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lunes, 24 de julio de 2017

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   Ante el Señor tenemos que ser siempre humildes, lo cual conlleva vivir con un corazón agradecido. Es cierto que la vida parece ser siempre una invitación a levantarnos, a creernos más que nadie, a tener prisa haciéndonos creer que somos muy capaces de todo y…, luego, quedamos en una lamentación al vernos muy solos y muy vacíos.  Cuando leemos hoy: No hay más Dios que tú; El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad; El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo …, ojala nos dirigiéramos al Señor para decirle: Gracias, Dios mío, porque me das tanta posibilidad para creer en Ti y orientas mi vida según tu voluntad.  

 Adelanto una idea, una verdad: quien decide hacer del Reino el sentido de su vida, mantendrá aspectos de su existencia pasada (somos siempre pecadores) pero se abrirá también a lo nuevo, a esa gracia maravillosa  que el Señor intenta hacer llegar al corazón para iluminar su camino y sentir en su interior que cada día experimenta una siembra de Dios y, con una mirada hacia el horizonte sin perder la presencia divina “que cuida de todo”. Lo más hermoso en nuestra vida es que Dios habita en nosotros y sostiene nuestro peregrinar. Necesitamos a lo largo de nuestro camino mucha fe para que no se obstaculice el plan de Dios en nosotros.

    A veces nos falta mucha lógica: estamos muy acostumbrados a abrir caminos con el fin de que nosotros, al intentar dar un nuevo sentido a nuestra existencia, hasta casi forzamos el interés y la ilusión. Y ¿qué pensamos de Dios con nosotros? ¿Acaso se puede pensar en el ilimitado amor de Dios que no cesa de mimar nuestro camino situándonos junto a Él y fortaleciéndonos constantemente para que no decaigamos? No generalicemos la parábola y centrémosla en nuestra persona ya que el campo donde el Hijo del hombre siembra la buena semilla es el mundo donde estamos nosotros; el trigo y la cizaña crecen juntamente en nuestro interior y nos encontramos entremezclados. 

    Recordemos que la intención del evangelista es señalar la presencia del mal incluso en el interior de la comundad eclesial. Lejos de vida pura e incontaminada, la Iglesia en todos sus sentidos, siempre lleva dentro de sí algo de cizaña. En la propia conciencia dirijámonos a Dios y digámosle: Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te buscan. Esta es la gran  lección para nosotros, la forma sincera de obrar y la certeza de poner en Dios toda la esperanza a la vez que el camino sea según el ejemplo de Cristo y suscite en nuestros corazones el poder y querer vivir en la verdadera libertad.

    Caminar en la vida con la certeza de agradar a Dios tiene siempre como base el Espíritu que nos ayuda e intercede por nosotros. Es así como podemos dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza, cuando confiamos nuestra existencia personal y comunitaria al Espíritu de Dios que llena no solo la Iglesia sino también la pequeña realidad nuestra y nos convierte en testigos de la fe.

RESPUESTAS  desde  NUESTRA REALIDAD
    A la luz de la parábola examinemos nuestro caminar por la vida, poder vivir el momento presente con lucidez y la lucidez nos impulsa a dar a la vida un signo de verdad. Más aún; nuestra vida tiene sentido, presente y futuro, cuando va ligada al libre designio y generosidad de Dios. Pero ¿tenemos conciencia plena de la primacía de Dios en nosotros? Si esto es verdad, la vida marca razón de nuestra fe y de nuestra esperanza, confíamos nuestra existencia personal al Espíritu de Dios que llena no solo la Iglesia sino también nuestra pequeña realidad. Encontramos a Dios, aprendemos que Dios es nuestro Padre, hallamos a Jesús, .lo vemos presente, vivimos en Dios y para Dios…

ORACION    .-  Múestrate propicio con tus siervos, Señor, y multiplica los dones de tu gracia sobre ellos, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren siempre, con observancia atenta, en tus mandatos. Por J. N. S. Amén.

