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jueves, 28 de enero de 2021

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Uno de los aspectos más fuertes de nuestra existencia es el deseo de vivir intensamente. Eso es lo que lleva a muchos jóvenes a tomar un auto y llevarlo a toda velocidad, o a buscar drogas excitantes, o a desbocarse en relaciones sexuales cada vez más desenfrenadas, etc.

Es mejor que no nos engañemos con esas falsas fuentes de vida. Cultivemos lo más grande y noble que tenemos, la vida interior. Si no lo hacemos, buscaremos cada vez más esas falsas experiencias que nos engañan, y cada vez nos sentiremos más muertos por dentro.

Algunos viven confundidos, creyendo que entregarse al Espíritu Santo es peligroso, como si él pudiera quitarles el entusiasmo por vivir. Nada más contrario a la realidad. Porque el Espíritu Santo es vida, vida pura, vida plena, vida divinamente intensa, vida total. Y si algo en este mundo tiene vida, es porque allí está el Espíritu Santo derramando una gota de su vida infinita. Leamos cómo lo dice la Biblia: "El Espíritu es el que da la vida" (Juan 6,63). "La letra mata, pero el Espíritu da vida" (2 Corintios 3,6).

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Los Cinco Minutos de San Agustín de Hipona

Eres grande, Señor, y muy digno de alabanza; eres grande y poderoso, tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, parte de tu creación, desea alabarte; el arrastra consigo su condición mortal, la convicción de su pecado y la convicción de que tú resistes a los soberbios. Y, con todo, el hombre, parte de tu creación, desea alabarte. De ti proviene esta atracción a tu alabanza, porque nos has hecho para ti, y nuestro corazón no halla sosiego hasta que descansa en ti. 

miércoles, 27 de enero de 2021

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Jn 1, 35-42: ¡Qué día tan feliz pasan y qué noche tan deliciosa!

Estaba Juan y dos de sus discípulos. He aquí dos discípulos de Juan. Como Juan era así amigo del Esposo, no buscaba su gloria, sino que daba testimonio de la verdad. ¿Intentó, por ventura, retener con él a sus discípulos para que no fueran en pos del Señor? Más bien muestra él a sus discípulos a quién debían seguir. Los discípulos le tenían a él por el Cordero, y les dice: ¿Qué es lo que de mí pensáis? Yo no soy el Cordero. Mirad: Ese es el Cordero de Dios, del cual ya había dicho antes: He aquí el Cordero de Dios. Pero ¿qué bien nos trae el Cordero de Dios? He ahí, dice, el que borra el pecado del mundo. Oído esto, van tras de Él los dos que estaban en compañía de Juan.

Veamos lo que sucede cuando dice Juan: He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, van en pos de Jesús. Se vuelve Jesús, ve que le siguen y les dice: ¿Qué buscáis? Responden ellos: Rabí (que significa Maestro), ¿dónde moras? Ellos no le siguen todavía como para quedarse con Él. Ellos se quedaron con Él, como es evidente, cuando les llamó de la barca. Andrés era uno de estos dos, como lo acabáis de oír, y hermano de Pedro. Y sabemos por el Evangelio que el Señor llamó a Pedro y Andrés de la barca con estas palabras: Venid en pos de mí y yo haré que lleguéis a ser pescadores de hombres. Desde ese momento se unieron ya con El para no separarse jamás. Ahora, pues, le siguen estos dos, no como para no separarse ya de Él, sino porque quieren ver dónde mora y cumplir lo que está escrito: El dintel de sus puertas desgasten tus pies. Levántate para venir a él siempre e instrúyete en sus preceptos. El les muestra dónde mora y se estuvieron con Él. ¡Qué día tan feliz pasan y qué noche tan deliciosa! ¿Hay quien sea capaz de decirnos lo que oyeron de la boca del Señor? Edifiquemos también nosotros mismos y hagamos una casa en nuestro corazón, adonde venga Él a enseñarnos y hablar con nosotros.

