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lunes, 18 de junio de 2018

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    El Santo Espíritu
y el Hijo ampárenos,
y al Padre pídase
el pan por viático.

Manjar angélico
Hoy, Señor, dánoslo,
pan de quien símbolo
fueron los ácimos,
emblema físico
y enigma cándido.
¡Oh pan  de  ángeles,
tu gracia sálvenos!

A los que débiles
por estos ásperos
valles de lágrimas
peregrináremos,
¡oh pan de ángeles.
tu gracia sálvenos.

Dn Pedro Calderón de la Barca


domingo, 17 de junio de 2018

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Quien ama corre, y cuanto más intensamente ama uno tanto más veloz corre. 2C 5, 6-10

 Que esta nuestra vida, hermanos amadísimos, es una cierta peregrinación alejados de la patria de los santos, la Jerusalén celeste, lo enseña clarísimamente el apóstol Pablo al decir: Mientras estamos en el cuerpo somos peregrinos lejos del Señor (2Co 5,6). Y como todo peregrino tiene una patria, pues nadie que carezca de ella es peregrino, debemos conocer cuál es la nuestra, adonde conviene que nos apresuremos a llegar, dejando de lado todos los placeres y delicias de esta vida; adonde tendamos y único lugar donde nos es lícito descansar. Dios quiso que en ningún otro lugar tuviéramos descanso verdadero a no ser en aquella patria; pues, si concediera descanso también aquí, no agradaría el regresar. Y llama a esta patria Jerusalén; no la terrena, que aún es esclava con todos sus hijos, según el mismo Apóstol indica (Ga 4,25). Ella fue dada en la tierra cual símbolo oscuro para los hombres carnales, quienes, aunque adoran a un único Dios, sin embargo, esperan de él la felicidad terrena. Hay otra Jerusalén, que dice estar en los cielos: la Jerusalén de arriba, la madre de todos nosotros (Gn 26). La llama madre, cual si fuera la metrópoli, pues «metrópoli» significa ciudad madre. A ella, pues, hemos de apresurarnos; hemos de darnos cuenta deque somos peregrinos hacia ella y que estamos en camino.

Todo hombre que aún no cree en Cristo no se halla ni siquiera en el camino: está extraviado, pues. También él busca la patria, pero no sabe por dónde ha de ir ni conoce dónde se halla. ¿Qué quiero decir al afirmar que busca la patria? Toda alma busca el descanso y la felicidad; nadie a quien se le pregunte si quiere ser feliz duda en responder afirmativamente; todo hombre grita que quiere serlo; pero los hombres ignoran por dónde se llega a esa felicidad y dónde se la encuentra; por tanto, están extraviados. Nadie que no esté en marcha se encuentra extraviado; el extravío surge cuando se inicia la marcha y no se sabe por dónde hay que ir. El Señor te reconduce al camino; al hacernos fieles, creyentes en Cristo, no podemos decir que estamos ya en la patria, pero hemos comenzado ya a caminar por el camino. De esta manera, recordando que somos cristianos, exhortamos y amonestamos a todos los que nos son amadísimos, a quienes yerran en las vanas supersticiones y herejías, a que vengan al camino y caminen por él; así también, quienes ya están en el camino deben exhortarse mutuamente. Nadie llega sino quien está en el camino; mas no todo el que está en el camino llega. Se hallan, por tanto, en mayor peligro quienes aún no poseen el camino; mas quienes ya están en él no deben sentirse todavía seguros, no sea eme, retenidos por los encantos del camino mismo, no tengan suficiente amor para sentirse arrastrados hacia aquella patria, la única en que existe el descanso. Nuestros pasos en él son el amor de Dios y del prójimo. Quien ama corre, y cuanto más intensamente ama uno, tanto más velozmente corre; al contrario, cuanto menos ama uno, tanto más lentamente se mueve por el camino. Y si carece de amor, se ha parado del todo; en cambio, si ansia el mundo, ha invertido la dirección y ha dado la espalda a la patria. ¿De qué le aprovecha el estar en el camino si no avanza, sino que, al contrario, da marcha atrás? Es decir, ¿de qué sirve ser cristiano católico —esto es estar en el camino—, si al amar el mundo marcha por el camino, pero retrocediendo? Vuelve al punto de donde partió. Si alguna emboscada del enemigo que le tienta y le asalta en este camino lo separa de la Iglesia católica o lo arrastra a la herejía, o hacia algunos ritos paganos, o a cualesquiera otras supersticiones o maquinaciones del diablo, ya ha perdido el camino y vuelto al error.

