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martes, 27 de julio de 2021

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Gran milagro es, amadísimos, hartarse con cinco panes y dos peces cinco mil hombres, y aún sobrar para doce canastos. Gran milagro, a fe; pero el hecho no es tan de admirar si pensamos en el hacedor. Quien multiplicó los panes entre las manos de los repartidores, ¿no multiplica las semillas que germinan en la tierra y de unos granos llena las trojes? Pero como este portento se renueva todos los años a nadie le sorprende; mas no es su insignificancia el motivo de no admirarlo, sino la frecuencia en repetirse. Al hacer estas cosas, hablaba el Señor a los entendimientos, no tanto con palabras como por medio de sus obras. Los cinco panes simbolizan los cinco libros de la ley de Moisés; porque la ley antigua es, respecto al Evangelio, lo que al trigo la cebada. Hay en estos libros —de la ley— hondos misterios concernientes a Cristo, por lo cual decía él: Si creyerais a Moisés, me creeríais también a mí, pues él ha escrito de mí. Pero al modo que en la cebada el meollo está debajo de la paja, así está Cristo velado en los misterios de la ley; y a la manera que los misterios de la ley se despliegan al exponerlos, así los panes crecían al partirlos. Esta misma exposición que yo vengo haciendo es un partiros el pan. Los cinco mil hombres significan el pueblo sujeto a los cinco libros de la ley; los doce canastos son los doce apóstoles, que, a su vez, se llenaron con los rebojos de la misma ley; los dos peces son, o bien los dos mandamientos del amor de Dios y del prójimo, o bien los dos pueblos: el de la circuncisión y el del prepucio —judío y gentil—, o las dos funciones sagradas del imperio y del sacerdocio. Exponer estos misterios es como partir el pan; comprenderlos es alimentarse.

Volvamos al hacedor de estas cosas. Él es el pan que bajó del cielo; un pan, sin embargo, que repara sin mengua; se le puede sumir, no se le puede consumir. Este pan estaba figurado en el maná; de donde se dijo: Les dio pan del cielo; comió el hombre el pan de los ángeles. ¿Quién sino Cristo es el pan del cielo? Mas para que comiera el hombre el pan de los ángeles, el Señor de los ángeles se hizo hombre. Si no se hubiera hecho esto, no tendríamos su carne; y, si no tuviéramos su carne, no comeríamos el pan del altar. Y, pues se nos ha dado una prenda tan valiosa, corramos a tomar posesión de nuestra herencia. Suspiremos, hermanos míos, por vivir con Cristo, pues tenemos en prenda su muerte. ¿Cómo no ha de darnos sus bienes quien ha sufrido nuestros males? En este país, en este siglo perverso, ¿qué abunda sino el nacer, trabajar, padecer y morir? Examinad las cosas humanas, y desmentidme si miento. Ved si los hombres están aquí para otro fin que nacer, padecer y morir. Tales son los productos de nuestro país; eso lo que abunda. A proveerse de tales mercancías bajó del cielo el divino Mercader; y porque todo mercader da y recibe: da lo que tiene y recibe lo que no tiene, da el dinero de la compra y recibe lo comprado, también Cristo dio y recibió. Pero ¿qué recibió? Lo que abunda entre nosotros: nacer, padecer y morir. Y ¿qué dio? Renacer y resucitar y para siempre reinar.

¡Oh Mercader bueno, cómpranos! Mas ¿qué digo cómpranos, si más bien debemos darte gracias por habernos comprado? Y ¡a qué precio! Al precio de esa tu sangre que bebemos...

S 1

  

domingo, 25 de julio de 2021

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 Aquí hay un joven que tiene cinco panes de cebada y dos peces


El evangelio no aporta ningún dato sobre este joven. No conocemos su nombre, ni su procedencia, ni porqué estaba allí. No importa: Dios lo conoce y lo tiene en su corazón; ha escrito su nombre en el libro de la vida. En ese momento era uno más de los muchos que se acercaron a Jesús para verle, oírle o presentarle cualquier necesidad. La cosa es que tenía cinco panes y dos peces en un lugar y en un momento en que miles de personas estaban con hambre de un poco de pan.

