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miércoles, 15 de julio de 2020

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No siempre es lo mismo     Cuando una persona se encuentra agobiada por el peso de una preocupación, solemos decirle que necesita distraerse. Y le recomendamos que salga un poco de todo ese entramado de tensiones que le oprimen, y busque fuera de él un horizonte más luminoso y recomponedor. Y efectivamente, lo normal es que ese periodo de descanso en un ambiente gratificante produzca el cambio deseado.

        Pero también se puede dar el caso de que lo que una persona necesite no sea distraerse sino reflexionar: volverse sobre sí misma para hacer de su vida objeto de sereno estudio, y encontrar así conclusiones válidas para eliminar errores y vivir con más acierto.

        Reflexionar con sosiego puede tener resultados muy beneficiosos para quien esté convencido de su necesidad. Lo malo es que muchas veces es precisamente esto lo más difícil, convencernos de que necesitamos reflexionar. Porque no suele costarnos comprender que necesitamos distraernos, pero cuando la necesidad es de reflexión, nos cuesta más caer en la cuenta, no se sabe bien por qué.

        Quizá se deba, en bastantes ocasiones, a que la reflexión va intrínsecamente unida a la conducta diaria, y quizá advertimos que hemos de cambiar algo en nuestra vida, y nos cuesta hacerlo, y rehuimos pensar en ello. Si esto nos sucede —continúo glosando ideas de Miguel Angel Martí—, debemos alertarnos. Cuando la vida va más aprisa que nuestro pensamiento y nos encontramos actuando sin habernos dado tiempo a hacer una elección razonada, precisamente entonces resulta urgente decirnos, o que alguien nos diga: «necesitas reflexionar». Porque de no hacerlo, nuestras reflexiones (cuando las haya) serán siempre a posteriori, a hechos consumados. Y la reflexión —que es el ejercicio de la razón aplicada a nuestra propia vida— debe estar al inicio de nuestro actuar, para así elegir lo mejor.
En la verdad siempre la solución    

        La huida hacia adelante —que suele justificarse luego con complicadas razones que intentan disculpar los comportamientos erróneos— es una grave equivocación, de la que siempre sale perjudicado quien la toma como norma de conducta. Esta fuga hacia adelante deja de lado a la razón, que queda obligada a aparecer sólo al final, como una pobre esclava que es reclamada en última instancia para intentar justificar una elección que comprendemos que fue errónea.

        El hombre no puede prescindir de la razón. Y si en lugar de darle una misión de alumbrar la verdad y el bien, la convierte en una simple justificadora de conductas, cuya máxima norma suele ser «está bien porque lo he hecho yo (y todo lo que yo hago, para mí está bien)», entonces se produce una perversión del uso de la razón, y la que debía ser antorcha de la verdad, pasa a ser una simple venda que tapa las heridas de una conducta irreflexiva.

        La reflexión no es una actividad exclusiva de los filósofos. A lo largo de su vida, el hombre sensato se pregunta con frecuencia por su propia identidad, se hace cuestión de sí mismo, se interesa por él, no sólo por su actividad, se vuelve a su mundo interior en busca de respuestas. Y caemos entonces en la cuenta de que nos equivocamos, y descubrimos la importancia de la verdad, experimentamos como angustiosa la duda y deseamos salir de ella, surge en nosotros la incertidumbre, a veces también el desconcierto. Y se nos hace necesario pensar, poner orden, relacionar datos, examinar experiencias pasadas, ver posibles consecuencias en caso de optar por una solución determinada.

        Y luego podemos preguntar, y pedir consejo, pero al final nuestra vida debe ser fruto de nuestras decisiones personales, todo lo contrastadas que se quieran, pero la última palabra la debemos dar nosotros. Y esa última palabra debe ser pensada con la seriedad que se merece.
     


martes, 14 de julio de 2020

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 El primer nivel
            Si consideramos los diversos ámbitos de la propia preparación personal, podríamos hablar en primer lugar de un nivel referido a lo estrictamente corporal: atender al cuidado de la salud, llevar una alimentación sana y equilibrada, hacer el necesario ejercicio físico, etc.

