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sábado, 18 de agosto de 2018

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La vida es corta, muy corta, y debemos aprovecharla para ser de Dios, no como quiera, sino completamente. De esta manera tendremos la dicha de vernos todos antes de poco en la otra vida, para no separarnos.

Debemos procurar vivir solo para morir bien, que es lo único importante y necesario. Se vive para morir bien cuando nuestra vida es para la virtud y para Dios.

Todo os debe servir de lección para aprender a vivir de modo que la muerte ni nos sorprenda, ni nos asuste, ni nos coja con las manos vacías de méritos, sino más bien preparados y llenos de buenas obras, única riqueza que podemos llevar al otro mundo.

Hay que poner verdadero empeño en practicar la virtud, en ser buenos, en salvarse, cueste lo que costare. Así es como todos nos reuniremos en torno de nuestro buen Dios en la otra vida para no separarnos jamás, y seremos felices y dichosos sin temor de que la dicha concluya, ni venga a turbarla contrariedad alguna de las muchas que experimentamos en este mundo.   (Cartas, II.pág.14-17).

viernes, 17 de agosto de 2018

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Acabamos de oír al Maestro veraz, Redentor divino y Salvador humano, encarecernos nuestro precio: su sangre. Nos ha hablado, en efecto, de su cuerpo y de su sangre: al cuerpo le llamó comida; a la sangre, bebida. Los fieles saben que se trata del sacramento de los fieles; en cambio los otros oyentes ¿qué otra cosa saben sino lo que oyen? Cuando, pues, para recomendarnos tal alimento y tal bebida, decía: Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6,53) —y ¿quién, sino la Vida, diría esto de la Vida misma? A su vez, al hombre que juzgue falaz a la Vida le aportará muerte, no vida— se escandalizaron sus discípulos, aunque no todos, sí muchísimos y decían para sí: ¡Duro es este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?(Jn 6,60). Mas habiendo conocido en sí esto el Señor y habiendo percibido el murmullo de sus pensamientos, respondió a los que eso pensaban, aunque nada expresaban con su voz, para que supieran que los había oído y desistiesen de pensar tales cosas. ¿Qué les respondió, pues? ¿Os escandaliza esto? Entonces, ¿si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? (Jn 6,61-62). ¿Qué significa Os escandaliza esto? ¿Pensáis que voy a fraccionar este cuerpo mío que estáis viendo, a amputar mis miembros y a dároslos a vosotros? ¿Qué significa: Entonces, ¿si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? Ciertamente el que pudo ascender en su integridad, no pudo ser consumido. Así, pues, nos dio en su cuerpo y sangre un saludable alimento, y brevemente resolvió la gran cuestión acerca de su integridad. Coman, pues, quienes lo comen y beban los que lo beben; tengan hambre y sed; coman la vida, beban la vida. Comerlo es restablecerse; pero te restableces de tal forma que no merma lo que te restablece. Y beberlo, ¿qué es sino vivir? Come la vida, bebe la vida: tendrás vida y la vida plena. Mas esto habrá entonces, es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo será vida para cada uno, si lo que se toma visiblemente en este sacramento,lo come espiritualmente, lo bebe espiritualmente en su realidad misma. Porque se lo hemos oído al Señor decir: El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y vida. Pero hay algunos —dice— que no creen (Jn 6,63-64). Eran los que decían: ¡Duro es este lenguaje, ¿quién puede escucharlo? Duro, sí, mas para los duros; es decir, es increíble, mas para los incrédulos.
Sermón 131, 1

jueves, 16 de agosto de 2018

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Palabras del Papa antes del Ángelus.

Queridos hermanos y hermanas. Buenos días.

En estos últimos domingos la liturgia nos ha mostrado la imagen llena de ternura de Jesús que sale al encuentro de las multitudes y sus necesidades, en el pasaje del evangelio de hoy (Jn 6, 24-35) la perspectiva cambia es la multitud alimentada por Jesús la que va nuevamente en busca de Él, va al encuentro de Jesús. Pero para Jesús no es suficiente que la gente lo busque, Él quiere que la gente lo conozca, quiere que la búsqueda y el encuentro con Él vaya más allá de la satisfacción inmediata de las necesidades materiales.

Jesús vino a traernos algo más para abrir una nueva existencia a un horizonte más amplio que las preocupaciones diarias de nutrición, vestimenta y de la carrera y así sucesivamente.

