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lunes, 25 de junio de 2018

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De acuerdo con nuestro calendario litúrgico celebramos tres nacimientos: El de la Virgen María, en septiembre, y los de nuestro Señor Jesucristo y el de san Juan Bautista. Ambas festividades están relacionadas con el fenómeno astrológico de los solsticios. Jesús nace en el solsticio de invierno cuando los días comienzan a alargarse en el hemisferio norte; mientras que el nacimiento de Juan tiene lugar en el solsticio de verano cuando ya los días comienzan a acortarse. En el hemisferio sur sucede lo contrario. En todas las culturas ambos nacimientos están vinculados con el culto al sol y a la luz como fuen-tes de vida. Jesús es el que nace con fuerza, los días comienzan a ser más largos y el sol a dar más luz y calor. Marca una nueva etapa en la historia de la humanidad. En  cambio, Juan es el signo de un tiempo que se acaba, la historia de la humanidad en la que mueren ciertos usos y costumbres.

La noche del 24 de junio es una festividad de origen pagano, común a todas las culturas de Europa, Asia y América, que suele ir ligada a encender ho-gueras o fuegos como en las antiguas celebraciones en las que se festejaba la llegada del solsticio de verano, pese a que éste es el 21 de junio, en el hemis-ferio norte. La finalidad de este rito era “dar más fuerza al Sol” que, a partir de esos días, iba haciéndose más “débil”, y los días más cortos hasta el solsticio de invierno. Simbólicamente, el fuego tiene también una función "purificadora" en las personas que lo contemplan o saltan sobre él. Por eso en algunos lugares se acostumbra también ir a bañarse a un río en las prime-ras horas de la mañana.
Juan, modelo de creyentes

Juan es el primero en reconocer en Jesús a  su Dios y salvador, según la ex-presión de su madre en el saludo que le dirige a su prima. Cuando Isabel re-cibió a la Virgen María,  el niño Juan, comenzó a dar saltos en el vientre de su madre, que exclamó llena de alegría: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. Juan reconoce a Jesús también cuando éste acude a recibir su bautismo de perdón y penitencia. Por eso le dice: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, y ¿eres tú el que vienes ahora a mí?”. Juan lo bautiza y “el Espíritu Santo descendió sobre Jesús”. Mientras, “una voz del cielo decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Juan fue tam-bién el que lo presentó a los primeros discípulos: “De pronto vio a Jesús que pasaba por allí, y dijo: Éste es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos que lo oyeron fueron los primeros en seguir a Jesús. Pero antes ya les había di-cho a sacerdotes y levitas enviados por los fariseos: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: allanad el camino del Señor”. 

Yo soy la voz del clama en el desierto

Celebramos  el nacimiento de Juan Bautista, el profeta judío que anunció la venida del Señor, que preparó su camino. Aquél profeta inconformista, fiel a su misión, que vivió con generosidad su “sí” a lo que Dios esperaba de él. Esta es la grandeza de Juan Bautista, la grandeza de su misión y la grandeza de la fidelidad con la que él la vive, para retirarse cuando su misión está ya cumplida.
Nuestra situación no es la de Juan.  Jesucristo  no es “el que ha de venir” sino “el que ya ha venido”. Sin embargo sí que podemos hablar de una veni-da constante de Jesucristo. Y por tanto, de una necesidad de continuar el trabajo de Juan, pues con nuestro anuncio será posible que la palabra de Je-sucristo  sea descubierta, escuchada, seguida. Esta es la voluntad de Dios y esta es nuestra responsabilidad: que Jesucristo  sea conocido y seguido a través de lo que nosotros hacemos.
La misión de Juan fue la de precursor, la de llevar a los hombres hacia Jesús, la de facilitar y hacer posible el encuentro. Con sencillez decía: “No soy lo que vosotros pensáis, pero después de mí viene otro de quien no soy digno de desatar la sandalia de los pies”. O cuando, al final de su misión, desaparece sin hacer ruido porque “conviene que él crezca y que yo mengüe”.

