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jueves, 21 de septiembre de 2017

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"Ven Espíritu Santo, y enséñame a escuchar la música de la vida.

Toca mis oídos espirituales para que aprenda a gozar esa canción que tú vas creando con cada cosa que me toca vivir.

Ayúdame a apreciar todos los sonidos, y también los silencios, porque también lo que me parece desagradable, puede convertirse en parte de esa bella canción.

Ven Espíritu Santo, ilumina mi vida, para que no me encierre a llorar lo que me falta y lo que he perdido. No dejes que cierre mi corazón a las cosas nuevas que quieres hacer nacer en mí, ven para que me atreva a tomar ese nuevo camino que me propones, cuando los demás caminos se han perdido.

Enséñame a escuchar con el corazón, para que reconozca que, cuando una nota se apaga, comienza a sonar una nota distinta, comienza a vibrar otra cuerda, y la vida continúa.
Ven Espíritu Santo.  Amén."

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Los Cinco Minutos de San Agustín

Deseemos siempre la vida dichosa y eterna, que nos dará nuestro Dios y Señor, y así estaremos siempre orando. Pero, con objeto de mantener vivo este deseo, debemos, en ciertos momentos, apartar nuestra mente en las preocupaciones y quehaceres que, de algún modo, nos distraen de él y exhortarnos a nosotros mismos con la oración vocal, no fuese caso que si nuestro deseo empezó a entibiarse llegara a quedar totalmente frío y, al no renovar con frecuencia el fervor, acabara por extinguirse del todo. 
P. José Luis Alonso

miércoles, 20 de septiembre de 2017

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Viaje a Colombia: Un pueblo gozoso en medio de tantos sufrimientos.

«Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

        Como ustedes saben en los días pasados he realizado el viaje apostólico a Colombia.
(Aplausos) ¡Hay aquí algunos colombianos! Con todo el corazón agradezco al Señor por este gran don; y deseo renovar la expresión de mi reconocimiento al señor presidente de la República, que me ha recibido con mucha cortesía, a los obispos colombianos que han trabajado mucho para preparar esta visita, como también a todas las autoridades del país, y a todos aquellos que han colaborado en la realización de esta Visita. ¡Y un agradecimiento especial al pueblo colombiano que me ha recibido con mucho afecto y mucha alegría!

        Un pueblo gozoso en medio de tantos sufrimientos, pero gozoso; un pueblo con esperanza. Una de las cosas que más me ha impresionado en todas las ciudades, la multitud y entre la muchedumbre, los papás y las mamás con los niños, que levantaban a los niños para que el Papa los bendijera, pero también con orgullo hacían ver a sus niños como diciendo: “Esto es nuestro orgullo, esta es nuestra esperanza”. Yo he pensado: un pueblo capaz de hacer niños y capaz de hacerlos ver con orgullo, con esperanza: este pueblo tiene futuro. Y me ha gustado mucho.

        De modo particular en este viaje he sentido la continuidad con los dos Papas que antes de mí han visitado Colombia: el Beato Pablo VI, en 1968, y San Pablo II, en 1986. Una continuidad fuertemente animada por el Espíritu, que guía los pasos del pueblo de Dios en los caminos de la historia.

        El lema del Viaje era ‘Demos el primer paso’, es decir, realicemos el primer paso, referido al proceso de reconciliación que Colombia está viviendo para salir de medio siglo, de medio siglo de conflicto interno, que ha sembrado sufrimiento y enemistad, causando tantas heridas, difíciles de cicatrizar. Pero con la ayuda de Dios el camino ya está ya iniciado. Con mi visita he querido bendecir el esfuerzo de este pueblo, confirmarlo en la fe y en la esperanza, y recibir su testimonio, que es una riqueza para mi ministerio y para toda la Iglesia. El testimonio de este pueblo es una riqueza para toda la Iglesia.

        Colombia, como la mayor parte de los países latinoamericanos, es un país en el cual son fortísimas las raíces cristianas. Y si este hecho hace todavía más agudo el dolor por la tragedia de la guerra que lo ha lacerado, al mismo tiempo constituye la garantía de la paz, el sólido fundamento de su reconstrucción, la linfa de su invencible esperanza.

