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martes, 15 de enero de 2019

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¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
pues ya no eres esquiva,
acaba ya si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.
¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!,
matando muerte en vida la has trocado.

¡Oh lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido
que estaba oscuro y ciego
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
cuán delicadamente me enamoras!

San Juan de la Cruz

lunes, 14 de enero de 2019

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Después de la Epifanía o manifestación a los Magos de Oriente del Jesús niño, hoy, en su bau-tismo, celebramos su Epifanía o revelación como hijo de Dios con la que da comienzo a su vida pública. Con esta festividad concluimos el tiempo de Navidad en el que hemos procla-mado nuestra fe en el Niño Dios y en nuestra propia divinización en él. Dios, al compartir en cuanto hombre nuestra naturaleza humana, nos ha dado la gracia de participar de su propia divinidad. Al humanarse nos ha divinizado a nosotros.

Ambos aspectos resplandecen vivamente en el bautismo de Jesús. Jesús de Nazaret bajó al Jordán y se sumergió en sus aguas purificadoras junto con sus hermanos pecadores, pero, cuando sale del agua, Dios lo proclama su Hijo amado, y el Espíritu, cuando se posa sobre él, manifiesta que es el consagrado por excelencia, el Ungido por el Señor, el Cristo. Por eso el Bautista Juan, puede testificar: Es el Hijo de Dios, el que purificó el pecado del mundo. Jesús entró en el agua para santificarla. Cuando sale de ella, saca junto a sí a la humanidad que esta-ba sumergida en las aguas del pecado y del olvido de Dios. Jesús es el libertador, el salvador, el que hace retornar a los humanos al hogar de Dios. Así nos lo presenta el profeta Isaías.

Mirad mi siervo a quien prefiero
El poema de Isaías presenta al siervo de Yahveh, elegido por él. Su espíritu lo consagra para establecer entre los pueblos el derecho, que es la ley de Dios, su revelación. Este siervo se pre-senta humilde, sencillo, manso, delicado; pero en su actuación es firme, tenaz, fiel hasta con-seguir la aceptación de su mensaje. Dios lo guía amorosamente, lo pone como alianza para las naciones, luz de los pueblos, libertador de los oprimidos. El bautismo significa para Jesús su unción como siervo amado y salvador.

Tú eres mi hijo, el amado
Jesús vivió en el Jordán una experiencia que marcó para siempre su vida. No se quedó con el Bautista y tampoco volvió a su trabajo en la aldea de Nazaret. Movido por un impulso incon-tenible, comenzó a recorrer los caminos de Galilea anunciando la Buena Noticia de Dios.

Los evangelistas no pueden describir lo que ha vivido Jesús en su intimidad, pero han sido capaces de recrear una escena conmovedora para sugerirlo. Está construida con rasgos alegóri-co-bíblicos de hondo significado: Los cielos se rasgan, pues ya no hay distancias; Dios se co-munica íntimamente con Jesús. Se oye una voz venida del cielo: Tú eres mi hijo querido. En ti me complazco.

Esto es lo decisivo en la vida de Jesús y es lo que escucha en su interior: Tú eres mío. Eres mi hijo. Tu ser está brotando de mí. Yo soy tu Padre. Te quiero entrañablemente; me llena de go-zo que seas mi hijo; me siento feliz. En adelante, Jesús lo llamará con este nombre: Abbá, Padre.

De esta experiencia brotan dos actitudes vividas por Jesús y que trató de contagiar a todos: confianza increíble en Dios y docilidad. Jesús confía en Dios de manera espontánea. Se aban-dona a él sin recelos ni cálculos. No vive nada de forma forzada o artificial. Se siente hijo que-rido. Por eso enseña a todos a llamar a Dios Padre. Siente pena de la fe pequeña de sus discí-pulos y les manifiesta que con esa fe raquítica no se puede vivir. Por eso, les repite una y otra vez: No tengáis miedo. Confiad. Toda su vida la pasó infundiendo confianza en Dios.