 Por tanto, hermanos, puesto que somos cristianos y católicos, corramos por este camino que es la única Iglesia de Dios, según está predicha en las Sagradas Escrituras. Dios no quiso que permaneciera oculta, para que nadie tuviera excusa; se predijo que iba a extenderse por todo el orbe de la tierra y a mostrarse a todos los pueblos. Y no deben turbarnos las innumerables herejías y cismas; más nos turbarían en el caso de no existir, puesto que han sido predichas. Todos, tanto los que permanecen en la Católica como quienes se hallan fuera de ella, dan testimonio a favor del Evangelio. ¿Qué estoy diciendo? Dan testimonio de que es verdad todo lo que afirma el Evangelio. ¿Cómo se predijo que había de ser la Iglesia de Dios presente en medio de los pueblos? Única, cimentada sobre la roca, invencible para las puertas del infierno. Las puertas del infierno son el principio del pecado: La paga del pecado es la muerte (Rm 6,23), y la muerte pertenece ciertamente a los infiernos. ¿Cuál es el inicio del pecado? Preguntemos a la Escritura. El principio de todo pecado, dijo, es la soberbia (Si 10,15); y si la soberbia es el principio del pecado, la soberbia es la puerta de los infiernos. Considerad ya qué es lo que ha engendrado todas las herejías; no hallaréis ninguna otra madre a no ser la soberbia. Pues cuando los hombres presumen mucho de sí mismos, llamándose santos y queriendo arrastrar a las masas tras de sí, sólo por soberbia dieron origen a las herejías y a los cismas, útiles ambos. Mas como a la Iglesia católica no la vencen los hijos de la soberbia, es decir, todas aquellas herejías y cismas, por eso mismo se predijo: Y las puertas del infierno no la vencerán (Mt 16,18).

Por consiguiente, hermanos, como había comenzado a decir, estamos en camino; corramos con el amor y la caridad, olvidando las cosas temporales. Este camino quiere gente fuerte; no quiere perezosos. Abundan los asaltos de las tentaciones; el diablo acecha en todas las gargantas del camino, por doquier intenta entrar y hacerse dueño. Y a aquel de quien se adueña, o bien le aparta del camino o bien le retarda; le vuelve atrás y hace que no avance, o le saca del camino para sujetarle con los lazos del error y de las herejías o cismas y llevarle a otros tipos de supersticiones. El tienta o mediante el temor o mediante la codicia; primero mediante la codicia, sirviéndose de promesas y buenas palabras o de la seducción de los placeres; cuando se encuentra con que el hombre desprecia tales cosas y que en cierto modo ha cerrado contra él la puerta de la codicia, comienza a tentarle por la puerta del temor, porque, si ya no deseabas adquirir nada en este mundo, cerrando así la puerta de la codicia, aún no has cerrado la del temor si aún temes perder lo que has adquirido. Permaneced fuertes en la fe (1P 5,9); que nadie os induzca al engaño mediante ningún tipo de promesa, que nadie os fuerce a engañar bajo ninguna amenaza. Cualquier cosa que sea lo que te promete el mundo, mayor es el reino de los cielos; cualquiera que sea la amenaza del mundo, mayor es la amenaza del infierno. En consecuencia, si quieres superar todo temor, teme las penas eternas con que te amenaza Dios. ¿Quieres pisotear todos los deseos de la concupiscencia? Desea la vida eterna que te promete Dios. Aquí cierras la puerta al diablo, aquí se la abres a Cristo.
S 346B

sábado, 16 de junio de 2018

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Angeles, si al mundo ides,
por mi esposa preguntad,
y diréisle que su esposo
se le envÍa a encomendar.

Diréisle que se le acuerde
cuando me fui a desposar,
cómo con mi sangre y vida
la quise entonces dotar,
y en prendas de mi amor
y para le remediar,
me quise quedar con ella
en un sabroso manjar.

Diréisle que sus trabajos
muy bien se saben acá,
y que se consuele mucho
que presto se han de acabar,
y que ya se llega el tiempo
de las bodas celebrar
y sentarse a la mi mesa
y de mis bienes gozar.

Juan López de Ubeda

viernes, 15 de junio de 2018

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El que cumple la voluntad de Dios...