        Estas exigencias pueden resultar bastante costosas para algunas personas. Y si uno no está acostumbrado a ellas, al comenzar a tomarlas más en serio, es fácil que el cuerpo proteste contra el cambio, y quiera seguir en su cómoda cuesta abajo de la vida: comer y beber lo que nos venga en gana, desdeñar el ejercicio físico, ser negligentes en el cuidado de la salud, etc. Se necesita un tiempo para acostumbrar al cuerpo a esa disciplina, pero a medida que se logra, uno se encuentra con más energía y mejor humor, las actividades normales van resultando menos costosas y aumenta la capacidad para hacer cosas más exigentes.

Preparación intelectual    

        Si pasamos a analizar otro nivel más alto de nuestra preparación personal, referido por ejemplo a nuestras capacidades intelectuales, es probable que advirtamos que nuestras circunstancias de vida quizá no nos empujan a usar mucho de ellas. Depende mucho del tipo de ocupaciones que cada uno tenga, pero es algo que sucede con frecuencia a quien ha dejado ya la disciplina exterior de sus obligaciones de estudiante, y su trabajo tampoco le obliga a ejercer con exigencia su capacidad de leer, o de pensar analíticamente, o de expresarse por escrito con un mínimo de riqueza y corrección.

        Es verdad que si el trabajo no nos lo exige, luego, en el poco tiempo libre que uno tiene, tampoco está uno para demasiadas florituras intelectuales. Y es verdad que tampoco se trata de caer en un obsesivo afán de ejercer las capacidades mentales, de la misma manera que hacer periódicamente un poco de ejercicio físico no es pasarse las tardes en un gimnasio dedicado al culturismo. Pero si nos detenemos a pensar en cómo empleamos nuestro tiempo libre, quizá advirtamos que pasamos bastante tiempo con distracciones demasiado pasivas y que nos aportan muy poco, y que podríamos dedicarnos más a otras que nos aportarían más, y que también descansan más.
La televisión es caso aparte    

        Un ejemplo típico es la televisión. Ser capaz de autorregularse en su uso con sensatez y equilibrio es un hábito que puede tener unas importantes consecuencias para el futuro de una persona. Me refiero a que un consumo excesivo e indiscriminado de televisión supone perder la ocasión de hacer muchas cosas en la vida. Basta pensar que si una persona dedica tres horas diarias a ver televisión —y aún estaría por debajo de la media del mundo occidental—, ese tiempo supone casi la quinta parte del que se pasa cada día levantado de la cama. O sea, que es como dedicar quince años de la vida a ver la televisión quince horas diarias. Y en ese tiempo realmente se pueden hacer realmente muchas cosas.

        Es cierto que viendo la televisión también se pueden aprender cosas. Hay programas que efectivamente tienen una alta calidad, bien por su contenido formativo o informativo, o incluso de entretenimiento y de descanso, y es verdad que pueden enriquecernos y ayudarnos mucho. Pero también es cierto que muchos otros sencillamente nos hacen perder el tiempo (y eso sin contar con los que puedan influirnos negativamente, que también los hay).

        Además, si resulta que vemos la televisión a granel, sin que medie una selección y búsqueda de los espacios que de verdad nos interesan, tragándonos todo, de un canal a otro, todas las tardes, todas las noches, lo que haya... eso habría que calificarlo de adicción, y sus efectos no pueden ser positivos. La televisión es un buen siervo pero un mal amo, y no debemos dejar que su uso nos domine, sino ser capaces de emplearla con moderación y sensatez. Insisto en esto porque es la ocupación —quitando el trabajo y el sueño— a la que dedica más tiempo cada día el ciudadano occidental de tipo medio. Y parece claro que de ahí es de dónde en mayor cantidad de tiempo puede sacar para su preparación personal en todos los ámbitos.