Al mismo tiempo, Jesús vive en una actitud de total docilidad a Dios. Nada ni nadie lo aparta-rá de ese camino. Como hijo bueno, busca ser la alegría de su padre. Como hijo fiel, vive iden-tificándose con él, imitándole en todo.

Es lo que trata de enseñar a todos: Imitad a Dios. Imitad a vuestro Padre. Sed buenos del todo como vuestro Padre del cielo que es bueno. Reproducid su bondad. Es lo mejor para todos. En tiempos de crisis de fe no hay que perderse en lo accesorio y secundario. Hay que cuidar lo esencial: la confianza total en Dios y la docilidad humilde. Todo lo demás viene después.

Tú eres mi hijo, el amado
Dice Henri Nouwen que los hombres y mujeres de hoy, llenos de miedos e inseguridad, nece-sitan más que nunca ser bendecidos. El hombre contemporáneo ignora lo que es la bendición y el sentido profundo que encierra. Se ha olvidado que “bendecir” (del latín benedicere) signifi-ca literalmente “hablar bien”, decirles cosas buenas a los demás, y, sobre todo, decirles nuestro amor y nuestro deseo de que sean felices.

Todos necesitamos oír cosas buenas, pues entre nosotros hay demasiada condena. Son muchos los que se sienten maldecidos más que bendecidos. Algunos se maldicen incluso a sí mismos. Se sienten malos, inútiles, sin valor alguno. Bajo una aparente arrogancia se esconden con fre-cuencia personas inseguras que no se aman a sí mismas. Todos necesitamos escuchar en el fon-do de nuestra conciencia una palabra de bendición. Debemos sentirnos amados a pesar de nuestra mediocridad y de nuestros errores. Pero, ¿dónde está esa bendición? ¿cómo sentirnos seguros de que Dios nos quiere?  Ninguno debemos olvidar esta gran verdad: “Yo soy amado, no porque soy bueno, santo y sin pecado, sino porque Dios es bueno y me ama de manera in-condicional y gratuita en Jesucristo. Soy amado por Dios ahora mismo, tal como soy, antes de que empiece a cambiar”.

Los evangelistas narran que Jesús, al ser bautizado por Juan, escuchó la bendición de Dios: Tú eres mi Hijo, el amado. Esa bendición de Dios sobre Cristo también nos alcanza a nosotros. Cada uno podemos escucharla en el fondo de nuestro corazón : Tú eres mi hijo amado. Eso será lo más importante durante este año. Cuando las cosas se te pongan difíciles y la vida te parezca un peso insoportable, recuerda siempre que eres amado con amor eterno.

 P. Juan Ángel Nieto Viguera, OAR.

domingo, 13 de enero de 2019

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Con este domingo en que celebramos el bautismo del Señor finaliza el tiempo de Navidad. Hemos contemplado estos días a Jesús niño; hoy se presenta ya adulto. Y lo primero que hace es ir a la ribera del tío Jordán donde Juan, su pariente, está bautizando.

Llega Jesús y “se hace” uno más. Se confunde con los pecadores, ya que éstos que recibían el bautismo de Juan como señal de arrepentimiento y conversión. Se sumerge dentro de las aguas del río donde los pecadores querían dejar sus pecados. Jesús desciende al río para santificar las aguas que, en adelante, en el nuevo bautismo, serán signo de vida nueva.

El evangelista Mateo nos dice que “apenas se bautizó Jesús, salió del agua, se abrieron los cielos y vio (Juan) que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

Es el Padre quien habla. Es el Espíritu Santo quien desciende sobre él. Y él es el Hijo amado. Son las tres divinas personas quienes actúan al principio del ministerio de Jesús. No cabe presentación pública de Jesús más sublime. Por eso la tarea de la evangelización será obra de los tres. O de uno solo, porque es un único Dios.

