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domingo, 24 de marzo de 2019

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En tiempo de Jesús, y a lo largo del Antiguo Testamento, era creencia común que las catástrofes y los
males que solían ocurrir a las personas eran consecuencia de sus pecados. “¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?”, preguntaron un día los discípulos a Jesús. “Ni éste pecó ni sus padres”, respondió Jesús (Juan 9, 2).

En el evangelio de hoy es el mismo Jesús quien, sin que se lo pregunten, afirma  que la muerte de unos galileos y de quienes murieron aplastados por una torre, no murieron por sus pecados. Los que quedaron con vida no eran mejores que los muertos. Refuta así la falsa lógica de la retribución. El pecado, cuando es mortal, causa la muerte espiritual, no la corporal. Por eso Jesús aprovecha la ocasión para hacer una llamada a la conversión. 

Cada cual es responsable de sus actos, sean buenos o malos. Somos libres hasta para pecar. Si no hubiera libertad o responsabilidad personal no se produciría el pecado. Es verdad que las circunstancias en que uno vive o actúa pueden influir, a veces poderosamente, en lo que hace u omite. (Y es verdad también que la libertad puede quedar totalmente anulada y entonces se actúa por puro automatismo. En estos casos no existiría el pecado).

Aunque haya muchos factores externos que puedan influir en las decisiones personales, queda siempre a salvo el libre albedrío o el ejercicio de la libertad personal. Y si poderosa es la influencia malsana que se recibe en más de una ocasión, mucho más poderosa es la gracia de Dios que opera en nosotros. De ahí la necesidad de acudir a la fuerza del Espíritu para no caer y de utilizar todos los medios posibles a nuestro alcance para que la gracia opere en nosotros.

Jesús insiste una vez más en la necesidad de la conversión. La conversión viene a ser un proceso continuo de acercamiento a Dios. Nos distanciamos con relativa facilidad, caemos en el pecado y tendríamos que decir como el hijo de la parábola: “Volveré e iré a mi Padre”. Conversión es estar siempre de vuelta al Padre y, en palabras de san Agustín, vivir de cara a él, nunca de espaldas. 

La conversión es un camino que exige constancia y una decisión  renovada de seguir a Cristo siempre y en todo. Es costoso y difícil el caminar en pos de él, pero es un andar seguro y, en definitiva, lleno de gozo. En esto consiste básicamente la conversión que hoy nos pide el Señor.

Dios, además de compasivo y misericordioso, es paciente y espera siempre. Lo viene a decir Jesús con la parábola de la higuera plantada en la viña. Tres años sin dar fruto. Hay que arrancarla, dice el amo de la viña, por pura lógica. Sería lo más normal y natural. Pero el campesino intercede para que espere un año más y el amo cede. Pero el mismo Jesús rompe este esquema para dar lugar a la espera paciente, como expresión de su amor si límite. 

Somos la higuera plantada en la viña de su pueblo. Se nos invita a reconocer con humildad nuestra poquedad, pero la también la fuerza de la gracia que hay en nosotros. Estamos llamados a dar fruto abundante siendo tierra buena y fecundada por la gracia. Sin nuestro esfuerzo y trabajo personal, nada será posible. 

La gracia opera en seres libres, capaces de tomar decisiones audaces, hundiendo nuestra raíz en el mismo Jesús, de quien nos viene todo bien. Y la savia del Espíritu recorrerá todo nuestro ser, dando vida y frutos de verdad.

Hemos de pasar de ser jueces de los demás a mirarnos muy dentro de nosotros mismos para encontrar la verdad. Es la invitación de san Agustín.
P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.


sábado, 23 de marzo de 2019

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    Juan Ciudad Duarte, el futuro San Juan de Dios, había nacido en el seno de una familia modesta y quedó huérfano muy joven. En 1517, cuando tenía veintidós años, entró en la milicia y participó en varias batallas con Carlos V. La experiencia fue un tanto desastrosa, pues por una grave negligencia estuvo condenado a la horca y se salvó de puro milagro. Participó también en la defensa de Viena contra los turcos. Después de diversas peripecias, retomó su oficio de pastor y leñador, luego fue albañil y finalmente librero, profesión que empezó a ejercer en Granada, en un puesto en la calle Elvira.