lunes, 13 de julio de 2020

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De aquí recibió Pablo la semilla. Es enviado a la gentilidad y no lo calla al recordar la gracia recibida de modo principal y especial para esta función. Dice en sus escritos que fue enviado a predicar el Evangelio allí donde Cristo aún no había sido anunciado. Pero como aquella otra siega ya tuvo lugar y los judíos que quedaron eran paja, prestemos atención a la mies que somos nosotros. Sembraron los apóstoles y los profetas. Sembró el mismo Señor; él estaba, en efecto, en los apóstoles, pues también él cosechó; nada hicieron ellos sin él; él sin ellos es perfecto, y a ellos les dice: Sin mí nada podéis hacer. ¿Qué dice Cristo, sembrando entre los gentiles? Ved que salió el sembrador a sembrar. Allí se envían segadores a cosechar; aquí sale a sembrar el sembrador no perezoso.

Pero ¿qué tuvo que ver con esto el que parte cayera en el camino, parte en tierra pedregosa, parte entre las espinas? Si hubiera temido a esas tierras malas, no hubiera venido tampoco a la tierra buena. Por lo que toca a nosotros, ¿qué nos importa? ¿Qué nos interesa hablar ya de los judíos, de la paja? Lo único que nos atañe es no ser camino, no ser piedras, no ser espinas, sino tierra buena —¡oh Dios!, mi corazón está, preparado— para dar el treinta, el sesenta, el ciento, el mil por uno. Sea más, sea menos, pero siempre es trigo. No sea camino donde el enemigo, cual ave, arrebate la semilla pisada por los transeúntes; ni pedregal donde la escasez de la tierra haga germinar pronto lo que luego no pueda soportar el calor del sol; ni espinas que son las ambiciones terrenas y los cuidados de una vida viciosa y disoluta.

¿Y qué cosa peor que el que la preocupación por la vida no permita llegar a la vida? ¿Qué cosa más miserable que perder la vida por preocuparse de la vida? ¿Hay algo más desdichado que, por temor a la muerte, caer en la misma muerte? Estírpense las espinas, prepárese el campo, siémbrese la semilla, llegue la hora de la recolección, suspírese por llegar al granero y desaparezca el temor al fuego.

S 101, 3

domingo, 12 de julio de 2020

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Salió el sembrador a sembrar. Jesús se había criado en Galilea, tierra de campesi-nos. Él, y la gente que le escuchaba, entendía de sembrados y cosechas. También de árboles y sus frutos, de plantas y flores. Y sabía que la tierra en que trabajaban era dura; a veces, buena, y, en gran parte, pedregosa y abundante en arbustos y hierbajos. De ahí que abundan las referencias de Jesús a esa tierra en forma de parábolas. Una de ellas, muy hermosa, es la que nos presenta el pasaje de este evangelio.

Decía Benedicto XVI que esta parábola es, en cierto modo, una autobiografía de Jesús. Él predicaba su mensaje y el fruto que producía era variado: de aceptación sencilla y gozosa, de rechazo en ocasiones, de cambio de vida en muchos, de indiferencia en otros. Su palabra era la misma, pero las mentes y los corazones de quienes le escu-chaban eran diversos. No importaba: sembraba de manera abundante, a todos por igual, con generosidad. Él era el sembrador que salió de su "casa", enviado por el Padre para acampar entre nosotros y "sembrarnos" su palabra.

Su palabra era él mismo. El es la Palabra. En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Así comienza Juan su Evangelio. Y vino a los suyos, pero muchos no lo recibieron, pero a lo que lo recibieron los hizo hijos de Dios. Rechazo y aceptación. Y los suyos somos nosotros, no sólo el pueblo de Palestina. Quiere sembrar su palabra, o sea, él mismo, en nuestros corazones para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia. 