PENSAMIENTO AGUSTINIANO
    Ved, pues, que quienes no aman la paz han sido desheredados y no aman la paz quienes dividen la unidad. La paz es posesión de los poderosos, posesión de los herederos ¿Quiénes son los herederos? Los hijos. Escuchad el Evangelio: <Dichosos los pacíficos porque serán llamados hijos de Dios> (san Agustín en comentario al salmo 124,10).
P. Imanol Larrínaga, OAR.





domingo, 23 de julio de 2017

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Seguimos con las parábolas del capítulo 13 del evangelio de Mateo. En este domingo, dos de ellas continúan con el tema de la siembra y la tercera habla de una mujer que amasa harina con la levadura. Jesús es un gran pedagogo y sus enseñanzas van dirigidas a mujeres y a hombres y, por eso, utiliza ejemplos con las que sus interlocutores puedan sentirse identificados. 

Las tres comienzan con las mismas palabras: “El reino de los cielos se parece a…” Jesús nos quiere hablar de cómo es este Reino que ya ha comenzado aquí, pero que alcanzará su plenitud en el futuro. 

El trigo y la cizaña crecen juntos, sus raíces están entrelazadas y es difícil, por no decir imposible, separar uno de la otra. Si se intentara arrancar solamente la cizaña, se correría el riesgo de arrancar también el trigo. El punto central de la parábola es la respuesta del sembrador a los criados: “Dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Es decir, hay que tener paciencia y mucha tolerancia con quienes no piensan ni actúan como nosotros. Hay que obrar, en lo posible, con la paciencia de Dios.
Todos vemos cómo conviven personas buenas con otras que no lo son. Y muchas veces apelamos a Dios para que intervenga y erradique el mal, para que solucione situaciones injustas. Sin embargo, Dios responde con paciencia. Ya llegará el tiempo de la siega.

La paciencia de Dios muestra por otra parte que respeta la libertad del ser humano dándole lugar al arrepentimiento. La cizaña no se puede convertir en trigo bueno, pero siempre es posible la conversión del hombre, de malo a bueno. Nosotros debemos aprender de Dios para no convertirnos en jueces de los demás. Trabajemos para que se produzca la conversión de quien consideramos pecador, con paciencia, amor y mucha fe.

Jesús nos propone no hacer juicios precipitados sobre los miembros de la comunidad o de la sociedad en general, y no caer en la tentación de condenar tan alegremente como con frecuencia hacemos: “Al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega”. 

Respetar a los que no piensan como nosotros no es abdicar de nuestras convicciones ni de nuestras creencias, es sólo pensar que los demás también tienen derecho a pensar y que, con la misma seguridad con la que nosotros los creemos equivocados a ellos, ellos nos creen equivocados a nosotros. Si queremos que los demás respeten nuestras convicciones y creencias, empecemos nosotros por respetar las convicciones y creencias de los demás. Ya llegará el momento de la siega, y la siega la va a hacer el mismo Dios. 

Ese reino de los cielos también “se asemeja a un grano de mostaza”, primero muy pequeño, pero después se convierte en un gran arbusto, donde “vienen los pájaros a anidar en sus ramas”, donde todos y todas pueden cobijarse, sentirse acogidos. Pero, al mismo tiempo, se parece a la levadura que una mujer amasa con tres medidas de harina (una cantidad equivalente a 40 Kg.); la buena noticia del Reino, aunque parezca casi invisible o insignificante es capaz de transformar el mundo, la sociedad, el corazón de las personas.

Jesús lo repetía una y otra vez: ya está aquí Dios tratando de trasformar el mundo; su reinado está llegando. Mejor, ya ha llegado. 

Dios no viene a imponer desde fuera su poder, sino a trasformar desde dentro la vida humana, de manera callada y oculta. Como la levadura. Así es Dios: no se impone, sino trasforma; no domina, sino atrae. Y así han de actuar quienes colaboran en su proyecto: como «levadura» que introduce en el mundo su verdad, su justicia y su amor de manera humilde, pero con fuerza trasformadora.

