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viernes, 17 de noviembre de 2017

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Queridos hermanos y hermanas:

        Os recibo al final de la conferencia internacional titulada “Refugiados y migrantes en un mundo globalizado: responsabilidad y respuestas de las universidades”, organizada por la Federación Internacional de Universidades Católicas. Agradezco al Presidente las palabras con que ha presentado nuestro encuentro.

        Desde hace poco menos de un siglo este organismo, con el lema ” Sciat ut Serviat “, tiene como objetivo promover la educación católica de nivel superior, sirviéndose de la gran riqueza que proviene del encuentro de tantas diferentes realidades universitarias. Un aspecto esencial de esta formación apunta a la responsabilidad social, para la construcción de un mundo más justo y más humano. Por eso, os sentís interpelados por la realidad global y compleja de las migraciones contemporáneas y habéis llevado a cabo una reflexión científica, teológica y pedagógica bien arraigada en la doctrina social de la Iglesia, tratando de superar los prejuicios y temores vinculados a un escaso conocimiento del fenómeno de la migración. Os felicito, y me permito señalar la necesidad de vuestra contribución en tres ámbitos que os competen: investigación, enseñanza y promoción social.

        En lo que se refiere al primer ámbito , las universidades católicas siempre han buscado armonizar la investigación científica con la teológica, haciendo que dialoguen la razón y la fe. Considero oportuno ampliar los estudios para abordar las causas remotas de la migración forzada, con el objetivo de encontrar soluciones prácticas, aunque a largo plazo, porque primero se debe asegurar a las personas el derecho a no ser obligadas a emigrar. Es igualmente importante reflexionar sobre las reacciones negativas, por principio, a veces discriminatorias y xenófoba , que la acogida de los migrantes está suscitando en los países de antigua tradición cristiana para proponer itinerarios de formación de las conciencias. Además, ciertamente merecen un mayor aprecio las numerosas contribuciones de los migrantes y refugiados a las sociedades que los acogen, así como los que benefician a sus comunidades de origen. Con el fin de dar “razones” sobre la atención pastoral de migrantes y refugiados, os invito a profundizar la reflexión teológica sobre las migraciones como signo de los tiempos. “La Iglesia ha contemplado siempre en los emigrantes la imagen de Cristo que dijo: “era forastero, y me hospedasteis” (Mt 25,35). Para ella sus vicisitudes son interpelación a la fe y al amor de los creyentes, llamados, de este modo, a sanar los males que surgen de las migraciones y a descubrir el designio que Dios realiza a través suyo, incluso si nacen de injusticias evidentes. “(Pontificio Consejo para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes, Istr. Erga migrantes caritas Christi, 12).

        En lo que se refiere a la enseñanza es mi deseo que las universidades católicas adopten programas para promover la instrucción de los refugiados, en varios niveles, sea a través de la oferta de cursos a distancia para quienes viven en los campos y centros de acogida, como a través de la concesión de becas que permitan su reubicación. Aprovechando la espesa red académica internacional, las universidades también pueden facilitar el reconocimiento de los títulos y las profesiones de los migrantes y refugiados en beneficio de ellos y de las sociedades que los acogen. Para responder a los nuevos retos de la migración, es necesario dar una formación específica y profesional a los agentes de pastoral que se dedican a la atención de los migrantes y refugiados: esta es otra tarea urgente de las universidades católicas. De manera más general, me gustaría invitar a los ateneos católicos a educar a sus estudiantes, algunos de los cuales serán líderes políticos, empresarios y artífices de cultura, a una lectura cuidadosa del fenómeno migratorio, en una perspectiva de justicia, corresponsabilidad global y de comunión en la diversidad cultural.