La escena del evangelio es una muy hermosa. Jesús no rehúsa unirse a nuestra humanidad. Es hombre como nosotros, sin dejar de ser Dios. Se anonada, se hace uno de tantos, se confunde con los pecadores… No cabe abajamiento mayor. Y el Padre nos lo presenta como Hijo suyo, el predilecto, y se complace en él. 

El bautismo de Juan es señal de arrepentimiento de los pecados y de conversión al Señor. Y el mismo Juan nos dice: “Yo os bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo…, Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Es nuestro bautismo.

El bautismo cristiano es nacimiento a una vida nueva. Nos hace hijos de Dios y miembros de la comunidad cristiana, la Iglesia. Es gracia, es don totalmente gratuito, es vida nueva. ¿Qué nos dice todo esto a nosotros? Entre otras cosas:

a) El Padre presenta a Jesús, pública y solemnemente, diciendo: Es mi hijo. Es la identidad de Jesús. También nosotros, por nuestro bautismo, tenemos una identidad propia: somos cristianos. Esa es nuestra razón de ser. Somos hombres de Cristo, seguidores suyos. Configurados con Cristo, dice el catecismo. En cierta manera, somos otros Cristos. Tenemos por tanto una identidad nueva, muy propia y personal, que debemos mantener y reforzar día a día.

b) En el bautismo somos hechos verdaderamente hijos de Dios. No cabe exaltación del hombre más sublime que ésta. Y si hijos, también hermanos. Por el agua y el Espíritu, hemos nacido a una vida nueva. La vida de la gracia nos mantiene como hijos; el pecado nos aleja de la casa paterna. Deber de todo bautizado es vivir gozosamente esta vida nueva.

c) Jesús ora cuando se abren los cielos y se oye la voz del Padre. Sabe que en ese momento comienza su ministerio mesiánico. La fuerza del Espíritu vendrá sobre él para llevar a cabo la obra que el Padre le encomienda. Nuestro bautismo nos compromete a anunciar a otros la buena noticia de Jesús. Tarea ineludible en todo bautizado. Es decir, nos compromete a seguir y cumplimentar la misma tarea de Jesús: evangelizar con la vida y la palabra. Y necesitamos también, con la oración, la fuerza del Espíritu para cumplir con nuestra misión de evangelizadores.

d) Somos miembros de una familia nueva, la Iglesia. O mejor, miembros del cuerpo místico de Jesús, en el que él es la cabeza. Ningún miembro del cuerpo se puede desentender de lo demás. No cabe la marginación, la indiferencia, mucho menos el egoísmo, en nuestra relación con los hermanos. Sí cabe necesariamente el amor mutuo, la ayuda desinteresada, la acogida y el perdón gratuito siempre y en todo.

La vida nueva, a la que nacemos por nuestro bautismo, el gran regalo que nos hace Cristo con su venida. Un regalo para saborearlo siempre con gozo y compartirlo con los hermanos.

P. Teodoro Baztán  Basterra, OAR.


sábado, 12 de enero de 2019

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Padre Santo,
Dios eterno y Todopoderoso,
Te hiciste escuchar por nosotros,
en el Jordán,
en la voz del trueno,
que venía del cielo,
con el fin de manifestar al Salvador
y de mostrar que tú eres el Padre de las luces.


Rasgaste los cielos,
bendijiste los aires,
purificaste las aguas,
manifestaste a tu Hijo Único
por el Espíritu Santo,
bajado del cielo bajo forma de paloma.

Hoy las aguas han recibido tu bendición,
se llevaron nuestra maldición,
purificaron a los creyentes
y dieron a Dios
para la vida eterna,
los hijos de adopción.

Aquellos que el nacimiento carnal
había consagrado a la vida temporal,
aquellos que se había llevado la muerte
con la complicidad del pecado,
la vida eterna los acoge
y los conduce a la gloria
del reino del cielo.

