos

Acabáis de oír lo que nos advierte el Evangelio precaviéndonos y queriendo que estemos dispuestos y preparados en la espera del último día. De forma que, después de este último día que ha de temerse en este mundo, llegue el descanso que no tiene fin. Bienaventurados quienes los consigan. Entonces estarán seguros quienes ahora carecen de seguridad, y entonces temerán quienes ahora no quieren temer. Este deseo y esta esperanza es lo que nos hace cristianos. ¿Acaso nuestra esperanza es una esperanza mundana? No amemos el mundo. Del amor de este siglo fuimos llamados para amar y esperar otro siglo. En éste debemos abstenernos de todos los deseos ilícitos, es decir, debemos ceñir nuestros lomos y hervir y brillar en buenas obras, que equivale a tener encendidas las lámparas. Pues en otro lugar del Evangelio dijo el Señor a sus discípulos: Nadie enciende una lámpara y la coloca bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Y para indicar por qué lo decía, añadió estas palabras: Luzca así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5, 15-16).

Por tanto, quiso que tuviésemos ceñidos nuestros lomos y encendidas las lámparas. ¿Qué significa ceñir los lomos? Apártate del mal. ¿Qué significa lucir? ¿Qué tener encendidas las lámparas? Y haz el bien. ¿Y qué significa lo añadido: Y vosotros sed semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando regrese de las bodas (Lc 12,36), sino lo que se consigna en el salmo: Busca la paz y persíguela? Estas tres cosas, a saber: el abstenerse del mal, el obrar el bien y el esperar el premio eterno se mencionan en los Hechos de los Apóstoles, donde se escribe que San Pablo les enseñaba la continencia, la justicia y la esperanza de la vida eterna. A la continencia corresponde tener los lomos ceñidos; a la justicia, las lámparas encendidas y a la expectación del Señor la esperanza de la vida eterna. Luego, apártate del mal es la continencia, es decir, tener los lomos ceñidos. Haz el bien es la justicia, o sea, tener las lámparas encendidas. Busca la paz y persíguela es la expectación del siglo futuro. Por tanto, sed semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando regrese de las bodas.

Teniendo estos mandatos y promesas, ¿por qué buscamos días buenos en la tierra donde no podemos encontrarlos? Sé que los buscáis al menos cuando estáis enfermos u os halláis en medio de las tribulaciones que abundan en este mundo. Porque cuando la edad toca a su fin, el anciano está lleno de achaques y sin gozo alguno. En medio de las tribulaciones que torturan al género humano, los hombres no hacen otra cosa que buscar días buenos y desear una vida larga que no pueden conseguir aquí. La vida larga del hombre, en efecto, es tan corta en comparación con la duración de aquel siglo universal como una gota de agua lo es en comparación con la inmensidad del mar. Pues ¿qué es la vida del hombre, incluso la que se denomina larga? Llaman vida larga a la que ya en este siglo es breve y a la que, como dije, está llena de gemidos hasta la decrépita vejez. Aquí todo es corto y breve y, sin embargo, ¿con qué afán la buscan los hombres? ¡Con cuánto esmero, con cuánto trabajo, con cuántos cuidados y desvelos, con cuántos esfuerzos buscan los hombres vivir largos años y llegar a viejos! Y el mismo vivir largo tiempo, ¿qué es sino correr hacia el fin de la vida? Viviste el día de ayer y quieres vivir el de mañana. Pero al pasar el de hoy y el de mañana, ésos tendrás de menos. De aquí que cuando deseas que brille un día nuevo, deseas al mismo tiempo que se acerque aquel otro al que no quieres llegar. Invitas a tus amigos a un alegre aniversario y a quienes te felicitan les oyes decir: «Que vivas muchos años». Y tú deseas que acontezca según ellos dijeron. Pero ¿qué deseas? Que se sucedan unos a otros y que, sin embargo, no llegue el último. Tus deseos se contradicen: quieres andar y no quieres llegar.

Si, como dije, a pesar de las fatigas diarias, perpetuas y gigantescas, ponen los hombres tanto cuidado en morir lo más tarde posible, ¿cuánto mayor no debe ser el esmero para no morir nunca? Mas en esto nadie quiere pensar. A diario se buscan días buenos en este siglo en que no los hay y nadie quiere vivir de modo adecuado para llegar a donde se encuentran. Por ello nos amonesta la Escritura con estas palabras: ¿Quién es el hombre que ama la vida y quiere ver días buenos? La pregunta la hizo la Escritura, que sabía ya lo que se iba a responder. Sabe, en efecto, que todos los hombres buscan la vida y los días buenos. De la misma manera, vosotros, al hablaros y decir: ¿Quién es el hombre que ama la vida y quiere ver días buenos?, todos respondisteis en vuestro corazón: «Yo». Porque también yo que os hablo amo la vida y los días buenos. Lo que buscáis vosotros, eso busco yo también.