Los seguidores de Jesús no podemos presentarnos en esta sociedad «desde fuera» tratando de imponernos para dominar y controlar a quienes no piensan como nosotros. No es ésa la forma de abrir camino al reino de Dios. Hemos de vivir «dentro» de la sociedad, compartiendo las incertidumbres, crisis y contradicciones del mundo actual, y aportando nuestra vida trasformada por el Evangelio. Hemos de aprender a vivir nuestra fe «en minoría» como testigos fieles de Jesús.

Lo que necesita la Iglesia no es más poder social o político, sino más humildad para dejarse trasformar por Jesús y poder ser fermento de un mundo más humano. Que la Eucaristía nos “contagie” de los modos de actuar de Jesús para nuestro tiempo actual.

P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.


sábado, 22 de julio de 2017

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         Altar de Dios: el centro de la vida
 con el Señor en medio de su pueblo,
 mesa del pan que a todos nos convida
 a reunirnos en un mundo nuevo.

    Altar de Dios: la fuente de aguas vivas
para saciar la sed del universo:
Que todos sean uno en Jesucristo,
la oración del Señor, su testamento.

    Pueblo de Dios, escucha su palabra,
que está el Señor presente entre los hombres;
pueblo de Dios, camino de la patria,
convoca a la unidad a las naciones.

    Venid a la asamblea, de Dios es la llamada,
que nadie quede fuera, de todos es la casa.
Miembros de Cristo fieles, y de su amor testigos,
pueblo de Dios, de paz sediento y peregrino.

    Pueblo de Dios, escucha su palabra,
que está el Señor presente entre los hombres; 
pueblo de Dios, camino de la patria,
convoca a la unidad a las naciones.
Himno Litúrgico

jueves, 20 de julio de 2017

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Juan el Bautista anunciaba que el Mesías iba a bautizar "en el Espíritu Santo y en el fuego", purificando todo lo que no sirve (Lucas 3,16-17). El Bautismo que trae el Mesías será una verdadera purificación, porque derrama el Espíritu Santo como fuego.

El Mesías cumple aquel anuncio del profeta Ezequiel: "Los purificaré de toda inmundicia y de toda basura, y les daré un corazón nuevo... Infundiré mi Espíritu en ustedes y haré que caminen según mis preceptos" (Ezequiel 36,25-27). Esto significa que la manifestación del poder del Mesías se realiza sobre todo en los corazones. Y esa obra interior del Mesías hace que los hombres puedan cumplir de verdad la voluntad de Dios. Porque una predicación atractiva no es suficiente; es necesaria la acción secreta de la gracia de Dios en el interior de la persona.

Pensemos un momento de qué quisiéramos ser purificados, y pidámoslo al Espíritu Santo, que es fuego purificador.

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Los Cinco Minutos de San Agustín

Al reunirnos junto a la mesa del Señor, no recordamos a los mártires del mismo modo que a los demás que descansan en paz, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros, a fin de que sigamos su ejemplo, ya que ellos pusieron en práctica aquel amor del que dice el Señor que no hay otro más grande.
P. José Luis Alonso. OAR