        Es evidente que el Maligno ha querido dividir al pueblo para destruir la obra de Dios, pero es también evidente que el amor de Cristo, su infinita Misericordia es más fuerte que el pecado y que la muerte.

        Este Viaje ha permitido llevar la bendición de Cristo, la bendición de la Iglesia sobre el deseo de vida y de paz que rebosa del corazón de esta Nación: lo he podido ver en los ojos de los miles y miles de niños, jóvenes y muchachos que han llenado la Plaza de Bogotá y que he encontrado por todas partes; esa fuerza de vida que también la naturaleza misma proclama con su exuberancia y su biodiversidad. ¡Colombia es el segundo país en el mundo por biodiversidad!

        En Bogotá he podido encontrar a todos los obispos del país y también al Comité Directivo de¡ Consejo Episcopal Latinoamericano. Agradezco a Dios por haberlos podido abrazar y por haberles dado mi aliento pastoral, por su misión al servicio de la Iglesia sacramento de Cristo nuestra paz y nuestra esperanza.

        La jornada dedicada de modo particular al tema de la reconciliación, y el momento culminante de todo el viaje ha sido en Villavicencio. En la mañana se realizó la gran celebración eucarística, con la beatificación de los mártires Jesús Jaramillo Monsalve, obispo, y Pedro María Ramírez Ramos, sacerdote; por la tarde, la especial Liturgia de Reconciliación, simbólicamente orientada hacia el Cristo de Bojayá, sin brazos y sin piernas, mutilado como su pueblo.

        La beatificación de los dos mártires ha recordado plásticamente que la paz se funda también, y sobre todo, en la sangre de tantos testigos del amor, de la verdad, de la justicia, y también de verdaderos y propios mártires, asesinados por la fe, como los dos apenas citados. Escuchar sus biografías ha sido conmovedor hasta las lágrimas: lágrimas de dolor y de alegría juntas. Ante sus reliquias y sus rostros, el santo pueblo fiel de Dios ha sentido fuerte su propia identidad, con dolor, pensando a las muchas, demasiadas víctimas y con alegría, por la misericordia de Dios que se extiende sobre quienes lo temen.

        «Misericordia y verdad se encontraran, justicia y paz se besaran» (Sal 85,11), que hemos escuchado al inicio. Este versículo del salmo contiene la profecía de lo que ha sucedido el viernes pasado en Colombia; la profecía y la gracia de Dios para este pueblo herido, para que pueda resurgir y caminar en una vida nueva.

        Estas palabras proféticas llenas de gracia las hemos visto encarnadas en la historia de los testimonios, que han hablado en nombre de tantos y tantos que, a partir de sus heridas, con la gracia de Cristo han salido de sí mismos y se han abierto al encuentro, al perdón, a la reconciliación.

        En Medellín la perspectiva ha sido la de la vida cristiana como discipulado: la vocación y la misión. Cuando los cristianos se empeñan completamente en el camino del seguimiento de Jesucristo, se vuelven verdaderamente sal, luz y levadura en el mundo, y los frutos son abundantes.

        Uno de estos frutos son los ‘Hogares’, es decir, las Casas donde los niños y los jóvenes heridos por la vida pueden encontrar una nueva familia donde son amados, acogidos, protegidos y acompañados. Y otros frutos, abundantes como racimos, son las vocaciones para la vida sacerdotal y consagrada, que he podido bendecir y animar con alegría en un inolvidable encuentro con los consagrados y sus familiares.

        Y finalmente, en Cartagena, la ciudad de San Pedro Claver, apóstol de los esclavos, el ‘focus’ ha ido a la promoción de la persona humana y de sus derechos fundamentales. San Pedro Claver, como también recientemente Santa María Bernarda Bütler, han dado la vida por los más pobres y marginados, y así han mostrado la vía de la verdadera revolución, aquella evangélica, no ideológica, que libera verdaderamente a las personas y las sociedades de las esclavitudes de ayer y, lamentablemente también de hoy. En este sentido, “dar el primer paso”,el lema del Viaje, dar el p rimer paso significa acercarse, inclinarse, tocar la carne del hermano herido y abandonado. Y hacerlo con Cristo, el Señor hecho esclavo por nosotros. Gracias a Él hay esperanza, porque Él es la misericordia y la paz.

