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jueves, 13 de diciembre de 2018

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El don de la piedad perfecciona el amor fraterno, y nos permite reconocer al prójimo como imagen de Dios. De esa manera, cuando ayudamos a los demás no lo hacemos sólo por compasión, porque nos duele su miseria y sus problemas. 

Los ayudamos porque reconocemos la inmensa nobleza que ellos tienen. ¡Son imagen de Dios! ¡No puede ser que vivan mal, que estén sufriendo, que no tengan lo necesario para vivir!

Pidamos al Espíritu Santo que derrame todavía más este don en nuestros corazones, para que podamos valorar de esta manera a los demás. Así, nadie será un enemigo, un competidor o una molestia. Todos nos parecerán realmente sagrados, porque contemplaremos en ellos la imagen santa de Dios. El Espíritu Santo derrama este don para que podamos vivir a fondo nuestra relación con los demás.

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Los Cinco Minutos de San Agustín de Hipona
Aquí estoy Dios mío delante de Ti a quien no miento. Tú alumbras mi lámpara. Señor Dios mío, Tú iluminarás mis tinieblas.
Jose Luis Alonso Manzanedo, OAR
   

miércoles, 12 de diciembre de 2018

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Los primeros cristianos vieron en la actuación del Bautista al profeta que preparó decisivamente el camino a Jesús. Por eso, a lo largo de los siglos, el Bautista se ha convertido en una llamada que nos sigue urgiendo a preparar caminos que nos permitan acoger a Jesús entre nosotros.

Lucas ha resumido su mensaje con este grito tomado del profeta Isaías: "Preparad el camino del Señor". ¿Cómo escuchar ese grito en la Iglesia de hoy?  ¿Cómo abrir caminos para que los hombres y mujeres de nuestro tiempo podamos encontrarnos con él? ¿Cómo acogerlo en nuestras comunidades?

Lo primero es tomar conciencia de que necesitamos un contacto mucho más vivo con su persona. No es posible alimentarse solo de doctrina religiosa. No es posible seguir a un Jesús convertido en una sublime abstracción. Necesitamos sintonizar vitalmente con él, dejarnos atraer por su estilo de vida, contagiarnos de su pasión por Dios y por el ser humano.

En medio del "desierto espiritual" de la sociedad moderna, hemos de entender y configurar la comunidad cristiana como un lugar donde se acoge el Evangelio de Jesús. Vivir la experiencia de reunirnos creyentes, menos creyentes, poco creyentes e, incluso, no creyentes, en torno al relato evangélico de Jesús. Darle a él la oportunidad de que penetre con su fuerza humanizadora en nuestros problemas, crisis, miedos y esperanzas.

No lo hemos de olvidar. En los evangelios no aprendemos doctrina académica sobre Jesús, destinada inevitablemente a envejecer a lo largo de los siglos. Aprendemos un estilo de vivir realizable en todos los tiempos y en todas las culturas: el estilo de vivir de Jesús. La doctrina no toca el corazón, no convierte ni enamora. Jesús sí.

La experiencia directa e inmediata con el relato evangélico nos hace nacer a una fe nueva, no por vía de "adoctrinamiento" o de "aprendizaje teórico", sino por el contacto vital con Jesús. Él nos enseña a vivir la fe, no por obligación sino por atracción. Nos hace vivir la vida cristiana, no como deber sino como contagio. En contacto con el evangelio recuperamos nuestra verdadera identidad de seguidores de Jesús.

Recorriendo los evangelios experimentamos que la presencia invisible y silenciosa del Resucitado adquiere rasgos humanos y recobra voz concreta. De pronto todo cambia: podemos vivir acompañados por Alguien que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. El secreto de la "nueva evangelización" consiste en ponernos en contacto directo e inmediato con Jesús. Sin él no es posible engendrar una fe nueva.
José Antonio Pagola

 ORACIÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS

Dios nuestro, tu palabra mueve a la esperanza e invita a orar para pedirte que renueves nuestra vida; por eso tenemos que escuchar la voz de Juan que dama pidiendo que abramos caminos al Señor.

     Haz, Señor, que no pongamos obstáculos entre ti y nosotros, que no caigamos en la tentación de prescindir de ti o de sustituirte por los ídolos del momento; y que nos pongamos sinceramente ante ti y ante tu palabra
sepamos reconocer cómo debemos convertirnos.

