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miércoles, 24 de agosto de 2016

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¿Qué tipo de madre era Mónica? Tenía veintitrés años cuando dio a luz a Agustín. Le crió a sus pechos, lo que no era habitual entonces (conf. 3, 4, 8). Al recién nacido le hicieron la señal de la cruz y le espolvorearon con sal (conf. I, 11, 17). Cuando, de niño, cayó gravemente enfermo, se planteó el bautismo, pero, tras la curación, no volvió a hablarse de ello (conf. I, 11, 17); pues Mónica consideraba que valía más exponer a las tentaciones venideras la materia prima y no la imagen ya formada (conf. I, 11, 18). Es típico en Agustín que, para bautizarse, se remitiera simultáneamente a la devoción de su madre y a la Iglesia como madre de todos (conf. I, 11, 17). Cita consecutivamente a Mónica y a la Iglesia, comenzando por su madre carnal, que era para él la perfecta encarnación de la Iglesia como madre.

De Patricio no sabemos gran cosa. Según cuenta Agustín, no era rico, pero para educar a sus hijos hizo sacrificios que distaban mucho de ser fáciles. Su muerte, ocurrida en 372, no se menciona en las Confesiones sino incidentalmente (conf. 3, 4, 7); no sólo se debe al hecho de que dejó muy pronto de tener influencia paterna en el hijo, sino también a que difícilmente podía Agustín elogiar públicamente a Patricio, que pasó la mayor parte de la vida sin ser cristiano. Y, de la misma forma, Mónica, que le parecía a Agustín el modelo por excelencia de la mujer cristiana a quien Dios había concedido todas las virtudes, no podía de ninguna forma estar casada con un pagano cuya valía moral hubiera sido pareja a la suya incluso sin ideales cristianos. Una imagen así del padre de Agustín habría resultado claramente contraproducente en esa obra de propaganda que son las Confesiones.

Mónica y Patricio opinaban que aquel hijo con tantas prendas tenía que llegar lejos en la vida (conf. 2, 3, 5). Por ello no hicieron de forma deliberada gestión alguna para casarlo joven (conf. 2, 2, 4), pues habría sido perjudicial para una eventual carrera. No obstante, Mónica puso a su hijo en guardia de forma insistente contra el desenfreno. Agustín, retrospectivamente, interpretó esas advertencias como una exhortación de las alturas: Dios hablaba por boca de su preocupada madre (conf. 2, 3, 7).

La lectura del Hortensio de Cicerón despertó en Agustín, que contaba a la sazón diecinueve años, un ansia de sabiduría inmortal (conf., 3, 4, 7). Por lo demás, compartía esa ansia con su madre. Para él, la sabiduría auténtica residía en Dios y lamentaba no ver en el Hortensio el nombre de Cristo. Aquel nombre, decía, lo había bebido él con la leche materna y lo había conservado en lo hondo de sí (conf. 3, 4, 8). Quedaba claro, de entrada, que las mujeres tenían un papel importantísimo en la transmisión de la fe cristiana. Su influencia era determinante para que los niños crecieran en la fe.

A Agustín lo sedujeron muy pronto los maniqueos. Mónica lloró y Dios la oyó y le envió un sueño para reconfortarla (conf. 3, II, 19). En la Antigüedad, efectivamente, nadie ponía en duda que los sueños contenían mensajes. Llama mucho la atención que todos los sueños de Mónica que cuenta Agustín se refieren a alguna crisis de la vida de él. En el caso presente, un joven que irradiaba luz se acercaba, riendo, a Mónica. Le preguntó qué le preocupaba y la exhortó a fijarse bien en lo que tenía alrededor para darse cuenta del lugar en que se encontraba exactamente; Agustín estaba en el mismo lugar; Mónica miraba y se veía, junto a Agustín, de pie encima de una regla (conf. 3, II, 19).