¿Qué buscáis? Responden ellos: Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Contesta Jesús: Venid y vedlo. Y se fueron con Él y vieron dónde vivía, y se quedaron en su compañía aquel día. Era aproximadamente la hora décima. ¿Pensaremos acaso que no le interesaba al evangelista decirnos con precisión qué hora era? ¿Puede ser que no quiera advertirnos nada ni que inquiramos nada en esto? Era la hora décima. Este número significa la ley. Por eso se dio en diez mandamientos. Mas había llegado ya el tiempo de cumplir la ley por el amor, ya que los judíos no podían cumplirla por el temor. Por esto dice el Señor: No he venido a destruir la ley, sino a darle plenitud.

Con razón, pues, a la hora décima le siguen estos dos por el testimonio del amigo del Esposo, y a la hora décima oyó: Rabí (que significa Maestro). Si el Señor oyó Rabí a la hora décima y el número diez es el de la ley, el maestro de la ley no es otro que el mismo dador de la ley. No diga nadie que uno da la ley y otro enseña la ley. La enseña el mismo que la da. Él es el maestro de la ley y Él mismo la enseña. La misericordia está en sus labios: por eso enseña la ley misericordiosamente; así lo dice la Escritura hablando de la Sabiduría: En sus labios, la ley y la misericordia. No temas que te sea imposible cumplir la ley. Vete a la misericordia. Si te es muy difícil cumplir la ley, utiliza aquel pacto, aquel escrito, aquellas plegarias que para ti compuso el abogado celestial.

Io.ev.tr. 7, 8-10

lunes, 25 de enero de 2021

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 Si sigues el camino de Cristo, no esperes prosperidad mundana. Él anduvo por caminos ásperos, pero prometió grandes bienes. Síguele. No mires sólo por dónde has de ir, sino también a dónde has de llegar. Tolerarás las asperezas temporales, pero llegarás a las alegrías eternas. Si quieres soportar la fatiga, pon tu mirada en la recompensa. También el obrero desfallecería en el trabajo de la viña, si no pensase en lo que va a recibir. Cuando pienses en eso que vas a recibir, te parecerá sin importancia todo lo que tengas que sufrir, y no lo verás ni comparable a lo que te espera. Te causará extrañeza el que se te dé tanto por tan poco trabajo. Pues, hermanos, por un descanso eterno se debería sufrir una fatiga eterna; antes de recibir la felicidad eterna, deberías haber soportado sufrimientos eternos; mas, si tuvieses que soportar una fatiga eterna, ¿cuándo llegarías a la eterna felicidad? Pero acontece que siendo tu tribulación necesariamente temporal, acabada ella llegarás a la felicidad sin límite. Hermanos, puede haber una larga tribulación a cambio de la felicidad eterna. Dado que nuestra felicidad no tendrá fin, nuestra miseria, nuestra fatiga y nuestras tribulaciones han de ser duraderas…Con todo, si se prolongasen por miles de años, contrapón mil años con la eternidad. ¿A qué comparas lo infinito con lo finito, por largo que sea? Diez mil años, un millón de años, los cuales tienen fin, no pueden compararse con la eternidad. A esto añade que Dios quiso sólo de nosotros un trabajo temporal y breve. Toda la vida del hombre se reduce a pocos días, y aun cuando no se mezclasen las horas calamitosas con las alegres, que ciertamente son más y más prolongadas que las amargas, sin embargo, a fin de que podamos continuar subsistiendo en esta vida de sufrimientos, son más breves y pocas las adversas. Con todo, si el hombre permaneciere en trabajos, en fatigas, en dolores, en tormentos, en cárceles, en calamidades, en hambre y en sed durante toda su vida, durante todos los días y todas las horas de su existencia en la tierra hasta la vejez, pocos días son toda la vida del hombre. Pues, pasado este trabajo, vendrá el reino eterno, vendrá la felicidad sin fin, vendrá la igualdad con los ángeles, vendrá la heredad de Cristo, vendrá Cristo coheredero. Por tan poco trabajo, ¡cuánta recompensa no recibimos!