Más adelante dirá, al explicar la parábola de la cizaña, que la buena semilla son los hijos del reino (Mt 13, 38). La semilla no es sólo la palabra que se proclama, sino todo creyente y seguidor de Jesús, que hablará con lo que es, con lo que tiene, con lo que dice. Somos semilla para sembrar en el campo, que es el mundo, la verdadera Pala-bra, que es el mismo Jesús. Una palabra hablada, si no fuera acompañada por la vida, sonaría a sarcasmo, aunque fuera proclamada con elocuencia sublime. Somos -por qué no decirlo- palabra del Señor, porque él se ha "sembrado" en nosotros, ha germinado nuestra fe con la ayuda del Espíritu, su amor se ha derramado en nosotros, nos ha regenerado para una esperanza viva (1 Pe 1, 3) y nos ha hecho hijos de su mismo Padre.

Somos semilla, pero también tierra. Las dos cosas. Nos llama a ser tierra buena, abonada por la gracia, para ser sembradores en el campo del mundo. Si lo fuéramos en verdad, estaríamos escribiendo, también nosotros, nuestra propia autobiografía, como lo hizo Jesús.

Somos "sembrados" y sembradores. En cuanto "sembrados", examinémonos para ver en qué lugar de la parábola estamos. En cuanto sembradores, acojamos la tarea que nos encomienda el verdadero sembrador, Jesús. Id por todo el mundo y proclamad el evangelio a toda la creación (Mc 16, 15). Pero siendo testigos suyos (Hch 1, 8). Nadie queda excluido. Para recordar: antes de ser sembradores, hay que ser palabra, o testigo, lo mismo da.

Y encontraremos en el campo del mundo toda clase de terrenos: duros y resecos, pedregosos, con abrojos abundantes, pero también mucha tierra buena. Más de lo que pensamos.

La semilla de la palabra encuentra mucha indiferencia en el mundo. Es como los granos de trigo del sembrador que caen en el camino. No penetran en la tierra. La dureza del corazón de muchos hace imposible que la semilla de la palabra penetre en él. Rechazan la palabra, rechazan al mismo Jesús.
 Ha venido para que todos tengan vida, y muchos prefieren la muerte del espíritu, como muere el grano de trigo que no ha penetrado en la tierra. 

También hay muchos que oyen la palabra, pero no la escuchan, es decir, no la acogen y dejan que pase. Como la lluvia de agua buena que cae sobre el pavimento de la calle, que se desliza, se evapora y desaparece. Esta agua ha refrescado el ambiente, pero llegará el calor que reseca todo y no producirá vida. Muchos oyen la palabra, que se proclama abundantemente, como "quien oye llover". Oyen la palabra, la escuchan con placer y hasta la acogen, pero la olvidan pronto; no se abren a ella, como sí se abre en surco la tierra buena para acoger la semilla. Los abrojos son los halagos de este mundo, el placer como objetivo supremo, el tener o poseer como un dios que es-claviza, el poder para figurar y sobresalir siendo nada, las preocupaciones de la vida que nunca faltan.

Pero abunda la tierra buena. Abundan los creyentes sencillos, como las gentes de Galilea. También los cultos, que se han topado con la verdadera Palabra y han sido transformados. Hombres y mujeres de buena voluntad de todo pueblo y nación, ham-brientos de la verdad. Ancianos y niños, y jóvenes que se van abriendo paso en la vida alentados por la palabra. Todos ellos son tierra buena que se abre en surco cuando pasa el sembrador a depositar en ella la semilla.

Jesús nos pide generosidad sin escatimar nada. Nuestra tarea es sembrar. El Espíri-tu hará que germine la semilla y que crezca hasta dar fruto abundante, en nosotros y quienes nos vean u oigan.

San Agustín:
Arranquemos las espinas, preparemos el terreno, recibamos la simiente, perseve-remos hasta la siega, aspiremos a ser recibidos en los graneros. (S 101).