     «Todos verán la salvación de Dios», dice el profeta; y tu salvación se hace visible cuando en las relaciones humanas prevalecen el amor y el respeto; cuando construimos una sociedad fraterna, sin divisiones entre ricos y pobres; cuando la violencia entre pueblos deja paso a la cooperación; cuando la naturaleza es amada y respetada como creación tuya; cuando dejamos que tu Espíritu habite en nosotros y nos dirigimos a ti diciéndote de corazón: «¡Padre!»
     No estamos aún donde tú quieres llevarnos; haz que nunca dejemos de caminar, con coraje y esperanza,  ni de anhelar la meta desde el fondo de nosotros mismos.
P. Julián Montenegro Sáenz, OAR.

martes, 11 de diciembre de 2018

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.  Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

        En la catequesis de hoy, que concluye el itinerario de los Diez Mandamientos, podemos usar como tema clave el de los deseos, que nos permite volver a recorrer el camino hecho y resumir las etapas cumplidas leyendo el texto del Decálogo, siempre a la luz de la plena revelación en Cristo.

        Habíamos empezado con la gratitud como la base de la relación de confianza y obediencia: Dios, como hemos visto, no pide nada antes de haber dado mucho más. Nos invita a la obediencia para rescatarnos del engaño de las idolatrías que tienen tanto poder sobre nosotros. En efecto, intentar realizarse a través de los ídolos de este mundo nos vacía y nos esclaviza, mientras que lo que nos da estatura y consistencia es la relación con Aquel que, en Cristo, nos hace hijos a partir de su paternidad (cf. Ef. 3,14). 16).

        Esto implica un proceso de bendición y de liberación, que es el descanso verdadero, auténtico. Como dice el salmo: “En Dios solo el descanso de mi alma; de él viene mi salvación” (Sal 62, 2).

        Esta vida liberada se convierte en aceptación de nuestra historia personal y nos reconcilia con lo que, desde la infancia hasta el presente, hemos vivido, haciéndonos adultos y capaces de dar el justo peso a las realidades y las personas de nuestras vidas. Por este camino entramos en la relación con el prójimo que, a partir del amor que Dios muestra en Jesucristo, es una llamada a la belleza de la fidelidad, la generosidad y la autenticidad.

        Pero para vivir así – o sea, en la belleza de la fidelidad, de la generosidad y de la autenticidad-necesitamos un corazón nuevo, habitado por el Espíritu Santo (cf. Ez 11,19; 36,26). Yo me pregunto: ¿cómo se produce este “trasplante” de corazón, del corazón viejo al corazón nuevo? A través del don de los nuevos deseos (cf. Rom 8: 6), que se siembran en nosotros por la gracia de Dios, especialmente a través de los Diez Mandamientos que Jesús llevó a su cumplimento, como enseña en el “sermón de la montaña” (cf., 17-48). De hecho, al contemplar la vida descrita en el Decálogo, o sea una existencia agradecida, libre, bendecidora, adulta, defensora y amante de la vida, fiel, generosa y sincera, nos encontramos ante Cristo, casi sin darnos cuenta de ello. El Decálogo es su “radiografía”, lo describe como un negativo fotográfico que deja que su rostro aparezca, como en la Sábana Santa. Y así, el Espíritu Santo fecunda nuestro corazón poniendo en él los deseos que son un don suyo, los deseos del Espíritu. Desear según el Espíritu, desear al ritmo del Espíritu, desear con la música del Espíritu.

        Mirando a Cristo vemos la belleza, el bien, la verdad. Y el Espíritu genera una vida que, secundando estos deseos, activa en nosotros la esperanza, la fe y el amor.

        Así descubrimos mejor lo que significa que el Señor Jesús no vino a abolir la ley sino a cumplirla, a hacer que creciera y mientras la ley según la carne era una serie de prescripciones y prohibiciones, según el Espíritu esta misma ley se convierte en vida (cf. Jn.. 6, 63, Ef. 2:15), porque ya no es una norma, sino la carne misma de Cristo, que nos ama, nos busca, nos perdona, nos consuela y en su Cuerpo recompone la comunión con el Padre, perdida por la desobediencia del pecado. Y así la negatividad literaria, la negatividad en la expresión de los mandamientos- “no robarás”, “no insultarás”, “no matarás” –ese “no” se transforma en una actitud positiva: amar, dejar sitio a los otros en mi corazón-, todos deseos que siembran positividad. Y esta es la plenitud de la ley que Jesús vino a traernos.