       La fe no es una reacción automática, sino una decisión personal que ha de madurar cada individuo. Por eso, cada creyente ha de hacer su propio recorrido. No hay dos formas iguales de vivir ante el misterio de Dios.

       Hay personas intuitivas que no necesitan reflexionar mucho ni detenerse en análisis complejos para captar lo esencial de la fe; saben que todos caminamos en medio de tinieblas y vislumbran que lo importante es confiar en Dios. Otros, por el contrario, necesitan razonarlo todo, discutirlo, comprobar la racionabilidad del acto de fe. Solo entonces se abrirán al misterio de Dios.

       Hay también personas muy espontáneas y vitalistas, que reaccionan con prontitud ante un mensaje esperanzador; escuchan el evangelio y rápidamente se despierta en su corazón una respuesta confiada. Otros, sin embargo, necesitan madurar más lentamente sus decisiones; escuchan el mensaje cristiano, pero han de ahondar despacio en su contenido y sus exigencias antes de asumirlo como principio inspirador de sus vidas.

        Hay gentes pesimistas que subrayan siempre los aspectos negativos de las cosas. Su fe estará probablemente teñida de pesimismo: «Se está perdiendo la religión», «la Iglesia no reacciona», «por qué permite Dios tanto pecado e inmoralidad?» Hay también personas optimistas que tienden a ver lo positivo de la vida, y viven su fe con tono confiado: «Esta crisis purificará al cristianismo», «el Espíritu de Dios sigue actuando también hoy», «el futuro está en manos de Dios».

       Hay personas de estilo más contemplativo, con gran capacidad de «vida interior». No les resulta tan difícil hacer silencio, escuchar a Dios en el fondo de su ser y abrirse a la acción del Espíritu. Pero hay también personas de temperamento más bien activo. Para éstas, la fe es, sobre todo, compromiso práctico, amor concreto al hermano, lucha por un mundo más humano.

       Hay gente de mentalidad conservadora, que tiende a vivir la fe como una larga tradición recibida de sus padres y que ellos han de transmitir, a su vez, a los hijos; les preocupa, sobre todo, conservar fielmente las costumbres y guardar las tradiciones y creencias religiosas. Otros, por el contrario, tienen la mirada puesta en el futuro. Para ellos, la fe debería ser un principio renovador, una fuente permanente de creatividad y de búsqueda de caminos nuevos para la acción de Dios.

       El temperamento y la trayectoria de cada uno condicionan, por tanto, el modo de creer de la persona. Cada uno tiene su estilo de creer. En cualquier caso, Jesús le da importancia decisiva a una cosa: Es necesario «hacer la voluntad de Dios». Esta búsqueda realista de la voluntad de Dios caracteriza siempre al verdadero creyente.
José Antonio Pagola.

Oración después de la Comunión

        Señor, te pido el espíritu de discernimiento
para que pueda detectar el mal que se muestra
con apariencia de bien:
las ofensas que se disfrazan de sinceridad,
la infidelidad que se disfraza de libertad,
la cobardía que se disfraza de prudencia,
la injusticia que se disfraza de legalidad,
la avaricia que se disfraza de libre mercado.
       Señor, sé que por muchos pecados
que cometa tú siempre me estarás
esperando para perdonarme y acogerme
como el hijo pródigo que vuelve a casa.
       Pero, si empiezo a considerar
que el mal es bien y que el bien es mal
ya no desearé tu perdón
y el maligno habrá vencido.
       Por esto te pido también
que no me confunda el lenguaje
políticamente correcto:
decir las cosas por su nombre
es un gran servicio a la verdad.

P. Julián Montenegro Sáenz, OAR.

jueves, 14 de junio de 2018

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Leemos mucho lo que ocurre y, de una y otra manera, estamos muy atentos para situarnos ante la realidad y, también, en plan de defensa por si algo nos parece extraño o peligroso.

¿Acaso no queremos profundizar en la verdad y en la realidad? El cristiano debe dar una verdadera respuesta desde sí mismo si tiene conciencia de la fe que se le ha concedido desde Dios. y, desde esa conciencia, debe plantearse si vive desde la fe recibida y hasta qué punto es consciente de la lucha continua contra el mal.