miércoles, 19 de julio de 2017

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Mira cuan prudente quiso que fueras quien te dijo: Toma tu cruz y sígueme. Quien halle su alma, dice, la perderá, v quien la pierda por mí, la hallará (Mt 10,38.39). Quien la halle la perderá, quien la pierda la hallará. Para perderla es preciso que la halles antes, y, una vez que la hayas perdido, lo último es volver a hallarla. Se la haya, pues, dos veces, y entre una y otra se pasa por una pérdida. Nadie puede perder su alma por Cristo si antes no la ha hallado, y nadie puede hallar su alma en Cristo si antes no la ha perdido. Hállala para perderla, piérdela para hallarla. ¿Cómo has de hallarla la primera vez para poder perderla? Cuando piensas que eres en parte mortal, cuando piensas en quien te hizo y con su soplo creó tu alma, y adviertes que se la debes a quien te la dio, que has de devolvérsela a quien te la concedió, que ha de custodiarla quien la creó, has hallado tu alma al hallarla en la fe. Si has creído eso, has hallado tu alma. En efecto, antes de creer estabas perdido. Hallaste tu alma: te hallabas muerto en la incredulidad, reviviste en la fe. De ti puede decirse: Había muerto, y ha resucitado; se había perdido, y ha sido hallado (Lc 15,32). Por tanto, hallaste tu alma en la fe de la verdad si reviviste de la muerte de la infidelidad. Esto significa el haber encontrado tu alma. Piérdela y que tu alma se convierta en semilla para ti. Pues también el agricultor encuentra el trigo en la trilla y en la limpia y vuelve a perderlo en la siembra. Se halla en la era lo que se había perdido en la siembra. Perece en la siembra lo que se hallará en la cosecha. Por tanto, el que halle su alma la perderá (Mt 10,38). Quien se fatiga por recolectar, ¿por qué es perezoso para sembrar?

Pero estate atento a dónde la encuentras y por qué la pierdes. ¿Dónde podrías hallarla si no se te encendiera aquella luz a la que se le dice: Tú encenderás mi lámpara, Señor? (Sal 17,29) Ya la hallaste, pues, gracias a que él acercó la lámpara. Mira por qué la pierdes. No hay que perder a cada instante lo que con tanto esmero se halló. No dice: «Quien la pierda la hallará», sino: Quien la pierda por mí (Mt 10,39). Si por casualidad ves en la costa el cadáver de un comerciante que naufragó, se te caen lágrimas de condolencia y dices: «¡Pobre hombre! Perdió su alma por causa del oro».Justamente lloras y te compadeces. Otórgale el llanto a quien no prestas auxilio, pues pudo perder su alma por el oro, pero no podrá hallarla en él. Fue capaz de acarrear daño a su alma, pero no lo fue para recuperarla. No hay que pensar en que la perdió, sino en por qué la perdió. Si fue por la avaricia, mira dónde yace la carne; mas ¿dónde está lo de valor? Y, con todo, bajo las órdenes de la avaricia se perdió el alma por causa del oro; en cambio, por Cristo no perece ni ha de perecer el alma. ¡Necio, no dudes! Escucha el consejo del creador. Quien te hizo, antes de que existieses tú, capaz de ser sabio, te creó para que fueras sabio. Escucha: no dudes en perder tu alma por Cristo. Lo que tú llamas perder no es otra cosa que confiarla al fiel creador. Tú, ciertamente, la pierdes, pero la recibe aquel a quien nada se le pierde. Si amas la vida, piérdela para hallarla, porque, una vez que la hayas hallado, ya no tendrás qué perder, pues no habrá por qué perderla. Efectivamente, se halla aquella vida que se halla de modo que en manera alguna puede perderse. Puesto que también Cristo, que al nacer, morir y resucitar te dio ejemplo, resucitado de entre los muertos, ya no muere y la muerte ya no tiene dominio sobre él (Rm 6,9).
S 344, 6-7