        El ámbito de la promoción social ve en la universidad una institución que se hace cargo de la sociedad en la que actúa, ejerciendo ante todo el papel de conciencia crítica con respecto a las diversas formas de poder político, económico y cultural. Con respecto al complejo mundo de las migraciones, la Sección Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral ha sugerido “20 puntos de acción” como contribución al proceso que llevará a la adopción por parte de la comunidad internacional, de dos Pactos Mundiales, uno sobre los migrantes y otro sobre los refugiados, en la segunda mitad de 2018. En esta dimensión y en otras, las universidades pueden desempeñar también su papel de actores privilegiados en el campo social, como, por ejemplo, con los incentivos para el voluntariado estudiantil en los programas de asistencia a los refugiados, los solicitantes de asilo y los inmigrantes recién llegados.

        Todo el trabajo realizado en estos grandes ámbitos – la investigación, la enseñanza y el trabajo social – tiene su punto de referencia en las cuatro piedras angulares del camino de la Iglesia a través de la realidad de las migraciones contemporáneas: acoger, proteger, promover e integrar (cf. Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, 2018).

        Hoy celebramos la memoria de San Carlos Borromeo, un pastor ilustrado y apasionado que hizo de la humildad su lema. Su vida ejemplar inspire vuestra actividad intelectual y social y también la experiencia de fraternidad que hacéis en la Federación.

        ¡Que el Señor bendiga vuestro esfuerzo al servicio del mundo universitario y de los hermanos y hermanas migrantes y refugiados! Os aseguro un recuerdo en mis oraciones, y vosotros, por favor, no os olvidéis de rezar por mí.
Discurso del Papa Francisco.  Ciudad del Vaticano, 5 noviembre 2017.


 

jueves, 16 de noviembre de 2017

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Nosotros buscamos al Espíritu Santo, no solamente para vivir bien, sino también para santificarnos, para llegar a lo más alto de la vida espiritual. Ofrezcámonos al Espíritu Santo, hagamos una profunda consagración de nuestras vidas, para que él nos trasforme completamente. Expresemos este deseo con las palabras de Dom Vandeur:

"Espíritu Santo, amor unitivo del Padre y del Hijo,
fuego sagrado que Jesucristo nuestro Señor trajo a la tierra,
para quemarnos a todos en la llama del eterno amor.
Te adoro, te bendigo, y aspiro con toda el alma a darte gloria.
Con este fin, te hago esta ofrenda con todo mi ser,
cuerpo y alma, espíritu, corazón, voluntad,
fuerzas físicas y espirituales.

Me doy a ti y me entrego tan plenamente
como le sea posible a tu gracia,
a las acciones divinas y misericordiosas
de ese amor que eres tú, en la unidad del Padre y del Hijo.
Llama ardiente e infinita de la Santísima Trinidad,
deposita en mi alma la chispa de tu amor,
para que la llene hasta desbordar de ti mismo;
para que transformada por la acción de tu fuego en caridad viva,
pueda, con mi sacrificio, irradiar luz y calor
a todos los que se me acerquen.
Amén."

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LOS CINCO MINUTOS DE SAN AGUSTÍN DE HIPONA

Muchas cosas nos concedes cuando oramos; incluso aquella que hemos recibido antes de pedirlas en la oración son un don tuyo. También es don tuyo nuestro reconocimiento después de haberlas recibido.
P. José Luis Alonso Manzanedo, OAR.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

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Queridos hermanos y hermanas:

        Ayer, en Indora, la India, Rani Maria Vattalil, religiosa de la Congregación de las Hermanas Clarisas Franciscanas, muerta por su fe cristiana en 1995, fue beatificada. La hermana Vattalil ha dado testimonio de Cristo de amor y de dulzura, y se une a la larga línea de mártires de nuestro tiempo. Que su sacrificio sea semilla de fe y de paz, especialmente en la tierra india. Era muy buena. La llamaban la “hermana de la sonrisa”.

        Os saludo a todos, romanos y peregrinos, en particular a los que habéis venido de Gomel, Bielorusia, a los miembros del “Centro Académico Romano Fundación” de Madrid, a los fieles de Valencia, Murcia y Torrente (España) y a las religiosas Irmas da Divina Providencia, que festejan los 175 años de su Instituto.

