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miércoles, 18 de enero de 2017

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En medio de la sombra y de la herida
me preguntan si creo en Ti. Y digo:
que tengo todo, cuando estoy contigo,
el sol, la luz, la paz, el bien, la vida.

Sin Ti, el sol es luz descolorida.
Sin Ti, la paz es un cruel castigo.
Sin Ti, no hay bien ni corazón amigo.
Sin Ti, la vida es muerte repetida.

Contigo el sol es luz enamorada
y contigo la paz es paz florida.
Contigo el bien es casa reposada
y contigo la vida es sangre ardida.

Pues si me faltas Tú, no tengo nada:
ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vida.

 P. JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO.

martes, 17 de enero de 2017

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La Niña a quien dijo el Ángel
que estaba de gracia llena,
cuando de ser de Dios madre
le trujo tan altas nuevas,
ya le mira en un pesebre,
llorando lágrimas tiernas,
que obligándose a ser hombre,
también se obliga a sus penas.

¿Qué tenéis, dulce Jesús?,
le dice la Niña bella;
¿tan presto sentís mis ojos
el dolor de mi pobreza?
Yo no tengo otros palacios
en que recibiros pueda,
sino mis brazos y pechos,
que os regalan y sustentan.

No puedo más, amor mío,
porque si yo más pudiera,
vos sabéis que vuestros cielos
envidiaran mi riqueza.
El niño recién nacido
no mueve la pura lengua,
aunque es la sabiduría
de su eterno Padre inmensa.

Mas revelándole al alma
de la Virgen la respuesta,
cubrió de sueño en sus brazos
blandamente sus estrellas.
Ella entonces desatando
la voz regalada y tierna,
así tuvo a su armonía
la de los cielos suspensa.

Pues andáis en las palmas,
Ángeles santos,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.
Palmas de Belén
que mueven airados
los furiosos vientos
que suenan tanto.

No le hagáis ruido,
corred más paso,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.

El niño divino,
que está cansado
de llorar en la tierra
por su descanso,
sosegar quiere un poco
del tierno llanto,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.

Rigurosos yelos
le están cercando,
ya veis que no tengo
con qué guardarlo.
Ángeles divinos
que vais volando,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.

Lope de Vega

lunes, 16 de enero de 2017

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Nace el alba María
y el sol tras ella,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Nace el alba clara,
la noche pisa,
del cielo la risa
su paz declara;
el tiempo se para
por sólo vella,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Para ser señora
del cielo, levanta
esta niña santa
su luz aurora;
él canta, ella llora
divinas perlas,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Aquella luz pura
del Sol procede,
porque cuanto puede
le da hermosura;
el alba segura
que viene cerca,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Lope de Vega

domingo, 15 de enero de 2017

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Reanudamos esta semana el Tiempo Ordinario en la liturgia. Ordinario, no porque tenga poca importancia, sino porque es el tiempo normal. Su importancia radica en el hecho de que seguimos paso a paso, en el evangelio, toda la trayectoria de Jesús: su vida, su mensaje, sus hechos, sus parábolas, sus gestos… Este año lo haremos de la mano del evangelio de Mateo, cuya lectura continua escucharemos todos los domingos.
En el evangelio de hoy aparece la expresión Cordero de Dios. Durante la misa la repetimos varias veces y con ellas nos referirnos a Cristo. Nos hemos acostumbrado a usar esta expresión, pero quizás no nos preguntamos a qué se refieren o qué pueden significar. Por eso conviene precisar el significado de esta expresión.
En la liturgia, Cordero de Dios (en latín Agnus Dei) se refiere a Jesucristo como víctima ofrecida en sacrificio por los pecados de los hombres, a semejanza del cordero que era sacrificado y consumido por los judíos durante la conmemoración anual de la Pascua. Y cada día en el Templo era sacrificado un cordero, por los pecados del pueblo (Éxodo 29:38-42).
Se sacrificaba el cordero para indicar que con él se sacrificaba simbólicamente la persona o el pueblo que había pecado. Como si dijera: "Yo he pecado y merezco morir, pero Dios ha permitido a este cordero que tome mi lugar". El sacrificio del cordero no quitaba el pecado, sino que era un rito por el que se pedía a Dios que quitara el pecado.