Por tanto, el Señor dirige los pasos de los hombres y éste anhela su camino (Sal 36,23). A partir de aquí había comenzado a decir: si quieres seguir el camino de Cristo y eres en verdad cristiano, sábete que es cristiano el que no menosprecia el camino de Cristo, sino que quiere seguirlo a través de sus padecimientos. No vayas por otro camino distinto de aquel por el que anduvo Él. Parece duro, pero es seguro. Otro quizá tenga más encantos, pero está lleno de atracadores. Anhela, pues, su camino.

En.Ps 36, 2,16

 

domingo, 24 de enero de 2021

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          Convertíos y creed en el evangelio

Juan, último profeta del Antiguo Testamento, ha sido arrestado por Herodes. Se ha callado la voz, pero ahora queda la Palabra. Y la Palabra es Jesús, el nuevo profeta. No es un profeta más, sino el profeta que habla en nombre del Padre, porque es su Palabra. En estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo, leemos en la Carta a los Hebreos (Hb 1: 1-2).

Sus primeras palabras en el evangelio de Marcos son: Se ha cumplido el plazo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio. Son palabras propias de un verdadero profeta, no porque prediga cosas futuras, sino porque anuncia el gran acontecimiento del reino de Dios entre nosotros. En este caso anuncia un acontecimiento que ya está ocurriendo: la cercanía del reino de Dios. Es decir, han tenido pleno cumplimiento en él las profecías del Antiguo Testamento.

Jesús es la Buena Noticia, que eso significa la palabra evangelio. Dios se acerca a la humanidad de una manera nueva, tanto, que el mismo Hijo de Dios asume en sí nuestra misma naturaleza. Y con él llega su reino. Un reino que ya está presente; la cercanía del reino es ya presencia.

Para ser parte del reino que Jesús viene a implantar en el mundo se requieren dos condiciones: Una verdadera conversión y creer firmemente en la Buena Noticia.

Hay una primera llamada a la conversión dirigida a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. A ella se refiere Jesús en este pasaje de Marcos. Esta llamada a la conversión forma parte esencial del anuncio del reino. No es nuestro caso: conocemos a Cristo y también su Evangelio. Esta primera conversión ya se realizó en nosotros, si no en el momento de nuestro bautismo, sí en algún momento de nuestra vida.

Pero hay otra llamada a la conversión personal como tarea ininterrumpida a lo largo de toda la vida. Somos de condición pecadora; por lo tanto, débiles y frágiles. Nos ronda la tentación y, a veces, caemos en ella. De ahí que la conversión sea un proceso, no sólo un acontecimiento del pasado. Es tarea permanente, esfuerzo de cada día, empeño decidido. Caminamos siempre al encuentro de Cristo, cayendo y levantándonos, con la mirada siempre fija en él, a quien hemos puesto en el centro de nuestras vidas. Es un camino que se recorre con los ojos fijos en Jesús, el que inicia y consuma la fe (Hb 12,2).

La conversión no es sólo cambio de costumbres, sino un nuevo modo de pensar, de sentir y de actuar. Consiste, sobre todo, en dejar que el Espíritu nos dé otro corazón e infunda en nosotros un espíritu nuevo: que arranque de nosotros el corazón de piedra, nos dé un corazón de carne e infunda en nosotros un espíritu nuevo (Cf. Ez 36, 26-27). Para ello es preciso estar abiertos siempre a la acción del Espíritu Santo. Y por nuestra parte, actuar al unísono con él. Recordamos de nuevo las palabras de San Agustín: "Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti". Cooperar con el Espíritu en la obra de nuestra renovación interior es un gran avance en el proceso de nuestra conversión. Actuamos atraídos y movidos por la gracia (Cf Jn 6, 44), respondiendo al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (Cf. Jn 4, 10).

Y creer en el Evangelio: Creer en la Buena Noticia, creer en Jesús que es la Palabra de Vida; es el Camino que conduce al Padre y la Verdad sin engaño alguno. Creer en él con la mente y el corazón, con las palabras y la vida. La fe es un encuentro personal y permanente con la persona de Jesús.