PREFACIO AMBROSIANO (MILÁN).

jueves, 10 de enero de 2019

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"Ven Espíritu Santo, inspírame, porque quiero alabarte.
Abre mi corazón y elévalo en tu presencia, para que te adore con sinceridad y gozo.
Tú eres Dios, infinito, sin límites, sin confines. Te adoro.
Tú eres simple, único, sin mezcla de oscuridad, ni manchas, ni mentiras. Te adoro.
Tú estás en todas partes, penetrándolo todo, llenándolo todo con tu presencia. Te adoro.
Tú eres belleza pura, y bañas con tu luz todo lo que tocas. Te adoro.
Tú eres amor, amor sin egoísmo alguno, amor desinteresado, amor libre. Te adoro.
Ven Espíritu Santo, para que pueda adorarte cada día, para que no me mire permanentemente a mí mismo y sea capaz de reconocer tu claridad hermosísima, tu perfección incomparable, tu esplendor, tu gracia, tu maravilla, tu encanto eterno.
Ven Espíritu Santo.
Amén."

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Los Cinco Minutos de San Agustín de Hipona

Hasta que llegue el momento en que el Señor nos mostrará aquello que ha de bastarnos, hasta que podamos beber y saciarnos de aquella fuente de vida que es él mismo, mientras caminamos por el sendero de la fe y vivimos en el destierro, lejos de él, mientras tenemos hambre y sed de santidad y deseamos apasionadamente contemplar la belleza de Dios, celebremos con humilde devoción su nacimiento en condición de esclavo.
José Luis  Alonso Manzanedo, OAR.
   

miércoles, 9 de enero de 2019

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Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra.

Las fiestas de Navidad y de Epifanía están íntimamente unidas. En la Navidad celebramos el nacimiento de Jesús, Hijo de Dios, enviado por el Padre para la salvación de la humanidad.

 La Epifanía nos dice que esa misión es universal, abierta a todos los hombres y mujeres del mundo. La noche de Navidad nos presentaba a los pastores adorando al niño en el portal de Belén; hoy es la humanidad entera la que, representada en los tres magos, acude hasta el Hijo de Dios para ofrecerle su reconocimiento y sus dones.

Dice el evangelio de san Mateo que “Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”.

El evangelio no hace referencia ni a “reyes” ni al número “tres”. La tradición cristiana, a partir de Orígenes en los siglos segundo y tercero ya habla del número “tres” atendiendo a los presentes que le ofrecieron: oro, incienso y mirra. Este dato lo confirmará el Papa san León Magno en el siglo quinto de nuestra era. Pero será san Beda el Venerable (673-735) quien hable de Melchor como anciano de cabello blanco que representa a Europa y ofrece el oro; Gaspar, más joven y rubio representa a Asia y ofrece el incienso; mientras que  Baltasar, de edad mediana y de color moreno, representa a África y hace el homenaje de la mirra. Eran las partes del mundo de las que, entonces, se tenía mejor conocimiento y en ellas están representados todos los hombres buscadores de Dios, de todos los países y de todos los tiempos. Son un reflejo de la humanidad entera. Ellos personalizan a quienes desde lejos creen el anuncio de Dios representado en la “estrella” y acuden a adorar a quien el pueblo judío no ha reconocido y a quien sus autoridades tratan de asesinar.

Tampoco se dice que fueran “reyes”, sino “magos”, para representar a una casta sacerdotal medo persa de la época del reinado de Darío el Grande (521-486 a. C.). Personas religiosas que esperan la salvación universal y expertos en astronomía. Eran hombres mag-nos, hombres grandes o notables en todos los órdenes, representantes de la humanidad deseosa de Dios.

Vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron.

Hoy se habla mucho de crisis de fe religiosa, pero apenas se dice nada sobre la crisis del sentimiento religioso. Y, sin embargo, el drama del hombre contemporáneo no es, tal vez, su incapacidad para creer, sino su dificultad para sentir a Dios como Dios. Incluso los que se dicen creyentes parecen no tener capacidad para vivir ciertas actitudes verdaderamente religiosas como vivir su presencia, su cercanía, la dirección de nuestro destino, su providencia. Su cuidado y atención.