        El 20 de enero de 1539 escuchó la predicación de San Juan de Ávila en el Campo de los Mártires, cerca de la Alhambra. Su corazón quedó muy tocado. Aquellas palabras "se le fijaron en las entrañas". Se llenó de deseos de cambiar de vida, de enmendar la trayectoria que hasta entonces había llevado. Su conversión fue tan rotunda que repartió todas sus propiedades entre los pobres y se dispuso a llevar una vida de total austeridad. Lo tomaron por loco. Cuando quiso darse cuenta, le habían ingresado en el Hospital Real de Granada, en un ala destinada a los enfermos mentales. Allí siente en sus propias carnes el duro tratamiento que se da a estos enfermos y se rebela al verlos sufrir de aquella manera.

        De su experiencia en aquel manicomio surge la dedicación de Juan hacia quienes desde entonces serán para él sus hermanos: "Que Jesucristo me traiga a tiempo y me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda recoger a los pobres desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo". En 1540 alquila una casa vieja en Granada para recibir a cualquier enfermo, mendigo, loco, anciano, huérfano o desamparado. Durante todo el día atiende a cada uno con el más exquisito cariño, haciendo de enfermero, cocinero, padre, amigo y hermano de todos. Por la noche, va por las calles pidiendo limosnas para sus pobres.

        Al principio sabía poco de medicina, pero tenía gran éxito atendiendo enfermos mentales. Comprobó que necesitaban cariño y atención como requisito previo para poder curarse. Había que curar primero el alma para obtener luego la curación del cuerpo. Más tarde, reunió un grupo de compañeros y fundó con ellos una congregación. En enero de 1550, tratando de salvar a un joven que se estaba ahogando en el río Genil, enfermó gravemente y murió. El que había sido considerado un loco fue acompañado al cementerio por el obispo, las autoridades civiles y todo el pueblo de Granada, como un santo. Enseguida, muchos milagros se atribuyeron a su intercesión. Pronto fue canonizado, y su congregación, los Hospitalarios de San Juan de Dios, atiende hoy más de doscientos hospitales en los cinco continentes.

        —¿Crees entonces que los santos tardan siempre en ser comprendidos?

        Solo el transcurso del tiempo ilumina con auténtica luz la vida de las personas. A lo largo de la historia, han sido muchas las aventuras de santidad que han sido consideradas por la gente de su tiempo como locuras, iluminaciones, comeduras de coco o ingenuidades agudas. Muchos santos han pasado inadvertidos a su época y han sido descubiertos mucho tiempo después. A los ojos del siglo XIII, San Francisco de Asís fue un exaltado. Y los compañeros de siglo de Santa Teresa de Ávila veían en ella una monja inquieta y un poco loca. También de San Juan Bosco se dijo que estaba loco, y en 1845 la murmuración llegó a tal punto que dos teólogos amigos suyos, Vincenzo Ponzati y Luigi Nasi, estaban tan convencidos de que estaba trastornado que, llevados por la caridad hacia él, intentaron encerrarle en un manicomio. En aquella ocasión, el intento tuvo visos un tanto cómicos: "Me di cuenta entonces de su juego -escribiría Don Bosco tiempo después- y, sin darme por enterado, les acompañé hasta el carruaje. Insistí en que entraran ellos primero a tomar asiento. Y cuando lo hicieron, cerré de golpe la portezuela y grité al cochero: "¡De prisa! ¡Al galope! ¡Al manicomio, donde esperan a estos dos curas!"."

        —Afortunadamente, en nuestra época ya no te toman por loco ni te encierran por querer entregarte a Dios.