En la historia de la humanidad y de la salvación Juan representa el tránsito de un pasado a un orden nuevo. Del Antiguo Testamento al Nuevo. Juan nace de una anciana estéril, fruto de una generación ya caduca que tiene los días contados. Es el antiguo pueblo de Israel. Jesús es engendrado en el seno de una joven virgen que estrena vida, y se abre a los tiempos nuevos. El fu-turo padre de Juan no cree el anuncio de su nacimiento y queda mudo; la Virgen María cree las palabras del ángel y concibe al Hijo de Dios por la fe: “Hágase en mí según tu palabra”. Pero Juan es también la nueva humanidad que tiembla de gozo, que se estremece en el seno de su madre ante la presen-cia del salvador: “En cuanto oí tu saludo, el niño empezó a dar saltos de gozo en mi seno”; es el nuevo pueblo de Dios que acoge a su salvador: “¡Dichosa tú porque has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”.
Nace Juan y es acogido con gozo por los brazos de la nueva humanidad re-presentada en la joven virgen, por María, la Madre de Dios. María adquiere aquí una relevancia insospechada. Ella será la que dentro de pocos meses alumbrará a Jesús y en él a la nueva humanidad, pero ella es también la que recibe en sus brazos, siempre maternales, a quien hace de lazo de unión entre el pueblo de Dios del antiguo Israel y el que nacerá del costado de Jesús. En su sobrino Juan acoge a los precursores. A partir de este momento Juan es el anticipo del que va a nacer y va a salvar al mundo: Yo no soy el Mesías. Yo soy la voz que grita en el desierto. Allanad los caminos del Señor”. Juan era la voz; pero Jesús era la Palabra eterna que desde el principio existía junto al Padre. Juan era la voz pasajera: “Yo bautizo con agua. Detrás de mí viene alguien más grande que yo a quien no merezco ni desatarle la correa de sus sandalias”. Cristo es la Palabra eterna: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Y poco más adelante: “Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece sobre él, ese es quien bautizará con Espíritu Santo. Y como lo he visto, doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”. Gracias, Señor, por habernos dado a Juan como anticipo de tu Hijo. Haznos a todos noso-tros voz de Cristo, anunciadores y testigos de su presencia entre nosotros.
P. Juan Ángel Nieto Viguera, OAR.



domingo, 24 de junio de 2018

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Después de una intensa jornada, los apóstoles y el Señor pasan en barca a la otra orilla del lago de Genesaret o Tiberiades. Jesús estaba tan rendido que se queda dormido en la proa de la embarcación. De pronto las aguas comenzaron a encresparse, se levantó un fuerte huracán y la frágil nave comenzó a cabecear peligrosamente. Las olas eran tan fuertes que el terror hizo presa en aquellos curtidos pescadores. Mientras, Jesús dormía.
Despiertan al Maestro y le preguntan, consternados, si no le importa que se hundan. Jesús no les contesta. Se pone en pie sobre la proa e increpa a las aguas con voz potente y dominadora: ¡Silencio, cállate!

No salen de su asombro. Estupefactos se preguntan entre sí quién era este, capaz de dominar el furor del mar y del huracán. No acababan de comprender la grandeza de Jesucristo. Todavía eran hombres de poca fe, cobardes y tímidos. Pero llegaría el Espíritu Santo en Pentecostés y quedarían transformados. Entonces no volverían a tener miedo. 

La cercanía de Jesús, la certeza de que está a nuestro lado en la travesía de la vida  y de que lleva nuestra barca a buen puerto, no nos ahorra dificultades y tormentas. Jesús no nos dice que estamos libres de ellas. Nos asegura que en las tempestades no estamos solos. Pase lo que pase Él está en la barca navegando con nosotros. La fe consiste en fiarse de Jesús, no sólo cuando vela y muestra su poder, sino también cuando “duerme”.

¿Está dormido Jesús, o es nuestra vida y nuestra fe las que están dormidas? Jesús establece una relación directa entre el miedo y la falta de fe. Repite con frecuencia “no tengáis miedo”. ¿Seguimos teniendo miedos? Miedo a perder, a lo nuevo, a la libertad, al cambio, al compromiso, a los riesgos, a las decisiones, a la muerte, hasta miedo a Dios... 

La fe no es un modo de hablar o pensar, sino un modo de vivir.  Vivir como vivió Jesús y adecuar nuestra vida a su escala de valores, no a los criterios de vida que nos propone este mundo. Muchas veces son criterios de muerte.  No tengamos miedo.