Sólo los hombres eran cinco mil, dice Juan. ¿Y las mujeres? En aquel tiempo y lugar, y en la mentalidad semítica, las mujeres contaban muy poco. Ni siquiera para ser contadas. Habría que decir en buena ley que, en este caso, eran quizás varios miles de personas las que en ese momento seguían a Jesús. Una gran multitud, se dice al principio de este capítulo.

Mateo dice en un lugar paralelo que Jesús, al ver la gran multitud, sintió lástima y curó a los enfermos (Mt 14, 14). Jesús quiere que también sus discípulos sientan lástima, como la siente él, de tanta gente con hambre e intenten hacer algo para solucionar el problema. Los quiere copartícipes y colaboradores, no sólo en el reparto del alimento, sino, sobre todo, en la misericordia con los que sufren.

 Acuciados por las palabras de Jesús, buscan dónde encontrar algo para comer con el fin de ayudar a resolver el problema. Y encuentran sólo cinco panes y dos peces. Es todo lo que han podido hallar. ¿Será suficiente? Pues no. Y así lo manifiestan: Pero ¿qué es eso para tantos?; es tan poca cosa… Pero para Jesús, de sobra, como luego se verá. Jesús ha logrado que ellos hayan hecho todo lo que podían hacer: Primero, preocuparse por los hambrientos, y segundo, buscar y encontrar algo de comida. Poco, según ellos; Jesús hará el resto, que será casi todo.

Esto sí es una verdadera catequesis en acción. Unas preguntas y unos gestos que valen más que mil palabras. Porque Jesús dice y hace, ellos, los discípulos, van aprendiendo también a hacer lo que puedan y a decir lo que tengan que decir en un momento dado para provecho de todos.

¿Y el joven? Según parece, entrega, sin más, lo que tiene. Se queda sin nada, pero algo en su interior le dice que ante tanta hambre que hay a su alrededor no podía retener lo que tenía para merendar a gusto viendo desfallecer a otros. Desprendido, generoso y solidario. Quizás percibió el gesto y las palabras de Jesús que expresaban  compasión.

También nosotros, sin que seamos multitud, seguimos a Jesús. Queremos ver las señales que hace, escuchar su palabra, presentarle nuestras dolencias y necesidades. Y al mismo tiempo nos sentimos en descampado, sin asideros cercanos, a la intemperie y sin fuerzas, hambrientos de su “pan”, es decir, de su presencia y su amor, hambrientos de su palabra de vida. Sentimos hambre y necesidad de amor, de paz en el corazón, de ilusión por la vida, de fe más madura y crecida, de saber esperar contra toda esperanza... Hambre y necesidad de trabajar por la justicia, de una mayor solidaridad con los hermanos que sufren, de más cercanía a quien me cae mal…

Pero también podemos ofrecer y dar. Nos habremos encontrado quizás, o nos encontraremos algún día, en circunstancias parecidas a las que aparecen en este evangelio. Este joven nos indica un camino a seguir cuando se trata de ayudar a algún necesitado de pan o de lo que  sea. Pero antes, el Espíritu de Jesús suscitará en nuestro interior la compasión, como la sintió él. Pensemos que hay millones de personas, especialmente niños, que mueren cada día de hambre.

Somos también nosotros, o podemos ser, como ese muchacho, a quien se le pide que ponga su pan en las manos de Cristo para servicio de quienes necesiten saciar el “hambre” de tantos que necesitan “comer”. Los problemas o deficiencias de tanta gente podrían ser tan acuciantes como el hambre física. Y podríamos decir como los discípulos: ¿Dónde compraremos pan para que coman ésos? Es decir: ¿Cómo podremos resolver estos problemas o remediar tales necesidades nosotros, que somos poca cosa y con medios tan escasos? ¿Qué podríamos hacer?