        Confío nuevamente a Colombia y a su amado pueblo a la Madre, Nuestra Señora de Chiquinquirá, que he podido venerar en la catedral de Bogotá. Con la ayuda de María, todo colombiano pueda dar cada día el primer paso hacia el hermano y la hermana, y así construir juntos, día a día, la paz en el amor, en la justicia y en la verdad. Gracias.
Ciudad del Vaticano, 13 septiembre 2017.

martes, 19 de septiembre de 2017

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Los discípulos le han oído a Jesús decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que nos persiguen, el perdón a quien nos hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario pero poco realista y muy problemático.

Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos, conflictos y rencillas. ¿Cómo tienen que actuar en aquella familia de seguidores que caminan tras sus pasos. En concreto: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?».

Antes que Jesús le responda, el impetuoso Pedro se le adelanta a hacerle su propia sugerencia: «¿Hasta siete veces?». Su propuesta es de una generosidad muy superior al clima justiciero que se respira en la sociedad judía. Va más allá incluso de lo que se practica entre los rabinos y los grupos esenios que hablan como máximo de perdonar hasta cuatro veces.

Sin embargo Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo.

La respuesta de Jesús exige ponerse en otro registro. En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.

Entre los judíos era conocido un "Canto de venganza" de Lámek, un legendario héroe del desierto, que decía así: "Caín será vengado siete veces, pero Lámek será vengado setenta veces siete". Frente esta cultura de la venganza sin límites, Jesús canta el perdón sin límites entre sus seguidores.

En muy pocos años el malestar ha ido creciendo en el interior de la Iglesia provocando conflictos y enfrentamientos cada vez más desgarradores y dolorosos. La falta de respeto mutuo, los insultos y las calumnias son cada vez más frecuentes. Sin que nadie los desautorice, sectores que se dicen cristianos se sirven de internet para sembrar agresividad y odio destruyendo sin piedad el nombre y la trayectoria de otros creyentes.

Necesitamos urgentemente testigos de Jesús, que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Creyentes que vivan perdonando y curando esta obcecación enfermiza que ha penetrado en su Iglesia.
José Antonio Pagola

lunes, 18 de septiembre de 2017

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Habiendo dicho eso el Señor Jesús a Pedro, inmediatamente preguntó al Maestro cuántas veces debía perdonar al hermano que hubiera pecado contra él; y quiso saber si bastaba con siete veces. El Señor le respondió: No sólo siete veces, sino setenta y siete. A continuación le puso una parábola terrible en extremo: El reino de los cielos es semejante a un padre de familia que se puso a pedir cuentas a sus siervos, entre los cuales halló uno que le debía diez mil talentos…

Propuso, pues, esta parábola para nuestra instrucción y quiso que con su amonestación no pereciésemos. Así, dijo, hará con vosotros vuestro Padre celestial si cada uno de vosotros no perdona de corazón a su hermano. Ved, hermanos, que la cosa está clara y que la amonestación es útil. Se debe, pues, la obediencia realmente salutífera para cumplir lo mandado. En efecto, todo hombre, al mismo tiempo que es deudor ante Dios, tiene a su hermano por deudor. ¿Quién hay que no sea deudor ante Dios, a no ser aquel en quien no puede hallarse pecado alguno? ¿Quién no tiene por deudor a su hermano, a no ser aquel contra quien nadie ha pecado? ¿Piensas que puede encontrarse en el género humano alguien que no esté encadenado a su hermano por algún pecado? Todo hombre, por tanto, es deudor, teniendo también sus deudores. Por esto el Dios justo te estableció la norma cómo comportarte con tu deudor, norma que él aplicará con el suyo. Dos son las obras de misericordia que nos liberan; el Señor las expuso brevemente en el Evangelio: Perdonad y se os perdonará; dad y se os dará. El perdonad y se os perdonará, mira al perdón; el dad y se os dará se refiere al prestar un favor. Referente al perdón, tú no sólo quieres que se te perdone tu pecado, sino que también tienes a quien poder perdonar. Por lo que se refiere al prestar un favor, a ti te pide un mendigo, y también tú eres mendigo de Dios. Pues cuando oramos, somos todos mendigos de Dios; estamos en pie a la puerta del padre de familia; más aún, nos postramos y gemimos suplicantes, queriendo recibir algo, y este algo es Dios mismo. ¿Qué te pide el mendigo? Pan. ¿Y qué es lo que pides tú a Dios sino a Cristo que dice: Yo soy el pan vivo que he bajado del cielo? ¿Queréis que se os perdone? Perdonad: Perdonad y se os perdonará. ¿Queréis recibir? Dad y se os dará.