La superación del miedo se fundamenta en la confianza inquebrantable en el Padre que nos quiere libres y felices y nos dice, mirando a Jesús, cómo vivir para conseguirlo. Jesús sigue repitiéndonos: ¡Ánimo, no temáis!

¿Quién es Jesús? Esta es la cuestión primera y principal, el principio y fundamento de mi vida. También para nosotros es fundamental hacernos esa pregunta. De la respuesta depende el sentido de nuestra vida, de nuestra relación con los demás y con Dios.

Esto es lo que nos ha enseñando Jesús al calmar la furia del viento y la fuerza del mar.  Pero también, a veces la misma vida humana es descrita como una travesía por el mar.  El puerto de salida es nuestro nacimiento y el puerto de llegada, el cielo.  En el camino muchas tempestades y muchos vientos nos amenazan con hundirnos y con que no alcancemos el puerto al que queremos llegar.  

También en el camino de esta vida, si Jesús está con nosotros en la barca, él tendrá la autoridad para calmar el mar para que podamos seguir adelante en nuestro viaje.  

Como dice el salmo responsorial: Clamaron al Señor en tal apuro y él los libró de sus congojas.  Cambió la tempestad en suave brisa y apaciguó las olas.  Se alegraron al ver la mar tranquila y el Señor los llevó al puerto anhelado.  

Cristo va con nosotros en la barca de la vida, y si a veces parece que la barca se hunde y que Cristo duerme, debemos despertarlo en nosotros mismos, despertando nuestra fe en él.  Cristo murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. 

Pero esta Iglesia la formamos los cristianos. Cada uno de nosotros hemos subido a la barca por el bautismo. Todos navegamos hacia la otra orilla, pero de distinto modo: unos sin arriesgar, medio dormidos; otros, comprometidos luchando contra el pecado y en la búsqueda de un mundo mejor, sembrando paz, servicialidad, generosidad, amabilidad. Seamos de estos últimos. Cristo nos ofrece seguridad si contamos con él. Acudamos a él como sus discípulos, para decirle: Creo, Señor, pero ayuda mi falta de fe (Mc 9,24).
 P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.

sábado, 23 de junio de 2018

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Audiencia general, 13 de junio de 2018

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

        Hoy es la fiesta de San Antonio de Padua. ¿Quién de vosotros se llama Antonio? Un aplauso para todos los “Antonios”.

        Hoy comenzamos un nuevo itinerario catequético. Será sobre el tema de los mandamientos. Los mandamientos de la ley de Dios. Nos sirve de introducción el pasaje que acabamos de escuchar: el encuentro entre Jesús y un hombre –es un joven- que, de rodillas, le pregunta cómo puede alcanzar la vida eterna (cf. Mc 10.17 a 21). Y en esa pregunta está el desafío de cada existencia, también de la nuestra: el deseo de una vida plena e infinita. Pero ¿cómo llegar? ¿Qué camino tomar? Vivir de verdad, vivir una existencia noble… Cuántos jóvenes intentan “vivir” y en cambio se destruyen persiguiendo cosas efímeras.

        Algunos piensan que sea mejor apagar este impulso, -el impulso de vivir- porque es peligroso. Quisiera decir, sobre todo a los jóvenes: nuestro peor enemigo no son los problemas concretos, por muy graves y dramáticos que sean: El mayor peligro en la vida es un mal espíritu de adaptación que no es la mansedumbre ni la humildad, sino la mediocridad, la pusilanimidad [Los Padres hablan de pusilanimidad (oligopsychìa). San Juan Damasceno la define como “el temor de llevar a cabo una acción” (Exposición exacta de la Fe Ortodoxa, II, 15) y San Juan Clímaco agrega que “la pusilanimidad es una disposición pueril, en un alma que ya no es más joven “(La Scala, XX, 1, 2)]. Un joven mediocre ¿es un joven con futuro o no? ¡No! Se queda ahí; no crece, no tendrá éxito. La mediocridad o la pusilanimidad. Esos jóvenes que tienen miedo de todo. “No, yo soy así…” Esos jóvenes no saldrán adelante. Mansedumbre, fuerza y nada de pusilanimidad, nada de mediocridad. El beato Pier Giorgio Frassati decía que debemos vivir, no ir tirando. [Ver Carta a Isidoro Bonini, 27 de febrero de 1925]. Los mediocres van tirando. Vivir con la fuerza de la vida. Hay que pedir a nuestro Padre Celestial para los jóvenes de hoy el don de la inquietud saludable. Pero, en vuestras casas, en cada familia, cuando hay un joven que está todo el día sentado, a veces la madre y el padre piensan: “Está enfermo, tiene algo” y lo llevan al médico. La vida del joven es ir adelante, estar inquieto, la inquietud saludable, la capacidad de no estar satisfechos con una vida sin belleza, sin color. Si los jóvenes no tienen hambre de una vida auténtica, me pregunto ¿Dónde irá la humanidad? ¿Dónde irá la humanidad con jóvenes quietos y no inquietos?