martes, 18 de julio de 2017

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 En esta vida, toda tentación es una lucha entre dos amores: el amor del mundo y el amor de Dios; el que vence de los dos atrae hacia sí, como por gravedad, a su amante. A Dios llegamos con el afecto, no con alas o con los pies. Y, al contrario, nos atan a la tierra los afectos contrarios, no nudos o cadena alguna corporal. Cristo vino a transformar el amor y hacer, de un amante de la tierra, un amante de la vida celestial; por nosotros se hizo hombre quien nos hizo hombres; Dios asumió al hombre para convertir los hombres en dioses. He aquí el combate que tenemos delante: la lucha contra la carne, contra el diablo, contra el mundo. Pero tenemos confianza, puesto que quien concertó el combate es espectador que aporta su ayuda y nos exhorta a que no presumamos de nuestras fuerzas. En efecto, quien presume de ellas, en cuanto hombre que es, presume de las fuerzas de un hombre, y maldito todo el que pone su esperanza en el hombre (1 Jr 17,5). Los mártires, inflamados en la llama de este piadoso y santo amor, hicieron arder el heno de su carne con el roble de su mente, pero llegaron íntegros en su espíritu hasta aquel que les había rendido fuego. En la resurrección de los cuerpos se otorgará el debido honor a la carne que ha despreciado esas mismas cosas. Así, pues, fue sembrada en ignominia para resucitar en gloria.

 Ardiendo en este amor, o, mejor, para que ardamos en él, dice: Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí, y quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí (Mt 10,37.38). No ha eliminado el amor a los padres, a la esposa, a los hijos, sino que lo ha colocado en el lugar que le corresponde. No dijo: «Quien ama», sino: quien ama más que a mí. Es lo que dice la Iglesia en el Cantar de los Cantares: Ordenó en mí el amor (Ct 2,4). Ama a tu padre, pero no más que al Señor; ama a quien te ha engendrado, pero no más que a quien te ha creado. Tu padre te ha engendrado, pero no fue él quien te dio forma, pues él al hacerlo ignoraba quién o cómo ibas a nacer. Tu padre te alimentó, pero no sacó de sí el pan para saciarte. Por último, sea lo que sea lo que tu padre te reserva en la tierra, él muere para que tú le sucedas, y con su muerte te hace sitio en la vida. En cambio, Dios es Padre, y lo que reserva, lo reserva juntamente consigo, para que poseas la herencia junto con el mismo padre y no tengas que esperar a que él muera para sucederle, sino que, permaneciendo siempre en él, te adhieras a quien permanece siempre. Ama, pues, a tu padre, pero no por encima de Dios; ama a tu madre, pero no por encima de la Iglesia, que te engendró para la vida eterna. Finalmente, deduce del amor que sientes por tus padres cuánto debes amar a Dios y a la Iglesia. Pues si tanto ha de amarse a quienes te engendraron para la muerte, ¡con cuánto amor han de ser amados quienes te engendraron para que llegues a la vida eterna y permanezcas por la eternidad! Ama a tu esposa, ama a tus hijos según Dios, inculcándoles que adoren contigo a Dios. Una vez que te hayas unido a él, no has de temer separación alguna. Por tanto, no debes amar más que a Dios a quienes con toda certeza amas mal si descuidas el llevarlos a Dios contigo. Llegará, quizá, la hora del martirio. Quieres confesar a Cristo. Quizá te sobrevenga, por confesarlo, un tormento temporal; quizá la muerte. Tu padre, o tu esposa, o tu hijo te halagarán para que no mueras y con sus halagos te procurarán la muerte. Para que así no suceda, ha de venirte a la mente: Quien ama al padre, o a la madre, o a la esposa más que a mí, no es digno de mí.