        Ya no es muy habitual, gracias a Dios, pero tampoco ha dejado de suceder del todo. En estas últimas décadas, por ejemplo, ha habido bastantes casos de chicos o chicas jóvenes que han sido sometidos a atropellos semejantes por parte de sus familiares. Basta con considerar "sectas" a las instituciones de la Iglesia a las que esos jóvenes desean incorporarse, y asegurar después que esos chicos o chicas, en realidad, no obran libremente, sino que sus deseos se deben a depuradas "técnicas de manipulación mental" por parte de la "secta", para concluir que, por tanto, deben ser sometidos a "procesos de desprogramación" -contra la voluntad del "adepto", por supuesto-, a cargo del correspondiente equipo de "expertos antisectas", que someten al "pobre iluminado" a técnicas de laminación psicológica de las que sí podría decirse, sin lugar a dudas, que son realmente de manipulación mental.

        —Pero las sectas existen realmente y son un peligro.

        Es cierto que existen, y algunas son realmente muy destructivas, y es preciso actuar contra ellas de forma honesta, legal y contundente. Pero no han faltado quienes han querido, con este motivo, confundir las cosas y considerar sectas a las instituciones católicas que les resultan antipáticas o que no coinciden con su modo de pensar.

        Tanto el argumento como el modo de trabajar es bastante antiguo. Ante fenómenos incomprensibles para la mentalidad de la época, con frecuencia se ha recurrido a poderes ocultos como explicación, y a la violencia para combatirlos. En la Edad Media, y hasta hace menos tiempo de lo que parece, se hablaba de encantamientos, hechizos y brujerías. Bien entrado el siglo XX, en los años sesenta y setenta, se empieza a utilizar la expresión "lavado de cerebro", acuñada por el periodista británico Edward Hunter para referirse al tratamiento recibido por los prisioneros norteamericanos de la guerra de Corea. En los años ochenta, con el auge de la era de la informática, se pasó a hablar de fenómenos de "programación" de jóvenes que, a su vez, debían contrarrestarse con "técnicas de desprogramación". Tras una serie de duros reveses, tanto en los resultados personales como en el intento de sustentar científicamente esas teorías, se empezaron a usar terminologías menos comprometidas, como "técnicas de control mental" u otras semejantes. Su apoyo científico ha sido siempre bastante precario. Cuando, en 1987, la American Psychological Association (APA) se interesó por el tema y estudió el informe de un equipo dirigido por la principal defensora del empleo de esas técnicas, Margaret Singer, su dictamen no pudo ser más contundente, por la falta de rigor científico y de aparato crítico en todas esas técnicas y teorías.

        —De todas formas, parece que todo esto ha ido bastante a menos últimamente.

        Cada vez sucede menos, afortunadamente, porque la justicia ha puesto al descubierto que las auténticas manipulaciones mentales eran las que empleaban esos sujetos.

        Hoy día, es verdad, pocos llegan a extremos tan penosos, pero lo que siempre permanece es el peso del "qué dirán" a la hora de entregarse a Dios. Para muchos, es una locura frente al modo en que ellos se plantean la vida. Y su actitud es a veces tan cerrada, que hacen muy difícil seguir el propio camino sin tener que pasar por situaciones verdaderamente desagradables.

        Pero, en fin, si San Juan de Dios hubiera querido ser siempre complaciente con el ambiente que le rodeaba, no habría llegado a ser santo ni habría sido posible el gran servicio a los enfermos que su impulso personal ha producido a lo largo de los siglos. Y lo mismo puede decirse de San Juan Bosco, o de toda una multitud de santos, conocidos o desconocidos, a la largo de la historia.

        —Pero nuestra época presume de ser enormemente respetuosa y tolerante con cualquier modo de vida que cada uno quiera seguir.

        Es cierto, y por eso hemos mejorado un poco en libertad en este punto, pero hay ocasiones en que los hechos demuestran que esa tolerancia es aún solo aparente, pues queda limitada a lo que el ambiente general aprueba.

        C. S. Lewis, en sus "Cartas del diablo a su sobrino", habla sobre este fenómeno, que atribuye a un sólido triunfo del diablo, hábilmente aliado con la estupidez humana. Una persona puede sentirse atraída por un determinado tipo de vida, y desear entregarse a Dios en servicio a los demás, pero el tentador siempre se las ingenia para "sustituir los gustos y las aversiones auténticas de un humano por los patrones mundanos, o la convención, o la moda. Yo llevaría esto muy lejos -aconseja el diablo veterano-, porque el hombre que verdadera y desinteresadamente disfruta de algo, sin importarle lo que digan los demás, está protegido, por eso mismo, contra algunos de nuestros métodos infernales de ataque más sutiles. Debes tratar de hacer siempre que abandone la gente, la ropa o los libros que le gustan de verdad, y que los sustituya por la gente "popular", la ropa que "se lleva" o los libros que "se leen"."