A Agustín lo turbaba el hecho de que Dios estuviera tan próximo a su madre (conf. 3, 11, 19). Al principio pensó que el sueño quería decir que también su madre iba a adherirse al maniqueísmo, pero se enteró de labios de su madre de que era precisamente lo contrario (conf. 3, 11, 20). “Oye bien-dijo ella-. En mi sueño no oí que yo fuera a estar en el mismo lugar que tú, sino que tú estarías en el mismo lugar que yo” (conf. 3, 11, 20).

La importancia de ese sueño es cuando menos considerable, puesto que inmediatamente después de referir su conversión, Agustín vuelve a hablar de esa regla de madera, para dejar constancia de que ahora está en la línea recta de la fe (conf. 8, 12, 30). Si damos por hecho que el joven del sueño de Mónica representa a Cristo, el relato que nos da Agustín del sueño de su madre no puede menos de parecerse a la historia bíblica de Naín, cuyo hijo resucitó Jesús para devolvérselo a su madre (Lc. 7, 15).

Ello no quita para que Agustín no se hiciera cristiano en el acto. Antes bien, se las apañó para burlar la vigilancia de su madre y embarcarse rumbo a Italia sin ella. Cuando Mónica pudo por fin reunirse con él en Milán, le contó que ya no era maniqueo, pero tampoco cristiano. No se encontró con la reacción entusiasta que esperaba, sino con la respuesta de que su madre estaba segura de que sería efectivamente cristiano antes de su muerte (conf. 6, I, I).
Larissa C. Seelbach
Tomado de San Agustín (354-430). Monje, obispo, doctor de la Iglesia

martes, 23 de agosto de 2016

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Agustín nos dejó la imagen imperecedera de sus relaciones con Mónica, su madre. La importancia de esta relación de la que da testimonio sobre todo en las Confesiones difícilmente puede sobreestimarse. El Padre de la Iglesia describe a Mónica desde su punto de vista y se considera, de hecho, como el centro de la vida de su madre. Nada nos indica cómo vivió la propia Mónica todo ese derrotero: no sabemos de su personalidad sino a través de su hijo.

De esta forma, la relación entre madre e hijo se intuye como un hilo conductor que podemos ir siguiendo por todas las Confesiones. Agustín comienza el noveno libro de esta obra, que se detiene más que los anteriores en la vida de Mónica, con una frase que es todo un programa: “Oh, Señor, siervo tuyo soy e hijo de tu sierva” (conf. I, I). Siendo como es ducho en retórica, Agustín presenta a su madre como modelo espiritual de fe y como virtuosa encarnación de una mujer fuera de serie que destacaba en su entorno.

Pero ¿por qué precisaba Agustín de un ideal femenino de vida cristiana? ¿No tenía acaso su vida suficiente brillo? Lo tenía, por supuesto, pero era también una vida controvertida. Su pasado de maniqueo seguía persiguiéndole cuando ya era obispo, le valió numerosas críticas y polarizó la atención. Agustín podía zafarse de una oposición así si esgrimía, como ejemplo, a una viuda cristiana y si su estrecho parentesco con ella era una baza añadida no desdeñable. Las lágrimas y las oraciones de Mónica, su fe inquebrantable y las alabanzas que le había dedicado un personaje tan eminente como Ambrosio eran una mina de oro apologética.

Hay más preguntas. Por descontado que Agustín no había tenido papel alguno en la juventud de Mónica y en sus primeros años de matrimonio. ¿Por qué, pues, referirse a ellos? Porque unos potenciales discípulos seguirían con tanto mayor empeño el ejemplo de Mónica si estaban al tanto de esos detalles. Una serie de episodios bien escogidos convertían el pasado en algo atractivo y concreto. A Agustín le faltaba tiempo además para especificar que no estaba elogiando las prendas particulares de Mónica, sino, antes bien, los dones que Dios le había concedido (conf. 9, 8, 17). Examinemos, pues, qué aspectos de su madre le parecían dignos de destacarse y qué más podemos descubrir de ella.