Ayer me dirigí al camino, me dirigí a los pedregales, me dirigí a los zarzales y les dije: «Cambiad, mientras os es posible; romped con el arado la dureza del terreno, quitad las piedras del campo, arrancad las zarzas de la tierra. No tengáis un corazón duro en el que muera pronto la palabra de Dios. No tengáis tan delgada capa de tierra, que la raíz de la caridad no pueda alcanzar profundidad. No ahoguéis con las preocupaciones y apetencias seculares la buena semilla que mi fatiga esparce en vosotros. Realmente quien siembra es el Señor, pero yo soy su bracero. Sed tierra buena». (S 73, 3)
P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.

sábado, 11 de julio de 2020

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        La pregunta parece sencilla. ¿Qué es un embrión humano? La respuesta resulta más sencilla de lo que parece, aunque algunos la hayan hecho compleja.

         Como primera respuesta, podemos decir que el embrión es un organismo (uni o pluricelular) dotado de vida. Científicos y filósofos aceptarían, sin graves problemas, esta afirmación. También un niño y un anciano son organismos dotados de vida, pero mucho más complejos y más desarrollados. El embrión y el niño son más pequeños y tienen mucho futuro ante sus ojos. El anciano tiene menos futuro, pero no por ello deja de ser organismo.

         La segunda respuesta es también sencilla: el embrión es un organismo humano en sus primeras fases de desarrollo.

         Salta a la vista que las diferencias entre el embrión, el niño, el adulto y el anciano resultan notables. Porque un niño tiene corazón y pulmones, cerebro y columna vertebral. El embrión, al menos en los primeros días, no tiene ninguno de los órganos típicos del adulto. Pero ello no implica que no tenga ninguna “organización”: en sus pocas o muchas células hay una estructura compleja que avanza, si nada lo impide, hacia nuevas etapas de desarrollo.

         La tercera respuesta va un poco más lejos, y suscita la oposición de diversos pensadores y científicos: es un ser humano digno de respeto.

         Para justificar esta respuesta necesitamos recurrir a algo distinto de la ciencia empírica. Porque la idea de dignidad no es asequible ni a las básculas ni al microscopio. No depende ni del color de la piel, ni del hecho de tener más centímetros de altura, ni de la “perfección” del ADN (sin aparentes enfermedades hereditarias), ni de empezar a existir en un país desarrollado.

         La idea de dignidad es descubierta desde la filosofía y la religión. Gracias a ellas, si son usadas de modo adecuado, podemos ver en cada ser humano algo que escapa a la observación científica: posee un valor que supera los límites del espacio y del tiempo, porque está destinado a lo eterno.

         La idea de dignidad se aplica a todo ser humano en sus distintas etapas de existencia: desde que inicia a vivir, tras la concepción, hasta que termina su recorrido terreno, e incluso más allá del mismo.

         Volvamos a nuestra pregunta: ¿qué es un embrión humano? Es un ser humano que ha empezado a vivir. Tiene pocas horas o pocos días. Está sano o quizá morirá pronto por culpa de algún defecto genético. Será amado por sus padres o sufrirá una muerte silenciosa.

         Lo que le pueda ocurrir no quita en nada su dignidad. Vale lo mismo que tú o que yo; como también necesita lo mismo que tú y que yo: amor, respeto, acogida, alimentos, y un lugar en este planeta de aventuras. Luego, como tú y como yo, con pocos gramos o después de haber visto a los hijos de sus hijos, partirá a otros rumbos.

         Por eso, por ser lo que es, sin adjetivaciones, todo embrión humano merece nuestro respeto. Y lo recibirá, seguro, por parte de tantos millones de seres humanos, ya adultos, que también un día fueron embriones; seres humanos que hoy trabajan y se esfuerzan para ayudar y defender a los más débiles y necesitados: los niños, los ancianos, los pobres, los enfermos... y los embriones.
     