Por tanto, volviéndose hacia la multitud exclama. Ustedes no me buscan porque han visto señales sino porque han comido de esos panes y se han saciado (v 26). Así Jesús anima a las personas a dar un paso adelante, a preguntarse sobre el significado del milagro, no solo aprovecharse de Él. De hecho, la multiplicación de los panes y los peces es un signo del gran regalo que el padre le ha dado a la humanidad y que es Jesús mismo.

Él es el verdadero “pan de vida” (v 30) que quiere satisfacer no solo a los cuerpos sino también a las almas, dando el alimento espiritual que puede satisfacer el hambre mas profunda. Es por eso por lo que nos invita e invita a las multitudes a procurarse no el alimento que no dura, sino aquel que permanece para la vida eterna (v 27).

Es un alimento que Jesús nos da todos los días: su Palabra, su Cuerpo, su Sangre. La multitud escucha la invitación del Señor, pero no entiende su significado como a menudo nos sucede a nosotros y le preguntan: “¿qué debemos hacer para cumplir con las obras de Dios?” (v 28). Los oyentes de Jesús piensan que Él les pide que cumplan con los preceptos para obtener otros milagros como la multiplicación de los panes.

Es una tentación común, esto de reducir la religión a la práctica de las leyes: proyectando en nuestra relación con Dios la imagen de la relación entre los sirvientes y su amo, los sirvientes deben realizar las tareas que el maestro ha asignado para poder obtener su benevolencia, eso lo sabemos todos. Por eso la gente quiere saber de Jesús que acciones deben hacer para agradar a Dios. Pero Jesús da una respuesta inesperada, esta es la obra de Dios, “creer en el que Él ha enviado” (v 29). Estas palabras están dirigidas hoy, también a nosotros, la obra de Dios no consiste en “hacer” cosas sino en “creer”, en creer en aquel a quien Él ha enviado, o mas bien, la fe en Jesús nos permite hacer las obras de Dios, si nos dejamos envolver en esta relación de amor y confianza con Jesús podremos hacer buenas obras que tengan el perfume del Evangelio, para el bien y las necesidades de los hermanos.

El Señor nos invita a no olvidar que, si bien es necesario preocuparse por el pan material, es aún más importante cultivar nuestra relación con Él, fortalecer nuestra fe en Él que es el Pan de Vida venido para saciar nuestra hambre de verdad, nuestra hambre de justicia, nuestra hambre de amor.

Ciudad del Vaticano, agosto 05, 2018.
fluvium.org

miércoles, 15 de agosto de 2018

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También en tiempos de Jesús era prioritaria la preocupación  por la super-vivencia: qué  comeré  hoy, qué  vestiré  mañana, dónde dormiré… Jesús  quiere que sus discípulos superen los afanes de la vida cotidiana y, para ello, les ofrece su pan. Un pan que viene del amor del Padre y sacia nuestra ham-bre de eternidad. Cuando vivimos en intimidad con Jesús, alimentados por ese pan, somos capaces de llegar más  allá  de nuestros límites.  La vida que vivimos en esa buena compañía es vida plena y sobrepasa el mero cumpli-miento de unos deberes religiosos para convertirse en  testimonio de seguri-dad, de paz, de alegría y de esperanza: Creemos en Dios nuestro Padre y, porque nos sentimos amados por él, en él  confiamos y eso nos llena de gozo y también de esperanza. Por eso hoy nos acercamos a Jesús y en él disfru-tamos de los cuidados de nuestro Padre Dios. Esta experiencia del amor de Dios nos empuja a ser, por nuestra parte, amables  con nuestros hermanos, a quienes amamos con el mismo amor y ternura con que nos sentimos ama-dos por Jesús y por el Padre. Con un amor total.

Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas
Elías viene huyendo de la pérfida Jezabel que ha prometido a su esposo Ajab, rey de Israel, que matará al profeta. Solitario en el desierto, agotado por la fatiga física y la depresión moral, manifiesta la debilidad de su huma-nidad y se desea la muerte: “¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no val-go más que mis padres!”. Y dice el libro sagrado que “se echó debajo de la retama y se quedó dormido”. Quiere morir.