        La pregunta de aquel hombre del Evangelio que hemos escuchado está dentro de cada uno de nosotros: ¿Cómo se encuentra la vida, la vida en abundancia, la felicidad? .Jesús responde: “Ya sabes los mandamientos” (v. 19), y cita una parte del Decálogo. Es un proceso pedagógico, con el cual Jesús quiere conducir a un lugar preciso. De hecho, ya está claro, por su pregunta que aquel hombre no tiene una vida plena busca algo más, está inquieto. Por lo tanto ¿qué debe entender? Él dice: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud» (v. 20).

        ¿Cómo se pasa de la juventud a la madurez? Cuando se empiezan a aceptar las propias limitaciones. Nos volvemos adultos cuando nos relativizamos y tomamos conciencia de “lo que falta” (cfr. v. 21). Este hombre se ve obligado a reconocer que todo lo que puede “hacer” no supera un “techo”, no va más allá de un margen.

        ¡Qué hermoso es ser hombres y mujeres! ¡Qué preciosa es nuestra existencia! Y sin embargo, hay una verdad que en la historia de los últimos siglos el hombre ha rechazado a menudo, con trágicas consecuencias: la verdad de sus limitaciones.

        Jesús, en el Evangelio, dice algo que puede ayudarnos: “No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento “(Mt 5, 17). El Señor Jesús regala el cumplimiento, por eso vino. Aquel hombre tenía dar un salto para llegar al umbral, donde se abre la posibilidad de dejar de vivir de uno mismo, de las propias obras, de los propios bienes y – precisamente porque falta la vida plena -dejarlo todo para seguir al Señor [ “El ojo fue creado para la luz, el oído para los sonidos, todo para su propósito y el deseo del alma para apresurarse hacia el Cristo” (Nicola Cabasilas, La vida en Cristo, II, 90)]. Mirándolo bien, en la invitación final de Jesús – inmenso, maravilloso – no está la propuesta de la pobreza sino la de la riqueza, la verdadera, “Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven ¡Sígueme!”(V. 21).

        ¿Quién, pudiendo elegir entre un original y una copia, elegiría la copia? Este es el desafío: encontrar el original de la vida, no la copia. Jesús no ofrece sustitutos, ¡sino vida verdadera, amor verdadero, riqueza verdadera! ¿Cómo pueden los jóvenes seguirnos en la fe si no nos ven elegir el original, si nos ven adictos a las medias tintas? Es feo encontrar cristianos de medias tintas, cristianos –me permito la palabra- “enanos”; crecen hasta una determinada estatura y luego no; cristianos con el corazón encogido, cerrado. Es feo encontrarse con esto. Hace falta el ejemplo de alguien que me invita a un “más allá”, a “algo más“, a crecer algo más. San Ignacio lo llamaba el “magis”, “el fuego, el fervor de la acción, que sacude al soñoliento”. [Discurso a la XXXVI Congregación General de la Compañía de Jesús, 24 de octubre de 2016: “Se trata de magis, de aquel plus que lleva a Ignacio a iniciar procesos, a acompañarlos y evaluar su impacto real en la vida de las personas, en materia de fe, o de justicia, o de misericordia y caridad”.]