Es muy probable que Mónica viniera al mundo en el año 331 de nuestra era, en una familia cristiana que, seguramente, contaba también con algunos donatistas entre sus miembros. La crió una sirvienta severa (conf. 9,8,17) que no pudo no obstante impedirle que robase vino a escondidas. El día en que otra sirvienta joven la llamó borrachina (meribibulam) el reproche no cayó en saco roto: a partir de ese momento, Mónica dejó de beber vino (conf. 9,8,18). Quien conozca el relato de la juventud de Agustín pensará en al acto en las peras robadas (conf. 2,4,9), aunque necesitó algo más de tiempo para enmendarse. Tal paralelismo proporciona al autor de las Confesiones ocasión para abordar un tema que le es muy caro: la superioridad moral de las mujeres, de quienes los hombres deberían tomar ejemplo.

Aunque los padres de Mónica eran cristianos, casaron a su hija con un pagano. No obstante, está claro que Patricio no deseaba que su mujer renunciara a su fe. Mónica se puso al servicio de su epicúreo marido, soportó con paciencia sus infidelidades y huyó de las discusiones. Su arma era la paciencia, para ser exactos, la paciencia era la virtud que la distinguía como mujer. No oponía una resistencia directa cuando Patricio caía en un nuevo arrebato de ira, pero esperaba a que pasara la tormenta para afearle su conducta. Desde el punto de vista de Agustín, era una forma de dar testimonio de Dios y Mónica, al comportarse así, intentaba además ganar a Patricio para la fe cristiana. Dios velaba en efecto para que Mónica tuviera una conducta impecable para con su marido, de forma tal que éste la respetase, la amase y la admirase (conf. 9, 9, 19). Mónica consi-guió incluso, por su paciencia y su dulzura, caerle en gracia a su suegra quien, al principio, la miraba con escepticismo (conf. 9, 9, 20). Por influencia suya, Patricio acabó convirtiéndose al cristianismo al final de su vida (conf. 9, 9, 22).

Larissa C. Seelbach
Tomado de San Agustín (354-430). Monje, obispo, doctor de la Iglesia

lunes, 22 de agosto de 2016

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Yo te siento en la rosa.
Tanto más grande siento yo mi alma,
cuanto son más pequeñas
las cosas que la mueven.

¡Ay esas almas lentas
como animales hartos,
que van a Ti pisando mansamente
sobre el fango sonoro y necesitan
para reconocerte
la voz de la tormenta o la engolada
frase inmensa y solemne!

Señor:
Yo te siento en la rosa
y en la nieve
y en la rama sin flores
y en el plátano verde
que sombras, en el centro
de la plaza, la fuente.

 Dn. José María Pemán
España 1897- 1981

domingo, 21 de agosto de 2016

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Cumplida su misión en Galilea, Jesús está de camino a Jerusalén, donde proseguirá su tarea de evangelización y culminará su vida. Y en este camino va enseñando por todas las ciudades y pueblos por donde pasa. La gente lo conoce de sobra por testimonios y noticias que llegan de todas partes.

De pronto uno le hace una pregunta, que también nos la hacemos todos en un momento o en otro. ¿Serán pocos los que se salven? ¿Serán muchos? 

Jesús no responde directamente a esta pregunta. Pero no deja sin respuesta al que la formula. Y lo que responde a quien le pregunta, nos lo dice a todos nosotros, a todos los que nos decimos creyentes. Nos preocupa lo que hay después de la muerte. Quien no cree, dice o afirma que la muerte es el final de todo, es un volver a la nada, que después no hay nada. Dicen de sí mismos que no creen, y creen que no hay nada. 

Pero viene Jesús y nos dice que la muerte no es el final, que es un paso hacia la vida para siempre, una vida en Dios y con Dios. La afirmación del Señor es rotunda y clara: Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y esta afirmación, con palabras distintas, la repite muchas veces. También dice la Biblia, Palabra de Dios por tanto, que quien no cree, ya está condenado. No hay otra alternativa.

De ahí la preocupación por saber cuántos se salvan, quiénes se condenan. ¿Quién podrá salvarse? ¿Me salvaré yo? Si el fututo en este mundo nos preocupa, mucho más debe preocuparnos el futuro en la otra vida. 