He querido ver en esta actitud de Elías el estado de ánimo de muchos creyen-tes. Es la actitud de quien ha sufrido un duro revés en la vida, el que ha per-dido a un ser querido, el que se ha sentido traicionado por un amigo; es la actitud de un casado que se ha visto engañado por la otra parte, o abando-nado por sus propios hijos, la de quien ha fracasado en sus negocios o ha ido sumando disgusto a disgustos. En una palabra, es el gesto o la determi-nación de muchas personas amargadas que no sienten ganas de vivir y bus-can la muerte. Desaparecer de esta vida.

Pero Dios no abandona en la prueba a su fiel amigo; por medio de un ángel le prepara un alimento misterioso: “Levántate, come”. Fortalecido sobrena-turalmente, Elías puede llegar después de cuarenta días al monte Horeb, co-razón del desierto, en el que tendrá lugar un encuentro con su Dios en la suavidad de una brisa. La brisa de la interioridad, de la soledad y de la paz. En la oración.

Los amigos se encuentran en el recogimiento, en la intimidad, en el silencio de otras voces. Es también lo que nos espera a nosotros si, obedientes al mandato del Señor, comemos del alimento que nos ofrece y caminamos du-rante cuarenta días, siempre, hasta la cumbre en la que nos espera para ofre-cernos su consuelo y su paz. Dios no nos deja solos. Su Hijo comparte nues-tros dolores y pesares y quiere llevarnos hasta su Padre. Sigamos andando, vivamos, que no estamos solos. Obedientes al consejo de Pablo en la carta a los Efesios desterremos de nosotros “toda amargura, la ira, los enfados y toda maldad”. “Seamos imitadores de Dios, como hijos queridos y vivamos en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor”. Caminemos en la caridad para que, en esa caridad, sintamos la presencia del Padre que nos ama en su propio Hijo a pesar de nuestras frustraciones, de nuestros dolores y de nuestras enfermedades. El mejor ejemplo lo encontramos en Elías y en el propio Jesús, que, condenado a muerte por los suyos, se nos convierte en el pan que nos alimenta para caminar por la vida.

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo”

El evangelista Juan repite una y otra vez expresiones e imágenes de gran fuerza para animar a las comunidades cristianas a que se acerquen a Jesús para descubrir en él una fuente de vida nueva. Un principio vital que no es comparable con nada que hayan podido conocer con anterioridad. Jesús es “pan  bajado del cielo”. No ha de ser confundido con cualquier fuente de vida. En Jesucristo podemos alimentarnos de una fuerza, una luz, una espe-ranza, un aliento vital... que vienen del misterio mismo de Dios, el Creador de la vida. Jesús es “el pan de la vida”. Por eso, precisamente, no es posible encontrarse con él de cualquier manera. Hemos de ir a lo más hondo de no-sotros mismos, abrirnos a Dios y “escuchar lo que nos dice el Padre”. Nadie puede sentir deseos de Jesús, “si no lo atrae el Padre que lo ha enviado”. Lo más rico de Jesús es su capacidad para dar vida. El que cree en Jesucristo y sabe entrar en contacto con él, conoce una vida diferente, de calidad nueva, una vida que, de alguna manera, pertenece ya al mundo de Dios. Juan se atreve a decir que “el que coma de este pan, vivirá para siempre”.

Si, en nuestras comunidades cristianas, no nos alimentamos del contacto con Jesús, seguiremos ignorando lo más esencial y decisivo del cristianismo. Por eso, nada hay más urgente que cuidar bien nuestra relación con él. Si, en la Iglesia, no nos sentimos atraídos por ese Dios encarnado en un hombre tan humano, cercano y cordial, nadie nos sacará del estado de mediocridad en que vivimos de ordinario. Nadie nos estimulará para ir más lejos que lo es-tablecido por nuestras instituciones. Si Jesús no nos alimenta con su Espíri-tu y con su experiencia de Dios, pues lo ha contemplado cara a cara, segui-remos atrapados en el pasado.  Jesús nos quiere hombres y mujeres nuevos, que creamos en él, que escuchemos directamente su palabra y que comamos su pan, que es el que da la vida eterna: “Vuestros padres comieron en el de-sierto el maná y murieron. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Solo tendremos vida en Jesús; comamos el pan que nos ofrece.

P. Juan Ángel Nieto Viguera, OAR.





martes, 14 de agosto de 2018

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  Según el relato de Juan, Jesús repite cada vez de manera más abierta que viene de Dios para ofrecer a todos un alimento que da vida eterna. La gente no puede seguir escuchando algo tan escandaloso sin reaccionar. Conocen a sus padres. ¿Cómo puede decir que viene de Dios?