 S 108, 1-4

jueves, 15 de agosto de 2019

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 Virgen pura, hoy quiere Dios
que subáis del suelo al Cielo,
pues cuando quisisteis vos,
Él bajó del Cielo al suelo.

Si en la tierra daros quiso
Dios del bien que allá tenía,
¿Qué os dará en el paraíso,
donde todo es alegría?.

El amor vuestro y de Dios
hoy se encuentran en el vuelo,
pues por Él a Dios vais vos,
y Él a vos vino del Cielo.

El Padre os da la corona,
el Hijo su diestra mano,
y la Tercera Persona
os da su amor soberano.

AIcanzáis, Virgen, de Dios
premios, honras y consuelo,
y por Él sois Cielo vos,
y Él por vos hombre en el suelo.

 Juan López de Ubeda 
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Plenitud de agosto, vuelo de Asunción.
Bodega con mosto
de tu Corazón.

Rutas de Araguaia,
con mi pueblo en cruz.
Mi «seca» y tu playa:
la Paz de Jesús.

Lograda María,
llegada Asunción,
que reclama y guía
nuestra romería
de Liberación.

 Pedro Casaldaliga

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¿Adónde va, cuando se va, la llama?
¿Adónde va, cuando se va, la rosa?
¿Adónde sube, se disuelve airosa,
hélice, rosa y sueño de la rama?

¿Adónde va la llama, quién la llama?
A la rosa en escorzo ¿quién la acosa?
¿Qué regazo, qué esfera deleitosa,
qué amor de Padre la alza y la reclama?

¿Adónde va, cuando se va escondiendo
y el aire, el cielo queda ardiendo, oliendo
a olor, ardor, amor de rosa hurtada?

¿Y adónde va el que queda, el que aquí abajo,
ciego del resplandor se asoma al tajo
de la sombra transida, enamorada?

Gerardo Diego


miércoles, 14 de agosto de 2019

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       «Mi pequeño rebaño». Jesús mira con ternura inmensa a su pequeño grupo de seguidores. Son pocos. Tienen vocación de minoría. No han de pensar en grandezas. Así los imagina Jesús siempre: como un poco de «levadura» oculto en la masa, una pequeña «luz» en medio de la oscuridad, un puñado de «sal» para poner sabor a la vida.

   Lucas ha recopilado en su evangelio unas palabras, llenas de afecto y cariño, dirigidas por Jesús a sus seguidores y seguidoras. Con frecuencia, suelen pasar desapercibidas. Sin embargo, leídas hoy con atención desde nuestras parroquias y comunidades cristianas, cobran una sorprendente actualidad. Es lo que necesitamos escuchar de Jesús en estos tiempos no fáciles para la fe.

       Después de siglos de «imperialismo cristiano», los discípulos de Jesús hemos de aprender a vivir en minoría. Es un error añorar una Iglesia poderosa y fuerte. Es un engaño buscar poder mundano o pretender dominar la sociedad. El evangelio no se impone por la fuerza. Lo contagian quienes viven al estilo de Jesús haciendo la vida más humana.

       «No tengáis miedo». Es la gran preocupación de Jesús. No quiere ver a sus seguidores paralizados por el miedo ni hundidos en el desaliento. No han de preocuparse. También hoy somos un pequeño rebaño, pero podemos permanecer muy unidos a Jesús, el Pastor que nos guía y nos defiende. Él nos puede hacer vivir estos tiempos con paz.

       «Vuestro Padre ha querido daros el reino». Jesús se lo recuerda una vez más. No han de sentirse huérfanos. Tienen a Dios como Padre. Él les ha confiado su proyecto del reino. Es su gran regalo. Lo mejor que tenemos en nuestras comunidades: la tarea de hacer la vida más humana y la esperanza de encaminar la historia hacia su salvación definitiva.

       «Vended vuestros bienes y dad limosna». Los seguidores de Jesús son un pequeño rebaño, pero nunca han de ser una secta encerrada en sus propios intereses. No vivirán de espaldas a las necesidades de nadie. Serán comunidades de puertas abiertas. Compartirán sus bienes con los que necesitan ayuda y solidaridad. Darán limosna, es decir, «misericordia». Este es el significado del término griego.

           Los cristianos necesitaremos todavía algún tiempo para aprender a vivir en minoría en medio de una sociedad secular y plural. Pero hay algo que podemos y debemos hacer sin esperar a nada; transformar el clima que se vive en nuestras comunidades y hacerlo más evangélico. El papa Francisco nos está señalando el camino con sus gestos y su estilo de vida.
José Antonio Pagola