        En Cristo, y solo en él, el Decálogo deja de ser una condena (cf. Rom 8, 1) y se convierte en la auténtica verdad de la vida humana, es decir, el deseo de amor -aquí nace un deseo de bien, de hacer el bien- deseo de gozo, deseo de paz, de magnanimidad, de benevolencia, de bondad, de fidelidad, de mansedumbre, dominio de sí mismo. De esos “noes” se pasa a este “sí”: la actitud positiva de un corazón que se abre con la fuerza del Espíritu Santo.

        He aquí para lo que sirve buscar a Cristo en el Decálogo: para fecundar nuestro corazón para que esté henchido de amor y se abra a la obra de Dios. Cuando el hombre secunda el deseo de vivir según Cristo, está abriendo la puerta a la salvación que no puede sino llegar, porque Dios Padre es generoso y, como dice el Catecismo, “tiene sed de que tengamos sed de él” (No. 2560).

        Si son los malos deseos los que arruinan al hombre (cf. Mt 15, 18-20), el Espíritu deposita en nuestros corazones sus santos deseos, que son la semilla de una nueva vida (cf. 1 Jn 3,9). De hecho, la nueva vida no es el esfuerzo titánico de ser coherente con una norma, sino que la vida nueva es el mismo Espíritu de Dios que comienza a guiarnos hacia sus frutos, en una feliz sinergia entre nuestra alegría de ser amados y su alegría de amarnos. Se encuentran las dos alegrías: la alegría de Dios por amarnos y nuestra alegría de ser amados.

        Esto es lo que significa el Decálogo para nosotros, los cristianos: contemplar a Cristo para abrirnos a recibir su corazón, para recibir sus deseos, para recibir su Santo Espíritu.

Ciudad del Vaticano,   Audiencia general. noviembre 28, 2018   
 

lunes, 10 de diciembre de 2018

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El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres

El profeta Baruc era el hombre de confianza de Jeremías. A él se le atribuyen estas páginas de la primera lectura: unas páginas dirigidas a su pueblo en los años del destierro de Babilonia, en las que anima a los que viven lejos de su patria a que se alegren, porque está próximo el retorno a sus hogares. A pesar del momento desastroso que vive su pueblo tanto en lo social como en lo religioso, Dios está cerca de los suyos y no los abandona.

El profeta pide a las gentes de su pueblo que se despojen de todo vestido de luto y se vistan los mejores trajes de fiesta, incluida la diadema en la frente. Que se alegren porque sus hijos vuelven gozosos a su patria, a Jerusalén, después del destierro. Es Dios mismo quien prepara los caminos para la vuelta: rebaja lo que está elevado, rellena los barrancos,  allana el suelo para que todos caminen con seguridad y no tropiecen, y hace que los árboles del camino den sombra refrescante en el sofoco del desierto. Todo será fiesta y alegría, y triunfará la justicia.

El salmo recoge la misma idea y al recitarlo repetimos que también nosotros estamos alegres, porque el Señor ha estado grande con nosotros. También nosotros, que somos el pueblo de Dios, el nuevo Israel, debemos unirnos a ese gozo y celebrar la fiesta porque “ha cambiado la suerte de Sión” y con razón “se nos llena la boca de risas y la lengua de cantares”. Debemos reconocer todas las bondades que el Señor ha sembrado en cada uno de nosotros.

San Pablo, preso en Roma cuando escribe esta carta a los filipenses, da gracias a Dios “con gran alegría” por lo generosos que han sido con él y por lo que han colaborado en la difusión del evangelio “desde el primer día hasta hoy”, y reza a Dios para que esa comunidad de amor siga creciendo más y más en sensibilidad para apreciar los valores del Reino. Nosotros también nos alegramos de lo mucho bueno que hay en nuestra Iglesia, de tantos ejemplos de santidad como podemos admirar; debemos gozarnos por tener entre nosotros a muchas personas comprometidas en la difusión del evangelio, y anunciar el Reino de Dios con una generosidad similar a la del propio Papa Francisco. Debemos felicitarnos de tanto bien como hay en nuestro mundo, en todas esas instituciones y personas comprometidas en mejorar la suerte de sus hermanos y en construir una sociedad más justa. Es bueno saber agradecer la entrega de quienes se comprometen en el bien de los demás, y arriesgan su vida por alcanzarlo. Así, animados por este gozo, salimos al encuentro de Jesús, el Sumo Bien.