     A nadie nos puede sorprender su reacción. ¿Es razonable creer en Jesucristo? ¿Cómo podemos creer que en ese hombre concreto, nacido poco antes de morir Herodes el Grande, y conocido por su actividad profética en la Galilea de los años treinta, se ha encarnado el Misterio insondable de Dios.

      Jesús no responde a sus objeciones. Va directamente a la raíz de su incredulidad: "No critiquéis". Es un error resistirse a la novedad radical de su persona obstinándose en pensar que ya saben todo acerca de su verdadera identidad. Les indicará el camino que pueden seguir.

     Jesús presupone que nadie puede creer en él si no se siente atraído por su persona. Es cierto. Tal vez, desde nuestra cultura, lo entendemos mejor que aquellas gentes de Cafarnaún. Cada vez nos resulta más difícil creer en doctrinas o ideologías. La fe y la confianza se despiertan en nosotros cuando nos sentimos atraídos por alguien que nos hace bien y nos ayuda a vivir.

     Pero Jesús les advierte de algo muy importante: "Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado". La atracción hacia Jesús la produce Dios mismo. El Padre que lo ha enviado al mundo despierta nuestro corazón para que nos acerquemos a Jesús con gozo y confianza, superando dudas y resistencias.

     Por eso hemos de escuchar la voz de Dios en nuestro corazón y dejarnos conducir por él hacia Jesús. Dejarnos enseñar dócilmente por ese Padre, Creador de la vida y Amigo del ser humano: "Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí".

     La afirmación de Jesús resulta revolucionaria para aquellos hebreos. La tradición bíblica decía que el ser humano escucha en su corazón la llamada de Dios a cumplir fielmente la Ley. El profeta Jeremías había proclamado así la promesa de Dios: "Yo pondré mi Ley dentro de vosotros y la escribiré en vuestro corazón".

     Las palabras de Jesús nos invitan a vivir una experiencia diferente. La conciencia no es solo el lugar recóndito y privilegiado en el que podemos escuchar la Ley de Dios. Si en lo íntimo de nuestro ser, nos sentimos atraídos por lo bueno, lo hermoso, lo noble, lo que hace bien al ser humano, lo que construye un mundo mejor, fácilmente no sentiremos invitados por Dios a sintonizar con Jesús. Es el mejor camino para creer en él.
José Antonio Pagola
  
ORACIÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS

     ¡Ay, Espíritu Santo, cómo te llegamos a entristecer! Parece que solo nos acordamos de ti por Pentecostés y que te reducimos a un fenómeno mágico,
espectáculo de luz y viento en el cenáculo.
     Cuando de hecho hemos sido marcados por ti desde el bautismo y sellados en la confirmación.
      Eres siempre en nosotros como una fuerza vital, un impulso de crecimiento interior y de salida hacia los demás.
     Tú nos haces capaces de vencer el mal con el perdón, el desánimo con la esperanza, el mal humor con una alegría serena.
     Tú nos preservas del error, del egoísmo y del conformismo.
     Tú nos animas a buscar la verdad, a amar sin esperar recompensa, a encontrar la paz del corazón y el camino de la vida siguiendo los pasos de Jesús, que nos lleva hacia el Padre. 
P. Julián Montenegro Sáenz, OAR.

lunes, 13 de agosto de 2018

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¡Qué afán tenemos de ser felices, de gozar y que la vida sea siempre como una puerta abierta de aire fresco y hasta con fondo musical! Nadie puede negar que este sueño nos gusta siempre y queremos que permanezca y que nos dé abundante paz…

Una pregunta: ¿Es posible creer que hay algo o Alguien que sea más superior, más real y más total? Recordemos y, ojalá, sea con fe: Gustad y ved qué bueno es el Señor. Dichoso el que se acoge a Él. Esta afirmación fundamental la creemos y la cantamos con el salmo responsorial y especificamos Quién es la Verdad y la Gloria.