         ¿Dónde estás?, preguntó el Señor a Adán. La motivación divina tenía motivo y, por parte del hombre, aparece un fondo flojo de respuesta: me escondí. Una respuesta con miedo y vergüenza, escape a la verdad. Tema que muestra que en nuestra vida y, más en el ámbito de la fe, necesita una clarificación humana de la vida, sino, en esta caso, no es un ser fiel a la presencia que ve nuestro interior y nos plantea, siempre con amor, si nuestras personas que, en el fondo, somos “hijos suyos”, vivimos conscientes con la gracia recibida y con la verdad de nuestro comportamiento como hijos de Dios que somos. Dios está siempre con nosotros y nos ama infinitamente; toda su intención es que seamos consciuentes y consecuentes con la gracia recibida y, por eso, tiene derecho a exigirnos, siempre con amor, una fidelidad a la gracia recibida.

         Es fácil, por nuestra parte, quedar en seguir la línea de Adán y justificarnos; lo que está en juego en la fidelidad a Dios no son los demás sino nosotros a los que el Señor nos concede una morada eterna en los cielos, que no ha sido contruida por mano de hombres.No culpemos a Adán; descubramos en verdad quiénes somos nosotros que, por sí solos, seremos heridos inevitablemente por el misterio de iniquidad que marca nuestra propia historia. Examinar el clima de nuestra fe, valorar el ámbito de fidelidad en que vivimos, descubrir el verdadero camino del seguimieno de Jesús, exigirnos la verdad no solo en las palabras sino en la vida diaria…, sería un querer escuchar siempre a Dios y ser, así, felices. 

         Al escuchar la palabra de Dios tenemos que enfrentarnos a quedar quietos. Dios nos ha dado el don de la fe y es ahí donde escuchamos su gracia que nos invita a seguir el camino del Maestro  porque todo esto es para vuestro bien; así nos lo dice del apóstol que luego nos va a abrir el camino hacia una casa hecha por Dios, una morada eterna en los cielos, que no ha sido contruida por mano de hombres. No es ningún sueño, es la presentación de lo que nos espera siempre que “cumplamos la voluntad de Dios” como dice Jesús. Ante todo esto, nuestras personas no pueden ir por cualquier camino; tenemos que introducir en el corazón la verdad de Jesús en nosotros, discernir si vivimos en la verdad y quéir hay de falsedad en el desarrollo de nuestra fe.

          De ahí surge una consecuencia: demos pasos hacia mayores niveles; no cerrar los ojos a la verdad, hacer frente a la pasividad y no resignarnos en una fe de mero cumplimiento. En Adán debemos aprender cómo nos ama Dios, cómo quiere nuestra fidelidad y cómo discernir, a la luz del Evangelio de Jesús, los caminos equivocados. El querer salir de la pasividad es una gracia que debemos pedir al Señor y, a la vez, enfrentarnos a nosotros mismos para no estar justificando nuestros alejamientos de Dios. Él nos ama infinitamente y quiere abrirnos las puertas del paraíso.  

RESPUESTAS desde NUESTRA REALIDAD

         Muchas veces necesitamos plantearnos si nuestro corazón  se abre a la Palabra liberadora y a la acción reconciliadora de Cristo. Totalmente necesitamos que entre en nuestro corazón y que nos libre del egoísmo, de creernos más buenos que los demás y, sobre todo, de no emitir juicios de los demás. Un cristiano,que, es constantemente perdonado por Dios, debe entrar en su corazón y manifestar claramente en  su vida que no tiene ningún motivo para juzgr a los demás.¡Cuántas veces necesitamos dirigirnos a Dios y pedirle que nos lave, apague nuestra sed y que purifique siempre nuestra vida!    
           ORACION

         Oh Dios, fuente de todo bien, escucha a los que te invocamos, para que, inspirados por ti, consideremos lo que es justo y lo cumplamos según tu voluntad. P. J., N. S, Amén     