        El camino de lo que falta pasa por lo que hay. Jesús no vino a abolir la Ley o los Profetas sino a cumplirlos. Tenemos que partir de la realidad para dar el salto a “lo que falta”. Debemos escudriñar lo ordinario para abrirnos a lo extraordinario.

        En estas catequesis tomaremos las dos tablas de Moisés como cristianos, de la mano de Jesús, para pasar de las ilusiones de la juventud al tesoro que está en el cielo, caminando detrás de Él. Descubriremos, en cada una de esas leyes, antiguas y sabias, la puerta abierta por el Padre que está en los cielos para que el Señor Jesús, que la ha cruzado, nos lleve a la vida verdadera. Su vida. La vida de los hijos de Dios.
Ciudad del Vaticano, junio 13, 2018.

viernes, 22 de junio de 2018

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Ángelus: El antídoto contra la destrucción de la buena reputación
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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

        El Evangelio de este domingo (Marcos 3: 20-35) nos muestra dos tipos de incomprensiones a los que Jesús tuvo que hacer frente: la de los escribas y la de los miembros de su propia familia. La primera incomprensión la de los escribas que eran hombres educados en las Sagradas Escrituras y encargados ??de explicarlas a la gente.

        Algunos de ellos son enviados desde Jerusalén a Galilea, donde la fama de Jesús había comenzado a extenderse, para desacreditarlo ante los ojos de la gente. Para hacer el papel de chismosos desacreditando al otro, quitándole la autoridad, es una cosa muy fea y estos eran enviados para hacer precisamente eso. Y estos escribas llegaron con una acusación precisa y terrible, no ahorraban medios, iban a lo concreto y decían: “Éste está poseído por Belzebú y expulsa a los demonios por medio del jefe de los demonios” (v.22). Y el jefe de los demonios es Él quién lo empuja, es casi decir que este hombre era un endemoniado.

        De hecho Jesús curaba a muchos enfermos y los escribas querían hacer creer a la gente que no lo hacía con el Espíritu de Dios, como lo hacía Jesús sino con el espíritu del Maligno, con la fuerza del Diablo. Jesús reacciona con palabras fuertes y claras, no tolera esto, porque esos escribas, quizás sin darse cuenta, están cayendo en el pecado más grave: negar y blasfemar el Amor de Dios que está presente y obra en Jesús. La blasfemia es el pecado contra el Espíritu Santo, el único pecado imperdonable, así lo dice Jesús que parte de un cierre del corazón a la misericordia de Dios que actúa en Jesús. Pero este episodio contiene una advertencia que nos sirve a todos. De hecho, puede suceder que una fuerte envidia por la bondad y por las buenas obras de una persona puedan llevar a acusarla falsamente. Aquí hay un veneno mortal: la malicia con la que, de forma premeditada, uno quiere destruir la buena reputación del otro. ¡Dios nos libre de esta terrible tentación! Y si, mediante el examen de nuestra conciencia nos damos cuenta de que esta mala hierba está brotando dentro de nosotros, vayamos a confesarnos inmediatamente en el sacramento de la Penitencia, antes de que se desarrolle y produzca sus efectos malignos que son incurables.

        Estén atentos porque estos comportamientos destruyen a las familias, a las comunidades y por tanto a la sociedad.

        El Evangelio de hoy también nos habla de otra incomprensión muy distinta hacia Jesús: la de su familia. Estaban preocupados porque su nueva vida itinerante les parecía una locura (v. 21). De hecho, Jesús se mostró tan disponible para las personas, especialmente para los enfermos y pecadores, hasta el punto de que ya ni siquiera tenía tiempo ni para comer. Jesús era así, primero a la gente, ayudar a la gente, enseñar a la gente, Jesús era para la gente, no tenía tiempo ni para comer. Su familia, por lo tanto, decide traerlo de regreso a Nazaret. Llegan al lugar donde Jesús está predicando y lo envían a llamar. Le dicen a Jesús: “Mira, tu madre, tus hermanos y hermanas están afuera y te buscan” (v. 32). Él responde: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”, Y mirando a las personas que lo rodean para escucharlo, agrega: “¡He aquí mi madre y mis hermanos! Porque el que hace la voluntad de Dios, él es hermano, hermana y madre para mí “(v. 33-34).