Nos dice como a los discípulos: No hace falta que vayan; dadles vosotros de comer (Mt 14, 16). Es decir, “Haced lo que podáis, que podéis más de lo que pensáis o creéis; yo haré el resto, que será casi todo”. No importa que tengamos “sólo cinco panes y dos peces”, y digamos, como los discípulos: ¿Qué es eso para tantos? ¿Qué podemos hacer nosotros, que no tenemos medios ni recursos para solucionar tanto problema? Sólo nos pide Jesús que con lo que somos, con lo que sabemos, con lo que tengamos, poco o mucho no importa, hagamos lo que podamos por los demás. San Agustín: "¿Qué más puedo dar?". Tienes algo muy importante: a ti mismo, te tienes a ti mismo; tú formas parte de tus bienes, has de sumarte a ti mismo" (Sermón 345,6). Y añade: "Tiene siempre de dónde dar quien tiene el corazón lleno de amor". (Sobre el salmo 36 II, 13)

Tenemos talentos o cualidades que el mismo Dios nos ha dado y ha puesto en nuestras manos. Tenemos cosas para ponerlas en servicio de los demás. Salud, y aun la misma enfermedad puede ser un medio muy valioso para aportar a otros la experiencia del dolor asumido con serenidad y paz interior, y unido a la cruz redentora de Cristo. Tenemos tiempo, formación adquirida y conocimiento de ciertas cosas o materias, Tenemos el don de la fe, el amor de Dios comunicado, la esperanza en un mundo sin esperanza. Tenemos algunos bienes, o dinero, no importa que sea escaso.

Todo esto viene a ser “los cinco panes y los dos peces del muchacho del evangelio. Poco, es verdad, ante tantas necesidades. Pero es mucho porque es todo lo que podemos. Con "este poco", puesto en las manos del Señor, él hará todo lo demás. Multiplicará nuestra pequeña porción, pero, según él, necesaria para él poder actual.

San Agustín:

¿De dónde procede la limosna? Del corazón. Si das con la mano y no te compadeces en el corazón, nada hiciste; si, por el contrario, te compadeces en el corazón, aunque no tenga la mano cosa alguna que dar, Dios acepta la limosna (CS 125,5).

P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.

¿Por qué sigo a Jesús¿ ¿Qué espero de él?

¿De qué tengo "hambre"? ¿Cuál es mi carencia más grave en el cuerpo o en el espíritu?

¿Qué puedo aportar, para que el Señor lo multiplique, ante una necesidad conocida de alguien, concreta y grave (hambre de pan, enfermedad crónica, soledad, desesperanza, etc.?

¿Cómo interpreto y hago mías las palabras de san Agustín?

 

jueves, 22 de julio de 2021

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"Ven Espíritu Santo, para enseñarme a quererme como tú me quieres.

Tú sabes que a veces me obsesiono por mi cuerpo, me angustio cuando descubro el paso de los años en mi piel, cuando percibo que el aspecto físico se va desgastando sin cesar, cuando reconozco que mi belleza es limitada y que algunos detalles de mi cuerpo no me agradan.

Ven Espíritu Santo, y enséñame a amar este cuerpo que has creado. Ayúdame a tratarlo con cariño y delicadeza, porque es obra de tu poder amoroso.

No permitas que me obsesione por la belleza y por la salud, para que pueda amar este cuerpo tal como es, y reconozca que tiene un lugar en el universo, porque es una creatura tuya.

Pasa por mi cuerpo, Espíritu Santo, sánalo, restáuralo, serénalo. Cura todas las enfermedades que se han provocado por falta de amor, por exigirle demasiado, por tratarlo mal, por haberme llenado de tensiones, por todas las angustias que le han hecho daño.

Ven Espíritu Santo, pasa delicadamente por todo mi cuerpo, y llénalo de vida.

Amén."

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Los Cinco Minutos de San Agustín de Hipona

 

La vida terrena es una peregrinación y como tal está llena de tentaciones. Pero nuestro crecimiento espiritual está subrayado por tentaciones. Por tentaciones precedentes, nos reconocernos a nosotros mismos. Luchando contra ella, tenemos la posibilidad de vencer. Superándolas, nos coronan como vencedores.

martes, 20 de julio de 2021

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Los discípulos, enviados por Jesús para anunciar su Evangelio, vuelven entusiasmados. Les falta tiempo para contar a su Maestro todo lo que han hecho y enseñado. Al parecer, Jesús quiere escucharlos con calma y los invita a retirarse «ellos solos a un sitio tranquilo a descansar un poco »

     La gente les estropea todo su plan. De todas las aldeas corren a buscarlos. Ya no es posible aquella reunión tranquila que había proyectado Jesús a solas con sus discípulos más cercanos. Para cuando llegan al lugar, la muchedumbre lo ha invadido todo. ¿Cómo reaccionará Jesús? 