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

         Tal vez, el pecado contra el Espíritu Santo consistre en esto: en combatir por malicia o envidia la caridad fraterna después de haber recibido la gracia del Espíritu Santo. Este pecado, .dice el Señor- no se perdona ni en este mundo ni en el otro-. Por lo cual, puede preguntarse si los judíos pecaron contra el Espíritu Santo cuando dijeron que el Señor expulsaba los demonios en nombre de Beelcebus, príncipe de los demonios; o si hemos de entender que esto se dijo contra el mismo Señor, porque en otro lugar dice de sí mismo: «si al Padre de familia le han llamado Beelcebul, ¡cuánto más a sus domésticos», o bien, cuanto ellos hablaban inspirados por una gran pasión de envidia y llena de ingratitud a los grandes beneficios sensibles, porque aún no eran cristianos, ¿juzgaremos, no obstante,  que por el exceso de envidia pecaron contra el Espíritu Santo? No se deduce tal cosa de las palabras del Señor (san Agustín en el sermón  del Señor en la montaña 1, 22, 76).
Fr. Imanol Larrínaga, OAR

miércoles, 13 de junio de 2018

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

        Continuando la reflexión sobre el sacramento de la Confirmación, consideramos los efectos que el don del Espíritu Santo hace madurar en los confirmados, llevándolos a ser, a su vez, un don para los demás. El Espíritu Santo es un don. Recordemos que cuando el obispo nos da la unción con el óleo dice: “Recibe el Espíritu Santo que te es dado en don”. Ese don del Espíritu Santo entra en nosotros y nos hace fructificar, para que podamos dárselo luego a los demás. Siempre recibir para dar: nunca recibir y quedarse con las cosas dentro, como si el alma fuera un almacén. No: siempre recibir para dar. Las gracias de Dios se reciben para dárselas a los demás. Esta es la vida del cristiano. Es propio del Espíritu Santo descentralizarnos de nuestro “yo” para abrirnos al “nosotros” de la comunidad: recibir para dar. No somos nosotros el centro: somos un instrumento de ese don para los demás.

        La Confirmación, completando en los bautizados la semejanza con Cristo, los une más fuertemente como miembros vivos del cuerpo místico de la Iglesia (ver Ritual de la Confirmación, n. 25). La misión de la Iglesia en el mundo procede a través de la contribución de todos los que forman parte de ella. Algunos piensan que en la Iglesia haya patrones: el Papa, los obispos, los curas y que luego vengan los demás. No: ¡la Iglesia somos todos!. Y todos tenemos la responsabilidad de santificarnos el uno al otro, de preocuparnos unos de otros. La Iglesia somos todos nosotros. Cada uno tiene su trabajo en la Iglesia, pero la Iglesia somos todos. Debemos pensar en la Iglesia como en un organismo vivo, compuesto de personas que conocemos y con quienes caminamos, y no como una realidad abstracta y distante. La Iglesia somos nosotros que caminamos, la Iglesia somos nosotros que estamos en esta Plaza. Nosotros: esta es la Iglesia. La Confirmación vincula a la Iglesia universal, esparcida por toda la tierra, involucrando activamente a las personas confirmadas en la vida de la Iglesia particular a la que pertenecen, encabezada por el obispo, que es el sucesor de los apóstoles.

        Y por eso el obispo es el ministro originario de la Confirmación (véase Lumen Gentium, 26), porque incorpora el confirmado a la Iglesia. El hecho de que, en la Iglesia latina, este sacramento sea normalmente conferido por el obispo pone de relieve su “efecto de unir a los que la reciben más estrechamente a la Iglesia, a sus orígenes apostólicos y a su misión de dar testimonio de Cristo.”(Catecismo de la Iglesia Católica, 1313).

        Y esta incorporación eclesial está bien representada por el signo de la paz que concluye el ritual de la crismación. Efectivamente, el obispo dice a cada confirmado: “La paz sea contigo”. Recordando el saludo de Cristo a sus discípulos en la tarde de Pascua, lleno del Espíritu Santo (cf. Jn 20,19-23), -como hemos escuchado- estas palabras iluminan un gesto que “manifiesta la comunión eclesial con el obispo y con todos los fieles ” (cf. CIC, 1301). Nosotros, en la Confirmación, recibimos el Espíritu Santo y la paz: esa paz que debemos dar a los demás. Pero pensemos: Que cada uno piense, por ejemplo, en su comunidad parroquial. Está la ceremonia de la Confirmación y después nos damos la paz: el obispo se la da al confirmado, y después en la misa la intercambiamos entre nosotros. Esto significa armonía, significa caridad entre nosotros, significa paz. Pero ¿después que pasa? Salimos y empezamos a hablar mal de los demás, a “despellejarlos”. Empiezan los cotilleos. Y los chismes son guerras. ¡No, no está bien! Si hemos recibido el signo de la paz con la fuerza del Espíritu Santo, tenemos que ser hombres y mujeres de paz, y no destruir, con la lengua, la paz que ha hecho el Espíritu. ¡Pobre Espíritu Santo! ¡Qué trabajo tiene con nosotros con esta costumbre del chismorreo! Pensadlo bien: el chismorreo no es una obra del Espíritu Santo, no es una obra de la unidad de la Iglesia. El chismorreo destruye lo que Dios hace. ¡Por favor, acabemos con el chismorreo!