Fernando Pascual, L.C.AutoresCatolicos.org

viernes, 10 de julio de 2020

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Duro y pesado parece el precepto del Señor de que quien quiera seguirle ha de negarse a sí mismo. Pero no es duro ni pesado lo que manda el que ayuda a hacer lo que manda. Pues también es cierto lo que se le dice en el salmo: Por las palabras de tus labios he seguido ásperos caminos (Sal 16,4). Y es verdadero también lo que dijo él mismo: Mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11,30). La caridad convierte en suave lo que los preceptos tienen de duro. Sabemos qué grandes cosas hace el amor. Con frecuencia este amor es reprobable y lascivo: ¡cuántas calamidades han sufrido los hombres, por cuántas deshonras han tenido que pasar y tolerar para llegar al objeto de su amor! Es igual que se trate de un amante del dinero, es decir, de un avaro; o de un amante de cargos públicos, es decir, de un ambicioso; o de un amante de los cuerpos hermosos, es decir, de un lascivo. Pero ¿quién puede enumerar todos los amores? Considerad, sin embargo, cuánto se fatigan todos los amantes y, no obstante, no sienten la fatiga; y más fatigas asumen cuando alguien les impide sufrir esas mismas fatigas. Si, pues, la mayor parte de los hombres son como son sus amores, de ninguna otra cosa debe uno preocuparse en la vida sino de elegir lo que ha de amar. ¿De qué te extrañas de que el que ama a Cristo y quiere seguirlo, por fuerza del mismo amor se niegue a sí mismo? Pues si, amándose a sí mismo, el hombre se pierde (Cf Mc 8,35), negándose a sí mismo, se reencuentra al instante.
 S 96, 1



jueves, 9 de julio de 2020

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La profundidad está en Dios, que es la perfección acabada de todo ideal humano. El Espíritu Santo es Dios, y él tiene la capacidad de tocarlo todo con su luz. Por eso puede hacernos capaces de reconocerlo también en los demás.

Si en los otros sólo vemos miseria, porque tenemos los ojos heridos, el Espíritu Santo puede manifestarse y hacernos descubrir muchas cosas preciosas que hay en los hermanos.

Con el Espíritu Santo, además, podemos liberarnos poco a poco de la superficialidad y de la incoherencia, y volvernos comprensivos, generosos, amables, sinceros, disponibles.

Su Palabra nos enseña que "quien dice que está en la luz pero no ama a su hermano, está todavía en las tinieblas" (1 Juan 2,9), y que "el que no ama permanece en la muerte" (1 Juan 3,14). Entonces, estamos descubriendo lo más importante: Si alguien quiere salir de la superficialidad y ser profundo, su camino es el amor a los hermanos.

Si yo no me encuentro con los demás, si no los amo, si no busco su felicidad, entonces nunca alcanzaré la profundidad y me engañaré a mí mismo con falsos misticismos. En cambio, si soy capaz de salir de la queja, de la crítica inútil, del egoísmo, y doy el salto del amor para encontrarme con los demás así como son, entonces se disipan las tinieblas y puedo ver con claridad. Sólo así puedo alcanzar la verdadera profundidad espiritual. Un acto de amor es lo más profundo y noble que puede vivir un ser humano.

El Espíritu Santo puede derramar ese amor en nuestros corazones y hacerlo crecer.

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Los Cinco Minutos de San Agustín de Hipona

Den gracias al Señor con cítara, toquen en su honor con arpa de diez cuerdas; cántenle un cántico nuevo.Despójense de lo antiguo, ya que se los invita al cántico nuevo. Nuevo hombre, nuevo Testamento, nuevo cántico. El nuevo cántico no responde al hombre antiguo. Sólo pueden aprenderlo los hombres nuevos, renovados de su antigua condición por obra de la gracia y pertenecientes ya al nuevo Testamento, que es el reino de los cielos. Por él suspira todo nuestro amor y canta el cántico nuevo. Pero es nuestra vida, más que nuestra voz, la que debe cantar el cántico.

P. José Luis Alonso Manzanedo, OAR.