Con expresiones del Catecismo de la Iglesia Católica (CIC):

- La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por él.

- Es un acto humano, pero sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo.

- La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma, que no puede mentir.

- Nos ayuda a comprender el misterio, según las palabras de San Agustín: "Creo para comprender y comprendo para creer mejor".

- Creer en Cristo Jesús y en Aquel que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación.

- Es un don gratuito que Dios hace al hombre.

- Nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica.

- La fe es una vida nueva

Con la Iglesia decimos: "Esta es nuestra fe; esta es la fe que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro"

(He creído conveniente ajustarme a lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 153 y siguientes, para no divagar en lo que a la fe se refiere).

Después de  esta solemne invitación de Jesús a convertirnos y creer en él, lo primero que hace es buscar y llamar a varios discípulos para que colaboren en la misión que el Padre le ha encomendado. De momento serán cuatro pescadores. Doce será el grupo a quienes él llamará apóstoles. En adelante, nos llamará personalmente a todos para ser sus testigos y evangelizadores, como los doce primeros.

San Agustín:

En lo íntimo del hombre es donde se cree en Dios (Ciudad de Dios 20,8,2). Con la fe, ciertamente, es con lo que nos acercamos a Dios, y ésa está en el corazón, no en el cuerpo (Ibid. 22,29,4). Si vuestra fe duerme, duerme Cristo en vosotros. Y la fe de Cristo consiste en estar Cristo en vosotros (Comentario al salmo 120,7). Quien peregrina y camina por la fe, aún no se halla en la patria, pero ya está en el camino; sin embargo, el que no cree, no está en la patria ni en el camino (Ibid. 123,2).

 

¿Cómo vivo mi proceso de conversión? ¿Que "zonas" de mi interior necesitan todavía convertirse o renovarse para ser más fiel a Cristo?

¿En este proceso de conversión me fío sólo de mis propias fuerzas o suelo pedir fuerza al Espíritu Santo?

¿Mi fe es un encuentro personal y permanente con la persona de Jesús? ¿Por qué?

¿Cómo interpreto y hago mías las palabras de San Agustín?

P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 23 de enero de 2021

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Pasemos ya a considerar el peso de las razones que asisten a los paganos para que tengan la osadía de atribuir la gran amplitud y la larga duración de la dominación romana a esos dioses, cuyo culto se empeñan en llamar honesto, cuando ha sido realizado por medio de representaciones escénicas envilecidas, y a través de hombres no menos envilecidos. Quisiera antes, no obstante, hacerme una breve pregunta: ¿cuáles son las razones lógicas o políticas para querer gloriarse de la duración o de la anchura de los dominios del Estado? Porque la felicidad de estos hombres no la encuentras por ninguna parte, envueltos siempre en los desastres de la guerra, manchados sin cesar de sangre, conciudadana o enemiga, pero humana; envueltos constantemente en un temor tenebroso, en medio de pasiones sanguinarias; con una alegría brillante, sí, como el cristal, pero como él, frágil, bajo el temor horrible de quebrarse por momentos. Para enjuiciar esta cuestión con más objetividad, no nos hinchemos con jactanciosas vaciedades, no dejemos deslumbrarse nuestra agudeza mental por altisonantes palabras, como «pueblos», «reinos», «provincias». Imaginemos dos hombres (porque cada hombre, a la manera de una letra en el discurso, forma como el elemento de la ciudad y del Estado, por mucha que sea la extensión de su territorio). De estos dos hombres, pongamos que uno es pobre, o de clase media, y el otro riquísimo. El rico en esta suposición vive angustiado y lleno de temores, consumido por los disgustos, abrasado de ambición, en perpetua inseguridad, nunca tranquilo, sin respiro posible por el acoso incesante de sus enemigos; aumenta, por supuesto, su fortuna hasta lo indecible, a base de tantas desdichas, pero, a su vez, creciendo en la misma proporción el cúmulo de amargas preocupaciones. El otro, en cambio, de mediana posición, se basta con su fortuna, aunque pequeña y ajustada; los suyos lo quieren mucho, disfruta de una paz envidiable con sus parientes, vecinos y amigos; es profundamente religioso, de gran afabilidad, sano de cuerpo, moderado y casto en sus costumbres; vive con la conciencia tranquila. ¿Habrá alguien tan fuera de sus cabales, que dude a quién de los dos preferir? Pues bien, lo que hemos dicho de dos hombres lo podemos aplicar a dos familias, dos pueblos, dos reinos. Salvando las distancias, podremos deducir con facilidad dónde se encuentran las apariencias y dónde la felicidad.