        Saludo al coro de los jóvenes “I Minipolifonici” de Trento – ¡cantad un poco más después! – las corales de Canadiana, Maser y Bagnoli de Sopra; a los participantes del Festival de música de arte sacro, provenientes de diversos países; a los fieles de Altamura, de Guidonia y de la parroquia de san Luca de Roma.

        A todos os deseo un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de orar por mí. Buen apetito y hasta luego.  Palabras después del Ángelus.  Ciudad del Vaticano, 5 noviembre 2017.

martes, 14 de noviembre de 2017

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Aquellas vírgenes simbolizan a las almas. En realidad no eran sólo cinco, pues eran símbolo de millares de ellas. Además, ese número cinco comprende tanto varones como mujeres, pues ambos sexos están representados por una mujer, es decir, por la Iglesia. Y a ambos sexos, estos es, a la Iglesia, se la llama virgen: Os he desposado con un único varón para presentaron a Cristo cual virgen casta (2 Cor 11,2). Pocos poseen la virginidad de la carne, pero todos deben poseer la del corazón. La virginidad de la carne consiste en la pureza del cuerpo; la del corazón en la incorruptibilidad de la fe. A la Iglesia entera, pues, se la denomina virgen y, con nombre masculino, pueblo de Dios; uno y otro sexo es pueblo de Dios, un solo pueblo, el único pueblo; y una única Iglesia, una única paloma. Y en esta virginidad se incluyen muchos miles de santos. Luego las cinco vírgenes simbolizan a todas las almas que han de entrar en el reino de Dios.

Y no carece de motivo el que se haya elegido el número cinco, porque cinco son los sentidos del cuerpo conocidísimos de todos. Cinco son las puertas por las que las cosas entran al alma mediante el cuerpo: o por los ojos, o por el oído, o por el olfato, o por el gusto, o por el tacto; por uno de ellos entra cualquier cosa que apetezcas desordenadamente. Quien no admita corrupción alguna por ninguna de estas puertas ha de ser contado entre las vírgenes. Se da paso a la corrupción también por los deseos ilícitos. Qué sea lícito y qué ilícito, aparece en cada página de los libros de las Escrituras.
Es preciso, pues, que te encuentres dentro de aquellas cinco vírgenes. Entonces no temerás las palabras: «Que nadie entre». Así se dirá y se hará, pero una vez que hayas entrado tú. Nadie cerrará la puerta ante tus narices; mas cuando hayas entrado, se cerrarán las puertas de Jerusalén y se asegurarán sus cerrojos. Pero si tú quieres o bien no ser virgen, o bien virgen necia, quedarás fuera y en vano llamarás.

¿Quiénes son las vírgenes necias? También ellas son cinco. Son las almas que conservan la continencia de la carne, evitando toda corrupción, procedente de los sentidos, que acabo de mencionar. Evitan ciertamente la corrupción, venga de donde venga, pero no presentan el bien que hacen a los ojos de Dios en la propia conciencia, sino que intentan agradar con él a los hombres, siguiendo el parecer ajeno. Van a la caza de los favores del populacho y, por lo mismo, se hacen viles, cuando no les basta su conciencia y buscan ser estimadas por quienes las contemplan. Evidentemente no llevan el aceite consigo, aceite que es el hecho de gloriarse, en cuanto que procura brillo y esplendor. Pero ¿qué dice el Apóstol? Observa a las vírgenes prudentes que llevan consigo el aceite: Cada uno examine su obra, y entonces hallará el motivo de gloria en sí mismo, no en otro (Gál 6,4). Éstas son las vírgenes prudentes.