Todos verán la salvación de Dios

Los primeros cristianos vieron en la actuación del Bautista al profeta que preparó decisivamente el camino a Jesús. Por eso, el Bautista se ha convertido a lo largo de los siglos  en una llamada que nos sigue urgiendo a preparar caminos que nos permitan acoger a Jesús entre nosotros.

Lucas ha resumido su mensaje con este grito tomado del profeta Isaías: “Preparad el camino del Señor”. ¿Cómo escuchar ese grito en la Iglesia de hoy?  ¿Cómo abrir caminos para que los hombres y mujeres de nuestro tiempo podamos encontrarnos con él? ¿Cómo acogerlo en nuestras comunidades?

Lo primero es tomar conciencia de que necesitamos un contacto mucho más vivo con su persona. No es posible alimentarse solo de doctrina religiosa. No es posible seguir a Jesús convertido en un sublime maestro. Necesitamos sintonizar vitalmente con él, dejarnos atraer por su estilo de vida, contagiarnos de su pasión por Dios y por el ser humano. Debemos hacer de nuestras comunidades familias de acogida, de misericordia y de perdón, en las que todos deben encontrar calor humano y amor cristiano. En nuestro corazón deben tener cabida todos los necesitados, hombres, mujeres, pequeños y mayores, sanos y enfermos, justos y pecadores. Lo mismo que en el corazón de Dios, en el que cabemos todos.

En medio del “desierto espiritual” de la sociedad moderna, hemos de entender la comunidad cristiana como un lugar donde se acoge el Evangelio de Jesús. Vivir la experiencia de reunirnos los creyentes, los menos creyentes, los poco creyentes e, incluso, los no creyentes, en torno al relato evangélico de Jesús. Darle a él la oportunidad de que penetre con su fuerza humanizadora en nuestros problemas, crisis, miedos y esperanzas. Jesús hablaba y habla a todos; Jesús se compadecía de todos y curaba a todos. Jesús fue de todos y sigue siendo de todos.

No lo hemos de olvidar. En los evangelios no aprendemos solo una doctrina sobre Jesús; lo que encontramos es un estilo de vida válido para todos los tiempos y para todas las culturas: el estilo de vivir de Jesús. La doctrina no toca el corazón, no convierte ni enamora. La persona de Jesús, sí.

Este contacto vital con Jesús hace nacer en nosotros una fe nueva que nos enseña a vivirla no como una obligación, sino como resultado de un enamoramiento personal. Con él debemos vivir la fe, no como obligación sino por atracción; no como un deber sino como una pasión de amor. En contacto con el evangelio recuperamos nuestra verdadera identidad de seguidores de Jesús.

Dice el evangelio de Lucas que la Palabra de Dios ha venido sobre Juan para que en el desierto de tantos silencios y olvidos nos siga gritando: “Preparad los caminos del Señor”. Oigamos esta palabra y dejemos que venga a nosotros para que ponga sentido y esperanza en nuestra existencia. Que él sea el señor de nuestras vidas. Que lo sea todo.

Y como preparación inmediata a este domingo segundo de adviento contemplamos a nuestra Madre la Virgen María y nos gozamos de su pureza y santidad. Gracias, Señor, por esta maravilla de mujer.