Así, pues, cuando al Dios verdadero se le adora, y se le rinde un culto auténtico y una conducta moral intachable, es ventajoso que los buenos tengan el poder durante largos períodos sobre grandes dominios. Y tales ventajas no lo son tanto para ellos mismos cuanto para sus súbditos. Por lo que a ellos concierne, les basta para su propia felicidad con la bondad y honradez. Son éstos dones muy estimables de Dios para llevar aquí una vida digna y merecer luego la eterna. Porque en esta tierra, el reinado de los buenos no es beneficioso tanto para ellos cuanto para las empresas humanas. Al contrario, el reinado de los malos es pernicioso sobre todo para los que ostentan el poder, puesto que arruinan su alma por una mayor posibilidad de cometer crímenes. En cambio, aquellos que les prestan sus servicios sólo quedan dañados por la propia iniquidad. En efecto, los sufrimientos que les vienen de señores injustos no constituyen un castigo de algún delito, sino una prueba de su virtud. Consiguientemente, el hombre honrado, aunque esté sometido a servidumbre, es libre. En cambio, el malvado, aunque sea rey, es esclavo, y no de un hombre, sino de tantos dueños como vicios tenga. De estos vicios se expresa la divina Escritura en estos términos: Cuando uno se deja vencer por algo, queda hecho su esclavo.    

(CD IV,3)

 

jueves, 21 de enero de 2021

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"Ven Espíritu Santo, y penetra en todo mi cuerpo. Te doy gracias por el don de la vida, por cada uno de los órganos de mi cuerpo, que es una obra del amor divino.

Ven Espíritu Santo, y pasa por todo mi cuerpo.    

Acaricia con tu cariño este cuerpo cansado y derrama en él la calma y la paz.

Penetra con tu soplo en cada parte débil o enferma. Restaura, sana, libera cada uno de mis órganos. Pasa por mi sangre, por mi piel, por mis huesos.

Ven, Espíritu Santo, y aplaca toda tensión con tu amor que todo lo penetra.

Sáname Señor.  Amén."

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Los Cinco Minutos de San Agustín de Hipona

Existe otra oración interior y continua, que es el deseo. Aunque hagas cualquier cosa, si deseas el reposo en Dios, no interrumpes la oración. Si no quieres dejar de orar, no interrumpes el deseo.



martes, 19 de enero de 2021

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 La Palabra del Padre, por la que fueron hechos los tiempos, al hacerse carne nos regaló el día de su nacimiento en el tiempo; en su origen humano quiso tener también un día aquel sin cuya anuencia divina no transcurre ni un día. Estando junto al Padre, precede a todos los siglos; naciendo de la madre, se introdujo en este día en el curso de los años. El hacedor del hombre se hizo hombre, de forma que toma el pecho quien gobierna los astros; siente hambre el pan; sed, la fuente; duerme la luz; el camino se fatiga en la marcha; la verdad es acusada por falsos testigos; el juez de vivos y muertos es juzgado por un juez mortal; la justicia, condenada por gente injusta; la disciplina, castigada con azotes; el racimo, coronado de espinas; la base, colgada de un madero; la fortaleza, debilitada; la salud, herida; la vida muere. Aunque él, que por nosotros sufrió tantos males, no hizo mal alguno, ni nosotros, que por él recibimos tantos bienes, merecíamos ningún bien, para librarnos a nosotros, a pesar de ser indignos, aceptó sufrir todas aquellas indignidades y otras parecidas. Con esa finalidad, pues, el que existía como hijo de Dios desde antes de todos los siglos sin comienzo de días, se dignó hacerse hijo del hombre en los últimos días, y el que había nacido del Padre sin ser hecho por él, fue hecho en la madre que él había hecho, para hallarse aquí, en un momento determinado, nacido de aquella que nunca y en ningún lugar hubiera podido existir a no ser por él.