Las necias encienden ciertamente sus lámparas; parece que lucen sus obras, pero decaen en su llama y se apagan, porque no se alimentan con el aceite interior. Como el esposo se retrase, quedan dormidas todas, en cuanto que todos los hombres, de una y otra categoría, se duermen en el momento de la muerte. Al retrasarse la venida del Señor sobreviene, tanto a las necias como a las sabias, la muerte de la vida corporal y visible, a la que la Escritura llama sueño, como saben todos los cristianos. Hablando de ciertos enfermos, dice el Apóstol: Porque hay entre vosotros muchos débiles y enfermos y muchos duermen. Dice duermen, en lugar de «mueren».

Mas he aquí que el esposo ha de venir; todas se levantarán, pero no todas han de entrar. Faltarán las obras a las vírgenes necias, por no tener el aceite de la conciencia, y no encontrarán a quién comprar lo que solían venderles los aduladores. Las palabras: Id a comprarlo para vosotras las pronuncia una boca burlona, no un corazón envidioso. Las vírgenes necias se lo habían pedido a las prudentes, diciéndoles: Dadnos aceite, pues nuestras lámparas se apagan. Y qué les dijeron las vírgenes prudentes? Id más bien a quienes lo venden y compradlo para vosotras, no sea que no haya bastante para nosotras y vosotras. Era como decirles: ¿De qué os sirven ahora todos aquellos a quienes solíais comprar la adulación? Y mientras ellas fueron a comprarlo, entraron las prudentes y se cerró la puerta (Mt 25,1-13). Cuando se alejan con el corazón, cuando piensan en tales cosas, cuando dejan de mirar a la meta y volviéndose atrás recuerdan sus méritos pasados, es como si fueran a los vendedores; pero entonces ya no encuentran a los protectores, ya no encuentran a quienes las alababan entonces y las estimulaban a hacer el bien, no por la fortaleza de la buena conciencia, sino por el estímulo de la lengua ajena.
Comentario al salmo 147, 10-11

lunes, 13 de noviembre de 2017

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    La primera generación cristiana vivió convencida de que Jesús, el Señor resucitado, volvería muy pronto lleno de vida. No fue así. Poco a poco, los seguidores de Jesús se tuvieron que preparar para una larga espera.

       No es difícil imaginar las preguntas que se despertaron entre ellos. ¿Cómo mantener vivo el espíritu de los comienzos? ¿Cómo vivir despiertos mientras llega el Señor? ¿Cómo alimentar la fe sin dejar que se apague? Un relato de Jesús sobre lo sucedido en una boda les ayudaba a pensar la respuesta.

        Diez jóvenes, amigas de la novia, encienden sus antorchas y se preparan para recibir al esposo. Cuando, al caer el sol, llegue a tomar consigo a la esposa, los acompañarán a ambos en el cortejo que los llevará hasta la casa del esposo donde se celebrará el banquete nupcial.

         Hay un detalle que el narrador quiere destacar desde el comienzo. Entre las jóvenes hay cinco «sensatas» y previsoras que toman consigo aceite para impregnar sus antorchas a medida que se vaya consumiendo la llama. Las otras cinco son unas «necias» y descuidadas que se olvidan de tomar aceite con el riesgo de que se les apaguen las antorchas.

Pronto descubrirán su error. El esposo se retrasa y no llega hasta medianoche. Cuando se oye la llamada a recibirlo, las sensatas alimentan con su aceite la llama de sus antorchas y acompañan al esposo hasta entrar con él en la fiesta. Las necias no saben sino lamentarse: «Que se nos apagan las antorchas». Ocupadas en adquirir aceite, llegan al banquete cuando la puerta está cerrada. Demasiado tarde.

Muchos comentaristas tratan de buscar un significado secreto al símbolo del «aceite». ¿Está Jesús hablando del fervor espiritual, del amor, de la gracia bautismal…? Tal vez es más sencillo recordar su gran deseo: «Yo he venido a traer fuego a la tierra, y ¿qué he de querer sino que se encienda?». ¿Hay algo que pueda encender más nuestra fe que el contacto vivo con él?

       ¿No es una insensatez pretender conservar una fe gastada sin reavivarla con el fuego de Jesús? ¿No es una contradicción creernos cristianos sin conocer su proyecto ni sentirnos atraídos por su estilo de vida?