        Hasta de las actitudes más penosas puede llegar a hacerse una moda. Es cuestión de ridiculizar, con un poco de ingenio, la actitud contraria. Si un hombre deja, simplemente, que los demás paguen por él, es un tacaño; pero, si bromea con ello, puede tener la habilidad de pasar por un tipo gracioso. La mera cobardía es vergonzosa; pero una cobardía de la que se presume con exageraciones puede hacernos pasar por un antihéroe práctico y divertido. Hay detalles de egoísmo que pueden hacerse no solo sin la desaprobación de la gente, sino incluso con su admiración, simplemente ridiculizando los correspondientes actos de generosidad, logrando que lo egoísta sea "lo inteligente", "lo que se lleve". La entrega a Dios es un acto de generosidad personal que debería ser valorado muy positivamente, salvo que, con un poco de habilidad, se logre dar la vuelta al planteamiento y se presente como una opción ingenua, ridícula o sospechosa.

        —Pues, para una persona que ha entregado su vida en servicio de Dios y de los demás, percibir esa actitud debe ser bastante ingrato.

        Lo es, aunque, afortunadamente, esa entrega no está basada en el aplauso o el agradecimiento de la gente. Al final, lo que cuenta es la valentía para oponerse al ímpetu de los tópicos de moda, que a veces son notablemente agresivos. Muchos critican simplemente porque los demás critican, y de la misma manera que los demás critican, sin molestarse apenas en conocer las cosas más de cerca. Pero, si cedemos a los dictados de "lo que se debe pensar", para así merecer la aprobación del ambiente general, entonces no podremos evitar que muchas veces la verdad o la justicia sean pisoteadas por culpa de nuestro miedo a la prepotencia de la mentalidad dominante.

        —¿Piensas, entonces, que la mayoría de las veces la gente no valora lo que supone la entrega a Dios y les parece el desperdicio de una vida?

        Pienso que la mayoría de la gente respeta y valora mucho la entrega de una persona a cualquier ideal. Pero eso no quita que haya algunos que lo vean como malograr o desaprovechar una vida. Les parece lógico que una persona guapa e inteligente entregue la vida a otra en el matrimonio, o a un proyecto profesional, o a la práctica de un deporte, pero les parece una lástima que se entregue a Dios y a los demás.

        Ha pasado siempre. Por ejemplo, San Alfonso María de Ligorio era un abogado napolitano brillantísimo, hijo del Marqués de Ligorio y con un porvenir muy prometedor. Tenía dos doctorados, dominaba varios idiomas, sabía música y era un enamorado de las artes. Se le daba muy bien la vida de relación política y como abogado obtenía resonantes éxitos, pues durante ocho años nunca perdió ningún caso.

        En el año 1723 participó en un pleito famoso entre el Doctor Orsini y el Duque de Toscana. Alfonso María defendía al Doctor Orsini y su exposición fue brillante, contundente y sumamente aplaudida. Creía haber obtenido el triunfo para su defendido. Pero, apenas terminada su intervención, se le acerca el defensor de la parte contraria, le entrega un papel y le dice: "Todo lo que nos ha dicho con tanta elocuencia cae por su base con este documento". Alfonso María lo lee, se dirige al tribunal y exclama: "Señores, me he equivocado".

        A partir de ahí comienza una fuerte crisis interior. Comprende que, como en aquella ocasión, muchas veces se emplea el propio talento en causas equivocadas, y piensa que Dios le envía esa humillación para quebrar su orgullo y buscar un sentido más alto a su vida. Dedica tiempo a visitar enfermos, y un día en un hospital de incurables ve con claridad que su camino es dedicar la vida a servir a los demás. Tuvo que sostener una fuerte lucha con su padre, que cifraba en él toda la esperanza del futuro de su familia. "Alfonso mío -le decía llorando-, ¿cómo vas a dejar tu familia?".