P. Juan Ángel Nieto Vigueta, OAR.

domingo, 9 de diciembre de 2018

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En el tiempo de adviento nos encontramos cada año con la figura de Juan el Bautista. Aparece y podemos decir que entra en nuestra asamblea, como en los tiempos de Jesús, y nos trae un mensaje importante. Es un enviado de Dios y nos habla en su nombre.
Juan, el hijo de Zacarías e Isabel, había crecido en el desierto, fortalecido por el Espíritu. Ahora Dios lo llama a desempeñar una misión profética. Con razón la Iglesia lo ha elegido como una figura importante del adviento.
¿Qué nos dice hoy este profeta del Señor? Que preparemos el camino del Señor. Esta es la misión que trae hoy entre manos. Quiere suscitar en nosotros un cambio radical de vida para recibir a Cristo. Preparar el camino del Señor significa eliminar de nosotros todo aquello que pueda impedir o dificultar nuestro encuentro con Cristo que viene a nosotros. Toda clase de pecado. Significa aproximarnos a Cristo con un corazón limpio y purificado.
Y describe esto con imágenes muy claras: allanad sus senderos, elévense los valles, que se abajen los montes, que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Así predicaba a sus oyentes. Y luego bautizaba a cuantos daban muestras de arrepentimiento y confesaban sus pecados.
Y esto mismo nos dice a nosotros. Hace tiempo que recibimos el sacramento del bautismo. Hace tiempo que nos incorporamos a la Iglesia de Jesús. Desde hace mucho tiempo acudimos a la iglesia para celebrar nuestra fe y darle gracias al Señor por ella, pero a lo mejor hay todavía mucho que enderezar en nuestra vida cristiana, montes que hay que allanar (el orgullo, la soberbia, la prepotencia…), valles que habría que rellenar (nuestra falta de fe en muchas ocasiones, la indiferencia hacia los problemas de los demás, la frialdad en mis prácticas religiosas, la falta de oración, la falta de amor a los míos y a los extraños…). Nos pide, en una palabra, un cambio de vida. Es decir, la conversión de corazón.
Únicamente así veremos la salvación de Dios. Es decir, únicamente así seremos salvados por Jesucristo. Era necesario convertirse en tiempos de Juan y es necesario convertirse veinte siglos después.
Convertirse es ver la vida con los ojos de Cristo y mirar a cuantos nos rodean como si fueran hermanos, que lo son. Es amar como Cristo amó: con un amor generoso, sacrificado muchas veces, sin excluir a nadie. Es perdonar como él perdonó: siempre y en todo. Es saber que Dios es mi padre y dejarme conducir por él.
Convertirse es arrimar el hombro a la carga de los demás y compartir sus penas y sus alegrías, como si fueran propias. Es trabajar en la construcción de un mundo mejor, de una familia cada día mejor: más unida, más cristiana, más amable. Es hacer lo que esté en nuestra mano para que haya más paz en nuestro entorno, y más justicia en el mundo y más misericordia y comprensión entre todos.
Convertirse es luchar contra el pecado y vivir en gracia. Es vivir abiertos a lo que Dios nos pida, pedirle qué quiere de nosotros y cumplirlo. Convertirse es… SI alguien  no te quiere o si es enemigo tuyo, si se encuentra contigo en la calle, te da la espalda o se va a la otra acera. Pero si es amigo va de cara y tú vas a su encuentro. Convertirse es, si por el pecado estabas de espalda a Dios, volverse y mirarle a la cara. Vivir de cara a él, como los buenos amigos.
San Pablo reza por la comunidad cristiana para que siga creciendo  más y más en el amor, en sensibilidad y en la cercanía de Dios. Esa es también mi oración por vosotros. Os pido que también vosotros recéis por mí.
Si creemos que Dios es nuestra esperanza, nuestra mayor riqueza y la realización de todas las promesas, no estaría de más hacer un rato de oración preguntándonos en la presencia de Dios en qué tenemos puesta, de hecho, nuestra esperanza, cuáles son las verdaderas aspiraciones y las motivaciones más profundas de nuestra vida. Démosle gracias en esta eucaristía por el gran regalo que nos hace enviándonos a su propio Hijo para hacerse uno de nosotros.
P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.

sábado, 8 de diciembre de 2018

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JUAN PABLO II -  AUDIENCIA GENERAL (5-7-1996)

1. La doctrina de la santidad perfecta de María desde el primer instante de su concepción encontró cierta resistencia en Occidente, y eso se debió a la consideración de las afirmaciones de san Pablo sobre el pecado original y sobre la universalidad del pecado, recogidas y expuestas con especial vigor por san Agustín.

El gran doctor de la Iglesia se daba cuenta, sin duda, de que la condición de María, madre de un Hijo completamente santo, exigía una pureza total y una santidad extraordinaria. Por esto, en la controversia con Pelagio, declaraba que la santidad de María constituye un don excepcional de gracia, y afirmaba a este respecto: "Exceptuando a la santa Virgen María, acerca de la cual, por el honor debido a nuestro Señor, cuando se trata de pecados, no quiero mover absolutamente ninguna cuestión, porque sabemos que a ella le fue conferida más gracia para vencer por todos sus flancos al pecado, pues mereció concebir y dar a luz al que nos consta que no tuvo pecado alguno" (De natura et gratia, 42).

San Agustín reafirmó la santidad perfecta de María y la ausencia en ella de todo pecado personal a causa de la excelsa dignidad de Madre del Señor. Con todo, no logró entender cómo la afirmación de una ausencia total de pecado en el momento de la concepción podía conciliarse con la doctrina de la universalidad del pecado original y de la necesidad de la redención para todos los descendientes de Adán. A esa consecuencia llegó, luego, la inteligencia cada vez más penetrante de la fe de la Iglesia, aclarando cómo se benefició María de la gracia redentora de Cristo ya desde su concepción.