Por tanto, si queremos que se nos perdone a nosotros, hemos de estar dispuestos a perdonar todas las culpas que se cometen contra nosotros. Si repasamos nuestros pecados y contamos los cometidos de obra, con el ojo, con el oído, con el pensamiento y con otros innumerables movimientos, ignoro si dormiríamos sin el talento. Por esto, cada día en la oración pedimos y llamamos a los oídos divinos, cada día nos postramos y le decimos: Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores. ¿Qué deudas? ¿Todas, o sólo una parte? Responderás que todas. Haz lo mismo con tu deudor. Ésta es la norma a la que te has de ajustar, ésta la condición que pones. Al orar y decir: Perdónanos como nosotros perdonamos a nuestros deudores, haces referencia a ese pacto y convenio.
S 83, 1-2.4

domingo, 17 de septiembre de 2017

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No es fácil perdonar a quien nos ha ofendido gravemente de palabra o de obra. Lo sabemos quizás por experiencia personal. Y hay personas, que además se proclaman creyentes, que no logran arrancar de su corazón el resquemor, el resentimiento y la amargura. Y hay también quienes no se hablan de por vida porque la ofensa fue muy grave.

El capítulo 18 de san Mateo contiene unas normas o directrices la comunidad cristiana. Habla, por ejemplo, de la corrección fraterna, de la oveja perdida, de acoger con amor a los más débiles, etc. Y termina con el mandamiento del perdón fraterno. 

Y es Pedro, como casi siempre, quien se adelanta y le dice: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?” Pedro también quería fijar un techo al perdón, poner un límite, reglamentarlo. La contestación de “setenta veces siete” es decirnos que en el perdón NUNCA hay una última vez, porque el perdón de Dios tampoco lo tiene, porque no lo tiene su amor..

Si, según san Agustín, “el límite del amor es el amor sin límite”, podría decirse lo mismo del perdón: “El límite del perdón es el perdón si límite”. Porque la respuesta de Jesús es “absolutamente siempre”, en todo y a todos. No importa la gravedad de la ofensa, no importa quién te ha ofendido.
(Conozco una señora en Pamplona, a quien ETA mató a su marido, general del ejército, quien desde el primer momento perdonó a los asesinos, dejando a la justicia que cumpliera con su deber. Por eso ha vivido siempre con paz interior).

Perdonar no es olvidar sin más, ni comportarse con las personas que te han hecho mucho daño como si no hubiera pasado nada. Hay ofensas que afectivamente no podremos olvidar nunca, por mucho que lo intentemos. Perdonar cristianamente a una persona que nos ha ofendido es no desear nada malo para ella y pedirle a Dios que le ayude a convertirse y a ser feliz haciendo el bien. 

“Amad a vuestros enemigos”, dice el Señor, “haced bien a los que os odian”, “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. No podemos olvidar lo que nos han hecho, pero no vamos a intentar devolverles mal por mal, sino que les deseamos paz y bien. El perdón cristiano es hijo del amor cristiano. No puedo amarle, ni perdonarle afectivamente, pero le amo y le perdono cristianamente. Es en este sentido en el que Cristo nos manda que perdonemos hasta setenta veces siete, es decir, siempre, a los que nos han ofendido. En este sentido, la misericordia es superior al juicio, como nos dice en su carta el apóstol Santiago.