Así se cumplió lo que había predicho el salmo: La verdad ha brotado de la tierra. María fue virgen antes de concebir y después de dar a luz. ¡Lejos de nosotros el creer que desapareció la integridad de aquella tierra, es decir, de aquella carne de donde brotó la verdad!... En efecto, en el seno de la virgen, se dignó unirse a la naturaleza humana el hijo unigénito de Dios, para asociar a sí, cabeza inmaculada, a la Iglesia, inmaculada también, a la que el apóstol Pablo da el nombre de virgen no sólo en atención a las vírgenes en el cuerpo que hay en ella, sino también por el deseo de que sean íntegras las mentes de todos. Os he desposado, dice, con un único varón para presentaros a Cristo como virgen casta. Así, pues, la Iglesia, imitando a la madre de su Señor, dado que en el cuerpo no pudo ser virgen y madre a la vez, lo es en la mente. Lejos de nosotros el pensar que Cristo al nacer privó a su madre de la virginidad, él que hizo virgen a su Iglesia liberándola de la fornicación de los demonios. En este día de hoy, celebrad con gozo y solemnidad el parto de la virgen, vosotras las vírgenes santas, nacidas de su virginidad inviolada; vosotras, que, despreciando las nupcias terrenas, elegisteis ser vírgenes también en el cuerpo. Ha nacido de mujer quien en ningún modo fue sembrado por varón en la mujer. Quien os trajo lo que ibais a amar, no quitó a su madre eso que amáis. Quien sana en vosotros lo que heredasteis de Eva, ¡cómo iba a dañar lo que habéis amado en María!

Aquella cuyas huellas seguís, no yació con varón para concebir y después del parto siguió siendo virgen. Imitadla en cuanto podáis, no en la fecundidad, porque no os es posible sin herir la virginidad. Sólo ella pudo tener ambas cosas, de las cuales vosotras quisisteis tener una, que perderíais si pretendierais poseer las dos. Sólo pudo poseer ambas cosas la que engendró al todopoderoso que le dio tal poder. Convenía que sólo el Hijo único de Dios se hiciese hombre de este modo sin igual. Que Cristo no deje de ser algo para vosotras por ser hijo sólo de una virgen. A él, aunque no pudisteis darle a luz en la carne, le encontrasteis como esposo en el corazón; y esposo tal que vuestra felicidad lo tiene por redentor sin que vuestra virginidad lo tema como su destructor. Quien no quitó a la madre la virginidad ni siquiera en el parto corporal, mucho más la conservará en vosotras en el abrazo espiritual. No os consideréis estériles por haber permanecido vírgenes, pues hasta la piadosa integridad de la carne cae dentro de la fecundidad de la mente. Obrad lo que dice el Apóstol: puesto que no pensáis en las cosas del mundo ni en cómo agradar a vuestros maridos, pensad en las cosas de Dios y en cómo agradarle a él en todo, para que sea fecundo no vuestro seno con la prole, sino vuestra alma con las virtudes.

Para concluir, me dirijo a todos, os hablo a todos; con mi palabra apremio a la virgen casta, toda entera, que el Apóstol desposó con Cristo. Lo que admiráis en la carne de María, realizadlo en el interior de vuestra alma. Quien en su corazón cree con vistas a la justicia, concibe a Cristo; quien con su boca lo confiesa con la mirada puesta en la salvación, da a luz a Cristo. De esta misma manera, sea exuberante la fecundidad de vuestras mentes conservando siempre la virginidad.

 S 191