        Jesús ha formado una nueva familia, que ya no se basa en vínculos naturales, sino en la fe en él, en su amor que nos acoge y nos une entre nosotros, en el Espíritu Santo. Todos los que aceptan la palabra de Jesús son hijos de Dios y hermanos entre sí, recibir la palabra de Jesús nos convierte en hermanos y en familia entre nosotros. Hablar de los otros, destruir la reputación de los otros nos hace ser familia del Diablo. La respuesta de Jesús no es una falta de respeto por su madre y su familia. De hecho, para María es el mayor reconocimiento, por qué ella es la perfecta discípula que obedecía la voluntad de Dios en todo.

        Que la Virgen Madre nos ayude a vivir en comunión con Jesús, reconociendo el trabajo del Espíritu Santo que actúa en Él y en la Iglesia, regenerando el mundo a una nueva vida.
Ciudad del Vaticano, junio 10, 2018.   

jueves, 21 de junio de 2018

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Jesús utiliza parábolas o pequeñas historietas para que el pueblo sencillo, de entonces y de ahora, pueda captar y entender mejor su mensaje. Al hablarnos este modo, usa imágenes y comparaciones del entorno o de la vida ordinaria de la gente, porque quiere que entendamos muy bien su doctrina para poder llevarla fácilmente a la práctica. 

Hoy nos habla de la semilla que se siembra y que día y noche va creciendo sin que sepa el labrador cómo crece y se desarrolla. Llegará el tiempo de la cosecha y la semilla que un día sembró estará lista para la siega. El sembrador recogerá con gozo el fruto de lo que un día sembró, abonó y cuidó.
¿Qué nos quiere decir Jesús con esta parábola? Que seamos sembradores de semillas de amor, de esperanza y de fe. Que sembremos con nuestras buenas obras, con nuestra palabra, con nuestro testimonio de vida o el ejemplo. Y sin desanimarnos, aunque no veamos el fruto de nuestra siembra. Eso está en manos de Dios y de quien quiera acoger, como tierra buena, la semilla.

Los misioneros que trabajan en campos de misión difíciles y hostiles, no suelen el fruto de sus “sudores”. Y no se desaniman, no pierden la esperanza. Saben que Dios los ha enviado a sembrar. El crecimiento, como dice san Pablo, depende Dios. Y lo dejan en sus manos.
Lo mismo puede acontecer con la labor que hacen los padres de familia cristianos, los catequistas, muchos laicos comprometidos. No quedará sin recompensa. Que el fruto llegue o no, dependerá de Dios, pero también de la acogida que haya tenido nuestra siembra en quienes hemos sembrado.

No conocer el fruto deseado podría ocasionar desánimo, preocupación y frustración. Humanamente comprensible, pero no debería ser así. Dios nos pide sólo que sembremos. Y, si fuera apareciendo el fruto, que lo cuidemos. Pero si no apareciera…, rezar y confiar siempre en el Señor. Y decir, como aparece en el evangelio, siervos inútiles somos, hemos hecho lo que teníamos que hacer. 

Mientras tanto seamos sembradores incansables. Al fin y al cabo, Dios ha puesto en nuestra manos la semilla buena para que la esparzamos generosamente, como Él lo hace con nosotros. Dios nos premiará, no por el fruto que obtengamos, sino por la siembra que hayamos hecho con nuestras palabras, con nuestro buen ejemplo, con nuestra oración. Y con la esperanza de saber que el grano que se siembra nunca se pierde, sino que dará al final su preciado fruto.

La segunda parábola, la del grano de mostaza nos viene a decir que el Reino de Dios es algo aparentemente algo pequeño. Como la semilla más pequeña que tiene en sus manos el campesino. Pero es una semilla con mucha vida, con una fuerza capaz de crecer mucho y de dar fruto abundante.
Tradicionalmente se ha aplicado esta parábola a la Iglesia. El pequeño grano de mostaza vendría a significar el origen muy humilde y pobre de la Iglesia. Doce hombre, ignorantes y tímidos se lanzaron con la fuerza del Espíritu a evangelizar por todo el mundo conocido entonces. Sembraban la semilla de la fe y, al tiempo, surgían comunidades cristianas en todo el imperio romano. Se cumplía lo que dice san Pablo que Dios eligió a los necios del mundo para confundir a los fuertes. Y así ha ocurrido siempre donde se plantaba la Iglesia.