Un ejemplo claro lo tenemos en la dificultad que sentimos para adorarlo en la realidad de las tres Personas. En tiempos no muy lejanos, parecía fácil sentir reverencia y adoración ante la inmensidad y el misterio insondable de Dios. El hombre moderno, por el contrario, se siente en buena medida dueño del universo y señor de su vida. Desde esta actitud es muy difícil rendirse ante Dios y adorarlo como un Dios personal: Padre, Hijo y Hermano nuestro y Espíritu Santo. Quien vive aturdido interiormente por el ruido de sus veleidades, de sus pasiones o intereses egoístas y zarandeado por mil impresiones pasajeras sin detenerse nunca ante lo esencial, difícilmente encontrará «el rostro adorable» de ese Dios personal.

Para adorar a Dios es necesario sentirnos criaturas, infinitamente pequeñas ante El, pero infinitamente amados; es necesario admirar su grandeza insondable y gustar su presencia cercana y amorosa que envuelve todo nuestro ser. Es muy difícil adorar a un ser que ha llegado hasta nosotros simplemente como fruto de una tradición o del que hemos oído hablar en el hogar o en el colegio, pero a quien no sentimos superior a nosotros o lo vemos como alguien ajeno a nuestras vidas.

La adoración es admiración de alguien o de algo que nos deslumbra por su belleza o por su grandeza. Es rendirse ante el Misterio. Es ponernos delante de Dios y quedarnos en silencio agradecido y gozoso ante El, admirando su misterio desde nuestra pequeñez e insignificancia. Para adorar a Dios es necesario detenerse ante el misterio del mundo y saber mirarlo con amor. Quien mira la vida amorosamente hasta el fondo, comenzará a vislumbrar las huellas de Dios. Quien siente la vida como regalo de cada día, como un don de quien nos quiere podrá volver sus ojos hacia ese ser Generoso y Padre.

Abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.

El relato de los Magos nos ofrece un modelo de auténtica adoración. Rendidos ante el Niño, como los pastores, le ofrecen sus dones. La adoración es ofrenda y es entrega. Es voluntad de ponerse a disposición de la persona adorada. Es obediencia total al Niño, criatura humana débil e indefensa, a quien le ofrecen el don de la mirra; pero es también Dios y Rey nuestro a quien adoramos con el incienso de nuestras oraciones y la ofrenda de nuestra voluntad y le ofrecemos el oro de lo mejor de nuestras personas. Seamos obedientes a la voz del profeta que nos dice: “¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti… y los pueblos caminarán a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora!”. Adoremos al Niño y llevemos con nosotros el regalo de nuestro reconocimiento y de nuestra gratitud. Somos y tenemos lo que Él ha querido que seamos y tengamos.

Hoy, con los Magos, presentamos a Dios en Jesús María y José el regalo de nuestra gratitud y de nuestro amor. Y lo compartimos con quienes nos quieren o nos acompañan en nuestro vivir de cada día. Felicidades a todos.
P. Juan Ángel Nieto Viguera, OAR.

martes, 8 de enero de 2019

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(En el nacimiento del Salvador)

Caído se le ha un clavel
hoy a la Aurora del seno;
¡qué glorioso que está el heno
porque ha caído sobre él!

Cuando el silencio tenía
todas las cosas del suelo,
y coronada de hielo
reinaba la noche fría,
en medio la monarquía
de tiniebla tan cruel
caído se le ha un clavel.

De un solo clavel ceñido
la Virgen, Aurora bella,
al mundo le dio, y ella
quedó cual antes, florida.
A la púrpura caída
siempre fue el heno fiel;
caído se le ha un clavel.

El heno, pues, que fue digno,
a pesar de tantas nieves,
de ver en sus brazos leves

Pedro Casaldáliga
(España 1928)