        Finalmente, en 1726, a los treinta años, se ordena sacerdote y, desde entonces, se dedica a las gentes de los barrios más pobres de Nápoles y de otras ciudades. Reúne a los niños y a la gente humilde y les enseña catecismo al aire libre. Su padre, que gozaba oyendo sus discursos de abogado, ahora no quiere ir a escuchar sus sencillos sermones de sacerdote. Pero un día entra por curiosidad a escuchar una de sus pláticas y queda emocionado: "Este hijo mío me ha hecho conocer a Dios".

        Con el tiempo, en 1752, funda la Congregación del Santísimo Redentor, más conocida como los Padres Redentoristas, que se dedican a recorrer pueblos y ciudades predicando el Evangelio. Al morir, en 1787, deja escritos más de cien libros, que se han traducido a todas las lenguas, y hoy es considerado como uno de los grandes santos, Doctor de la Iglesia, y su congregación está extendida por todo el mundo.

        No fue una vida desperdiciada, como pareció inicialmente a su familia y a casi todos sus contemporáneos. Lo habría sido si no hubiera escuchado los requerimientos de Dios.

viernes, 22 de marzo de 2019

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         Nuestros pueblos y ciudades ofrecen hoy un clima poco propicio a quien quiera buscar un poco de silencio y paz para encontrarse consigo mismo y con Dios. Es difícil liberarse del ruido permanente y del asedio constante de todo tipo de llamadas y mensajes. Por otra parte, las preocupaciones, problemas y prisas de cada día nos llevan de una parte a otra, sin apenas permitirnos ser dueños de nosotros mismos.

         Ni siquiera en el propio hogar, escenario de múltiples tensiones e invadido por la televisión, es fácil encontrar el sosiego y recogimiento indispensables para descansar gozosamente ante Dios.

        Pues bien, paradójicamente, en estos momentos en que necesitamos más que nunca lugares de silencio, recogimiento y oración, los creyentes hemos abandonado nuestras iglesias y templos, y sólo acudimos a ellos en las Eucaristías del domingo.

        Se nos ha olvidado lo que es detenernos, interrumpir por unos minutos nuestras prisas, liberarnos por unos momentos de nuestras tensiones y dejarnos penetrar por el silencio y la calma de un recinto sagrado. Muchos hombres y mujeres se sorprenderían al descubrir que, con frecuencia, basta pararse y estar en silencio un cierto tiempo, para aquietar el espíritu y recuperar la lucidez y la paz.

       Cuánto necesitamos los hombres y mujeres de hoy ese silencio que nos ayude a entrar en contacto con nosotros mismos para recuperar nuestra libertad y rescatar de nuevo toda nuestra energía interior.

        Acostumbrados al ruido y a las palabras, no sospechamos el bienestar del silencio y la soledad. Ávidos de noticias, imágenes e impresiones, se nos ha olvidado que sólo alimenta y enriquece de verdad a la persona aquello que es capaz de escuchar en lo más hondo de su ser.

       Sin ese silencio interior, no se puede escuchar a Dios, reconocer su presencia en nuestra vida y crecer desde dentro como hombres y como creyentes. Según Jesús, el hombre «saca el bien de la bondad que atesora en su corazón». El bien no brota de nosotros espontáneamente. Lo hemos de cultivar y hacer crecer en el fondo del corazón. Muchas personas comenzarían a transformar su vida si acertaran a detenerse para escuchar todo lo bueno que Dios suscita en el silencio de su alma.