Vivimos en un tiempo de expectativas, de ilusiones, de deseos, también tiempo de incertidumbres, de dudas, resistencias y nervios. No podemos negar estar realidad, incluso los que creemos y. a la vez, debemos soñar que es posible un acontecimiento desde la fe, donde el Espíritu de Jesús está rompiendo costuras de una institución necesitada de renovación: ¡Levántate, come!, que el camino es superior a las fuerzas; Proclamad conmigo la grandeza del Señor; Desterrad de vosotros la amargura; Y Yo lo resucitaré en el último día… Esto escuchamos hoy desde la Palabra de Dios y es motivo grande y necesario de levantar el corazón y vivir con fe.

No se puede negar la realidad, pero es importante que, en vez de sugerir respuestas generales, cada uno entráramos en nuestro corazón y nos situáramos en actitud de interiorización de la entrega amorosa de Cristo. Aquí no valen las lamentaciones ni tampoco seguir viviendo en una fe cómoda: No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado.Aceptar a Jesús pasa, también, por acoger la palabra y la enseñanza del Padre. Los profetas anunciaron que todos serían instruidos por Dios, de modo que, escuchar su palabra con atención, dejar que se haga vida en el interior de la persona, dispone para aceptar a Jesús como pan vivo que ha bajado del cielo. Escuchar la palabra del Padre es escuchar la enseñanza del propio Jesús.

El tiempo no pasa sin más y nuestras vidas van llenando fechas y años que ojalá hayan encontrado luz verdadera para despertar e iniciar un camino cuyo centro de referencia es Cristo: sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor que Cristo os amó. Cada día tenemos la posibilidad de mantener el sentido de la fe para que nuestras personas, teniendo muy en cuenta del ejemplo de Cristo, abramos el campo de una esperanza puesta en la gracia y mantengamos un nivel que se enfrente a todo lo que sea mero cumplimiento en la fe. Los cristianos estamos señalados por nuestra fidelidad a Dios y por un estilo de vida semejante a Cristo.

Día tras día se nos ofrece la posibilidad de llevar a cabo un nivel de camino que se funda en el Pan de Vida. No es sin más un mero anuncio; es la gran verdad: Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Jesús encarnado, el que ha bajado del cielo, es el pan vivo. Se nos abre así una realidad que, solo desde la fe, se puede valorar y llevarlo a la vida. Es alimento vivo y, como tal, transforma la realidad ya que la fuerza de la vida interior no es producto nuestro sino, más bien, la presencia viva del Hijo de Dios que ha venido a salvarnos.

RESPUESTA desde NUESTRA REALIDAD

Somos personas con visión propia y con carácter de ser dueños a la hora de escuchar que debemos salir de nuestra seguridad. Es cierto que tenemos arte para prepararnos lo propio y lo rebeldes que somos para asumir una actitud que, aun siendo verdad y necesidad, creemos o juzgamos que es mucho lo que se nos pide. Escuchar la Palabra de Dios es escuchar la enseñanza del propio Jesús que nos manifiesta; el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. ¿Cómo sentimos, creemos y nos mantenemos en la fe ante el milagro maravilloso del Hijo de Dios?. Es la Palabra encarnada que se nos presenta y se nos da para nuestra felicidad.

ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, a quien, instruidos por el Espíritu Santo, nos atrevemos llamar Padre, renueva en nuestros corazones el espíritu de la adopción filial, para que merezcamos acceder a la herencia prometida. Por J.N. S, Amén,
PENSAMIENTO AGUSTINIANO

 Para enseñarnos que el mismo creer es don y no merecimiento dice: «Os dije que nadie puede venir a mí, sino aquel a quien se la concede el Padre». Haciendo memoria de lo que precede, hallamos el lugar del evangelio donde había dicho: «Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae». No dijo: «si no lo guía, sino atrae». Esta violencia se hace al corazón, no a la carne. ¿De qué te admiras? Cree, y vienes; ama, y eres atraído. No penséis que se trata de una violencia gruñona y despreciable; es dulce, suave; es la misma suavidad la que atrae. Cuando la oveja tiene hambre, ¿no se le atrae mostrándole hierba? Pienso que no se la empuja corporalmente sino que se le sujeta con el deseo. Ven tú a Cristo así; no te fatigue la idea de uno interminable camino. Creer es llegar. En efecto, a aquel que está en todas partes, no se va navegando sino amando.(san Agustín en Sermón 131. 2).

  Fr. Imanol Larrínaga, OAR

domingo, 12 de agosto de 2018

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El pobre Elías estaba abatido, triste y deprimido. Se sentía cansado de todo. No tenía ganas de dormir. Quería morir. Huía de la compañía de los hombres. Era incapaz de ver el lado bueno de las cosas, se sentía perseguido por lo malo que le acontecía, a pesar de que Dios había salido en su favor con aquella profecía de la sequía y había hecho llover cuando Elías se lo pidió. 