Pero el afecto carnal cede ante sus caricias y en cierto modo se deja caer la sensibilidad humana. Recoge el vuelo del vestido, cíñete de valor. ¿Te atormenta el amor carnal? Toma tu cruz y sigue al Señor. También tú mismo Salvador, aunque Dios en la carne, aunque Dios con carne, te dejó ver su sensibilidad humana cuando dijo: Padre, si es posible, pase de m este cáliz (Mt 26,39). Sabía que tal cáliz no podía pasar, pues había venida para beberlo. Había de beber aquel cáliz por propia voluntad no por necesidad. Era omnipotente; si lo hubiera querido, hubiera pasado ciertamente, puesto que era Dios con el Padre, un solo Dios con Dios Padre. Pero en su forma de siervo, en lo que tomó de ti por ti, dejó sentir la voz del hombre, la voz de la carne. Se dignó personificarte a ti en sí para que en su persona proclamases tu debilidad y consiguieras fortaleza. Te mostró la voluntad, sujeta en ti a la tentación, e inmediatamente te enseñó qué voluntad debes anteponer y a cuál. Padre, dijo, si es posible, pase de mí este cáliz. Esta es la voluntad humana; soy hombre, hablo en la forma de siervo: Padre, si es posible, pase este cáliz. Es el grito de la carne, no del espíritu; el grito de la debilidad, no de la divinidad. Si es posible, pase este cáliz. Es ésta la voluntad respecto a la cual se dice incluso a Pedro: Mas, cuando envejezcas, otro te ceñirá, te cogerá y te llevará a donde no quieras (Jn 21,18). ¿A qué se debe, pues, el que también los mártires hayan vencido? A que antepusieron la voluntad del espíritu a la voluntad de la carne. Amaban esta vida y la pesaban en la balanza, y de ahí deducían cuánto había de amarse la eterna si tanto se amaba ésta, perecedera. Quien ha de morir, no quiere morir, y, sin embargo, morirá necesariamente, aunque no cese de rehusar la muerte. Aunque no quieres morir, nada haces en contra, nada realizas, nada consigues: no tienes poder alguno para eliminar la necesidad de morir. Aunque no lo quieras, vendrá lo que temes; aunque lo rehúses, llegará lo que difieres. Es evidente que te esfuerzas por diferir la muerte; ¿acaso por anularla? Por tanto, si los amantes de esta vida se dan tanto que hacer para diferir la muerte, ¡cuánto no hay que esforzarse para hacerla desaparecer! Es cierto que no quieres morir. Cambia tu amor, y te mostrará la muerte; no la que llegará aunque tú no quieras sino la que, si tú lo quieres, no existirá.