“El Señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda”. El perdón cristiano siempre tiene algo de excesivo, de regalo de amor. Muchas veces las personas que nos ofenden no merecen nuestro perdón; se lo regalamos por amor. El rey de la parábola no perdonó a su empleado por justicia, sino por amor, porque “tuvo lástima de él”. En el rey de la parábola la misericordia fue superior al juicio. 

El mensaje de esta parábola es que debemos perdonar siempre. Es como decir: “No tengo obligación legal de perdonarte, pero te perdono por amor”. Sólo en este sentido podemos y debemos perdonar siempre.

Perdona la ofensa al prójimo y se te perdonarán tus pecados. En caso contrario no esperemos que Dios te perdone. Sería como pedir el perdón al padre y negárselo al hijo. Eso es absurdo e indigno. Por eso Dios cierra las puertas de su perdón al que se niega a perdonar a los demás. Todos los hombres son dignos de nuestro perdón. Si Cristo los perdonó, quiénes somos nosotros para condenarlos. 

A los que Jesús redimió con el precio de su sangre, no podemos, en modo alguno, despreciar. A los que Cristo amó hasta entregar su vida por ellos, a esos no los podemos mirar con indiferencia y mucho menos con odio... Mirar con simpatía a todo el mundo, abiertos a la amistad y la comprensión.
Jesús muere en la Cruz con un “perdónales porque no saben lo que hacen”. Practica lo que predica y predica lo que vive. “Amaos como yo os he amado”, nos dice. Y su amor incluye total y absolutamente el perdón.
P. Teodoro Baztán Basterra. OAR.

viernes, 15 de septiembre de 2017

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Palabras del Papa antes del ángelus.

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

 El pasaje del evangelio del día (cf. Mt 16,21-27) es la continuación de la del domingo pasado, en la cual resaltaba la profesión de fe de Pedro, “roca” sobre la cuál Jesús quiere construir su Iglesia. Hoy, en un llamativo contraste, Mateo nos muestra la reacción del mismo Pedro cuando Jesús revela a sus discípulos que en Jerusalén deberá sufrir, ser condenado a muerte y resucitar (cf. v. 21). Pedro toma al Maestro aparte y le reprende porque eso -le dice- no le puede pasar a Él, al Cristo. Pero Jesús, a su vez reprende a Pedro con palabras duras: “Apártate de mí, Satanás, eres para mí ocasión de caída: tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.” (v.23). Un momento antes, el apóstol era bendecido del Padre, porque había recibido esta revelación del Padre; él era una “piedra” sólida sobre la que Jesús podía construir su comunidad, y de repente él se convierte en un obstáculo, una piedra, pero no para construir, una piedra de tropiezo en el camino del Mesías. Jesús sabe bien que Pedro y los otros tienen mucho camino aún por hacer para convertirse en sus apóstoles!

        En este punto, el Maestro se dirige a todos aquellos que le siguen, presentándoles con claridad el camino a recorrer: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, tome su cruz, y me siga” (v.24). Siempre, y aún hoy, la tentación es la de querer seguir a un Cristo sin cruz, o más bien, de enseñar a Dios el camino justo. Como Pedro: no, no, Señor, eso no… eso no pasará. Pero Jesús nos recuerda que su camino, es el camino del amor, y no hay verdadero amor sin el don de sí. Somos llamados a no dejarnos absorber por la visión de este mundo, sino a ser siempre más conscientes de la necesidad y de los esfuerzos para nosotros cristianos de avanzar en contracorriente y cuesta arriba.