Elías sólo ve que la reina Jezabel le persigue y ya no se acuerda de las veces que ha tenido a Dios junto a él. No tiene ganas de nada. Pero Dios viene en su auxilio con un medio muy casero: le dice que coma bien y duerma bien, y la depresión quedará vencida. No sé qué dirán los psiquiatras acerca este remedio, pero el caso es que Elías cobró fuerzas para un camino de cuarenta días.

Nuestra vida cristiana necesita ser alimentada. No vive por sí sola. No se alimenta de ella misma. Si así fuera podríamos caer también en depresión. No me refiero a la depresión enfermedad, sino a la espiritual, que es mucho peor.

Podríamos caer quizás en la tentación del abandono de la oración, nos podría dominar la pereza para participar en la eucaristía, las dudas podrían con nosotros, nuestra fe se volvería lánguida, caeríamos en la indiferencia, no veríamos un horizonte claro, todo se nos haría difícil y quedaríamos abatidos, débiles en la fe y sin fuerzas para seguir caminando.

Y cuando se debilita la fe, se buscan entonces alimentos que no nutren. Se buscan echadores de cartas, que nada dicen. Adivinadores de un futuro siempre incierto. Sacadineros de personas con problemas. Engañadores o embaucadores de ingenuos. Se leen a diario horóscopos que a todos contentan. Y todo en vano, porque todo eso es mentira.

Jesús que ve a sus discípulos débiles, dubitativos, deprimidos, y, como sabe que todos nosotros, a lo largo del camino, vamos a sentarnos muchas veces a la orilla de la vida, cansados, hartos, tristes, sin saber qué hacer con nuestra vida, nos propone un remedio o medicación como la de Elías. Nos dice que comamos su pan, que Él es el pan de la vida, el pan de los fuertes. Él es el pan del camino y el camino mismo, que no nos deja morir de hambre y de avitaminosis espiritual. Este pan es Él mismo.
Cuando nos entra la pereza espiritual, o una cierta indiferencia, comenzamos a dejar muchas cosas. Creemos en Dios, pero con una fe casi muerta. Creemos en Cristo, pero nos cuesta seguirle. Creemos en la Iglesia, pero no nos sentimos cómodos en ella. 

Esto es lo peor que nos podría suceder y nos dice el Señor: “Este es el pan para que el hombre coma de él y no muera”, “el que coma de este pan tiene vida eterna”. No nos dejemos de morir de hambre cuando nos entra este mal, comamos, con la seguridad de que ese alimento de Dios será nuestra fuerza en el camino.

Dios, como en el caso de Elías, nos ofrece un alimento que sí llena, un alimento que da fuerza para mantener viva la ilusión y seguir caminando, un alimento que no es efímero sino que perdura. Y este alimento es Cristo. Nos lo dice hoy. Y el domingo pasado. Y nos lo dirá el próximo.

Juan sigue ahondando en el discurso de Jesús sobre el Pan de Vida de que nos hablaba el evangelio del domingo pasado. Recordemos: Jesús da de comer a una multitud que tenía hambre y se retira al monte a orar y va a Cafarnaum; la multitud lo busca porque ha saciado su hambre; Jesús les presenta o propone otro alimento, Él mismo, un alimento de vida eterna.

Afirmaciones de Jesús en el evangelio: “Yo soy el pan de vida, El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí nunca pasará sed”. “El que cree tiene vida eterna”. “Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de esta pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Hoy, este alimento lo concreta en la Eucaristía. El domingo anterior Jesús invitaba a la muchedumbre, y a nosotros, a creer en Él.  Hoy nos invita a “comer el pan”, el pan de la eucaristía, a alimentarnos de Él mismo.

En la eucaristía es Jesús, en persona, a quien tenemos en el pan consagrado. No se puede decir: “Dentro de este pan está Jesús”. La fe nos dice que este pan, después de las palabras de la consagración, deja de ser pan, aunque al comerlo sepa a pan. Es Cristo vivo, en persona. Es un misterio que nos supera. A él se accede sólo desde la fe. Por eso decimos después de la consagración: “Este es el sacramento de nuestra fe”.
P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.