        La Confirmación se recibe solo una vez, pero el dinamismo espiritual suscitado por la santa unción es perseverante en el tiempo. Nunca terminaremos de cumplir el mandato de difundir en todas partes el buen olor de una vida santa, inspirada en la fascinante sencillez del Evangelio.

        Ninguno recibe la Confirmación solo para sí mismo, sino para cooperar en el crecimiento espiritual de los demás. Solo de esta manera, abriéndonos y saliendo de nosotros mismos para encontrarnos con nuestros hermanos, podemos realmente crecer y no solo engañarnos con que lo estamos haciendo. De hecho, cuando recibimos un don de Dios debemos darlo – el don es para dar- para que sea fructífero, y no enterrarlo, a causa de miedos egoístas como enseña la parábola de los talentos (Mt 25,14-30). También la semilla, cuando la tenemos en la mano, no es para dejarla allí, en el armario y que ahí se quede: Hay que sembrarla. El don del Espíritu Santo hay que dárselo a la comunidad. Exhorto a los confirmados a no “enjaular” al Espíritu Santo, a no oponer resistencia al Viento que sopla para empujarlos a caminar en libertad, a no sofocar el Fuego ardiente de la caridad que lleva a consumir la vida por Dios y por los hermanos. ¡Que el Espíritu Santo nos conceda el coraje apostólico para comunicar el Evangelio, con las obras y las palabras, a todos los que encontramos en nuestro camino! Con las obras y las palabras, pero las palabras buenas: las que edifican. No las palabras de los chismes que destruyen. Por favor, cuando salgáis de la iglesia pensad que la paz recibida es para dársela a los demás: no para destruirla con el chismorreo. No lo olvidéis.
Ciudad del Vaticano,Audiencia general, Jun 06, 2018.
fluvium.org     

martes, 12 de junio de 2018

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Tal vez el pecado contra el Espíritu Santo consiste en esto: en combatir por malicia o envidia la caridad fraterna después de haber recibido la gracia del Espíritu Santo. Este pecado, dice el Señor, no se perdona ni en este mundo ni en el otro (Mt 12, 24). Por lo cual puede preguntarse si los judíos pecaron contra el Espíritu Santo cuando dijeron que el Señor expulsaba los demonios en nombre de Beelcebul, príncipe de los demonios, o si hemos de entender que esto se dijo contra el mismo Señor, porque en otro lugar dice de sí mismo: Si al Padre de familia le han llamado Beelcebul, ¡cuánto más a sus domésticos! (Mt 10, 25); o bien, por cuanto ellos hablaban inspirados por una gran pasión de envidia y llenos de ingratitud a los grandes beneficios sensibles, porque aún no eran cristianos, ¿juzgaremos, no obstante, que por el exceso de envidia pecaron contra el Espíritu Santo? No se deduce tal cosa delas palabras del Señor. Aunque dice ciertamente en el mismo lugar:  A todo el que hable palabra malvada contra el Hijo del hombre se le perdonará, pero a quien la hable contra el Espíritu Santo no se le perdonará ni en esta vida ni en la otra (Mt 12, 32).

Sin embargo, puede considerarse que con estas palabras exhortó a sus oyentes a rendirse a la gracia y, después de recibirla, a que no vuelvan a cometer los pecados en los que habían caído. En efecto, ellos dijeron al presente palabra blasfema contra el Hijo del hombre, cosa que se les puede perdonar  si se convierten, creen el él y reciben el Espíritu Santo. Pero si después de recibir el Espíritu Santo pretendiesen envidiar a sus hermanos y romper el lazo de la caridad, oponiéndose a la gracia que les fue concedida, su pecado no les será perdonado ni en este mundo ni en el otro. Porque si el Señor los hubiera considerado como condenados, sin que les quedara esperanza alguna, no hubiera continuado él exhortándoles aún, añadiendo inmediatamente: O haced el árbol bueno y su fruto será bueno, o hacedlo malo y su fruto será malo (Mt 12, 33).
Sermón, I, 22, 76