Pero, como se habla del Reino de Dios, la parábola se aplica más bien al inicio de nuestra fe. Cuando alguien se bautiza, sea adulto o niño, recibe en su interior la semilla de la fe. Una semilla imperceptible y pequeñísima. Esta semilla, acogida en el “surco” del corazón y atendida debidamente, tiende a crecer hasta hacerse adulta y robustecida.

Dios es el sembrador, nosotros los “labradores”; es decir, somos los responsables o encargados de que la semilla germine, nazca, crezca, madure y dé fruto. Lo afirma así san Pablo: Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer… Nosotros somos colaboradores de Dios. 

Si ahogamos nuestra fe con nuestras preocupaciones terrenas, con nuestro egoísmo, con nuestras deslealtades, entonces esa semilla queda sofocada y perece. En el libro de los Hechos de los Apóstoles encontramos la hermosa expresión: “la palabra del Señor crecía”. Así debe suceder en el interior de cada uno de nosotros. ¡Dichosos los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica!
El mismo Dios nos proporciona el alimento adecuado para que la fe crezca robusta y fuerte. Entre otros: la Eucaristía y su palabra
P. Teodoro  Baztán Basterra. OAR.

miércoles, 20 de junio de 2018

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En el siglo sexto antes de Cristo el impero de Babilonia había conquistado Jerusalén. Era la primera deportación de gentes de Israel a tierras extranjeras. Su rey Jeconías, los notables de la ciudad, los trabajadores especializados con sus familias y el mismo profeta Ezequiel son llevados cautivos a Babilonia. Los exiliados, especialmente después de la destrucción de Jerusalén, perdieron toda esperanza y padecían recordando las fiestas religiosas de la Pascua y soportando las burlas de quienes interpretaban este destierro como fruto de la victoria de sus dioses sobre Yahveh. Estos sentimientos los encontramos recogidos en algunos salmos compuestos en el destierro.

El profeta Ezequiel anuncia el restablecimiento de la dinastía de David. El propio Yahveh trasplantará un retoño y éste crecerá en lo más alto del monte Sión hasta convertirse en un cedro frondoso en el que anidarán toda clase de aves. Se trata, pues, de una profecía mesiánica referida al señorío universal del reino de Dios que acogerá a todos los pueblos. Es la imagen que encontramos en la parábola del grano de mostaza del evangelio de hoy. El árbol soberbio del imperio de Babilonia será humillado por Yahveh, que ensalzará al árbol humilde de la casa de David representado en la persona de Jesús.

En todo ser humano existe un anhelo de vivir y de vivir para siempre. Nos sentimos a gusto en este mundo, a pesar de las limitaciones y de los achaques propios de la edad o de otras desgracias que nos visitan con frecuencia, como son la pérdida de seres queridos, las enfermedades. Pero en donde hay vida hay deseos de disfrutarla para siempre. Todos deseamos gozar de buena salud para poder disfrutar de los bienes de este mundo: vida, gozo, eternidad son realidades inseparables. Pero, mientras sentimos estos deseos de eternidad, nuestras carnes tienen que gustar a diario el sabor amargo de la temporalidad y de la finitud: Todo es pasajero, pasan los años, el tiempo se nos escapa de las manos, los gozos y las alegrías duran poco; envejecemos. Por eso, en ocasiones, nos quejamos contra Dios y nos asalta la duda de la fe. Pero en todo ser humano hay deseos de gozo, de fiesta, del regreso a la patria del bienestar: el retorno a la felicidad. Es el anhelo del profeta Ezequiel, pero es también la esperanza, en forma de grito, de san Pablo, cuando en la carta a los corintios clama por ser fiel a Cristo y poder gozar eternamente con él. Deseamos justicia y vivimos bajo el dominio de los poderosos. Anhelamos paz y contemplamos guerras y disensiones. Queremos igualdad entre todos y debemos soportar odios y toda clase de injusticias. Y, mientras tanto, el creyente fervoroso se pregunta ¿dónde está el nuevo orden anunciado por Jesús? ¿Hacia dónde va el Reino de los cielos que anuncia y por el que entregó su vida? ¿No hay esperanza? Este mundo ¿no tiene arreglo? ¿Por qué la disminución de las prácticas religiosas? ¿Por qué menos sacerdotes y personas consagradas a Dios? ¿Somos menos religiosos que hace uno años? Todos deseamos otro mundo, otro orden social y religioso.