     El evangelista describe con detalle su actitud. A Jesús nunca le estorba la gente. Fija su mirada en la multitud. Sabe mirar, no sólo a las personas concretas y cercanas, sino también a esa masa de gente formada por hombres y mujeres sin voz, sin rostro y sin importancia especial. Enseguida se despierta en él la compasión. No lo puede evitar. «Le dio lástima de ellos ». Los lleva todos muy dentro de su corazón. 

     Nunca los abandonará. Los «ve como ovejas sin pastor »: gentes sin guías para descubrir el camino, sin profetas para escuchar la voz de Dios. Por eso, «se puso a enseñarles con calma», dedicándoles tiempo y atención para alimentarlos con su Palabra curadora. 

     Un día tendremos que revisar ante Jesús, nuestro único Señor, cómo miramos y tratamos a esas muchedumbres que se nos están marchando poco a poco de la Iglesia, tal vez porque no escuchan entre nosotros su Evangelio y porque ya no les dicen nada nuestros discursos, comunicados y declaraciones. 

     Personas sencillas y buenas a las que estamos decepcionando porque no ven en nosotros la compasión de Jesús. Creyentes que no saben a quién acudir ni qué caminos seguir para encontrarse con un Dios más humano que el que perciben entre nosotros. Cristianos que se callan porque saben que su palabra no será tenida en cuenta por nadie importante en la Iglesia. 

     Un día el rostro de esta Iglesia cambiará. Aprenderá a actuar con más compasión; se olvidará de sus propios discursos y se pondrá a escuchar el sufrimiento de la gente. Jesús tiene fuerza para transformar nuestros corazones y renovar nuestras comunidades. 

José Antonio Pagola 

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Luego levántese, así es invocado; tome el arma y venga en nuestro auxilio. ¿De dónde se levantará? En otro lugar se le invoca con estas palabras: Levántate; ¿por qué duermes, Señor?

Cuando se dice que Él duerme, es que dormimos nosotros, y cuando se dice que Él se levanta, nos levantamos nosotros. También dormía el Señor en la nave, y ésta fluctuaba porque dormía Jesús. Si allí hubiera estado despierto Jesús, no hubiera zozobrado la nave. Tu nave es tu corazón; Jesús estaba en la nave, es decir, la fe en el corazón. Si te acuerdas de tu fe, no vacila tu corazón; si te olvidas de la fe, duerme Cristo; a la vista está el naufragio. Por tanto, haz lo que falta, a fin de que, si se encuentra dormido, sea despertado. Dile: Ve, Señor, que perecemos; despierta, para que increpe a los vientos y se restablezca la tranquilidad en tu corazón. Cuando Cristo, es decir, cuando tu fe vigila en tu corazón, se alejan todas las tentaciones, o a lo menos no tienen poder alguno. Luego ¿qué significa levántate? Conoce, advierte, déjate sentir. Levántate, pues, en mi ayuda.

En. in. Ps. 34,3

 

domingo, 18 de julio de 2021

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Sintió compasión de ellos porque estaban como ovejas sin pastor

“Sentimiento de penade ternura y de identificación ante los males de alguien”; así define la RAE la palabra compasión. El verbo compadecer equivale a padecer-con. Es decir, a sufrir con el sufre, a llorar con quien llora, a padecer con quien padece. En el cuarto cántico del Siervo del Señor afirma el profeta: Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores (Is 53, 4). Así estaba anunciado siglos antes, así se cumpliría en Jesús. Soportó o cargó sobre sí todo el dolor del pueblo.

Era el dolor, en muchos, de sentirse abandonados, ninguneados, solos, como ovejas a la deriva sin pastor que las cuide, acompañe y alimente. Por eso se acercan a Jesús, atraídos por lo que se decía de él, por “el buen nombre” que corría de boca en boca, por su cercanía a los más débiles, y eran tantos los que iban y venían, que Jesús y los discípulos no encontraban tiempo ni para comer. Por eso busca Jesús un lugar apacible para descansar con ellos. Pero no fue posible el descanso. Eran tantas las ovejas hambrientas de pan y de la palabra, que Jesús, movido a compasión, tuvo que atender.