Según el evangelio de san Juan, Jesús muere en el momento en que los corderos eran sacrificados para celebrar la fiesta de los judíos. Por eso, Juan quiere que nosotros, los discípulos de Cristo, veamos a Jesús como al cordero sacrificado, el Cordero de Dios que, con su muerte, quitó y quita el pecado del mundo. 

Fr. Luis de León, eminente literato y poeta agustino, escribió un libro célebre, cuyo título es “Los nombres de Cristo”. Al comentar el nombre de Cordero aplicado a Cristo, se refiere a tres características que tiene el cordero: la mansedumbre, la inocencia y el sacrificio.

Jesús es el hombre-Dios humilde y sencillo, cercano a todos y muy paciente, pacífico y amable. Manso de corazón. Sí fustigaba con ardor la hipocresía y orgullo de los escribas y fariseos. Pero dijo en cierta ocasión: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Quizás nosotros nos enojamos fácilmente, nos llenamos de ira, nos puede el mal genio muchas veces, perdemos los nervios por nada. Si así es, aprendamos de Jesús “cordero” manso y humilde. El cordero es un animal inofensivo: no ataca no se defiende con violencia. Es manso y humilde. Acoge con cariño a los pecadores (Zaqueo, la mujer adúltera, a la pecadora que le lava los pies…). 

Por todo ello es símbolo también de la inocencia. La segunda característica. Significa o simboliza la pureza. Así es Cristo. No cometió ni pudo cometer jamás pecado alguno. Es el inocente y el santo entre los santos. Y se acerca a nosotros, pecadores, para que vayamos a él y quedar purificados y limpios de todo pecado.

En tercer lugar, el sacrificio del cordero entre los judíos significaba el perdón de los pecados. Ya no será necesario, en adelante, sacrificar animales para estar a bien con Dios. En adelante habrá un único sacrificio, el de Cristo. Como hecho muy significativo, Cristo fue sacrificado cuando era degollado en sacrificio el cordero en el templo, por ser la Pascua del Señor, la Pascua judía.

Se ofrece a la muerte en la cruz para reconciliarnos con Dios, su Padre. Su sacrificio es y será único, y para siempre. Eso sí, se renueva y actualiza en cada misa que celebramos. De ahí el valor de la misa. No es un acto de piedad cualquiera. Es el mismo sacrificio de Cristo en la cruz, sacrificio incruento pero real. Y no sólo eso: se nos da en alimento para reforzar nuestra fe, para que nuestro amor a Dios y al hermano sea como el suyo, para dar sentido a nuestra esperanza. 

Y se hace realmente presente en el sagrario y habita en el corazón de los creyentes. El Señor no se cansa de confiar en nosotros; nos ayuda a replantear y reafirmar nuestra relación con los hermanos. El Señor, que murió y está vivo porque resucitó, se acerca a nosotros en todo momento para que nos sintamos hijos de Dios y hermanos unos de otros. 

El Cordero sin macha no ha muerto en vano. Con su muerte y resurrección nos ha abierto el camino que lleva a la vida plena y para siempre. Nuestro pecado queda sepultado en su muerte si nos arrepentimos, y nacemos a una vida nueva por su resurrección. Esta es nuestra fe, es también nuestra esperanza y nuestro gozo.
P. Teodoro Baztán Basterra.