José Antonio Pagola


jueves, 21 de marzo de 2019

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Sabemos que en toda la Escritura la palabra espíritu habla de dinamismo. Y si el Espíritu Santo tiene ese nombre es porque él derrama vida en movimiento, impulsa hacia adelante, no nos deja estancados o inmóviles. Él sopla, mueve, arrastra, libera de todo acomodamiento y de toda inmovilidad. Por eso mismo también en el Nuevo Testamento se lo asocia con el simbolismo del viento: Se dice que así como el viento sopla donde quiere, así es el que nace del Espíritu (Juan 3,8). Cristo resucitado sopla cuando derrama el Espíritu en los discípulos (Juan 20,22) y los impulsa hacia una misión. Por eso no es casual que se asocie el derramamiento del Espíritu en Pentecostés, sacándolos del encierro, con una ráfaga de viento impetuoso (Hechos 2,2).

El mismo impulso del Espíritu Santo nos lleva a buscar siempre más. En su carta sobre el tercer Milenio, el Papa atribuye particularmente al Espíritu la construcción del Reino de Dios "en el curso de la historia", preparando su "plena manifestación" y "haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la salvación definitiva" (TMA 45b).

Por eso no sólo esperamos llegar al cielo, sino que deseamos vivir en esta vida algo del cielo.

No podemos ignorar que el Nuevo Testamento no habla sólo del Reino que ya llegó con Cristo, o del Reino celestial que vendrá en la Parusía, sino también del Reino que va creciendo (Marcos 4,26-28; Mateo 13,31-33; Efesios 2,22; 4,15-16; Colosenses 2,19). Y si va creciendo, esperamos que el Espíritu Santo nos ayude para ir a crear un mundo cada vez mejor.

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Los Cinco Minutos de San Agustín de Hipona

Nuestra vida, mientras dura esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones; porque nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones.
P. Jose Luis Alonso Manzanedo, OAR

miércoles, 20 de marzo de 2019

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   Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

        Parece que el invierno se esté yendo y por eso hemos vuelto a la Plaza. ¡Bienvenidos a la Plaza!

        En nuestro itinerario de redescubrimiento de la oración del “Padre Nuestro”, hoy profundizaremos la primera de sus siete peticiones, es decir, “santificado sea tu nombre”.

        Las invocaciones del “Padre Nuestro” son siete, fácilmente divisibles en dos subgrupos. Las tres primeras tienen el “Tú” de Dios Padre en el centro; las otras cuatro tienen en el centro el “nosotros” y nuestras necesidades humanas. En la primera parte, Jesús nos hace entrar en sus deseos, todos dirigidos al Padre: “Santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad”; en la segunda es Él quien entra en nosotros y se hace intérprete de nuestras necesidades: el pan de cada día, el perdón de los pecados, la ayuda en la tentación y la liberación del mal.

        Aquí está la matriz de toda oración cristiana, -diría de toda oración humana- que está siempre hecha, por un lado, de la contemplación de Dios, de su misterio, de su belleza y bondad, y, por el otro, de sincera y valiente petición de lo que necesitamos para vivir, y vivir bien. Así, en su simplicidad y en su esencialidad, el “Padre Nuestro” educa a quienes le ruegan a no multiplicar palabras vanas, porque, como dice el mismo Jesús, “vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo” (Mt, 6, 8).

        Cuando hablamos con Dios, no lo hacemos para revelarle lo que tenemos en nuestros corazones: ¡Él lo sabe mucho mejor! Si Dios es un misterio para nosotros, nosotros, en cambio, no somos un enigma para sus ojos (cf. Sal 139: 1-4). Dios es como esas madres a las que les basta una mirada para entenderlo todo de sus hijos: si están contentos o están tristes, si son sinceros u ocultan algo …

        El primer paso en la oración cristiana es, por lo tanto, la entrega de nosotros mismos a Dios, a su providencia. Es como decir: “Señor, tú lo sabes todo, ni siquiera hace falta que te cuente mi dolor, solo te pido que te quedes aquí a mi lado: eres Tú mi esperanza”. Es interesante notar que Jesús, en el Sermón de la Montaña, inmediatamente después de transmitir el texto del “Padre Nuestro”, nos exhorta a no preocuparnos y no afanarnos por las cosas. Parece una contradicción: primero nos enseña a pedir el pan de cada día y luego nos dice: «No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis” (Mt 6,31). Pero la contradicción es solo aparente: las peticiones de los cristianos expresan confianza en el Padre. Y es precisamente esta confianza la que nos hace pedir lo que necesitamos sin afán ni agitación.