La compasión es una de la expresiones más hermosas y entrañables del amor. Y si a ella se une la misericordia, la acción que se emprenda en favor del débil será la manifestación más clara de un  Dios que es amor. La compasión es un sentimiento, la misericordia es la compasión puesta en acción. Por eso Jesús atendía siempre con ternura y delicadeza a quienes, movidos por una necesidad grave, acudían a él para verle, oírle y pedirle. Porque, afirma Santiago en su Carta: El Señor es compasivo y misericordioso (St 5, 11)

Fueron varios los momentos en que Jesús se mostró compasivo y misericordioso. Entre otros: Con la viuda de Naim: Al verla, el Señor tuvo compasión de ella, y le dijo: No llores, y le entregó vivo a su hijo (Lc 7, 13). Y al desembarcar, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos y sanó a sus enfermos (Mt 14, 149). Con dos ciegos: Entonces Jesús, movido a compasión, tocó los ojos de ellos, y al instante recobraron la vista, y le siguieron (Mt 20 34). Y lloró ante la tumba de su amigo Lázaro: Jesús lloró. Por eso los judíos decían: Mirad, cómo lo amaba (Jn 11, 34-38). Y en muchos momentos más.

Los discípulos habían regresado muy contentos de la misión que les había encomendado Jesús, el trabajo había sido agotador y necesitaban descansar. Y Jesús, también. Pero la gente lo buscaba con ansia  para verle, escuchar su palabra y ser curados de sus males. Las palabras de Jesús venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, se quedaron en puro deseo. Tenía que atender a la gente que iba y venía de todos los pueblos en su busca. La compasión era su debilidad, pero también su fuerza. No podía esconderse y desentenderse de la gente (esta era su debilidad), y los atendió con toda la carga de su amor (era su fuerza). En palabras de San Agustín: “La compasión de Dios es la grandeza de Dios” (Sobre el ev. De Juan 14, 5). Sintió compasión y se puso a enseñarles largamente y a proporcionarles pan para su hambre.

San Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos de Cristo (Fil 2, 5). Pero es el mismo Jesús quien nos dice de forma categórica: Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo (Lc 6, 36). O como era él mismo, como aparece a lo largo de todo el Evangelio. Hay mucha miseria moral y física en este mundo: niños y mayores que mueren de hambre, enfermos sin acceso a la sanidad pública o privada, explotados y torturados, familias sin hogar donde cobijarse, o ricos de cosas pero vacíos por dentro, matrimonios rotos y fracasados, los exiliados y rechazados… La lista sería larga. Lo dice el evangelio a su manera: Eran muchos los que iban y venían. Y hoy son muchos los que son o están.

La compasión no cabe en los corazones endurecidos por el egoísmo, no conoce la indiferencia ante el dolor de muchos; la compasión es un sentimiento profundamente arraigado en el interior de todo seguidor de Jesús. Nuestro mundo sería otro, la sociedad sería más fraterna y solidaria, la familia viviría más unida, si en vez de egoísmo hubiera amor, en vez de soberbia hubiera sencillez, en vez de rencores acumulados hubiera perdón y cercanía, en vez de frialdad en la relación con los otros ardiera de amor el corazón, en vez de temperamentos hoscos y gestos ceñudos y adustos pusiéramos siempre ternura en las palabras y en los gestos. 

Dice el Papa Francisco que el lenguaje de Dios Padre es la compasión. Lo fue también el de Jesús. Debería ser también nuestro lenguaje. Es decir, dejar que hable nuestro corazón y que broten de él actitudes de acogida, amor gratuito y generoso, ternura piedad. Son entrañables las palabras del salmo 102: Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles (Salmo 102, 13). Y también, como el amor de una madre: ¿Puede una madre no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré (Is 49, 15).