sábado, 14 de enero de 2017

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Entonces, hermanos, si no somos capaces de ver en qué consiste el ver de la palabra ¿adónde vamos? ¿Qué visión reclamamos tal vez antes de tiempo? ¿Por qué deseamos que se nos muestre lo que no somos capaces de ver? Por tanto, se nos ha hablado de cosas que deseamos ver, no de algo que ya podamos aprehender. En efecto, si eres capaz de ver el ver de la Palabra, quizá en el mismo ver el ver de la Palabra estarás viendo la Palabra misma, de nodo que no sea una cosa la Palabra y otra el ver de la Palabra. Hay que evitar poner en ella algo que la aumente, que se le asocie, que la doble, que se le junte. De hecho es una realidad simple con una simplicidad inefable. No acontece en ella como en el hombre, pues una cosa es el hombre y otra el ver del hombre, pues, algunas veces, se apaga la visión en el hombre, pero permanece el hombre. A esto me refería cuando indicaba que iba a decir algo que no todos podrían entender. Haga el Señor que algunos lo hayan entendido. Hermanos míos, se nos exhorta a ver que el ver de la Palabra excede nuestra capacidad; puesto que es pequeña, nutrámosla, agrandémosla hasta su máximo nivel. ¿Cómo? Con los mandamientos. ¿Con qué mandamientos? Quien me ama guarda mis mandamientos (Jn 14,21). ¿Qué mandamientos? Ya queremos crecer, fortalecernos, alcanzar la perfección para ver el ver del Verbo. Dinos ya, Señor, ¿qué mandamientos? Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros (Jn 13,34). Por tanto, hermanos, saquemos esta caridad de la fuente que mana en abundancia, tomémosla, nutrámonos con ella. Toma lo que te capacita para lo que deseas. Que la caridad te engendre, te nutra, te perfeccione, te fortalezca para ver el ver de la Palabra, esto es, que no es una cosa la Palabra y otra su ver, sino que el mismo ver de la Palabra se identifica con la Palabra. Y tal vez entenderás de inmediato que cuando dijo: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que vea hacer al Padre (Jn 5,19) es como si hubiera dicho: «No sería Hijo si no hubiese nacido del Padre». Baste ya, hermanos. Soy consciente de haber dicho algo que, reflexionado, tal vez se abra a muchos, pero que, de tanto repetirlo, quizá se oscurece más.
S126, 11

viernes, 13 de enero de 2017

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Tal vez me diga, más aún, nos diga a todos nosotros: «¿Cómo entiendes mi ver al que aludo en las palabras: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre? (Jn 5,19) ¿En qué consiste ese ver mío?» Deja de lado por un poco la forma de siervo que asumió por ti. Efectivamente, en aquella forma de siervo nuestro Señor tenía ojos y oídos físicos; aquella su forma humana tenía la misma configuración corporal que nosotros e idéntica disposición de miembros. Aquella carne procedía de Adán, pero él no era Adán. Así, pues, el Señor, cuando caminaba en la tierra, o sobre el mar, como le plugo, como quiso, puesto que pudo todo lo que quiso, miró lo que quiso; dirigía sus ojos, veía; los apartaba, y no veía; el que le seguía iba detrás; veía al que estaba delante; con los ojos del cuerpo veía lo que tenía delante. A su divinidad, en cambio, nada se ocultaba. Deja de lado —repito—, deja de lado por un poco la forma de siervo; contempla la forma de Dios en la que existía antes de hacer el mundo, en la que era igual al Padre. Apréndelo por medio de él y entiende lo que te dice: El cual, existiendo en la forma de Dios, no consideró una presa arrebatada el ser igual a Dios (Ef 2,6). Mírale allí, si te es posible, para que puedas ver en qué consista su ver. En el principio existía la Palabra (Jn 1,1). ¿Cómo ve la Palabra? ¿Tiene la Palabra ojos, o se hallan en ella nuestros ojos, no los ojos de la carne, sino los de los corazones piadosos? Pues bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8).

 Pones tus ojos en Cristo, hombre y Dios: te muestra su ser hombre, te reserva su ser Dios. Y advierte que te reserva su ser Dios quien se te muestra como hombre: Quien me ama —dice— guarda mis mandamientos; a quien me ama le amará mi Padre, y yo le amaré (Jn 14,21). Y, como si le preguntase ¿Qué vas a dar al que te ama? Y me manifestaré a él (Jn 14,8) —dijo—. ¿Qué significa esto, hermanos? Él, al que ya estaban viendo, les prometía que se les iba a manifestar. ¿A quiénes? ¿A quiénes le estaban viendo o a quienes no le estaban viendo? Hablando a un apóstol que quería ver al Padre para darse por satisfecho y que le decía: Muéstranos al Padre y nos basta (Jn 14,21), le dice algo. Y él, manteniéndose de pie en su forma de siervo, ante los ojos del siervo, reservando la forma de Dios para los ojos del hombre deificado, le responde: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me habéis conocido. Quien me ve a mí, ve también al Padre (Jn 14,9). Quieres ver al Padre, mírame a mí; a mí me ves y no me ves. Ves lo que tomé por ti, no ves lo que reservé por ti. Escucha los mandatos, purifica tus ojos, porque quien me ama guarda mis preceptos, y yo le amaré a él. En cuanto persona que guarda mis mandatos y en cuanto enfermo sanado por mis mandatos. Me manifestaré a él. Como si dijera: «Es al guardador de mis mandamientos a quien yo me descubriré tal cual soy».
S 126, 10