 Si, pues, el amor no está totalmente dormido en el corazón, si resplandece una chispa en las cenizas de vuestra carne, si tiene algo de fuerza en tu corazón, estate atento para que no sólo no la apague el viento de la tentación, sino que al contrario, la encienda más vivamente; no ardas como la estopa, que la mínima corriente de aire la apaga, sino como el roble, como el carbón, de forma que el viento te avive. Considera las dos clases de muerte: una temporal, la primera, y otra eterna, la segunda. La primera está dispuesta para todos; la segunda sólo para los malos, los impíos, los infieles, los blasfemos y cualquiera que se oponga a la sana doctrina. Fíjate pon delante de tus ojos estas dos muertes. De serte posible ciertamente querrás no padecer ninguna de las dos. Sé que amas la vida, que no quieres morir, y que querrías pasar de esta vida a la otra no resucitando después de muerto, sino cambiando en vida a un estado mejor. Eso querrías; así se comporta la sensibilidad humana; la misma alma, no sé en qué manera, lo quiere y lo desea. Amando la vida, odia la muerte, y como no odia su carne, ni siquiera a ella quiere que le suceda lo que odia. Pues nadie ha odiado jamás a su carne (Ef 5,29). Este mismo sentimiento muestra el Apóstol cuando dice: Tenemos por don de Dios una morada eterna en los cielos, no una casa hecha por mano humana. Aquí gemimos deseando revestirnos en nuestra morada del cielo. No queremos, dice, ser despojados, sino ser revestidos, en modo que lo mortal sea absorbido por la vida (2Co 5,1-2). No quieres verte despojado, pero lo serás. Más conviene que te esfuerces para que, cuando la muerte te despoje del vestido de carne, te encuentres protegido con la coraza de la fe. Así añadió a continuación: En el caso de ser hallados vestidos y no desnudos (Ibid. 3). La primera muerte, en efecto, te ha de despojar de la carne, que has de abandonar por un espacio de tiempo para recuperarla en el justo momento. Y ello, lo quieras o no, pues no vas a resucitar porque lo quieras o a no resucitar porque no quieras, ni vas a dejar de resucitar por el hecho de no creer en la resurrección. Ya que has de resucitar, quieras o no, es preciso, pues, que te comportes de modo que al resucitar tengas lo que quieres. El mismo Señor Jesús dijo: Llega la hora cuando todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán, tanto los buenos como los malos; todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán, y serán sacados fuera de los lugares recónditos. Ninguna creatura sujetará a un muerto ante la voz del creador vivo. Todos, dice, los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán. Al decir todos causó una cierta confusión y mezcla. Pero escucha la distinción, oye la separación: Los que hicieron el bien, dice, para la resurrección de la vida; quienes el mal, para la resurrección de juicio (Jn 5,28-29). Este juicio, para sufrir el cual resucitan los impíos, recibe el nombre de muerte segunda. ¿Por qué, pues, ¡oh cristiano!, temes la primera? Vendrá aunque tú no lo quieras, llegará aunque tú la rehúses. Quizá puedas redimirte de los bárbaros para que no te maten; te redimes a costa de un gran precio; no perdonas absolutamente a ninguna de tus cosas y hasta despojas a tus hijos; y, una vea redimido, mueres al día siguiente. Es preciso que te redimas del diablo, que te arrastra consigo a la segunda muerte, en que los impíos, colocados a la izquierda, escucharán: Id, malditos al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25,41). De esta segunda muerte es preciso que te redimas. Responderás: «¿Cómo?» No busques cabritos ni becerros, no revuelvas tampoco en tu arca, ni digas en tu interior: «Tenía dinero para redimirme de los bárbaros»; para redimirte de la muerte segunda posee la justicia. El dinero podría quitártelo el bárbaro y luego llevarte cautivo, de forma que carecerías de medios para redimirte al poseer todas tus cosas quien te posee a ti. La justicia no la pierdes si tú no quieres; reside en el tesoro íntimo de tu corazón. Retenía a ella, poséela; con ella te redimirás de la muerte segunda. Muerte que, si no quieres que exista, no existirá, porque existirá aquello con lo que, si quieres, puedes redimirte de esa muerte. La justicia la obtiene del Señor la voluntad y la bebe como en su fuente. Fuente ala que a ninguno está prohibido acercarse si lo hace dignamente. Por último, fíjate en tu ayuda. Tu plata te ha redimido de los bárbaros, tu dinero te ha redimido de la muerte primera; de la muerte segunda te ha redimido la sangre de tu Señor. Tuvo él sangre, con la que nos redimió, y recibió la sangre para tener qué derramar para redimirnos a nosotros. Sí lo quieres, la sangre de tu Señor se ha entregado por ti; pero si no lo quieres, no se ha entregado. Quizá digas: «Mi Dios tuvo sangre para redimirme, pero ya la entregó toda en la pasión. ¿Qué le quedó para entregar por mí?» Aquí está la grandeza: en que la entregó de una vez y la entregó por todos. La sangre de Cristo es salud para quien la quiere y tormento para quien no la quiere. Tú que no quieres morir, ¿por qué dudas en ponerte, más bien, a salvo de la muerte segunda? De ella te verás libre si quieres tomar tu cruz y seguir al Señor, puesto que él tomó la suya y buscó a su siervo. 

