lunes, 6 de febrero de 2017

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Mt 5, 13-16: Guardaos de buscar este fruto: el ser vistos por los hombres

Cuando se muestran a los hombres las buenas obras, incluso las que se hacen por Dios, puesto que se trata de obras de hombres piadosos y buenos, no se reclaman alabanzas humanas, sino que se proponen para que sean imitadas. La obra buena contiene una doble acción misericordiosa: una espiritual y otra corporal. Con la misericordia corporal se socorre a los hambrientos, a los sedientos, a los desnudos y peregrinos; pero, cuando se muestran estas mismas obras, a la vez que provocan a la imitación, alimentan también los espíritus y las mentes. Uno se alimenta con la obra buena y el otro con el buen ejemplo, pues ambos tienen hambre.

Uno quiere recibir para alimentarse y el otro quiere ver algo que imitar. La lectura del evangelio que acaba de leerse nos habla de esta verdad. A los cristianos que creen en Dios, que obran el bien y que mantienen la esperanza de la vida eterna como recompensa a sus buenas obras se les dice: Vosotros sois la luz del mundo.

Y a la Iglesia entera difundida por doquier se le dice: No puede esconderse una ciudad construida sobre un monte. En los últimos tiempos, dice, será manifiesto el monte del Señor, dispuesto en la cima de los montes. Es el monte que creció a partir de una pequeña piedra, y al crecer llenó todo el mundo. Sobre él se edifica la Iglesia, que no puede ocultarse.

Ni se enciende una lámpara y se la pone bajo el celemín, sino en el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Muy oportuna ha caído esta lectura en el día en que se consagran los candeleros, para que quien obra sea lámpara puesta en el candelero. En efecto, el hombre que obra el bien es una lámpara. Pero ¿qué es el candelero? Lejos de mí el gloriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, quien obra según Cristo y por Cristo, para no ser alabado más que en Cristo, es un candelero. Alumbre a todos, vean algo que imitar; no sean perezosos ni áridos; les es útil el ver; no sean videntes con los ojos y ciegos en el corazón.

Mas, por si tal vez se le ocurre a alguno pensar que el Señor manda que las buenas obras sean como escondidas allí donde dice: Guardaos de realizar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos, esta cuestión ha de ser resuelta para saber cómo hemos de obedecer al Señor, sin creer que no podemos hacerlo cuando le escuchamos que ordena cosas contradictorias. En un sitio dice: Brillen vuestras obras delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras; y en otro: Guardaos de realizar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos. ¿Queréis saber cuánto urge solucionar esta cuestión, que, si no se le da solución, causa problemas? Ciertos hombres hacen el bien y temen ser vistos, y ponen todo su afán en encubrir sus buenas obras. Buscan la ocasión en que nadie los vea; entonces dan algo con el temor de chocar con aquel precepto en que se dice: Guardaos de realizar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos. Pero el Señor no mandó que se ocultasen las buenas obras, sino que no se pensase en la alabanza humana al hacer las buenas obras. Además, cuando dijo: Guardaos de realizar vuestra justicia delante de los hombres, ¿cómo acabó? Para ser vistos por ellos, es decir, que las hagan para ser vistos por los hombres, que sea ése el fruto que busquen de sus buenas obras y ése lleven, que no esperen ninguna otra cosa ni deseen ningún otro bien superior y celestial. Si lo hacen sólo para ser alabados, caen bajo la prohibición del Señor. Guardaos de realizar. ¿Cómo? Para ser vistos por ellos. Guardaos de buscar este fruto: el ser vistos por los hombres.

Y, sin embargo, manda que nuestras obras se vean, y dice: nadie enciende una candela y la pone bajo un celemín, sino sobre el candelabro, para que alumbre a todos los de la casa. Y también: Brillen así vuestras buenas obras ante los hombres, para que vean —dice— vuestras buenas acciones. Y no se paró ahí, sino que glorifiquen —añadió— a vuestro Padre que está en los cielos. Una cosa es buscar en la buena acción tu propia alabanza y otra buscar en el bien obrar la alabanza de Dios. Cuando buscas tu alabanza, te has quedado en la mirada de los hombres; cuando buscas la alabanza de Dios, has adquirido la gloria eterna. Obremos así no para ser vistos por los hombres, es decir, obremos de tal manera que no busquemos la recompensa de la mirada humana. Al contrario, obremos de tal manera que busquemos la gloria de Dios en quienes nos vean y nos imiten, y caigamos en la cuenta de que si él no nos hubiera hecho así, nada seríamos.
San Agustín, Sermón 338

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