        Por eso rezamos diciendo: “¡Santificado sea tu nombre!”. En esta petición – la primera, ¡Santificado sea tu nombre! – se siente toda la admiración de Jesús por la belleza y la grandeza del Padre, y el deseo de que todos lo reconozcan y lo amen por lo que realmente es. Y al mismo tiempo, está la súplica de que su nombre sea santificado en nosotros, en nuestra familia, en nuestra comunidad, en el mundo entero. Es Dios quien nos santifica, quien nos transforma con su amor, pero al mismo tiempo también somos nosotros quienes, a través de nuestro testimonio, manifestamos la santidad de Dios en el mundo, haciendo presente su nombre. Dios es santo, pero si nosotros, si nuestra vida no es santa, hay una gran incoherencia. La santidad de Dios debe reflejarse en nuestras acciones, en nuestra vida. “Yo soy cristiano, Dios es santo, pero yo hago tantas cosas malas”; no, esto no vale. Esto también hace daño, esto escandaliza y no ayuda.

        La santidad de Dios es una fuerza en expansión, y nosotros le suplicamos para que rompa rápidamente las barreras de nuestro mundo. Cuando Jesús comienza a predicar, el primero en pagar las consecuencias es precisamente el mal que aflige al mundo. Los espíritus malignos imprecan: “¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: ¡el Santo de Dios!”(Mc 1, 24). Nunca se había visto una santidad semejante: no preocupada por ella misma, sino volcada hacia el exterior. Una santidad – la de Jesús- que se expande en círculos concéntricos, como cuando arrojamos una piedra a un estanque. El mal tiene los días contados, el mal no es eterno, el mal ya no puede hacernos daño: ha llegado el hombre fuerte que toma posesión de su casa (cf. Mc 3, 23-27). Y este hombre fuerte es Jesús, que nos da a nosotros también la fuerza para tomar posesión de nuestra casa interior.

        La oración ahuyenta todo miedo. El Padre nos ama, el Hijo levanta sus brazos al lado de los nuestros, el Espíritu obra en secreto por la redención del mundo. ¿Y nosotros? Nosotros no vacilamos en la incertidumbre, sino que tenemos una certeza: Dios me ama; Jesús ha dado la vida por mí. El Espíritu está dentro de mí. Y esta es la gran cosa cierta. ¿Y el mal? Tiene miedo. Y esto es hermoso.
Ciudad del Vaticano,  Audiencia general del 27 de febrero de 2019

martes, 19 de marzo de 2019

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Cuando murió José, quedó la casa
oliendo a padre. No vacía. Más llena,
empapada de él, casi caliente.

Quedaba su silencio en las maderas, y su sombra
seguía siendo lo que siempre fue: un ave pura
que nunca deja estelas en el aire
sino en el corazón de quien la mira.

Recordaba su voz y aquel cansancio,
aquel modo de amor que no se atreve
ni a llamarse así, aquel ser y no ser, aquellos ojos
con los que le miró cuando se iba.

Y se sentía huérfano, Él, que apenas fue hijo.
Y casi sintió pena de sí mismo,
de aquel huérfano-Dios, que se quedaba
desvalido, a la vez que feliz y tembloroso
al recordar la mano que, muerta ya,
le amaba aún entre las suyas.

P. José Luis Martín Descalzo

lunes, 18 de marzo de 2019

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Escuchen qué cosa y cosa
tan maravillosa, aquesta:
un padre que no ha engendrado
a un Hijo, a quien otro engendra.

Un hombre que da alimentos
al mismo que lo alimenta;
cría al que lo crió, y al mismo
sustenta que lo sustenta.

Manda a su propio Señor
y a su Hijo Dios respeta;
tiene por ama a una esclava,
y por esposa a una reina.

Celos tuvo y confianza,
seguridad y sospechas,
riesgos y seguridades,
necesidad y riquezas.

Tuvo, en fin, todas las cosas
que pueden pensarse buenas;
y es de María esposo y,
de Dios, padre en la tierra.
Amén.

Lope de Vega