       Necesitamos urgentemente una calidad nueva en nuestra relación con él. Cuidar todo lo que nos ayude a centrar nuestra vida en su persona. No gastar energías en lo que nos distrae o desvía de su Evangelio. Encender cada domingo nuestra fe rumiando sus palabras y comulgando vitalmente con él. Nadie puede transformar nuestras comunidades como Jesús.
 José Antonio Pagola

ORACION DE ACCION DE GRACIA
Señor, ojalá que me pilles despierto cuando te presentes en mi vida...
-en la persona del amigo inoportuno que necesita ser escuchado ahora mismo,
       - en el momento de tomar una decisión en que tengo que optar entre mis intereses o el bien mayor que puedo hacer,
       - en la enfermedad que me limita y me hace perder las ganas de vivir,
       - en la rutina diaria de la familia y el trabajo, que es el modo ordinario que me ofreces para crecer en el amor y encontrarme contigo.
       Señor, tú eres el esposo que esperamos. Ojalá que vivamos siempre en esperanza, es decir, en actitud de espera activa, sin conformarnos con los pequeños placeres de este mundo que pasani dormirnos en una rutina inconsciente.
      Que el día que entremos en la fiesta del amor podamos gozar de ella
y comprender su lenguaje.
P.  Julián Montenegro Sáenz, OAR.






domingo, 12 de noviembre de 2017

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Estamos en una época del año que todo nos habla de final: el otoño, en el hemisferio norte, nos trae los primeros fríos; vemos de cara el fin de año; la liturgia apura los últimos domingos del tiempo ordinario, para empezar con el Adviento a preparar la Navidad. Además, la celebración de la fiesta de Todos los Santos y de la conmemoración de los fieles difuntos, nos hace pensar sobre el sentido de la propia vida. Si es así, la Palabra de Dios de hoy nos viene “como anillo al dedo”.

Hoy, de nuevo, otra parábola de Jesús. Cada una de las parábolas contiene un mensaje concreto y muy rico. En la mente de todos están, al menos, las más conocidas, las que hablan del perdón y de la misericordia, del servicio al más necesitado, de la siembra de la Palabra en nuestros corazones, de nuestra unión con Cristo, de la oveja perdida, etc…

Hoy Jesús nos presenta otro mensaje importante y transcendental: Que nuestra vida tiene un destino feliz y que debemos estar bien pertrechados para caminar hacia él. La parábola era muy bien entendida en aquellos tiempos, ya que describe los usos de las bodas judías. Lo habitual era que la boda se celebrara en casa del novio. Este acudía a la casa de la novia para recogerla y llevarla a la suya. El novio era recibido por  jóvenes doncellas que les acompañaban desde la casa de la novia a su futuro hogar. Y como este recorrido tenía lugar de noche, se preparaba un cortejo con lámparas de aceite. Estas jóvenes hacen posible el cortejo. 

Como el novio tardaba en llegar, todas se han dormido. Normal. Pero lo que no fue tan normal es que cinco de ellas, la mitad, no hubieran previsto tanto retraso y se les acabó el aceite de sus lámparas. No habían sido previsoras, sino descuidadas. Y se quedaron fuera del cortejo y del banquete de bodas.

¿Qué nos dice Jesús con esta parábola? Que la vida, que es un tiempo de espera y un camino, tiene un final feliz para el que hay que estar preparados. Más todavía, nos dice que mientras vivimos debemos mantener viva la esperanza de participar en el banquete del reino de Dios, es decir, cuando Él venga a nosotros para celebrar con gozo nuestro encuentro con Él. Este encuentro se produce aquí en la tierra, pero de manera definitiva en el reino de los cielos.

Todos tenemos el mismo destino: “estar siempre con el Señor” (segunda lectura) en el banquete que nos está preparando y que debemos ayudar a preparar. No necesitamos saber el día ni la hora. Dios no actúa según nuestro reloj. Nos basta saber que siempre llega, que siempre está.