        Jesús completa su proposición con palabras que expresan una gran sabiduría siempre válida, porque desafían la mentalidad y los comportamientos egocéntricos. Exhorta: “El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida a causa de mí la guardará” (v.25). En esta paradoja, está contenida la regla de oro que Dios ha inscrito en la naturaleza humana creada en Cristo: la regla que solo el amor da sentido y felicidad a la vida. Gastar sus talentos, sus energías y su tiempo solo para salvarse, protegerse y realizarse uno mismo, conduce en realidad a perderse, es decir a una existencia triste y estéril. Si al contrario vivimos para el Señor y fundamentamos nuestra vida en el amor, como hace Jesús, podremos saborear la alegría auténtica y nuestra vida no será estéril, sino que será fecunda.

        En la celebración de la Eucaristía, revivimos el misterio de la cruz; no solamente recordamos, sino que cumplimos el memorial del Sacrificio redentor, donde el Hijo de Dios se pierde completamente Él mismo para recibirse de nuevo del Padre y así encontrarnos, nosotros que estábamos perdidos, con todas las criaturas. Cada vez que participamos en la Santa Misa, el amor de Cristo crucificado y resucitado se comunica a nosotros como alimento y bebida, para que podamos seguirle en el camino de cada día, en el servicio concreto de los hermanos.

        Que la Santa Virgen María, que ha seguido a Jesús hasta el Calvario, nos acompañe a nosotros también y nos ayude a no tener miedo de la cruz, pero con Jesús crucificado, no una cruz sin Jesús: la cruz con Jesús, que es la cruz de sufrir por amor de Dios y de los hermanos, porque este sufrimiento, por la gracia de Cristo, es fecundo de resurrección.
 Ciudad del Vaticano, 3 septiembre 2017.




jueves, 14 de septiembre de 2017

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Los que se dejan llevar por el Espíritu Santo, poco a poco se van llenando de fuerza y de valentía. Dejan de ser cobardes y mediocres, y se hacen capaces de dar la vida. Eso es lo que hoy contemplamos recordando al mártir San Lorenzo.

Jesús nos enseñó que "el que quiere salvar su vida la pierde" (Juan 12,25). Así lo vivió San Lorenzo, cuando se entregó al martirio con entereza y completa disponibilidad. Cuenta la leyenda que cuando lo colocaron en una parrilla ardiente, después de un rato pidió que lo dieran vuelta para no demorar la entrega total que tanto deseaba.

Sin embargo, a veces no se trata de buscar alguna misión extraordinaria que nos haga sentir héroes o mártires, ni consiste en esperar que nos llegue alguna ocasión de sufrir algo grande que podamos ofrecerle al Señor. Normalmente se trata de aceptar de un modo libre la misión que nos toca cumplir, y de aceptar todas las molestias, cansancios cotidianos e incomodidades que acompañan a esa misión.
Jesús dijo: "Donde yo esté estará también mi servidor" (Juan 12,26). Lorenzo es uno de los que siguió a Jesús también en una muerte violenta. No se dejó contagiar por la sociedad corrupta de su época. Pero cuando estaba siendo quemado vivo podría haberse sentido fracasado. Sin embargo, se entregó con confianza, sabiendo que Dios siempre hace fecunda nuestra entrega. En el testimonio de este mártir, que nos refleja la entrega de Jesús en la cruz, nuestros sufrimientos por el Señor nos parecen pequeños, y entonces dejamos de quejarnos tanto por lo que nos sucede.

Así se nos presenta con claridad la exhortación de la carta a los Hebreos: "Fíjense en aquel que soportó tal contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcan faltos de ánimo. Ustedes todavía no han resistido hasta llegar a dar la sangre en la lucha contra el pecado" (Hebreos 12,3-4). El Espíritu Santo es el que nos da esa resistencia, porque solos no podemos. Pidámosle que derrame esa seguridad y esa fortaleza en nuestras vidas.

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Los Cinco Minutos de San Agustín

Se dice que los monjes de Egipto hacen frecuentes oraciones, pero muy cortas, a manera de jacularorias brevísimas, para que así la atención, que es tan sumamente necesaria en la oración, se mantenga vigilante y despierta y no se fatigue ni se embote con la prolijidad de las palabras. Con esto nos enseñan claramente que así como no hay que forzar la atención cuando no logra mantenerse despierta, así tampoco hay que interrumpirla cuando puede continuar orando. 
P. José Luis Alonso