Amor de ternura necesita este mundo nuestro. La ternura no indica debilidad de carácter. Todo lo contrario: es, más bien, fuerza que derriba barreras y levanta puentes para el encuentro con amor entrañable. Es cariño puro, es dulzura en el trato, delicadeza en los detalles, apertura amplia y acogedora. Es el aceite que suaviza el engranaje de la relación entre las personas. Gracias a ella, la relación interpersonal se hace profunda y duradera. Hay escasez de ternura en nuestro mundo; sin ella, nos sentimos huérfanos de un amor cálido, gratuito y generoso. El Evangelio de Jesús rezuma ternura en todas sus páginas.

San Agustín:

Ahora, en este tiempo de fatigas, mientras nos hallamos en la noche, mientras no vemos lo que esperamos y caminamos por el desierto hasta que lleguemos a la Jerusalén celestial, cual tierra de promisión que mana leche y miel; ahora, pues, mientras persisten incesantes las tentaciones, obremos el bien. Esté siempre a mano la medicina para aplicarla a las heridas prácticamente cotidianas, medicina que consiste en las buenas obras de misericordia. En efecto, si quieres conseguir la misericordia de Dios, sé tú misericordioso (Sermón 259, 3).

P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.

 

¿Cuáles han sido los momentos en mi vida en los que sentí una verdadera compasión y actué con misericordia?

¿Soy compasivo como era Jesús? ¿En que podría mejorar para imitarle mejor?

 ¿Soy lo suficientemente compasivo como para interiorizar el sufrimiento del prójimo hasta hacerlo también mío? ¿Soy, en ocasiones, hosco y rudo con mis palabras y mis gestos?    

¿Cómo interpreto y hago mías las palabras de san Agustín?

 

 

sábado, 17 de julio de 2021

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 La barca en la que van Jesús y sus discípulos se ve atrapada por una de aquellas tormentas imprevistas y furiosas que se levantan en el lago de Galilea al atardecer de algunos días de verano. Marcos describe el episodio para despertar la fe de las comunidades cristianas que viven momentos difíciles. 

     El relato no es una historia tranquilizante para consolarnos a los cristianos de hoy con la promesa de una protección divina que permita a la Iglesia pasear tranquila a través de la historia. Es la llamada decisiva de Jesús para hacer con él la travesía en tiempos difíciles: "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?". 

     Marcos prepara la escena desde el principio. Nos dice que "era al atardecer". Pronto caerán las tinieblas de la noche sobre el lago. Es Jesús quien toma la iniciativa de aquella extraña travesía: "Vamos a la otra orilla". La expresión no es nada inocente. Les invita a pasar juntos, en la misma barca, hacia otro mundo, más allá de lo conocido: la región pagana de la Decápolis. 

     De pronto se levanta un fuerte huracán y las olas rompen contra la frágil embarcación inundándola de agua. La escena es patética: en la parte delantera, los discípulos luchando impotentes contra la tempestad; a popa, en un lugar algo más elevado, Jesús durmiendo tranquilamente sobre un cojín. 

     Aterrorizados, los discípulos despiertan a Jesús. No captan la confianza de Jesús en el Padre. Lo único que ven en él es una increíble falta de interés por ellos. Se les ve llenos de miedo y nerviosismo: "Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?". 

     Jesús no se justifica. Se pone de pie y pronuncia una especie de exorcismo: el viento cesa de rugir y se hace una gran calma. Jesús aprovecha esa paz y silencio grandes para hacerles dos preguntas que hoy llegan hasta nosotros: "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?". 

     ¿Qué nos está sucediendo a los cristianos? ¿Por qué son tantos nuestros miedos para afrontar estos tiempos cruciales, y tan poca nuestra confianza en Jesús? ¿No es el miedo a hundirnos el que nos está bloqueando? ¿No es la búsqueda ciega de seguridad la que nos impide hacer una lectura lúcida, responsable y confiada de estos tiempos? ¿Por qué nos resistimos a ver que Dios está conduciendo a la Iglesia hacia un futuro más fiel a Jesús y su Evangelio? ¿Por qué buscamos seguridad en lo conocido y establecido en el pasado, y no escuchamos la llamada de Jesús a "pasar a la otra orilla" para sembrar humildemente su Buena Noticia en un mundo indiferente a Dios, pero tan necesitado de esperanza. 

José Antonio Pagola