Quizás la espera se nos puede hacer larga, y nos podemos dormir en más de una ocasión. Normal y muy humano que suceda así. Pero que siempre debemos tener encendida nuestra fe con el aceite del amor o la caridad. Despiertos o dormidos, somos del Señor y para el Señor. Él es el esposo que estamos esperando.

Otra cosa es la actitud de aquellos que un día recibieron la lámpara encendida de la fe y la dejaron apagar por falta de amor al Señor y los hermanos. Hay muchos que se olvidan de alimentar la fe con la oración, la eucaristía, la recepción de los sacramentos, la fuerza de la Palabra de Dios, etc. Permanecen dormidos y sin “aceite en sus lámparas”. Cuando venga o nos llame el Señor, no podrán entrar en el banquete de la vida.

En el rito del bautismo hay un momento en que se entrega una vela encendida a los padres y padrinos como símbolo de la fe o vida nueva que el Señor comunica a quien se bautiza. Al entregar la vela se les pide que deben procurar con todo empeño que nunca se apague la luz de la fe en quien acaba de nacer por el bautismo a la vida cristiana. 

La salvación, que en eso consiste el “banquete de bodas”, es cosa muy personal. Ciertamente es un don de Dios, pero también tarea de todos y cada uno, y depende de la preparación personal. Depende del hecho de que tengamos encendida la lámpara de la fe. Dice el Señor: En que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Es la fe la que salva, pero con la colaboración del creyente. Como dice san Agustín, Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Es tarea personal. 

Dios no quiere dejar a nadie fuera de su amor. Por eso nos ofrece una vida para siempre, que ha de pasar necesariamente por el trance de la muerte corporal, para no volver a morir nunca más, para alcanzar la vida eterna, la que nos consiguió Jesús con su muerte y su resurrección. Pero aquí y ahora tenemos la tarea de ir construyendo una vida de comunión con el Señor y con los hermanos, de no permitir que nuestras lámparas se apaguen y que dejemos de ser sal y luz para nuestro mundo.

P. Teodoro  Baztán Basterra, oar.

jueves, 9 de noviembre de 2017

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La libertad que nos da el Espíritu Santo nos permite aceptar que la felicidad se realice de maneras muy diversas. El Espíritu nos hace descubrir que no hay una sola manera de ser felices, sino muchas.
Nosotros nos apegamos a una forma de ser felices, porque creemos que es la única. Hemos imaginado que sólo se puede ser felices cuando no tenemos ningún problema, ninguna enfermedad, ningún desafío. Pero eso es un engaño más que nos ata y nos limita.

Es necesario entregarse al Espíritu Santo y aceptar que él nos regale la felicidad como sea. Porque un modo de felicidad no es la felicidad, es sólo un modo. Y el Espíritu Santo quiere hacerme conocer muchas maneras de felicidad.

Es feliz quien en medio de un problema es capaz de unirse a otro que tiene el mismo problema para encontrar juntos una salida. Es feliz quien tiene una enfermedad, y es capaz de descubrir el amor del Señor y descansar en su presencia en medio de esa enfermedad. Es feliz quien es capaz de postergar sus deseos y no pretende vivirlo todo ahora. Es feliz quien no pudo viajar a Europa, pero puede pasar una tarde soleada a la orilla de un pequeño arroyo.

Pidamos al Espíritu Santo que nos regale esa capacidad de adaptación que nos permite aceptar la forma de felicidad que es posible hoy, sin angustiamos por lo que ahora no es posible.

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Los Cinco Minutos de San Agustín de Hipona

Una vez por todas, una pequeña regla está hecha para ti. Ama y haz lo que quieras. Si estás en silencio, hazlo con amor. Si lloras, hazlo con amor. Si reprendez, hazlo con amor. Haz que la raíz del amor esté contigo. De tal raíz, sólo puede venir bondad.
P. José Luis Alonso Manzanedo, OAR.