Hermanos míos, ¿no son quienes así aman la vida temporal los que más os incitan a amar la eterna? ¡Cuánto no hacen los hombres para vivir unos pocos días! ¿Quién podrá enumerar los esfuerzos y conatos de todos los que quieren vivir, aunque han de morir un poco después? ¡Cuánto no hacen por esos pocos días! ¿Hacemos otro tanto por la vida eterna? ¿Qué voy a decir? ¿Por redimir estos pocos días a vivir en estas tierras? Hablo de pocos días aun en el caso de que el liberado sea anciano; de que, liberado de niño, haya llegado a la decrepitud. Y eso sin hablar de que, redimido hoy, quizá morirá mañana. Ved cuánto hacen por algo incierto, por esos pocos días que no tienen asegurados. ¡En qué cosas no piensan! Si, debido a una enfermedad corporal, van a parar a las manos de un médico y todos los que le examinan y le ven desesperan de que recobre la salud, si se ofrece otro capaz de curar incluso un caso desesperado, ¡cuántas cosas no se le prometen! ¡Cuánto no se le da, aun sin la certeza de que lo curará! Para vivir un poco se abandona hasta aquello de lo que se vive. Y si un padre cae en las manos de un enemigo o de un salteador y le llevan cautivo, los hijos corren para que no le den muerte, para rescatarlo, y gastan lo que él iba a dejarles para liberar a quien desean que vuelva con ellos, ¡Qué instancias, qué ruegos, qué esfuerzos! ¿Quién puede explicarlos? Y, con todo, quiero decir algo aún más grave e increíble, de no ser realidad. ¿Por qué hablar de que los hombres entregan el dinero a cambio de la vida, sin quedarse con nada para sí? ¡Cuánto gastan para vivir con temor y entre fatigas unos cuantos días, no siempre asegurados! ¡Cuánto dan! ¡Ay del género humano! He dicho que para vivir gastaban los recursos de que vivían; escuchad lo que es peor, más grave, más criminal; lo que es, como dije, increíble, de no ser realidad. Para que se les permita vivir un poco de tiempo, entregan incluso aquello con que podrían vivir por siempre. Escuchad y comprended lo que acabo de decir. Aún no lo he esclarecido y ya sacude a algunos, a quienes ya se lo abrió el Señor cuando estaba cerrado. Deja de lado a aquellos que dan y pierden los recursos para vivir, para que se les conceda vivir un poco más. Centrad vuestra atención en los que pierden aquello con que pueden vivir eternamente para que se les conceda el vivir un poco más. ¿De qué se trata? Estoy hablando de la fe, de la piedad, que son como el dinero con el que se adquiere la vida eterna. El enemigo terrificante llegará hasta ti no de frente, sino de lado; no te dirá: «Entrégame tu dinero, si quieres vivir», sino: «Niega a Cristo, si quieres vivir». Si tú haces esto para poder vivir por un poco, pierdes aquello con que podrías vivir por siempre. ¿Es esto amar la vida, oh tú que temías la muerte? Hombre bueno, ¿por qué temías la muerte sino porque amabas la vida? Cristo es la vida. ¿Por qué te apetece la breve, hasta perder la que es segura? ¿O acaso no perdiste la fe, puesto que no tenías nada que perder? Ten, pues, aquello que te permite vivir siempre. Considera cuánto hace tu prójimo para vivir un poquito; considera también cuánto mal hizo quien negó a Cristo por unos pocos días de su vida. Y ¿no quieres tú despreciar esos pocos días de tu vida para no morir nunca, vivir en el día sempiterno, sentirte protegido por tu redentor y asemejarte a los ándeles en el reino eterno? ¿Qué es lo que has amado? ¿Qué lo que has perdido? No has tomado tu cruz para seguir al Señor.
S 344, 1-5

domingo, 16 de julio de 2017

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Eres tú la mujer llena de gloria,
alzada por encima de los astros;
con tu sagrado pecho das la leche
al que en su providencia te ha creado.

Lo que Eva nos perdió tan tristemente,
tú lo devuelves por tu fruto santo;
para que al cielo ingresen los que lloran,
eres tú la ventana del costado.

Tú eres la puerta altísima del Rey
y la entrada fulgente de la luz;
la vida que esta Virgen nos devuelve
aplauda el pueblo que alcanzó salud.

Sea la gloria a ti, Señor Jesús,
que de María Virgen has nacido,
gloria contigo al Padre y al Paráclito,
por sempiternos y gozosos siglos. Amén.

Liturgia de las Horas: Himno