La respuesta de Jesús se refiere a la actitud y comportamiento que debemos tener en orden a la salvación. Pide esfuerzo, empeño permanente, poner los medios necesarios para que, en el momento que nos toque, podamos oír de Jesucristo: Pasa al banquete de mi Señor. En otra ocasión nos dice: El Reino de los cielos exige lucha, y únicamente los que se esfuerzan llegan a él. 

Todo lo que se propone el hombre como meta o aspiración importante exige esfuerzo y lucha permanente: la culminación de unos estudios, el matrimonio y la familia, un record mundial en el deportista, etc. Quien toma a la ligera sus estudios, o aquel para quien el matrimonio es un juego, o el atleta que renuncia a un entrenamiento constante, difícilmente alcanzará lo que se propone. Hay que trabajar, hay que luchar, hay que ir renunciando a muchas cosas para conseguir un bien mayor.
Mucho más en orden a la salvación eterna. Nos lo advierte el mismo Jesús: Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Dios quiere que el hombre se salve. Dios quiere la salvación para todos. Y él es quien nos salva si lo queremos nosotros. A nadie lo salva a la fuerza. Cuenta con nosotros. Para eso nos ha hecho libres y nos proporciona los medios necesarios. Se trata de arrimar el hombro y no desviarnos del camino o del bien obrar.

Un ejemplo: Hay tierra, hay semillas, hay agua y hay luz. Pero si el agricultor no planta ni riega, o si planta y no cuida la tierra, y si no está atento y vigilante para que no se dañe la posible cosecha, no habrá tal cosecha.

Otro: Hay colegios y universidades, maestros y profesores, libros y material pedagógico suficiente y excelente, pero si el estudiante no pone de su parte lo que debe poner, no aprobará el examen final.

Sería terrible que nos sucediera lo que se dice en el evangelio: os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: “Señor, ábrenos”, y él replicará: “No sé quiénes sois… Alejaos de mí, malvados”

Pero no tengamos miedo. Dios es un Padre bueno que nos ama y quiere la salvación para todos. Si nos esforzamos para ser buenos cristianos, oiremos las palabras tan consoladoras de Jesús, que nos dirá: Venid, benditos de mi Padre, a heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.
P. Teodoro Baztán Basterra

viernes, 19 de agosto de 2016

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MÁXIMAS, SENTENCIAS Y SOLILOQUIOS

De la confianza en Dios
"Fue herido el Corazón del Salvador y traspasado con la lanza, permitiendo Él que así se lo abrieran a fin de que esa dolorosa abertura nos sirviera de puerta para entrar en el asilo sagrado donde habíamos de encontrar un consuelo cierto para nuestras penas"  (Carta II).

"Un acto de humildad cuando somos vencidos hace mucho en el Corazón de Dios; la desesperación no puede venir cuando hay humildad, porque aquella es hija de la soberbia" (Carta II).

De la fe y adhesión a la Iglesia
 "Por muchos y grandes que sean los pecados de un hombre, si este conserva la fe, no es todavía díficil su conversión a Dios" (4a. Carta Pastoral a los fieles de Pasto).

"Nadie debe creerse tan firme en la fe, que nada tenga que temer del trato con los que no la tienen" (4a. Carta Pastoral a los fieles de Pasto).

De la devoción a María
¡Bendita sea la Madre de las misericordias; bendita la Virgen de nuestros encantos!... Llamadla siempre bendita y no temáis que la impiedad llegue a reinar entre vosotros" (Sermón 25).

"Nadie glorificó a Jesucristo como su Santísima Madre; y no me refiero precisamente a la gloria que le dio con  su santidad admirable, sino a la que le dio en presencia de los hombres, aun en las horas de las grandes y terribles pruebas... Es, pues, María Santísima ejemplar acabado de lo que se recomienda a todo cristiano" (Sermón 98).

jueves, 18 de agosto de 2016

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Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Antonio Machado
España 1875-1939

miércoles, 17 de agosto de 2016

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Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...

¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero,
a lo largo del sendero...
—La tarde cayendo está—.

En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día;
ya no siento el corazón.

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;
y el camino se serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:
Aguda espina dorada,
quién te volviera a sentir
en el corazón clavada.
Antonio Machado
 España 1875-1939