2. En el siglo IX se introdujo también en Occidente la fiesta de la Concepción de María, primero en el sur de Italia, en Nápoles, y luego en Inglaterra.

Hacia el año 1128, un monje de Canterbury, Eadmero, escribiendo el primer tratado sobre la Inmaculada Concepción, lamentaba que la relativa celebración litúrgica, grata sobre todo a aquellos "en los que se encontraba una pura sencillez y una devoción más humilde a Dios" (Tract. de conc. B.M.V., 1-2), había sido olvidada o suprimida. Deseando promover la restauración de la fiesta, el piadoso monje rechaza la objeción de san Agustín contra el privilegio de la Inmaculada Concepción, fundada en la doctrina de la transmisión del pecado original en la generación humana. Recurre oportunamente a la imagen de la castaña "que es concebida, alimentada y formada bajo las espinas, pero que a pesar de eso queda al resguardo de sus pinchazos" (ib., 10). Incluso bajo las espinas de una generación que de por sí debería transmitir el pecado original -argumenta Eadmero-, María permaneció libre de toda mancha, por voluntad explícita de Dios que "lo pudo, evidentemente, y lo quiso. Así pues, si lo quiso, lo hizo" (ib.).

A pesar de Eadmero, los grandes teólogos del siglo XIII hicieron suyas las dificultades de san Agustín, argumentando así: la redención obrada por Cristo no sería universal si la condición de pecado no fuese común a todos los seres humanos. Y si María no hubiera contraído la culpa original, no hubiera podido ser rescatada. En efecto, la redención consiste en librar a quien se encuentra en estado de pecado.

3. Duns Escoto, siguiendo a algunos teólogos del siglo XII, brindó la clave para superar estas objeciones contra la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. Sostuvo que Cristo, el mediador perfecto, realizó precisamente en María el acto de mediación más excelso, preservándola del pecado original.

De ese modo, introdujo en la teología el concepto de redención preservadora, según la cual María fue redimida de modo aún más admirable: no por liberación del pecado, sino por preservación del pecado.

La intuición del beato Juan Duns Escoto, llamado a continuación el "doctor de la Inmaculada", obtuvo, ya desde el inicio del siglo XIV, una buena acogida por parte de los teólogos, sobre todo franciscanos. Después de que el Papa Sixto IV aprobara, en 1477, la misa de la Concepción, esa doctrina fue cada vez más aceptada en las escuelas teológicas.

Ese providencial desarrollo de la liturgia y de la doctrina preparó la definición del privilegio mariano por parte del Magisterio supremo. Ésta tuvo lugar sólo después de muchos siglos, bajo el impulso de una intuición de fe fundamental: la Madre de Cristo debía ser perfectamente santa desde el origen de su vida.

4. La afirmación del excepcional privilegio concedido a María pone claramente de manifiesto que la acción redentora de Cristo no sólo libera, sino también preserva del pecado. Esa dimensión de preservación, que es total en María, se halla presente en la intervención redentora a través de la cual Cristo, liberando del pecado, da al hombre también la gracia y la fuerza para vencer su influjo en su existencia.

De ese modo, el dogma de la Inmaculada Concepción de María no ofusca, sino que más bien contribuye admirablemente a poner mejor de relieve los efectos de la gracia redentora de Cristo en la naturaleza humana.

A María, primera redimida por Cristo, que tuvo el privilegio de no quedar sometida ni siquiera por un instante al poder del mal y del pecado, miran los cristianos como al modelo perfecto y a la imagen de la santidad (cf. Lumen gentium, 65) que están llamados a alcanzar, con la ayuda de la gracia del Señor, en su vida.

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Inmaculada siempre, y siempre pura,
diste ser, de tus carnes al Bien mío.
Así en la blanca altura
la limpia nieve se convierte en río
sin perder su limpieza y su blancura.

La carne de Dios llena
que redimió la tierra pecadora
atravesó, Señora,
tu carne de azucena,
como el cristal el rayo de la aurora.

Limpia, Madre, los cuerpos pecadores,
como limpian las aguas del riachuelo
los guijarros del suelo,
cuando van, entre jaras y entre flores,
cantando paz y reflejando cielo.

Dn.José María Pemán