Con humildad y confianza

A Jesús le preocupaba mucho que sus seguidores terminaran un día desalentados al ver que sus esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no obtenían el éxito esperado. ¿Olvidarían el reino de Dios? ¿Mantendrían su confianza en el Padre? Vivimos ahogados por las malas noticias. Emisoras de radio y televisión, noticiarios y reportajes que descargan sobre nosotros una avalancha de noticias de odios, guerras, hambres y violencias, escándalos grandes y pequeños. Los «vendedores de sensacionalismo» no parecen encontrar otra cosa más notable en nuestro planeta. La increíble velocidad con que se extienden las noticias y los problemas nos deja aturdidos y desconcertados. ¿Qué puede hacer uno ante tanto sufrimiento? Cada vez estamos mejor informados del mal que asola a la humanidad entera, y cada vez nos sentimos más impotentes para afrontarlo. Lo más importante es que no olviden nunca cómo han de trabajar.

Con ejemplos tomados de la experiencia de los campesinos de Galilea Jesús les anima a trabajar siempre con realismo, con paciencia y con una confianza grande. No es posible abrir caminos al Reino de Dios de cualquier manera. Se tienen que fijar en cómo trabaja él. Lo primero que han de saber es que su tarea es sembrar, no cosechar. No vivirán pendientes de los resultados. No les han de preocupar la eficacia ni el éxito inmediato. Su atención se centrará en sembrar bien el Evangelio. Los colaboradores de Jesús han de ser sembradores. Nada más.

Después de siglos de expansión religiosa y gran poder social, los cristianos hemos de recuperar en la Iglesia el gesto humilde del sembrador. Olvidar la lógica del cosechador, que sale siempre a recoger frutos, y entrar en la lógica paciente del que siembra un futuro mejor. Los comienzos de toda siembra siempre son humildes. Más todavía si se trata de sembrar el Proyecto de Dios en el ser humano. La  fuerza del Evangelio no es nunca algo espectacular o clamoroso. Según Jesús, es como sembrar algo tan pequeño e insignificante como "un grano de mostaza" que germina secretamente en el corazón de las personas.

Por eso, el Evangelio solo se puede sembrar con fe. Es lo que Jesús quiere hacerles ver con sus pequeñas parábolas. El Proyecto de Dios de hacer un mundo más humano lleva dentro una fuerza salvadora y transformadora que ya no depende del sembrador. Cuando la Buena Noticia de ese Dios penetra en una persona o en un grupo humano, allí comienza a crecer algo que a nosotros nos desborda. En la Iglesia no sabemos cómo actuar en esta situación nueva e inédita, en medio de una sociedad cada vez más indiferente. Nadie tiene la receta. Nadie sabe exactamente lo que hay que hacer. Lo que necesitamos es buscar caminos nuevos con la humildad y la confianza de Jesús. Solo su fuerza puede regenerar la fe en la sociedad descristianizada de nuestros días. Entonces aprenderemos a sembrar con humildad el Evangelio como inicio de una fe renovada, no transmitida por nuestros esfuerzos pastorales, sino engendrada por él. Llegarán el mundo nuevo anunciado por Jesús y conoceremos el Reino de Dios. Trabajemos para que vengan pronto.
P. Juan Ángel Nieto Viguera, OAR.

lunes, 18 de junio de 2018

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    El Santo Espíritu
y el Hijo ampárenos,
y al Padre pídase
el pan por viático.

Manjar angélico
Hoy, Señor, dánoslo,
pan de quien símbolo
fueron los ácimos,
emblema físico
y enigma cándido.
¡Oh pan  de  ángeles,
tu gracia sálvenos!

A los que débiles
por estos ásperos
valles de lágrimas
peregrináremos,
¡oh pan de ángeles.
tu gracia sálvenos.

Dn Pedro Calderón de la Barca