jueves, 12 de enero de 2017

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¿Qué dices, entonces? Habla el mismo Hijo Único en persona, el Hijo unigénito mismo habla en el evangelio; la Palabra misma pronunció palabras para nosotros, a ella misma la oímos decir: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre (Jn 5,19). Ya obró el Padre para que vea el Hijo lo que él hará y, sin embargo, el Padre no hace nada sino por medio del Hijo. Sin duda, te sientes molesto, hereje; te sientes molesto, pero ese malestar, igual que si hubieras tomado eléboro, es fuente de salud. Adviertes no ser ya el mismo: en cuanto puedo juzgar, tú mismo condenas tu opinión y tu apreciación terrena. Échate a la espalda los ojos corpóreos; si tiene algo en el corazón, elévalo a lo alto, contempla las cosas divinas. Ciertamente escuchas palabras humanas por medio de un hombre, del evangelista; por medio del evangelio escuchas palabras humanas en cuanto hombre; pero escuchas algo referidos a la Palabra de Dios para que, oyendo palabras humanas, conozcas realidades divinas. El Maestro te pinchó para instruirte; suscitó una cuestión para provocar tu atención. El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre (Jn 5,19). Lo lógico era que dijera: «Cualquier cosa que hace el Padre, el Hijo hace otras semejantes». Pero no dice eso, sino: Cualquier cosa que hace el Padre, esa misma la hace también el Hijo (Jn 5,19). No hace unas cosas el Padre y otras el Hijo, puesto que todo lo que hace el Padre lo hace por el Hijo. El Hijo resucitó a Lázaro (Cf Jn 11), ¿acaso no lo resucitó el Padre? El Hijo otorgó la vista al ciego (Cf Jn 9), ¿acaso no se la otorgó el Padre? Se la otorgó el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. Es la Trinidad, pero único es su obrar, única la majestad, única la eternidad, la coeternidad y las mismas las obras de la Trinidad. No crea el Padre a unos hombres, el Hijo a otros y el Espíritu Santo a otros; es uno mismo el hombre a quien crea el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo. El que crea es el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo, el Dios único.

Te fijas en la pluralidad de personas; reconoce, no obstante, la única divinidad. En atención a la pluralidad de personas, se dijo: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra (Gn 1,26). No dice: «Voy a hacer al hombre; pon atención mientras lo hago, para que también tú puedas hacer otro». Hagamos —dijo—: advierto el plural; a imagen nuestra: de nuevo advierto el plural. ¿Dónde, entonces, hallo que Dios es uno solo? Lee lo que sigue: Y Dios hizo al hombre (Gn 1,27). Se dice: Hagamos al hombre, no: «Los dioses hicieron al hombre». La unidad de Dios se advierte en las palabras: Dios hizo al hombre. ¿Dónde queda, pues, aquel modo terreno de ver? Quede confundido, escóndase, hágaselo desaparecer; háblenos la Palabra de Dios. Siendo ya piadosos y creyentes, estando ya imbuidos de fe y mereciendo entender algo, volvámonos a la Palabra misma, a la fuente de la luz y digámosle juntos: «Señor, el Padre hace las mismas cosas que tú, puesto que todo lo que hace el Padre por hace por medio de ti. Hemos escuchado eras la Palabra que existía en el principio (Cf Jn 1,1); no lo vimos, pero lo creemos. Allí escuchamos a continuación que todas las cosas fueron hechas por ti (Cf Jn 1,3). En consecuencia, todo lo que hace el Padre lo hace por medio de ti. Tú, entonces, haces las misas cosas que el Padre. ¿Cuál es, pues, la razón por la que quisiste decir: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre? (Jn 5,17) Efectivamente advierto cierta igualdad tuya con el Padre cuando escucho: Cualquier cosa que hace el Padre, esa misma la hace también el Hijo (Jn 5,19). La igualdad la reconozco, la comprendo, la capto en cuanto puedo en estas otras palabras: Yo y el Padre somos una sola cosa (Jn 10,30). ¿Qué significa eso de que no puedes hacer nada sino ves al Padre hacerlo? ¿Qué significa eso?
S 126, 8-9